Murmullos y Decisiones
Despacho de Dante – Media tarde
Dante se inclinó sobre el escritorio, los ojos enrojecidos por la falta de sueño y la pantalla iluminando su rostro con frialdad. Archivos, nombres, fotografías, registros financieros: todo lo que había encontrado sobre Damian Winters se apilaba en carpetas digitales y en hojas impresas a medio revisar. Sin embargo, lo que más lo perturbaba no eran los datos, sino las imágenes que surgían inevitablemente entre las letras: Serena. Serena controlada, callada, cediendo terreno y brillo para sostener al niño caprichoso que había elegido como compañero. Serena con esa lealtad muda que Dante jamás había entendido… hasta que supo la verdad.
Cada vez que pensaba en cómo Damian había pagado esa fidelidad con mentiras, con traición y engaño, la furia le subía a la garganta como un incendio. Estuvo de mal humor todo el día y sus empleados lo evitaban como si fuera el Vesubio a punto de estallar.
El golpe en la puerta lo sacó de su espiral.
- Adelante. - dijo, la voz ronca.
Rafaele entró con su paso seguro, dejando la puerta abierta tras de sí. Dante estaba por reclamar la interrupción cuando notó la silueta que lo acompañaba. Serena. No en su despacho, sino detenida en la sala contigua, apenas visible por el cristal. Estaba de pie, las manos entrelazadas al frente, expectante, como si aguardara una sentencia.
Dante apretó los puños sobre la mesa.
- ¿Trajiste a Serena? ¿Qué significa esto? ¿Por qué están aquí? – gruñó casi escupiendo las palabras, sus ojos fijos en Rafaele, aunque todo su cuerpo se tensó por la presencia femenina detrás.
Su padre sonrió apenas, con esa calma que tanto lo exasperaba.
- Estábamos preocupados porque te fuiste a medianoche. Serena estaba inquieta. Además hay asuntos que no puedes resolver entre papeles y madrugadas sin dormir. - respondió, cruzando los brazos - Ella está aquí, Dante. Y no puedes seguir huyendo de lo que te enciende por dentro.
Dante se quedó en silencio. Sus ojos, contra su voluntad, volvieron hacia la silueta de Serena. Serena que no lo miraba, que mantenía el rostro bajo, como si no quisiera invadir su terreno.
- No sé de lo que hablas, papá.
- Si lo sabes. – dijo Rafaele serio – Sólo tienes que dar el paso.
- Acaba de llegar… No la conozco…
- ¿No? – suspiró - Me casé con tu madre a tres días de conocerla. Sabía que si la dejaba ir me arrepentiría toda la vida. Lo sentía en mis entrañas…
- No tengo “tus entrañas”, papá. – dijo frustrado.
- Pero tienes tu corazón… Úsalo.
- No sé si es por mi corazón o mi polla lo que siento. No voy a jugar con ella.
- No lo hagas… Pero tienes que dar un paso, ya sea hacia ella o para alejarte. – le dijo saliendo del despacho. – Te dejaremos trabajar.
Dante asintió.
Dentro de él, la furia y la necesidad chocaban con fuerza peligrosa.
El joven Moretti, se pasó la mano por el cabello en un intento de tranquilizarse hasta que escuchó risas y a su padre afuera cuando las voces del pasillo se filtraron.
Dante salió, ajustándose la chaqueta, todavía con la tensión de las horas sin dormir marcada en la frente. Apenas cruzó el umbral vio a Rafaele en el centro de la sala de descanso, rodeado de asistentes y colaboradores. Si bien casi no iba a la oficina, las empresas Moretti nacieron bajo su esfuerzo y casi todos los que trabajaban allí eran antiguos empleados que comenzaron con él, becados de la fundación y algunos hijos que seguían sus pasos como él. Su padre hablaba con esa seguridad natural que hacía que todos lo escucharan como si se tratara de un monarca y en medio de aquella atención estaba ella.
- Les presento a la señorita Serena Winters. - anunció Rafaele con una sonrisa amplia, solemne, como si introdujera a una princesa de sangre real en la corte - Trátenla con el respeto que merece. Es muy especial para nosotros.
Los murmullos de saludo fueron inmediatos. Serena inclinó apenas la cabeza, agradeciendo con un gesto elegante.
Dante se detuvo en seco. La escena lo descolocó, como si el aire se hubiese enrarecido. Ella estaba allí y no era la sombra apagada que había visto en las fotos junto a Damian. Serena se mantenía erguida, con un brillo sereno en los ojos, más calmada que la noche anterior.
Cuando su mirada se cruzó con la de él, Serena le sonrió. Una sonrisa breve, ligera, que sin embargo golpeó a Dante en el pecho con la fuerza de lo inesperado. La sonrisa que le dirigió fue leve, pero inequívoca. Solo para él.
El corazón de Dante dio un vuelco y, casi sin pensarlo, le devolvió la sonrisa. Un gesto pequeño, contenido, pero tan inesperado que varios de los presentes lo miraron con sorpresa. Dante Moretti no sonreía. No así. No en público.
Rafaele, que observaba con detenimiento, entrecerró los ojos con astucia, aunque mantuvo su sonrisa cordial.
- Señor Moretti, el directorio lo espera en la sala de reuniones. - interrumpió su asistente, acercándose con paso rápido.
Dante giró la cabeza, irritado por la inoportuna voz y asintió con un gesto seco sin apartar la vista de Serena hasta el último instante y al girarse hacia su padre comentó en italiano, con un dejo de ironía cálida:
- Sto andando a una riunione. Aspetto i miei dolciumi quando torno a casa., padre.
Rafaele sonrió aún más, satisfecho y replicó con serenidad:
- Ti aspetteremo per tornare a casa.
Con un último vistazo, Dante se dio media vuelta y se encaminó hacia la sala de reuniones, con la certeza incómoda de que había dejado algo esencial detrás de él.
Entre tanto, los empleados entraron con bandejas de té humeante y pequeños bocadillos, colocando con delicadeza todo frente a Rafaele y Serena mientras esperaban a Dante para regresar a casa. El aroma del té recién hecho se mezclaba con el ligero perfume de los pasteles y bollos que descansaban sobre la mesa.
Serena, aún intrigada por lo que Dante había murmurado en italiano al marcharse, inclinó ligeramente la cabeza hacia Rafaele.
- Don Rafaele… ¿Qué dijo Dante? - preguntó, con curiosidad contenida.
Rafaele esbozó una sonrisa traviesa, apoyando un codo en la mesa y entrelazando los dedos.
- Me recordó que esperaba que le hubieras hecho sus dulces. - respondió con calma, pero con un brillo divertido en los ojos.
Serena parpadeó, sorprendida y luego, con un gesto inocente, replicó:
- Ah… Se los preparé esta mañana. Y para el almuerzo, le hice lasaña. Theo dijo que era su favorita y parecía haber tenido un día difícil.
El efecto fue inmediato. Las secretarias, que habían estado escuchando desde el umbral, casi se caen de sus sillas, conteniendo murmullos y sonrisas escandalizadas.
Rafaele, por su parte, no pudo disimular la alegría que le produjo la respuesta de Serena. Sus ojos brillaban mientras asentía con aprobación.
- Benissimo… benissimo! - exclamó suavemente en italiano - Una mujer que cocina con esa dedicación es un verdadero tesoro.
Serena sonrió tímidamente, un rubor cruzando sus mejillas, aunque su satisfacción era evidente. Por primera vez en días, se sentía en control de algo y ese pequeño triunfo frente a Dante y el mundo que lo rodeaba le dio un inesperado, pero delicioso sabor de poder. Por lo menos podría hacer algo por los hombres que la estaban atendiendo en su casa.