La Conquista Es Hacerla Fuerte A Tu Lado
Dante descendió las escaleras con el paso controlado, pero su mandíbula estaba rígida, como si contuviera una furia a punto de estallar. En el vestíbulo, Rafaele lo esperaba, apoyado contra la baranda con una copa de vino aún en la mano, como si supiera que su hijo no dormiría en paz sin descargar lo que lo consumía.
- ¿Qué cara es esa? - preguntó el padre con calma, aunque sus ojos sagaces lo estudiaban con atención.
Dante se detuvo frente a él, inspirando profundamente.
- La encontré llorando, padre. No frente a mí, claro… pero lo sentí en su voz.
Rafaele alzó una ceja.
- ¿Y qué te ha dicho?
- Lo descubrió con otra - escupió Dante, con una dureza que contrastaba con la serenidad de su padre - En la cama. El muy imbécil ni siquiera se molestó en ocultarlo.
Un silencio denso cayó entre ambos. Rafaele bebió un sorbo, como si ya esperara esa confesión desde el primer día. Luego sonrió amargamente.
- Arthur intentó darle un voto de confianza. Yo también. Pero hay hombres que se entierran con sus propias manos.
Dante apretó los puños, sus nudillos se pusieron blancos.
- No lo soporto, padre. No soporto imaginarla rogándole, humillada ante ese… imbécil. Y aún peor: que ese bastardo la trate como si fuera de su propiedad.
Rafaele lo observó en silencio, con esa mirada de zorro viejo que veía más allá de lo evidente.
- Y tú, figlio mio… ¿Qué harás con esa rabia?
Dante lo miró fijamente, la sombra de una promesa brillando en su mirada.
- Haré que lo pague. Haré que entienda lo que significa perder algo que jamás mereció.
Rafaele sonrió, con un destello de picardía paternal.
- No olvides que la venganza es un plato fuerte… pero la justicia, cuando nace de proteger a alguien, es más dulce.
Se acercó y le puso una mano en el hombro, apretando con la fuerza de quien no solo es padre, sino aliado.
- Si el destino puso a Serena en nuestra casa, no es por casualidad. No permitas que ese muchacho destruya lo que ella podría llegar a ser.
Dante asintió, con la rabia aún palpitando, pero también con una nueva claridad.
- No lo permitiré.
Rafaele soltó una carcajada seca y alzó su copa.
- Así se habla, figlio. Un italiano no conquista solo con palabras, sino con actos. Y tú, Dante… tú ya has comenzado.
El hombre frunció el ceño, repitiendo con un deje de ironía, aunque su voz vibraba más de lo que hubiera querido mostrar:
- ¿Conquista?
Rafaele soltó una carcajada breve, profunda, de esas que parecían venirle del pecho y de los años de experiencia. Dio un sorbo a su copa y lo miró como si tuviera delante no solo a su hijo, sino a un joven que aún no entendía la fuerza de sus propios sentimientos.
- Figlio… todo tu cuerpo grita lo que tu boca no quiere admitir. - Le dio un golpecito con dos dedos en el hombro - Deseas protegerla, cuidarla, sostenerla. Lo vi hace tres años, cuando esa niña entró llorando al despacho de Arthur con su uniforme escolar y lo veo ahora, en cada mirada que le lanzas cuando crees que nadie lo nota.
Dante se quedó inmóvil, con la respiración pesada. Recordó ese instante: el llanto ahogado de Serena, su voz temblando más de indignación que de fragilidad. Había querido marcharse con ella en ese momento, sacarla del alcance de quien la había hecho sufrir. Y esa sensación, descubría ahora, no había cambiado.
Rafaele suavizó la voz, con una calidez paternal que rara vez dejaba entrever.
- Si la quieres, protégela. Hazla sentir segura. No necesita que la salves como a una doncella desvalida, Dante… - sonrió, casi con ternura - Enséñale a ser fuerte. A tu lado.
Las palabras lo golpearon como un desafío y una verdad al mismo tiempo. Dante apretó la mandíbula, con la sangre latiendo en sus sienes. Por primera vez en mucho tiempo, entendió que su padre lo estaba empujando a mirar más allá del orgullo y la rabia.
O de sus propias corazas.
Rafaele levantó la copa, como cerrando el consejo con un brindis invisible.
- Eso, hijo, es la verdadera conquista.
Dante inclinó apenas la cabeza, sin poder disimular el peso que esas palabras le habían dejado clavado en el pecho.
El joven se marchó al pasillo privado con el fuego ardiendo en las venas, mientras Rafaele lo observaba con una mezcla de orgullo y complicidad.
Serena… la pieza que faltaba en la vida de su hijo. Y ahora el destino había tenido la cortesía de ponerla en su mesa.
Empresas Moretti - Amanecer
El amanecer apenas asomaba sobre Florencia, tiñendo de un ámbar pálido los ventanales del despacho. Dante se pasó una mano por el rostro cansado. No había dormido. La pantalla frente a él aún brillaba con artículos, informes y fotografías que había recopilado en las últimas horas sobre Damian Winters.
Imágenes en revistas sociales, sonrisas arrogantes en recepciones, copas de champán en mano y siempre en el centro de algún escándalo cubierto con dinero. En muchas de esas fotografías aparecía Serena, discreta a su lado, vestida con una elegancia que nunca buscaba llamar la atención, sino sostenerlo.
Y allí estaba lo que le arrancaba la calma: esa mirada de ella, serena - demasiado fiel- dejándose opacar para no incomodar, como si su papel hubiese sido solo dar brillo al malcriado.
Dante apretó los puños sobre el escritorio.
- Stronza… - murmuró entre dientes, pero no contra ella, sino contra el imbécil que había jugado con algo tan puro.
La imagen mental lo perseguía: Serena entrando en aquella suite, encontrándolo en la cama con otra mujer. La humillación, la traición… Y lo peor, la idea de que durante años ella había entregado su lealtad inquebrantable y ese idiota lo había pagado con engaño.
Cada vez que lo pensaba, la sangre le hervía.
Un calor oscuro le subía por las venas, furia y deseo entremezclados. Deseo de apartarla de ese recuerdo, de borrar con sus propias manos la sombra de Damian Winters en su piel.
Golpeó el escritorio con el puño cerrado, haciendo vibrar la pluma y las carpetas.
- Ese bastardo va a pagar…
Se reclinó en la silla, cerrando los ojos con fuerza. Pero al hacerlo, lo único que venía a su mente era ella: Serena en la mesa de anoche, sonriendo tímidamente cuando él la miraba, el rubor en sus mejillas cuando probó sus postres, la forma en que su voz tembló al hablar de Damian.
Dante apretó la mandíbula.
No era suya. Aún no. Pero maldita sea si no sentía que debía serlo.