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1749 Words
¿Cuál Es Tu Sueño? Mientras tanto, en el ala sur de la villa, Serena encontraba una paz inesperada. Entre las amplias salas donde trabajaban los pupilos de la fundación, descubrió un aire distinto: energía, sueños y pasión por proyectos que podrían cambiar vidas. Entró a una sala de descanso común, llena de puf mullidos con forma de pera, sofás, maquinas dispensadoras de golosinas, televisores, dispositivos con auriculares para escuchar música, mesas con papel y lápices, otras con tableros ajedrez, go o backgamon para aquellos que necesitaban tener las manos ocupadas. Los pupilos de los Moretti estaban sentados en un grupo compacto viendo como Kaela destruía la villa de Alessio en un video juego. - Oh, por favor. – gimió el joven frustrado desde el sofá donde estaba sentado – La idea es que nos enseñes. No que nos des una paliza cada vez que jugamos. - Lo siento… - se disculpó Kaela avergonzada sinceramente – Lo hago sin darme cuenta. Es la costumbre. - No es justo. No estás enseñando. Te estás jactando. – la regañó Mateo. - Hola, chicos… - los interrumpió Serena acercándose a ellos. - Señorita Serena… - dijo Elijah levantándose con cortesía para saludarla y los otros jóvenes lo molestaron por el gesto. - Es la costumbre. - se defendió el joven – Me enseñaron que si entra una mujer debo levantarme. - Pero eso se hacía en la época victoriana. – bromeó Kaela, pero Serena la detuvo. - Puede que así haya sido, pero es infinitamente galante que un hombre lo haga cuando entras. – le explicó – Son gestos que conquistan a las damas. No importa la época. Alessio y Mateo abrieron los ojos con asombro y miraron a Serena y luego a Kaela. - Tu acento es de Londres. – le dijo a Elijah sentándose en un sillón cercano. El joven asintió en tanto volvía a sentarse. - Crecí en una casa donde el dinero se escapaba como agua entre los dedos. Mi madre trabajaba el triple y aun así nunca alcanzaba. - ¿Y tu padre? - Es complicado… Casi no lo veo… Creo que ni se acuerda que tiene un hijo. Su expresión se ensombreció y todos se miraron sin saber que decir. - Mis padres murieron cuando era niña. – le dijo Serena con tranquilidad – No todos los tenemos cerca, pero de igual modo podemos hacer cosas geniales. El joven asintió con seguridad y volvió a sonreír. - Yo decidí que jamás viviría en el caos. Descubrí que los números podían ser un arma, que la organización podría cambiarlo todo. Cuando la fundación me aceptó, pensé que sería solo un ‘empleado brillante’. Pero Don Rafaele me mostró que no era un recurso, sino una pieza clave de la familia. Un error en las cuentas se corrige. Pero dañar a alguien que confía en ti… eso no lo perdono. Ya me basta con mi padre. - Eso es lo importante. – coincidió Mateo – Yo también estoy aquí por mi familia. En mi pueblo, el agua limpia era un milagro. Vi morir a mi abuelo por beber agua contaminada. No lo olvidaré jamás. Por eso, cuando Don Rafaele escuchó mi idea, no me trató como un campesino soñador, sino como un ingeniero. Financiaron mi primer pozo y hoy cientos de familias tienen agua segura Me esfuerzo para que nunca más un niño se enferme por algo tan simple. Yo sé lo que es luchar contra gigantes y siempre lo haré del lado de los que me dieron una oportunidad. El joven habló con tal convicción que todos lo miraron con orgullo. Hasta Kaela, quien era irreverente y desafiante le sonrió con confianza. Alessio habló luego de unos momentos. Siempre perdido en sus diseños e impresiones 3D no era un hombre de contar su intimidad, pero algo en la fuerza de Mateo lo motivó a seguir su sueño con igual pasión. - ¿Sabes por qué me quedé aquí, con los Moretti? – dijo finalmente - Porque me miraron a los ojos y no vieron un pobre artesano fracasado, sino alguien que podía cambiar vidas. Cuando era niño, mi hermana menor perdió una pierna en un accidente. Nunca hubo dinero para una prótesis decente. Vi su dolor, su vergüenza porque no podía moverse como antes y me juré que algún día otros niños no sentirían lo mismo. Por eso hago esto, signorina Serena. Para que otros niños corran, jueguen, vivan. La familia Moretti me dio el taller y la confianza. Les debo más de lo que podría pagar en tres vidas. - ¿Y tu hermana? – le preguntó la joven. - En casa, con madre y mis hermanos más pequeños. Yo los ayudo con parte de la beca y don Dante les ha ayudado a pagar sus estudios en una escuela cercana. Serena lo miró sorprendida. Sabía que don Rafaele tenía la mirada compasiva, pero Dante… Tan controlado y frío… No lo esperaba, pero le hizo sonreír. Ese hombre la seguía sorprendiendo. Kaela suspiró. - Mi historia tal vez no es tan solidaria como la suya. Yo no creía en nada. Ni en el sistema, ni en la gente. Me crié en el sistema de acogida ya que mi madre tenía demasiados hijos y sus parejas nos golpeaban más de lo que nos querían. Cuando descubrí que era buena con las computadoras, hackeaba porque podía, porque era buena y porque quería demostrar que nadie era intocable con sus códigos. Hasta que terminé frente a un juez. Fue don Rafaele quien me sacó de ahí. Yo había hackeado a uno de sus amigos y este le habló de mi. Movió todos sus contactos y se hizo cargo de mi rehabilitación frente al fiscal. Recuerdo que cuando me liberaron y me dejaron salir del tribunal me dijo: “Si puedes quebrar muros, también puedes construir puentes” Y tenía razón. Hoy protejo hospitales y ONGs de ataques como los que yo misma hacía antes ¿Por qué lo hago? Porque por primera vez siento que pertenezco a algo justo y que mis conocimientos protegen a gente que era tan débil como yo entre todo el sistema. - Eso es maravilloso… - dijo Serena conmovida – Todos tienen algo por lo que luchar y yo… - ¿Tu no? – preguntó Alessio sorprendido. - Desde que recuerdo siempre ayudé a mi abuelo con sus empresas o causas sociales. Comencé a actuar como anfitriona y tenía a… - iba a decir Damian, pero se contuvo. Ya no era parte de su historia ahora – Bueno… a alguien que creí que estaría conmigo… Aún estaba decidiendo que hacer, pero estaba cómoda. Quizás demasiado. No creí que todo cambiaría tan rápido… - Puedes hacer algo que disfrutes… - sugirió Mateo, de diecisiete años, el más joven de todos. Serena lo escuchó y meditó un instante. Llevaba días interactuando con ellos y se sentía cómoda a su lado. Cada vez que los visitaba,Alessio, con sus manos llenas de arcilla y polvo, le mostraba los prototipos de una ortesis diseñada en impresión 3D. Sus ojos brillaban cuando hablaba de niños que podrían caminar gracias a sus piezas baratas y resistentes. Kaela, la hacker de cabello corto y mirada astuta, se reía a carcajadas cuando Serena se atrevió a preguntar cómo funcionaban sus códigos. “No soy tan peligrosa como parezco”, bromeaba, aunque todos sabían que su talento había salvado a más de un hospital de problemas en la red. Mateo, dibujaba sobre papeles manchados de café la estructura de un pozo purificador que podría dar agua a aldeas olvidadas cada vez que imaginaba una nueva mejora. Serena lo escuchaba fascinada mientras él le contaba cómo había visto a su gente enfermar y había jurado no repetir esa historia. Y Elijah, con la calma propia de quien entiende de números y planes, la miraba siempre con respeto. Hablaba de negocios con un lenguaje que incluso ella podía comprender, mostrándole cómo había ayudado a pequeños talleres a sobrevivir con sus estrategias de negocio y comercialización. Los jóvenes parecían disfrutar su compañía tanto como ella la de ellos. Se sentía acogida, útil, como si por primera vez en mucho tiempo alguien quisiera escucharla sin imponerle nada. Cada risa compartida, cada confidencia ligera, era un contraste brutal con el silencio y la tensión que había sentido en la mansión de los Winters cuando se marchó. - Me gusta cocinar… como mis padres. – dijo finalmente - Pero no tengo estudios formales. Solo lo hago porque me gusta… - ¿Y porqué no partes desde ahí? – dijo Elijah – Si te gusta, puedes ir aprendiendo en el camino. Puedes hablar con don Rafaele para que te contrate un instructor… - Oh, no. – negó Serena de inmediato – Me han recibido y me están atendiendo como familia. Me daría vergüenza… - El Don dijo que eras su hija… Que eres esposa de Dante. Las mejillas de Serena se sonrojaron y bajó la vista a sus manos. - Dante se me propuso… pero no lo he visto después… Tal vez… se arrepintió. - No lo creo… - dijo Alessio con una sonrisa pícara sacando un sobre de su sudadera – Hoy vino a entregarnos esto y su sonrisa era gigante. Serena miró el sobre y al abrirlo vio una delicada invitación con caligrafía fina invitándolo a su boda privada que se haría en cinco días en el jardín interior de la villa. La joven abrió la boca asombrada y miró a los jóvenes que tenían la suya y le sonreían. - Ha estado preparando todo en silencio para darte una sorpresa. – dijo Elijah divertido. - No lo sabía… No me lo dijo. - Tal vez no quiere que desaparezcas. – bromeó Kaela – Nunca lo había visto sonreír así. La joven sonrió tocando con suavidad la invitación antes de devolverla a Alessio y levantándose para marcharse. Las emociones la abrumaron y no supo como manejarlas. - Debo ir a preparar la cena… - dijo apresurada – Nos vemos mañana, chicos. Con pasos rápidos salió del lugar. El corazón latiendo a toda prisa. Y no pudo evitar pensar en Dante. Aun así, esa noche, al cerrar los ojos, Serena se preguntó qué pensaba Dante de ella después de ese beso. ¿La evitaba por incomodidad? ¿O estaba demasiado ocupado con los negocios para recordarla? Nunca habría imaginado que, mientras ella buscaba su lugar entre los pupilos, él ya estaba construyendo el puente que los uniría para siempre.
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