Una semana y media después
New York
Joane
Alguien dijo alguna vez que no puedes juzgar a un libro por su portada, que necesitas abrirlo, sumergirte en sus páginas y tomarte el tiempo de comprender su contenido antes de emitir una opinión. Y aunque eso suena razonable, no siempre es suficiente. A veces necesitas releerlo, detenerte en detalles que pasaste por alto la primera vez, para comprenderlo y entonces, sí, atreverte a juzgar.
Con las personas no es tan diferente. La mayoría de las veces emitimos un juicio rápido basado en lo que vemos: una mirada fugaz, un gesto, tal vez unas pocas palabras. Nos quedamos con la superficie, con la impresión que deja un vistazo. Pero la verdad es que conocer a alguien de verdad requiere tiempo, paciencia, y más que todo, voluntad de adentrarte en su mundo, de descifrar las capas que se esconden detrás de lo evidente.
Sin embargo, hay idiotas que no necesitan tanta introspección. A esos, basta con echarles una ojeada para saber que están hechos de problemas. Su sola presencia emana advertencias: peligro, complicaciones, dolores de cabeza garantizados. Entonces da media vuelta, aléjate. No permitas que la curiosidad te empuje a mezclarte con ellos. No intentes justificar lo que ves, no busques "el lado bueno" cuando está claro que no lo tienen. Más que todo, entiende que debe primar tu sensatez, esa vocecita interna que te grita que no te acerques. Porque al final del día, hay libros que no vale la pena leer ni por primera ni por segunda vez. Y hay personas que tampoco merecen una oportunidad tuya.
Lo tenía clarísimo: no podía, bajo ninguna circunstancia, desperdiciar mi tiempo con el idiota de mi vecino. Admito que lo juzgaba sin remordimientos, porque no hacía falta ser un genio para darse cuenta de lo que era. A kilómetros de distancia se veía superficial, egocéntrico y narcisista. Un desfile constante de chicas pasaba por su departamento, y encima, parecía un completo vago, seguramente mantenido por sus padres.
No exagero al decir que, cada vez que me lo cruzaba en el pasillo, yo iba camino a mi oficina mientras él llegaba tambaleándose, con el aliento apestando a alcohol y la ropa desaliñada. Nada en su actitud o su aspecto sugería que tuviera algo remotamente en común conmigo. Por eso, jamás entendería qué demonios buscaba proponiéndome ayudarme a encontrar esposo. ¿Es que acaso me veía tan desesperada?
Ahí estaba él, Dexter, con esa maldita sonrisa traviesa que parecía tatuada en su rostro, esperando mi respuesta. La burla en sus ojos me encendía por dentro, pero no iba a darle el placer de verme perder los estribos. Respiré profundo, dejando que un breve silencio se instalara entre nosotros, y finalmente hablé con voz firme, aunque cargada de veneno.
—No me digas que ahora utilizas tu tiempo como casamentero. ¿A eso te dedicas? Porque apostaba que eras un mujeriego certificado, graduado con honores. Además, seguro tienes un máster en no hacer nada de provecho. O, mejor dicho, en darle placer a cualquier tonta que se cruce en tu camino.
Sus ojos brillaron con ese toque insolente que me sacaba de quicio, y su sonrisa se ensanchó aún más.
—¡Auch! —se quejó, llevándose la mano al pecho como si le hubiera herido de verdad—. No soy tan básico. Y, para que lo sepas, tampoco me he acostado con todas las chicas que conozco.
Me lanzó una mirada lenta, de pies a cabeza, cargada de lujuria. Sentí mis mejillas arder de rabia mientras lo fulminaba con la mirada, deseando borrar esa expresión arrogante de su cara.
—No me interesa tu maldita vida, Dexter, y mucho menos tu estúpido ofrecimiento —espeté, cruzándome de brazos—. Puedo tener citas y encontrar al hombre ideal, sola. No necesito la ayuda de ningún imbécil, ¿lo entendiste o quieres que te lo escriba en la mano?
Su sonrisa se torció en un gesto burlón, pero había algo más en su mirada: un atisbo de fastidio, quizá porque no esperaba tanta resistencia.
—Deja la agresividad, nena —replicó, alzando las manos como si estuviera rindiéndose, pero con un tono que me hizo hervir la sangre—. Solo quería hacerte un favor. Aunque, si me permites el consejo, con ese genio endemoniado espantas a cualquier candidato. Cambia la técnica. Muestra una sonrisa tímida, sé más... ¿cómo decirlo? Sumisa.
No me contuve.
—¡Guárdate tus consejos para alguien que le interesé escucharlos! —grité, extendiendo la mano con impaciencia—. Ahora dame mis llaves y el folleto.
Su sonrisa desapareció, y en su lugar apareció una mueca de frustración. Me lanzó las llaves y el folleto con un gesto brusco, depositándolos en mi mano.
—Gracias por nada —añadí con sarcasmo, mi voz cargada de desprecio.
Sin perder un segundo, abrí la puerta de mi departamento. Estaba a punto de cerrarla cuando lo escuché una última vez.
—Si cambias de parecer, la oferta sigue en pie —pronunció, su tono ahora más suave, casi como si se burlara de mi explosión.
No me giré a mirarlo, pero mis manos temblaban de pura furia. Cerré la puerta de un golpe, deseando poder borrar de mi mente su sonrisa, su voz, y, sobre todo, su arrogancia.
En resumen, esta noche no tengo una cita romántica como era el plan original. En lugar de eso, estoy en una discoteca con un grupo de compañeras de trabajo, incluida Lisa. Esta vez quiero relajarme, sin la presión de impresionar a alguien nuevo, aunque tampoco significa que esté cerrada a la posibilidad.
Vuelvo a dar un sorbo a mi coctel mientras las chicas bailan al ritmo de la música cuando el murmullo de mi amiga tiene mi atención.
—Joane, esta noche creo que estás de suerte —pronuncia, inclinándose ligeramente hacia mí—. El galán en la mesa del rincón lleva rato mirándote. Pero no voltees a mirar.
Mi curiosidad se despierta al instante.
—¿Qué galán? ¿El rubio o el morocho? —pregunto, tratando de no sonar demasiado interesada mientras mis ojos permanecen fijos en mi copa.
—El morocho de ojos verdes. Y acaba de levantarse. Viene para acá, directo a sacarte a bailar. No te hagas la difícil, Joane. Piensa que puede ser tu futuro esposo —bromea, guiñándome un ojo mientras se pone de pie y toma su bolso.
—¿A dónde vas? —pregunto, desconcertada por su repentina retirada.
—No quiero ser mal tercio. Después me lo agradecerás. Ah, y un último consejo: nada de sexo en la primera cita —añade con una sonrisa divertida antes de desaparecer entre las parejas que llenan la pista de baile.
Niego con la cabeza, riéndome por dentro de sus ocurrencias, pero no puedo evitar sentirme un poco nerviosa. Mis ojos buscan distraerse en cualquier otra cosa, hasta que una voz ronca y segura me toma por sorpresa.
—Hola, me llamo Mauro. ¿Bailamos?
Levanto la vista y ahí está, el famoso galán de ojos verdes. Su mirada directa y la sonrisa encantadora me desarman un poco. Esbozo una tímida sonrisa, sintiendo un ligero rubor en las mejillas.
—Claro, ¿por qué no? —respondo, dejando mi copa sobre la mesa mientras él me tiende la mano con confianza.
Unas horas más tarde
El baile no estuvo mal, pero no sé cómo una cosa llevó a la otra, y sin darme cuenta estábamos en la barra tomando tequilas. No recuerdo cuántos fueron, pero lo suficiente como para sentirme mareada. Intento mantenerme en pie, aunque las piernas me flaquean. Mauro me sujeta por la cintura, guiándome hacia la salida con una firmeza que empieza a incomodarme.
De repente, su voz llega a mis oídos como un eco distorsionado. La cabeza me da vueltas, las luces parecen más brillantes, y los rostros de las personas a nuestro alrededor son borrosos.
—Vamos a mi casa a seguir divirtiéndonos —dice Mauro con un tono autoritario que me hace fruncir el ceño.
Niego con la cabeza, tambaleándome ligeramente mientras trato de apartarme de su agarre.
—No me siento bien… Mejor pídeme un taxi, por favor —susurro, inclinándome hacia su oído para que me escuche.
Pero en lugar de soltarme, siento cómo su mano me aferra con más fuerza. Su rostro cambia, y una mirada oscura reemplaza el encanto de antes.
—Preciosa, no te hagas la difícil. Toda la noche estuviste coqueteando conmigo, y ahora quiero mi noche de sexo contigo —dice con una sonrisa que me hiela la sangre.
—¡Suéltame! No voy a ir a ningún lado contigo, apenas te conozco —respondo con la voz entrecortada, intentando liberarme de su agarre.
Él me aprisiona contra su cuerpo, sus ojos encendidos de ira y algo más que me aterra.
—¡Basta, preciosa! Deja los juegos… —insiste, ignorando por completo mis palabras.
Antes de que el pánico me consuma, una voz firme y llena de autoridad irrumpe a nuestras espaldas.
—Idiota, ¿acaso no escuchaste lo que te dijo la dama? Te ha dicho que la sueltes —la voz de Dexter es un eco persistente que atraviesa mi confusión.
Giro mi cabeza con dificultad, parpadeando varias veces mientras intento enfocarme en él. ¿Es real o solo una alucinación?
Mauro se gira parcialmente hacia Dexter, aun sujetándome con fuerza.
—Amigo, este no es asunto tuyo. Mejor sigue tu camino —escupe con desprecio, sus ojos chispeando de furia.
—Claro que sí, imbécil, pero si aún no lo entiendes, te daré tu merecido —responde Dexter con un tono tan amenazante como definitivo.
Antes de que Mauro pueda reaccionar, Dexter lanza un derechazo directo a su rostro. El golpe es certero, y Mauro me suelta mientras tambalea hacia atrás, llevándose las manos a la nariz. De repente, el nudo en mi estómago se aprieta. El mareo, el miedo, el alcohol… todo se mezcla, y no puedo contener las náuseas. Me inclino hacia un lado y vomito.
—Tranquila, Joane —señala Dexter, colocándose entre Mauro y yo mientras me sostiene con cuidado para que no caiga. Su voz, aunque firme, suena extrañamente protectora.
Al día siguiente
Vuelvo a girarme en la cama con toda la pereza del mundo, abrazando la almohada, cuando una fragancia diferente me saca de mi letargo. Este no es mi perfume. Es un aroma masculino, intenso pero agradable, y entonces mis ojos se abren de golpe. Parpadeo varias veces, tratando de despejarme mientras escruto cada rincón del lugar. Definitivamente, esta no es mi habitación.
Mi corazón late con fuerza cuando ruedo al borde de la cama y me doy cuenta de que solo estoy en lencería.
—¡Diablos! ¡Diablos! —murmuro casi en un hilo de voz, llevando las manos a mi rostro mientras intento reconstruir lo poco que recuerdo de anoche. Una imagen fugaz me asalta: Dexter golpeando a Mauro en la entrada de la discoteca. Pero después de eso, todo es un caos. Ni siquiera sé cómo terminé aquí.
La resaca me parte la cabeza mientras me incorporo con torpeza, buscando pistas de dónde estoy. Me acerco al armario y lo abro. Dentro encuentro trajes, ropa deportiva... nada mío. Reviso los cajones de la cómoda hasta que un sobre con un nombre llama mi atención: Dexter Quincy.
—¿Y ahora qué, Joane? —susurro para mí misma, mordiendo mi labio nerviosa.
El aroma a café recién hecho llega desde el exterior, y aunque mi mente está enredada, no puedo ignorar la tentación. Mis ojos recorren la habitación hasta detenerse en una camisa arrugada al costado de la cama. No es ideal, pero tampoco voy a salir casi desnuda. Me pongo la camisa de Dexter, que me queda enorme, y trato de armarme de valor para enfrentarlo.
Abro la puerta con cautela, siguiendo el pasillo hasta que lo encuentro en la cocina. Está de espaldas, torso desnudo y en bóxer, mientras revuelve algo en la cafetera. Sus hombros anchos y brazos definidos capturan mi atención, pero antes de que pueda desviar la mirada, se gira.
—Buenos días, Joane —saluda con una sonrisa burlona—, pero, por favor, sigue disfrutando la vista. No te avergüences.
El calor sube a mis mejillas mientras le lanzo una mirada fulminante.
—Hola, Dexter —gruño, a regañadientes—. Te confundes. No soy tan vulgar como para babear por un hombre solo por su físico. Prefiero alguien que use el cerebro.
Él se cruza de brazos, divertido.
—Pues anoche no lo parecía... —responde con satisfacción, y trago saliva, nerviosa.
—No puede ser... No puede ser... —murmuro, horrorizada—. No pude haberme acostado contigo... ¡Ni siquiera recuerdo nada!
Dexter se echa a reír, relajado, como si mis palabras fueran lo más divertido que ha escuchado en años.
—Tranquila, Joane. No tuvimos sexo. Aunque fuiste muy... cariñosa —pronuncia, enfatizando la última palabra, y levanta una mano cuando abro la boca para protestar—. Pero jamás me aprovecharía de una mujer ebria, a diferencia de tu galán de turno.
Me tiende una taza de café, y aunque mi orgullo grita que lo rechace, la acepto con un suspiro.
—Gracias... por ayudarme y por el café —murmuro, casi inaudible.
Dexter se sienta frente a mí, apoyando un brazo en el respaldo del taburete.
—No hace falta que me des las gracias, pero deberías considerar dejar de buscar esposo en un bar. Allí solo encontrarás imbéciles... o, si quieres un cambio, deja que un experto te ayude.
Levanto una ceja, incrédula.
—¿Por qué debería confiar en ti? ¿Y qué ganas tú? —espeto, mi voz cargada de irritación.
Su mirada verde se encuentra con la mía, y algo en sus ojos me desconcierta, como si estuviera viendo a través de mí, lo que me deja sumergida en mis pensamientos.