El mismo día
New York
Dexter
Error, desastre, caos, desperdicio, esas son las palabras que vive repitiéndome mi padre o como me encasilla por la vida que elegí, pero me cansé de hacer lo que todos esperan de mí, de sus exigencias, de no poder tomarme un respiro. No es rebeldía, menos soy un vago como algunos piensan, más bien deje de encontrarle sentido a todo, tampoco es inmadurez, es solo que me canse de luchar contra la corriente.
A mi edad no se justifica sentirme un perdedor, pero me siento indefenso viendo mi vida deslizándose delante de mí y no poder hacer nada, entonces no sé …tal vez en los excesos hay algo de claridad o es lo que intento tener, aunque la verdad es que cada día siento que estoy más perdido. El sexo dejo de ser divertido, emborracharme solo apacigua como me siento por unas pocas horas, lo que significaría ser el mayor imbécil por seguir viviendo en el caos.
Aun así, no sé porque carajos me encanta fastidiar a mi vecina o si conozco la respuesta, Joane es la única mujer que le da un poco de emoción a mis días. Ella no tiene mascaras conmigo, dice lo que piensa sin filtros y mis tácticas de seducción no sirven. No es fea, todo lo contrario, es hermosa e inteligente, de unos 30 años de edad, cabello largo, castaño oscuro y ondulado. Su piel es clara y sus rasgos son suaves y delicados, con grandes ojos marrones que te hechizan. Sus labios color carmín te invitan a besarlos. Es esbelta y quizás de 1,70 cm de altura. Sin embargo, no entiendo ese afán de involucrarse con idiotas o sí lo sé, quiere encontrar un esposo como si fuera tan fácil como escoger un vestido. Allí fui que abrí mi gran bocotá proponiéndole ayudarla. Lo que recibí fue una sarta de insultos, ver su rabia desbordando en cada silaba pronunciada y solo le faltó darme un par de bofetadas como si hubiera dicho algo descabellado.
A todo esto, como ingenuo, fui a visitar a mi madre. Apenas crucé la puerta, sentí la emboscada. Ahí estaba mi padre, con ese aire de superioridad y el ceño tan fruncido que parecía esculpido en piedra.
—¿Otra vez así, Dexter? —me soltó de golpe, mirándome de arriba abajo con desprecio.
Intenté ignorarlo, pero su tono solo fue subiendo, cada palabra como un látigo. “Error, desastre, desperdicio”. Siempre el mismo repertorio.
—¿Por qué nos haces esto, Dexter? —gritó finalmente, su rostro rojo de furia.
Mis puños se cerraron, pero me forcé a mantener la calma. No valía la pena responder. Sabía que solo avivaría el fuego. Cuando por fin salí de ahí, mi pecho ardía de rabia contenida. Fui directo a una discoteca, a la zona de la barra.
El whisky quemó mi garganta, pero no logró apagar el incendio en mi pecho. Estaba en mi tercer vaso, inmerso en mi rabia, cuando la vi. Joane, en la salida del bar, forcejeaba con un idiota que no parecía entender la palabra no. Su grito resonó por encima del ruido: —¡Suéltame!
Algo en mi interior se desató. Me levanté de un salto, cerrando la distancia entre ellos. Mi puño se alzó antes de que pudiera pensarlo, y el impacto resonó en mis nudillos.
El tipo soltó a Joane, tambaleándose hacia atrás, pero no fue suficiente. Mi sangre hervía. Uno, dos, y un último puñetazo lo mandaron al suelo.
—¡Cabrón! —gruñí, con la voz aun temblando de furia—. Esto es para que aprendas a respetar a las mujeres. Y más te vale mantenerte lejos de Joane, o tendrás que vértelas conmigo.
El idiota no respondió. Apenas levantó la mirada, y con suerte, entendió el mensaje.
Mi atención se desvió hacia Joane. Estaba a unos pasos, tambaleándose como si la gravedad la estuviera venciendo. Sus ojos estaban vidriosos, confusos, apenas lograban enfocarme.
—No necesito tu ayuda… —farfulló, con esa mezcla de orgullo y fragilidad que la caracterizaba.
—Claro que no, Joane —respondí, controlando mi tono. Aún temblaba de la adrenalina, pero no quería asustarla. Me acerqué con cuidado, tomándola del brazo antes de que se desplomara.
Mientras la llevaba a mi auto, trataba de apartarme.
—Puedo hacerlo sola… —balbuceó, empujando débilmente mi mano.
—Lo sé. Pero esta vez, déjame ayudarte, ¿sí? —dije, esforzándome por mantener la calma, aunque por dentro quería gritarle que dejara de ser tan terca.
Logré acomodarla en el asiento del copiloto. Su cabeza cayó contra el respaldo, pero sus ojos, aunque pesados, todavía trataban de enfocarme. Entonces levantó un dedo tambaleante, señalándome con algo que parecía un intento de autoridad.
—No creas que esto… cambia algo entre nosotros —espetó, arrastrando las palabras. Su voz era grave, interrumpida por pequeñas pausas—. Para mí… sigues siendo un imbécil… un imbécil guapísimo.
No pude evitarlo. Me reí por lo bajo, negando con la cabeza.
—Lo sé, Joane. Nada cambiará entre nosotros. Pero dime algo, ¿por qué te irrito tanto? ¿Por qué me odias?
Ella frunció el ceño, como si la pregunta la hubiera descolocado. Luego soltó una risa breve y amarga.
—Ja, ja, ja… No te odio, Dexter. Es que no entiendo cómo, hasta siendo un patán, puedes ser… lindo.
Su mirada se clavó en la mía, buscando algo que no podía definir.
—Dime una cosa con sinceridad… ¿Qué tengo de malo? ¿Por qué no… puedo encontrar un tipo decente?
La sinceridad en su voz me tomó por sorpresa. Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
—No tienes nada de malo, Joane. Eres hermosa, inteligente… pero a veces puedes ser muy agresiva. Eso asusta a la mayoría de los hombres. Aunque a mí no.
Su rostro, tan rígido hace un momento, se suavizó. Había algo vulnerable en su expresión, como si estuviera procesando lo que acababa de escuchar.
—¿En serio…? —murmuró, y por primera vez, su sonrisa no tenía sarcasmo. Era pequeña, casi tímida—. Me caes bien, pero no se lo digas al tonto de mi vecino. Ese galán con el que quiero tener sexo salvaje…
Su voz se apagó mientras sus ojos se cerraban lentamente. Se quedó dormida, con la cabeza ladeada contra la ventana.
La observé en silencio, intentando descifrar qué acababa de suceder. Tal vez fue el alcohol, o tal vez, por primera vez, Joane había sido honesta conmigo. Y eso, por raro que suene, me dejó desarmado.
Al final no encontré las llaves de su departamento, entonces la traje al mío con la idea de que se reponga de su borrachera. Esperaba que se levantará al mediodía o que me diera tiempo de darme una ducha, pero me sorprendió verla en la cocina observándome con mucha concentración, entonces no perdí la oportunidad para molestarla dejando entrever que tuvimos sexo. ¿y quién no lo haría en mi lugar para darle una lección? Juro que moría de risa mientras veía su rostro escandalizado, aunque prevaleció la honestidad.
Y por primera vez escuché un verdadero gracias, aunque no sé qué diablos me sucede con ella por meter mis narices en sus problemas, al punto de ofrecerle mi ayuda para buscar esposo. Sí, enloquecí, es solo un ataque de aburrimiento, un estado mental o Joane me importa, mientras lo descubro ahora necesito una disculpa razonable para que me deje ayudarla. Así, un breve silencio nos envuelve mientras sigue su mirada clavada en la mía queriendo develar mis intenciones por mi oferta.
Joane toma un sorbo de café, su mirada fija en mí con una mezcla de sospecha y cansancio. Dejo que el silencio se extienda un momento antes de hablar, apoyándome en la encimera de la cocina con los brazos cruzados.
—¿Por qué deberías confiar en mí? Simple: no quiero vivir rescatándote de imbéciles. Tampoco pienses que voy a convertirme en tu guardaespaldas personal. —Mi tono es despreocupado, casi burlón, mientras mis ojos no pierden detalle de su reacción—. Tengo cosas más importantes que hacer.
Ella arquea una ceja, rodando los ojos con teatralidad mientras deja la taza en la mesa con un leve golpe.
—¡Chistosito! —espeta, cruzando los brazos frente a su pecho—. Lo de anoche fue un hecho aislado que no se repetirá. Más bien creo que buscas sacar ventaja de mí.
Su mirada es un desafío, y no puedo evitar que una sonrisa burlona se dibuje en mis labios. Me enderezo, imitando su postura con un aire de diversión evidente.
—Si hubiera querido aprovecharme, lo habría hecho anoche mientras te quitaba la ropa. Pero me comporté como un caballero. —Dejo que las palabras cuelguen en el aire un segundo más del necesario, solo para ver el destello de incomodidad en su rostro. Entonces, añado con un tono más casual—: Aunque sí, quiero algo de ti.
Ella frunce el ceño, su desconfianza se vuelve más evidente mientras entrelaza las manos sobre la mesa, sus dedos tamborileando ligeramente contra la superficie.
—¿Qué cosa? —pregunta, inclinándose un poco hacia adelante, su tono cargado de escepticismo—. ¿Quieres que te pague por unos cuantos consejos?
—¡No! —respondo con rapidez, agitando una mano en el aire para descartar la idea. Un destello de inspiración cruza mi mente, y sé que es una locura, pero no puedo evitar soltarlo. Tomo aire antes de hablar, asegurándome de no titubear—. Necesito que me ayudes con algo.
Ella ladea la cabeza, sus ojos entrecerrados mientras intenta descifrar mis intenciones.
—¿Qué será lo que buscas? —insiste, ahora con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Quiero que mi padre me deje en paz. —Empiezo a explicar con un tono más serio, aunque mantengo la mirada fija en ella, midiendo cada reacción—. Cree que necesito sentar cabeza, formar una familia… esas tonterías. Pensé que, si te hago pasar por mi novia, lo calmaría.
El silencio que sigue es casi ensordecedor. Joane parpadea un par de veces, como si intentara procesar lo que acabo de decir. Y luego, estalla en carcajadas, tan fuertes que casi derrama el café sobre la mesa.
—¿Acabas de pedirme que sea tu novia falsa a cambio de ayudarte a encontrar un tipo decente? —pregunta entre risas, llevándose una mano al estómago. Su tono está cargado de incredulidad—. ¿Entendí bien?
—Exacto. —Me encojo de hombros, manteniendo mi expresión tranquila, como si fuera lo más lógico del mundo—. Tú consigues un esposo, y yo calmo a mi padre.
Joane se inclina hacia atrás en la silla, sus ojos aun brillando con diversión mientras me observa como si estuviera viendo a un loco.
—¿Y tú realmente crees que voy a aceptar algo tan ridículo?
—¿Por qué no? —replico con un tono despreocupado, apoyándome nuevamente en la encimera—. Es un trato en el que ambos ganamos. ¿Tenemos un acuerdo? —presiono sin apartar mis ojos de los suyos buscando una respuesta, pero su silencio me confunde y me deja pensativo.