Konstantin la mira de arriba abajo.
—Entonces supongo que deberías decidir qué parte prefieres que cumpla primero.
Ella se levanta de golpe, camina hacia la puerta… y antes de salir, se gira lentamente.
—La cena es el sábado a las ocho. Elige bien tu ropa… porque yo sí me pienso robar la atención.
Y sale, dejando su perfume de victoria en el aire.
Konstantin soltó una carcajada baja. Luego, fue directo a su teléfono.
—«Katrina» —dijo al descolgar—, «necesito tres cosas: el mejor restaurante con terraza privada en Moscú, te enviaré una lista de canciones favoritas de Kira … y necesito que ordenes un vestido rojo. Talla Kira. La mejor joyería y zapatos de cristal, lo que sea que eso signifique»
—«Si, señor»
Esa misma noche, la pijamada en casa de Kira era un completo desastre organizado: cojines por todos lados, mascarillas faciales verdes, esmaltes tirados en la alfombra, revistas de moda abiertas, un tarro de palomitas, cerveza, chocolate y carcajadas sin parar.
—Te digo que si mañana no estamos hechas unas diosas, fracaso total de esta pijamada —dijo Iandra, moviendo su cabeza como diva mientras Kira intentaba hacerle una trenza.
—¿Diosa tú? ¡Por favor! —rió Kira, tirando a propósito de un mechón—. Como mucho, seremos dos mapaches hidratados.
Estaban en ese intercambio de bromas cuando sonó el timbre.
—¿Quién será? —gruñe Kira, sentándose en las rodillas—. Si es la señora Lupita otra vez con que bajemos la música...
Ximena, que pasa cerca, mira por el intercom, las interrumpe con una sonrisa cómplice.
—No, niñas. Esta vez es para ustedes. Porque yo no he ordenado nada.
Antes de que pudieran preguntar, dos empleados uniformados entraron a la sala cargando varias cajas enormes envueltas en papel brillante y lazos gruesos de satén.
—¿Qué es todo esto? —pregunta Iandra con los ojos como platos.
—Pero yo, no he ordenado nada mami.
—Bueno, averiguen quién sería. Puede ser de algún pretendiente anónimo, hijas mías.
Uno de los empleados entregó todo junto a una pequeña tarjeta de terciopelo a Kira.
Kira la abre.
Una sola línea, escrita en caligrafía impecable:
"Para que brilles como sé que sabes hacerlo. —K.V."
—¿K.V.? —repite Iandra acercándose como un sabueso.
—Konstantin Vólkov—murmura Kira, sintiendo que la cara se le quemaba.
—¡¿Quééé?! —grita Iandra, casi saltando—. ¡¿El mismísimo Konstantin Vólkov te mandó esto?!
—Parece que sí —dijo Kira, aturdida.
—¡Ábrelo, ábrelo! —pidió su madre, Ximena, divertida.
Kira, aún reacia, rompió uno de los papeles. Dentro había una caja de terciopelo negro... y al abrirla, un vestido rojo escarlata, espectacular, digno de una alfombra roja.
Iandra chilló como si hubiera visto un unicornio.
—¡Es un Sokolov! —grita—. ¡Kira, esto no es un vestido, es una obra de arte! ¡Es carísimo! ¡Es... es...! —Se quedó sin palabras, llevándose las manos a la boca.
—¡Y hay más! —señala Ximena, señalando otra caja.
Kira abrió la segunda: un juego de pendientes y collar de diamantes tan brillantes que cegaban.
—¡Madre mía! —exclama Ximena, asomándose—. ¡Eso tiene más quilates que mis sueños frustrados de juventud!
Kira se lleva la mano a la frente.
—¡No puede ser! ¿Porque se molesta en enviar eso? ¿Me está diciendo pobre? ¿Acaso no sabe que mi abuelo Alejandro es dueño del banco más grande de América?
—Hay, niña, déjalo ser. Debió esforzarse bastante para conseguir todo esto. El gesto es lo que cuenta. Por lo menos dale el crédito de que sabe lo que vales—le dice su madre.
—Apuesto mi cuello en la guillotina de piratas del caribe, por la botella de ron del pirata Jack, que lo único que movió fue la mano para llamar a su asistente y pedirle que haga todo por el.
Iandra abre otra caja más pequeña y chilla:
—¡Zapatillas de cristal! ¡Edición limitada! ¡Las que salieron en la revista Vogue la semana con pasado! ¡No puedo! —Se desplomó teatralmente sobre los cojines.
—¿Zapatillas de cristal? —repite Ximena, entre risa y asombro—. ¿Quién se cree este hombre? ¿El hada madrina?
—Es Konstantin. No hace nada a medias —masculla Kira, sin saber si reír o llorar.
—¿Y tú qué piensas hacer? —preguntó Iandra, brincando como niña pequeña.
—¡Devolverlo todo o casarme con Katrina su asistente! Eso sí tiene buen gusto —dijo Kira alzando los brazos muerta de risa—. ¡Esto es demasiado gracioso mamá!
—¿¡Devolverlo o casarte con la asistente!? —repitieron Iandra y Ximena al unísono, como si fuera un crimen de esa humanidad.
—Kira... —dice su madre, acercándose con una sonrisa sabia—. No seas tonta. Agradece el gesto y úsalo para verte divina a su gusto.
—¡Exacto! —añadió Iandra, levantando la caja del vestido como un trofeo—. ¡Que le dé un infarto de lo hermosa que te vas a ver! ¡Apuesto a que él ni siquiera lo ha visto!
—No lo sé... —refunfuña Kira, dejando caer la cabeza en las manos.
Y entonces... sonó el timbre otra vez.
Esta vez, fue Dimitri Ivanov, el abuelo de Kira, quien cruzó la puerta como un huracán.
—¿Qué es este circo? —gruñe, mirando las cajas abiertas.
—Regalos de Konstantin —explica Kira, divertida—Bienvenido, abuelo.
Dimitri frunce el ceño.
—Hmph. ¿Ya empieza con sus jugadas?
—¿Jugadas? —pregunta Kira, parpadeando.
—Te mandará flores, regalos, palacios si lo dejas. Los Vólkov no saben cortejar de forma humilde —sentencia Dimitri, quitándose el abrigo.
Kira suspira.
—¿A qué viniste, abuelito?
Dimitri le lanza una mirada que hizo que Kira supiera que no se libraría fácil.
—Mañana vas a acompañar a Konstantin a instalarse en su penthouse.
Kira saltó del sofá como si le hubieran puesto un resorte.
—¡¿QUÉ?! ¡No! ¡No, no, no!
Iandra se reía tan fuerte que casi se cae de la silla.
—¡Sí! —dijo Dimitri con su voz de mando—. Mañana a las diez en punto.
—¡Pero yo tengo mucho trabajo! ¡Un operativo real! ¡Una invasión alienígena! —protesta Kira, pataleando en el sofá como una niña.
—Tendrás tiempo para ambas cosas —dijo Dimitri con calma asesina—. Primero, tu deber familiar.
Kira, con el cabello desordenado y la mascarilla a medio derretir en su cara, parecía más una niña caprichosa que una guerrera.
—¡No quiero! ¡No pienso ser su niñera de lujo! ¡No pienso cargarle las maletas!
—¿Niñera de lujo? —repite Iandra, carcajeándose—. ¡Ay, por favor, quiero ver eso! ¿puedo ir?
—¿Puedo llevar un cartel que diga “esclava obligada”? —añadió Kira, dramática.
—Podrías llevar ese vestido rojo —apuntó su abuelo con una media sonrisa—. Apostaría a que el joven Volkov estaría muy... agradecido.
—¡Abuelo! —grita Kira, indignada.
Ximena, conteniendo la risa, intervino:
—Ya, Kira, tómalo como un juego. Además, no hay nada malo en lucirse un poquito. ¿Cuántas veces tienes la excusa de usar zapatos de cristal edición limitada?
—¡Sí! —corrobora Iandra—. ¡Yo mataría por esa oportunidad!
—¿Ves? —dijo Dimitri, palmeándole el hombro a su nieta—. Lo tienes fácil. Un par de horas de tu vida... y luego puedes ir a jugar a los espías.
Kira rodó los ojos tan fuerte que casi ve su cerebro.
—Fine. I Will Take It —gruñe mientras habla en ingles, levantando las manos—. ¡Pero si Konstantin empieza con su arrogancia rusa, juro que lo tiro por el balcón del penthouse!
—Tú solo mantén la calma... y los tacones firmes —rie Iandra.
—Y sonríe —añadió su madre.
—Y no lo mates... todavía —remata su abuelo.
Kira bufó.
—Me siento como una princesa de cuento... pero en versión "amenazada por su familia".
Iandra rió tanto que terminó rodando por la alfombra.
Kira, finalmente, abrazó una de las cajas y miró a su amiga con una sonrisa resignada.
—¿Me ayudas mañana a parecer un ángel vengador?
—¿Ángel vengador? —rie Iandra—. ¡Te voy a dejar tan espectacular que Konstantin ni recordará su nombre!
Ambas se miraron, cómplices.
El campo de batalla estaba listo. Solo que esta vez... las armas eran tacones, vestidos de diseñador y sonrisas letales.