La sirena y el lobo.

1861 Words
El ascensor privado del Gran Hotel Ivanov subía en completo silencio. Las luces tenues del techo reflejaban sus rostros con suavidad, pero nada podía suavizar el filo que vibraba entre ellos. Kira, con su impecable traje color rosa y su cabello recogido con perfección milimétrica, sostenía una carpeta con los protocolos de instalación para ejecutivos VIP. A su lado, Konstantin Vólkov vestía un conjunto sobrio, n***o y elegante, con una chaqueta entallada que marcaba la amplitud de sus hombros. El ambiente era tan denso que hasta el ascensor parecía moverse más lento. —Así que tú serás mi guía personal —dijo él, sin mirar el panel del ascensor. —No por gusto —respondió ella, fría—. Mi abuelo lo pidió. Yo obedezco. —Me encantan las mujeres obedientes... pero me obsesionan las que fingen que lo son —murmura, bajando apenas la voz, como si sus palabras fueran un secreto. Kira no cayó en la trampa. No respondió. Solo apretó los labios y fijó la mirada en el número de piso que se acercaba. Cuando llegaron a la suite, el botones ya los esperaba con las maletas. Kira abrió la puerta con su tarjeta y le indicó al joven dónde dejarlas. Konstantin, mientras tanto, observaba todo con una calma peligrosa, como un depredador oliendo territorio ajeno. —¿Quiere que le muestre los servicios? —pregunta Kira profesionalmente. —Muéstramelo todo, princesa —replicó, con ese tono grave que se sentía más en la piel que en los oídos. Ella lo ignoró. El botones se retiró tras recibir una generosa propina de parte de Konstantin. Entonces quedaron solos. Kira comenzó su explicación, dándole la espalda mientras caminaba hacia la pequeña consola de control de la habitación. —Para solicitar servicio a la habitación, marque la extensión 101. Spa y bienestar, 202. Seguridad privada, 000. En caso de emergencia, hay un botón bajo el escritorio principal. Todo el sistema está automatizado. Hay una salida de emergencia que da al techo. Puede cerrar cortinas, ajustar la temperatura, cambiar el ambiente de luz, todo desde aquí —decía con voz neutra, mientras pulsaba algunos comandos en la pantalla táctil. No lo escuchó moverse. Pero lo sintió. Un leve crujido de tela. Algo sutil, casi imperceptible. Cuando se giró, buscando mostrarle el sistema de sonido ambiental… lo vio. Konstantin estaba deshaciéndose de su camisa, con la chaqueta ya arrojada sobre el sofá de cuero n***o. Sus manos desabotonaban lentamente el último botón. Y cuando el algodón cayó al suelo… el tiempo pareció detenerse. Su torso era todo lo que Kira recordaba. Y todo lo que intentaba olvidar. Los músculos marcados, la piel ligeramente dorada, la cicatriz apenas visible en su costado. Ese mismo cuerpo que había visto envuelto en vapor semanas atrás, la noche que casi acababa con su vida. La noche que, para su desgracia, no podía borrar de su mente. —¿Estás cómoda? ¿Te gusta lo que ves? —pregunta él, como si no notara el temblor en su respiración. —Ponte algo. Esto es una visita profesional —dijo ella al fin, bajando la mirada, aunque ya era tarde. —¿Lo es? Porque yo recuerdo que la última vez que estuviste conmigo en una habitación... no pensabas en negocios. Kira levantó la cabeza, fulminándolo con los ojos. —Estaba por matarte. —Y sin embargo, aquí estoy. Vivo. ¿Te molesta eso? ¿quieres que lo intentemos de nuevo? Ella apretó los dientes. —No me molesta que estés vivo. Me molesta que creas que puedes jugar conmigo. —Yo no juego, Kira. Yo elijo. Y te elijo a ti. Siempre lo he hecho, aunque me odies. —Yo no te odio —dijo, dando un paso hacia él con los ojos encendidos—. Te recuerdo. Como una herida abierta que no termina de cerrar. Cuando te veo es como si viera a tu abuelo dar la orden de matar a mi padre. —Entonces curémonos, yo también creo parecerme a él en algunos aspectos—susurra él, sin apartar la mirada—. O ábreme más la herida. Te doy ese derecho. El silencio se apoderó de la habitación. Kira respiró hondo. Dio media vuelta. No iba a caer. No en ese momento. —Disfrute su estadía, señor Vólkov. Todo está en orden —dijo con frialdad. Y antes de que él pudiera responder, ya había salido por la puerta, con los tacones retumbando como disparos sobre el suelo de mármol. Konstantin se quedó allí, semi desnudo y con una sonrisa oscura en los labios. Porque sabía que ella estaba temblando por dentro. Igual que él. Y eso era más que suficiente… por ahora. Era jueves de Pascua o "Easter Day" y el hotel estaba a reventar. Familias corriendo por los pasillos, niños con orejas de conejo buscando huevos de chocolate por cada rincón, y empleados estresados intentando mantener el orden entre tanta algarabía. Kira, como siempre, había estado al mando de todo. Con su carpeta en mano, su radio en la cintura y esa mirada fría que todos respetaban más que cualquier discurso. Cuando el reloj marcó las diez de la noche, su agenda por fin respiró. No podría irse a casa esa noche. El tráfico, el exceso de huéspedes, y el hecho de que tenía que supervisar los eventos del viernes a primera hora, la obligaban a quedarse. —Una noche en el infierno de cinco estrellas —murmuró mientras subía a la planta soterrada donde se encontraba la piscina climatizada del hotel. Era un rincón casi secreto, rodeado por paredes de cristal opaco y techos altos, con luces tenues y un silencio casi sagrado. Se deshizo del abrigo, del estrés, del día... y se lanzó al agua en traje de baño, uno que le habían regalado de la tienda y nunca se había puesto, como si con eso pudiera ahogar todo lo que no la dejaba dormir. Nadaba de un extremo a otro, sin detenerse. Cada brazada era un escape, cada sumersión un suspiro que no quería dar fuera del agua. Lo que no sabía, es que no estaba sola. Y que ese traje de baño no era tan simple como pensaba. Konstantin estaba afuera, en el jardín interior que daba justo a uno de los paneles de vidrio. Sentado sobre un cojín de piedra, con un libro de trigonometría en mano —uno de sus extraños placeres nocturnos—. Pero al verla, dejó de leer. Observó cómo el agua abrazaba su cuerpo, cómo se deslizaba como una sirena sin rumbo fijo. El traje de baño n***o transparente de una sola pieza dejaba poco a la imaginación, y sin embargo, lo que más lo cautivó fue su expresión. Estaba sola. Verdaderamente sola. Vulnerable. Real. No podía evitarlo. Se puso de pie. Entró por la puerta lateral con el silencio de un ladrón elegante, tomó una toalla de lino blanco de la repisa y se agachó junto al borde, justo donde ella estaba por salir. Kira, al llegar al borde, se alzó con fuerza, soltando el agua de su cabello como una diosa de las profundidades. Y ahí estaba él. —¿Te estás ahogando o simplemente nadas como si quisieras olvidar el mundo? —pregunta con ese tono suave que siempre ocultaba intenciones peligrosas. Kira lo miró entre sorprendida y fastidiada. Tomó la toalla de su mano sin agradecer, solo con un gesto seco. —¿También vas a empezar a acosarme en mi tiempo libre? ¿O no tienes nada mejor que hacer?—le dice mientras se seca el pelo. —Estoy estudiando —dijo mostrando su libro—. Y vi algo más interesante que una fórmula. —No me mires como si me conocieras —advirtió mientras se secaba los brazos. —No te conozco —aceptó, sin dejar de observarla—. Pero sí te veo más y más te deseo. Te imagino completa. —¿Imaginarme? —arqueó una ceja. —Sí. Imaginé que en la soledad eras así. Silenciosa. Sin armadura. Casi desnuda. Más letal que con ella. Kira se pone la toalla en el hombro. —Y yo imaginé que sabías respetar los límites. Me equivoqué. —Límites, Kira... —se puso de pie con la calma de un hombre que sabe lo que provoca—. Tú los trazas con la boca, pero los borras con los ojos. Ella sintió un nudo en el estómago. Lo odiaba. Lo deseaba. Lo odiaba más por desearlo. —Que descanses, señor Vólkov —dijo con frialdad, girando sobre sus talones. —Lo haré —respondió con una sonrisa torcida—. Después de soñar contigo otra vez y más con esa vista. Y sin esperar respuesta, volvió a salir como había llegado. Sin ruido. Sin pudor. Dejándola ahí, con la toalla en el hombro y el corazón latiendo con rabia. Porque sabía que no era él quien perdía el control. Era ella. Media hora después, Kira cerró la puerta de su habitación de un portazo seco. El corazón aún le latía con fuerza, pero no por rabia, no únicamente. Se dejó caer contra la madera, respirando hondo. —Idiota... —murmuró, aunque no sabía si se refería a él o a ella misma. Caminó hasta el espejo con la toalla aún colgando del hombro. Se la quitó sin ceremonia, con la firme intención de olvidarse del idiota de Constantin y dormir como una roca. Pero entonces se miró. Y la cara casi se le cae al piso. —¡¿Pero qué carajos...?! El traje de baño n***o, ese que le regalaron, resultó ser más ilusión óptica que ropa. No era que fuese ajustado. No, no. Es que era transparente. En serio. Un suspiro de tela. Una mentira. Sus pezones parecían decir "hola" con entusiasmo, y la raya del trasero saludaba como un viejo amigo: ¿cómo estás, vecina? —¡Oh, por Dios! —se cubrió con ambas manos como si eso arreglara algo—. ¡Y ese imbécil...! ¡Ese maldito ruso del demonio lo vio todo! Se le vino a la cabeza cada frase, cada palabra suya. "Te imagino completa", "más letal sin armadura". ¡El descarado estaba narrando lo que veía como si fuera un poeta en celo! Y ella, como estúpida, creyendo que era pura metáfora. —Claro que me imaginas, maldito degenerado... Si me viste más que el ginecólogo. Y de pronto no pudo evitarlo: se rió. Una risa seca, nerviosa, incrédula. —Lo mato. Mañana mismo. Pero antes me quito esto y dejo de tomar regalos sin saber si procedencia...o sus propósitos... uno que no sea hecho de papel de arroz. Se puso el pijama con dignidad herida después de ducharse, dispuesta a no pensar más en Constantin Vólkov. Pero claro... eso duró hasta que se acostó. Porque en cuanto cerró los ojos, lo vio. Él. Mirándola como si ella fuera el misterio más interesante del universo. Con esos ojos fríos y esa sonrisa de quien ya sabe que va ganando. —Mierda... —susurra, y se tapa la cara con la almohada. Sí. Ella estaba perdiendo. Y lo sabía más que nadie en ese mundo.
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