Una junta muy peculiar

1528 Words
El Gran Hotel Ivanov resplandecía con su elegancia imperial. Desde el piso más alto, la sala de juntas mantenía un aire de solemnidad y poder. El cristal blindado permitía una vista panorámica de la ciudad de Moscú, mientras la mesa ovalada de ébano pulido se llenaba de voces formales, presentaciones y portátiles abiertos con gráficas brillando en las pantallas. Sentada al frente, con la espalda recta, una pierna cruzada sobre la otra y un bolígrafo entre los dedos, Kira Ivanov Valdivia imponía respeto. Vestía un traje sastre morado oscuro, entallado a la perfección, con una chaqueta de hombros marcados y pantalones rectos que delineaban su figura sin necesidad de exagerar. Su blusa de seda negra cerrada hasta el cuello contrastaba con la piel pálida de su escote mínimo. Los tacones negros, finos, altos, hacían eco suave sobre el mármol cada vez que se movía. Su cabello suelto, brillante, se recogía de un lado detrás de la oreja dejando ver un pequeño pendiente de diamante. Konstantin Vólkov no le quitaba los ojos de encima. Estaba sentado dos puestos a su izquierda, ligeramente ladeado, la chaqueta colgada en el respaldo de la silla, la camisa blanca con las mangas remangadas, los dedos entrelazados frente a él, como si estuviera interesado. Pero no lo estaba… no del todo. La miraba hablar con seguridad. Escuchar, corregir, exponer proyecciones. Su voz era firme, su tono claro, su análisis certero. Pero él no podía dejar de imaginarla bailando para él. En otro contexto. En otra ciudad. En Roma, quizás. Bajo luces rojas, con un conjunto de encaje morado oscuro, subiendo por un tubo cromado, su melena cayendo hacia atrás mientras giraba con esos tacones. Los mismos tacones. Su cadera marcando el ritmo de una música que solo él escuchaba. Su mirada desafiante mientras bajaba lentamente por el tubo, hasta arrodillarse frente a él con una sonrisa venenosa. O en el peor de los casos estaba dispuesto a ser el que estuviera amarrado a una correa y ella ofreciendo su zapato para que lo lama. —¿Y tú, Vólkov? —la voz de Kira lo sacó de golpe de su propio delirio—. ¿Tienes algo que aportar o solo estás aquí para adornar la silla? Hubo un breve silencio. Algunos miraron a Konstantin con expectativa. Kira entrecerró los ojos, sabiendo perfectamente que lo había atrapado. Pero él, maldito como era, no se inmutó. Se levanta con calma, toma su chaqueta y se la pone, se abotona la chaqueta de su traje gris oscuro con la misma parsimonia con la que alguien se prepara para una declaración de guerra. Camina hasta el frente, y con una sonrisa ladeada, le devolvió la mirada sin pudor. —Estaba escuchando atentamente, señorita Valdivia—dijo con voz grave, colocándose al lado de la pantalla—. Solo que mientras tú hablabas de cifras, yo pensaba en cómo hacer que este hotel respire algo más que números. Tocó la pantalla y deslizó los gráficos hacia un lado, colocando una nueva propuesta. —Miremos esto. Quieren impulsar la zona del spa y el área infantil remodelada. Bien. Pero lo están vendiendo como si se tratara de un salón de belleza y una guardería. Volteó lentamente hacia ella. —Lo que hay que vender es la experiencia, no el servicio. El marketing emocional es la clave. No queremos que las madres traigan a sus hijos al hotel. Queremos que sueñen con volver, que piensen en este lugar como su segundo hogar. Un oasis en medio del caos. Y para eso... —se giró de nuevo hacia la pantalla— necesitamos cambiar el enfoque: testimonios, videos cortos, alianzas con influencers familiares, paquetes sensoriales, ambientaciones realistas en r************* , actividades interactivas. Desplegó una animación en 3D de las nuevas áreas con colores cálidos y sonidos envolventes. Todos en la sala empezaron a asentir con interés. Kira, aún con el bolígrafo en la mano, lo observó con una ceja arqueada. Maldito bastardo… había escuchado todo. —No está mal —dijo ella, recostándose sutilmente en la silla—. Para alguien que parecía más ocupado en otras cosas. Él se volvió lentamente, con esa mirada que ya era una caricia disfrazada. —Tal vez puedo hacer las dos cosas al mismo tiempo. Pensar en el negocio... y admirar el problema. Kira sonrió apenas, como si no le afectara. Como si no supiera que, a pesar del traje, las pantallas y los gráficos, estaba desnuda en su mente. Como si no sintiera el calor subirle por el cuello hasta las mejillas. —Si terminas mezclando placer con trabajo, ten cuidado, Vólkov —le susurró cuando pasó junto a ella al regresar a su asiento—. No vaya a ser que termines perdiendo las dos cosas. Él se sentó sin responder. Pero dentro de él, la imagen de esa mujer, bailando solo para él, no desaparecía. Ni desaparecería pronto. A la hora del almuerzo de negocios del siguiente dia, el restaurante privado del Gran Hotel Ivanov desprendía una elegancia refinada. Música instrumental suave, paredes de mármol claro, cortinas de lino y una fila de ventanales que ofrecía una vista impecable de la ciudad. Era la hora del almuerzo, y el ambiente era tranquilo… hasta que Kira entró. Su traje gris era el equilibrio perfecto entre lo ejecutivo y lo letal. Chaqueta entallada, pantalón a la medida, y tacones rojos que resonaban con autoridad sobre el piso pulido. Caminaba como si el mundo le debiera una explicación, y no iba a aceptarla de cualquiera. Al verla, los ejecutivos se pusieron de pie. Konstantin, sin embargo, no se movió. Sonrió. —Buenas tardes. —Qué puntualidad tan... sexy —dijo en voz baja, justo cuando ella se sentó en el único espacio disponible junto a él. —Estamos en una reunión de negocios, Vólkov. No en una subasta —le susurra ella sin mirarlo. Él se relame apenas los labios, divertido. Esa mujer era un látigo con labios pintados. Uno de los ejecutivos principales el señor Noah Akimova comenzó a explicar algunos puntos pero Konstantin estaba más enfocado en Kira. —Entonces hablemos de negocios —responde, sirviéndose vino—. ¿Ya analizaste la proyección del área de la piscina? —La tengo lista. Y la del área de la playa también. Pero no vine a escuchar discursos de marketing disfrazados de coqueteo. Konstantin apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose hacia ella con esa sonrisa torcida que sacaba de quicio a cualquiera. —¿Coqueteo? Qué palabra tan… infantil. ¿Prefieres provocación? —susurra Kira dejó la tablet a un lado y lo miró directamente, sin perder la compostura. —Prefiero que actúes como un adulto y no como un mafioso aburrido que no tiene otra cosa que hacer más que molestar. Konstantin abrió los ojos apenas un poco, entre sorprendido y deleitado. —¿Enojada, chica demonio? —No me halagues. Aunque tú también eres un demonio —responde con sequedad—. Me imagino que en tu cabeza soy lo peor, pero controlate. —Si, cada vez que remonto a ese instante cuando casi me mandas con san pedro se me pone la piel de gallina —murmura él, sin tapujos. Ella apretó los labios. Lo peor era que lo había adivinado con precisión. —¿Terminaste con tu frustración? Superalo. Porque tengo un informe que presentar. —Terminé la parte en la que tú mandas. Ahora empieza la parte en la que yo obedezco —responde con voz grave. Kira soltó un suspiro y abrió su carpeta. —Muy bien. Gracias por su introducción señor Akimova. Cada área necesita una campaña emocional. Escape, placer, renovación. Lo que dijo el señor Volkov en la junta, ayer fue acertado, aunque innecesariamente dramático. —Siempre fui un poco teatral. Culpa de mi sangre rusa— interviene Konstantin. —Y tu ego también, por lo que veo —dijo ella, sin levantar la vista—. Para el área infantil, propongo una alianza con marcas educativas. Interactividad, experiencias sensoriales, y tecnología segura. Los padres compran confianza. Los niños, asombro. —¿Y si yo quiero comprarte a ti? Kira levantó la mirada. Él lo había dicho tan bajo que nadie más en la mesa lo escuchó. Pero ella sí. Cada palabra. Cada doble sentido. —Te saldría caro. Y no estoy en venta. ¿Me puedes dejar trabajar? —¿Ni siquiera en alquiler? —la provocó con esa sonrisa que bordeaba la locura y el deseo— perdon, perdon... adelante. Luego de terminar el almuerzo todos los presentes se fueron retirando. Ella se levantó, recogió sus papeles pero antes de irse, se detuvo a su lado y le susurra al oído: —Cuidado, Konstantin. Tienes la costumbre de querer lo que no puedes tener... y yo tengo la costumbre de hacer que los hombres se arrepientan. Se alejó con el mismo ritmo firme con el que había entrado, dejando su aroma en el aire y el ego de Konstantin ligeramente arañado. Pero aún sonreía. Porque en esta guerra disfrazada de negocios, cada encuentro era un movimiento en el tablero. Y él ya había decidido perder el juego... si eso significaba jugar con ella.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD