Durante todo ese día Amelia se debatió entre la posibilidad de ir/no ir al cumpleaños de Silvana Ortiz Echagüe. Se sentía desganada, no tenía ánimos para ninguna clase de celebración.
Pero finalmente, por la misma razón, decidió que pasar un buen rato podría ayudarla a mejorar su humor. Además, era más bien un festejo informal, sólo un grupo de amigas, en una especie de bar exclusivo, con aires de clandestino.
Cuando la hicieron pasar a una zona privada, adivinó que la cumpleañera había preparado alguna clase de travesura pícara, como era su costumbre.
— ¡Amelia, querida! — la recibió con gran algarabía ni bien la vio. — ¡Qué bueno que viniste! Solo faltabas tú para comenzar. — agregó, mientras la abrazaba y le besaba ambas mejillas.
— ¡No me lo perdería! — le respondió, solo con la intención de corresponder a su gentil bienvenida.
De inmediato reconoció a Marina, Sandra, Luciana y Nereida, quienes eran algunas conocidas, en realidad más cercanas a la cumpleañera. Todas las saludaron y la invitaron a unírseles en la mesa, para dar comienzo al festejo.
Un mesero elegante y guapo, les llevó las primeras bebidas. Y justo cuando pensó que podría relajarse, comenzaron las manifestaciones condescendientes sobre su reciente estado sentimental.
— Amelia, amiga… — dijo Silvana con aire consternado — supe de tu rompimiento con Orlando. ¡Cuánto lo siento!
Mientras por dentro comenzaba a lamentar el haberse presentado, dado que debería soportar gentilmente un desfile de comentarios compasivos, por fuera se esforzó en sonreír. Bebió un sorbo prolongado de su trago, y disfrutó del ardor que dejó en su garganta.
Seguidamente le contestó:
— ¡No hay nada que lamentar, Sil! ¡Sobreviviré!
— No tienes que fingir fortaleza con nosotras, querida. — dijo Marina — Puedes desahogarte aquí, entre amigas. Estamos contigo para lo que necesites.
— Maldícelo si quieres, al final resultó ser un cerdo. ¡Cómo todos los hombres! — intervino Nereida.
— ¡Gracias, chicas! ¡Pero no es necesario! No le guardo rencor. Orlando y yo tuvimos una relación muy bonita, que siempre recordaré con cariño. ¡Le deseo lo mejor! — aseguró, tras lo cual levantó su copa y terminó de ingerir su bebida.
— Amiga, no deberías guardarte lo que sientes. — dijo Luciana, que era adepta a la psicología barata. — Te hará mal, en serio.
— Gracias, correré el riesgo.
— Tal vez eres más fuerte de lo que imaginamos. Yo pensé, dado que te habías hecho a la idea de casarte, que te dolería más. — dijo la cumpleañera.
Le hizo otra seña al mesero, quien de inmediato la rescató cambiándole su vaso vació por otro lleno con una margarita. Nuevamente disfrutó de un trago, y cuando sintió que su cabeza comenzaba a sentirse liviana, decidió que en adelante disfrutaría moderadamente de los siguientes tragos.
— No se lo tomen a mal, muchachas, pero parecen un grupo de señoras quejumbrosas. Pensé que estábamos aquí para divertirnos.
Sus palabras le dieron pie a la agasajada para que toda la atención volviese a centrarse en ella. Dedicaron los siguientes minutos a abrir los regalos que llevó cada una. Bromearon, rieron, y después de que degustaran de algunos bocadillos, se apagó la luz, sumiéndolas en la oscuridad.
Todas se desconcertaron durante un momento, pero una música electrónica rítmica les dio la pauta de que un espectáculo particular comenzaría para ellas.
Resultó ser que frente a la mesa en dónde se encontraban había un escenario, que se extendía en una pasarela. Entonces apareció un hombre apuesto y de anatomía perfecta, embestido en un uniforme policial.
Una voz en off les anunció:
— Chicas traviesas y desobedientes, que saben que se han portado muy mal, el oficial Amor ha venido a arrestarlas.
Las mujeres festejaron muy entusiasmadas. Excepto por Amelia, cuya alegría era moderada. En realidad, era de imaginarse que aparecerían los estríperes, dado el lugar en dónde las habían citado y a la reputación fiestera de Silvana.
Como era de esperarse el oficial Amor realizó un striptease picante y atrevido. Y cuando quedó sólo con una prenda personal y el sombrero aún puesto, bajó del escenario y permitió que las espectadoras comprobaran los magníficos efectos del gimnasio en sus bíceps y abdominales.
La noche siguió con un bombero, un jeque árabe y un vaquero del lejano oeste. Pero cuando llegó El Zorro, a Amelia no le resultó difícil identificar al individuo que estaba debajo del antifaz.
Bautista ejecutó un baile sensual, cautivando a todas con un estilo misterioso y seductor.
Para el momento en el que descendió para acercarse a ellas, era evidente que él también la reconoció. Se bamboleó rítmicamente cerca de cada una de sus amigas. Pero cuando se aproximó a Amelia, pareció prestarle un poco más de atención.
Tomándola de la mano la invitó a ponerse de pie, se ciñó por momentos a su espalda, y al finalizar la hizo girar elegantemente, para retornarla a su asiento mientras le besaba una mano.
Las demás suspiraron emocionadas, especialmente Silvana, que al parecer se sintió más atraída por El Zorro, que por los demás personajes.
Seguidamente, Bautista se concentró en contentar a la cumpleañera. También la invitó a ponerse de pie, y ambos se contornearon de forma sugestiva al ritmo de la música.
Llegado un momento, ella se prendió de su cuello, como una niña que no quiere soltar su juguete favorito. Eso hizo que el baile se entorpeciera un poco, ante un acto tan inesperado.
El Zorro sonrió, logró tomarla de una mano, y le permitió percibir su cuerpo cuando se sujetó sensualmente a su espalda. Sus amigas, gritaron excitadas, excepto Amelia, quien se sintió incómoda con la situación.
En el tramo final de la música Bautista logró girarla y regresarla gentilmente a su asiento. La luz se apagó durante un segundo, lo que le dio la oportunidad de perderse tras bambalinas en el escenario.
Aplausos, risas, suspiros y exclamaciones. Las espectadoras manifestaron una mezcla de emociones, muy complacidas con la función.
— ¡Este es el mejor show que he visto en mi vida! — dijo Silvana profundamente turbada.
— ¡Es tu fiesta, Sil! Tú eres la que debe disfrutarlo más. — comentó Amelia, entre risas. A continuación, agregó. — Los tragos ya están actuando, chicas. Necesito ir al toilette, pero regresaré en un santiamén.
El mesero le indicó que saliera a un pasillo, en dónde encontraría el baño. Pero su intención era otra. Cuando el individuo no la veía, se dirigió al que evidentemente era el camerino de los bailarines.
Golpeó tímidamente la puerta y uno de los estríperes apareció.
— Necesito hablar sólo un segundo con Bautista. Por favor, dile que Amelia lo busca.
Segundos después, apareció en el dintel de la puerta, cubierto por una bata. Sonrió complacido al verla.
— No imaginé que te vería otra vez. — dijo.
— Es que ya es oficial, puedes contarme entre tus admiradoras.
Bautista sonrió un poco más, como si no supiera que decir.
— En realidad, quería saber de ti, finalmente no me has llamado. Tenemos pendiente una conversación.
— Eso no va a ser necesario, no en realidad…
— Insisto, ¿qué te parece si cuando termines aquí, tomamos un café?
La miró pensativo. Ella juntó las palmas de sus manos como si le rogara.
— Está bien, espérame en el frente, cuando termine la fiesta.
Se encaminó de regresó a la sala, cuando descubrió que Silvana la había observado a lo lejos.
— Pensé que ibas al baño.
— Y eso mismo voy a hacer, sólo quise saber si los chicos daban funciones privadas.
— ¡Caramba! Alguien al parecer se engolosinó con lo que acaba de ver.
Amelia carcajeó pícaramente durante segundos.
— ¡Dah! ¡Obvio que me gustó! ¿Por qué crees que les pregunté? — aseveró con desenfado.
— ¡Sí que habías sido toda una traviesa! — exclamó Silvana.
— Eso es porque no me conoces tanto como crees.
Ambas mujeres rieron y regresaron a la mesa, para beber y divertirse durante otro rato.