Capítulo 2: Condiciones

2098 Words
Selene sostuvo mi mirada durante un segundo más y después apoyó la espalda en la silla. —Entonces procure que las tengan. No había enojo en su voz, ni siquiera molestia. Si acaso, parecía ligeramente entretenida. Se volvió hacia la pantalla principal. —Explique su propuesta, señor Ferrer. Abrí otra vez la notebook. Bien. A trabajar. Proyecté el primer diagrama. —El problema de Atlas es bastante simple. Los sistemas de Operaciones y Finanzas dependen demasiado uno del otro. Lucía asintió mientras Marcelo cruzaba los brazos. —Cada vez que modifican uno, corren el riesgo de romper el otro. Mi propuesta es poner Atlas entre ambos para que puedan intercambiar información sin estar conectados directamente todo el tiempo. Camila observó la pantalla. —¿Eso significa que si Finanzas se cae, Operaciones sigue funcionando? —En gran parte, sí. Las solicitudes quedan registradas y pueden procesarse cuando el sistema vuelva a estar disponible. —Eso habría sido útil hace tres semanas —murmuró Marcelo. —Y hace dos meses —añadió Lucía. Federico levantó la vista. —Siempre que ese intermediario no termine creando un problema de seguridad nuevo. —Lo creará —respondí. Me miró. —Qué tranquilizador. —Cualquier sistema nuevo crea riesgos. La diferencia es que este podemos controlarlo mejor que las conexiones que tienen ahora. Federico pareció aceptar la respuesta, aunque no sonrió. Empezaba a sospechar que quizá no sabía hacerlo. Selene pasó una página de la carpeta. —¿Cuánto reduciría las conexiones actuales? —Alrededor de un setenta por ciento durante la primera fase. —Sesenta y ocho. Dejé de mirar la pantalla. —¿Perdón? —Sesenta y ocho por ciento. Señaló uno de los documentos frente a ella. —Está dejando fuera las integraciones internacionales que se agregaron el viernes. Marcelo intervino. —Esos datos llegaron después de que Dante terminara la propuesta. Asentí. —Entonces sesenta y ocho. Selene me observó durante un instante. No parecía satisfecha por haberme corregido. Más bien parecía estar comprobando qué hacía yo cuando ocurría. —Sigue siendo una mejora considerable —continué—. Y evitaría que un cambio pequeño provoque problemas en varios departamentos a la vez. Pasamos un rato revisando la propuesta. Lucía preguntaba por la transición desde el sistema anterior. Federico parecía decidido a encontrar todas las formas posibles de destruir el nuevo antes de que alguien pudiera construirlo. Camila se concentraba en lo que ocurriría cuando empleados reales empezaran a utilizarlo, que normalmente era donde cualquier diseño bonito conocía la realidad. Selene hablaba menos que los demás, pero cuando lo hacía la conversación se detenía. No porque todos parecieran asustados. Eso era lo que empezaba a resultarme extraño. Lucía la contradijo dos veces. Marcelo incluso rechazó uno de sus plazos. Nadie acabó despedido ni lanzado por una ventana. Selene simplemente pedía motivos y, si eran buenos, seguía adelante. En un momento Camila mencionó que el sistema soportaba hasta ocho mil operaciones simultáneas. —Once mil cuatrocientas —corrigió Selene sin consultar ningún documento. Camila revisó su tablet. —Eso fue durante la campaña de julio. —Precisamente. —Cierto. Modificó la cifra en sus notas sin darle mayor importancia. No era miedo. Era confianza en que Selene probablemente había hecho la tarea. Eso complicaba bastante mi teoría inicial de que era una ejecutiva con demasiado tiempo libre que disfrutaba entrando en reuniones técnicas para recordarles a todos quién firmaba los cheques. Volví a la pantalla. —La ventaja principal de Atlas sería que un problema temporal en Finanzas ya no detendría automáticamente a Operaciones. Selene levantó la mirada. —¿En todos los casos? —En casi todos. —Ese «casi» es importante. La miré. —¿Qué está pensando? Selene se levantó y señaló una parte del esquema. —Un empleado solicita un reembolso. Operaciones lo acepta, pero antes de que Finanzas reciba la información, su cuenta queda bloqueada por una auditoría. Esperé. —Finanzas rechazaría el reembolso cuando lo recibiera. —Después de que el empleado ya haya recibido una confirmación. La sala quedó en silencio. Miré otra vez la pantalla. Tenía razón. Había contemplado retrasos entre los sistemas, pero no había prestado suficiente atención a lo que ocurría si los permisos de una persona cambiaban justo durante ese intervalo. Camila apoyó el bolígrafo. —Eso nos llenaría de reclamos. —Y podría generar un problema de auditoría —añadió Federico. Selene volvió a sentarse. —Exactamente. Podía intentar defender mi propuesta. Explicar que era un caso poco frecuente, minimizarlo o perder diez minutos protegiendo mi orgullo. Preferí no hacer ninguna de las tres cosas. —Tiene razón. Marcelo me miró. También Lucía. Selene permaneció inmóvil durante un instante, como si hubiera esperado que discutiera mucho más. —Ese proceso necesita una excepción —continué—. Las operaciones normales pueden seguir funcionando como propuse, pero las sensibles deberían comprobar primero que la autorización siga vigente. Lucía se inclinó hacia la pantalla. —Sin volver a conectar todo directamente. —Exacto. Solo comprobamos lo imprescindible cuando realmente importa. Selene estudió el esquema. —¿Eso mantiene la ventaja original? —Sí. —¿Y cuánto nos cuesta? Pensé unos segundos. —Una semana adicional. Federico negó con la cabeza. —Más. Lo miré. —Una semana y Federico. Camila rio. —Nueve días —corregí. Federico aceptó la cifra con un movimiento de cabeza. Selene volvió a mirar la pantalla. —¿Funciona? —Sí. Ella miró a Lucía. —Sí —confirmó Lucía—. Habría que desarrollarlo, pero funciona. Selene dejó el bolígrafo sobre la mesa. —Entonces modifique la propuesta. —Lo haré. —Quiero el nuevo flujo mañana antes de las doce. Levanté una ceja. —Eso sí parece una instrucción. —Lo es. —Tiene sentido. Esta vez sonrió apenas. —Me alegra que podamos distinguirlas. Marcelo carraspeó. No necesitaba preguntarle qué estaba pensando. El resto de la reunión avanzó bastante más rápido. Revisamos plazos, responsables y accesos. Selene rechazó dos fechas propuestas por Marcelo, aceptó una tercera después de que Lucía justificara la carga del equipo y obligó a Camila a explicar por qué necesitaba tres semanas para una fase de pruebas que, según ella, podía hacerse en dos. Camila defendió las tres. Selene terminó dándoselas. Aquello terminó de cambiar algo en mi lectura de la sala. No estaban obedeciendo a una mujer peligrosa porque temieran las consecuencias. Al menos, no solamente. La respetaban porque escuchaba respuestas y porque recordaba suficientes detalles como para descubrir cuándo alguien improvisaba una excusa. Y yo acababa de descubrir algo todavía más incómodo. Selene entendía Atlas. No al nivel superficial de una CEO que memoriza unas cuantas cifras antes de entrar a una reunión. Había seguido la lógica de mi propuesta hasta encontrar una consecuencia que yo mismo había pasado por alto. No me encantaba admitirlo. Pero sería bastante estúpido no hacerlo. A las diez y cuarenta y siete, Selene cerró la carpeta. —Eso es todo por hoy. Las sillas empezaron a moverse. Marcelo se acercó a mí. —Te envío los accesos pendientes. —Y las integraciones internacionales. —También. Lucía recogió su notebook. —Quiero ver los cambios antes de que Federico convierta todo en un búnker nuclear. Federico se levantó. —Eso significa que estará bien hecho. Camila pasó junto a mí. —Bienvenido a Atlas. —Gracias. Miró a Selene y después otra vez a mí. —Suerte. No pregunté con qué. Prefería conservar algo de optimismo. Estaba guardando el cargador cuando escuché: —Señor Ferrer. Genial. La CEO quería hablar conmigo a solas el primer día. Eso nunca significaba nada bueno. Marcelo me lanzó una mirada que podía traducirse aproximadamente como no empeores las cosas. Le respondí con una que significaba demasiado tarde. La puerta se cerró detrás del último empleado. Selene permaneció junto a la cabecera de la mesa. —Siéntese. —Estoy bien. Sus ojos bajaron un segundo hacia mi mochila. —Como quiera. No insistió. Punto para ella. Selene recogió algunos documentos. —Quiero aclarar cómo funcionará su participación en Atlas. —Pensé que el contrato ya hacía eso. —El contrato establece obligaciones legales. Yo estoy hablando de expectativas. —Eso suena más peligroso. Ignoró el comentario. —Tendrá libertad para tomar decisiones técnicas sin consultarme por cada detalle. Pero cualquier cambio que afecte presupuesto, seguridad, plazos o procesos importantes deberá justificarse. —Razonable. —No tolero retrasos evitables. —Nadie los disfruta. —Yo menos que la mayoría. Eso sí lo creía. —Si algo va a retrasarse, quiero saberlo antes de que ocurra, no después. —Mientras nadie espere que prediga el futuro. —Espero que sepa leer un cronograma. —Normalmente ayuda. Selene dejó los papeles. —Y voy a seguir supervisando Atlas personalmente. Ahí estaba la parte extraña. —¿Por qué? Sus ojos se fijaron en mí. —¿Por qué qué? —Usted dirige toda la empresa. —Hasta donde sé. —Entonces tiene que haber cien cosas que requieran su atención antes que Atlas. —Hay más de cien. —Y aun así está acá. El silencio duró apenas unos segundos. No pareció ofendida, solo evaluó cuánto quería decirme. —Atlas no es un proyecto que podamos permitirnos tratar como otro experimento tecnológico. —Eso no responde realmente. —No pretendía hacerlo. Justo. Selene tomó su café, que ya debía estar frío. —Hay proyectos que pueden fallar y convertirse en una línea incómoda dentro de un informe. Atlas no. —¿Por dinero? —Entre otras cosas. Eso fue todo. No iba a conseguir más. Todavía. Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo. —Y una cosa más. Claro. Siempre había una cosa más. —La próxima vez que recepción le indique utilizar un acceso incorrecto, compruébelo. La miré. —Seguimos con lo del ascensor. —Perdimos tiempo. —Cincuenta segundos. —Cincuenta y cuatro. Tuve que contener una sonrisa. —Me preocupa que lo haya contado. —Me preocupa que usted no. —Recepción me indicó ese ascensor. —Y usted obedeció. —Exactamente. Si quiere evitar futuros desastres de cincuenta y cuatro segundos, quizá debería conseguir una recepción que dé instrucciones correctas. Selene cruzó los brazos. —¿Nunca acepta responsabilidad? —Cuando me corresponde. —Qué conveniente. —Ya establecimos que los freelancers vivimos de eso. Volvió a mirarme como en el ascensor, con ese brevísimo instante en el que parecía decidir si yo era irritante o simplemente extraño. —Puede irse, señor Ferrer. Me colgué la mochila. —Un placer. —No exagere. Llegué a la puerta. —Por cierto. Me detuve. Selene volvió a la mesa y tomó una hoja. —Durante las próximas seis semanas necesitaremos que trabaje presencialmente en Helix al menos tres días por semana. La miré. —No. No fue una respuesta pensada. Salió sola. Selene no pestañeó. —Eso fue rápido. —Acepté Atlas precisamente porque podía trabajar de forma remota. —Marcelo envió una modificación contractual esta mañana. Saqué el teléfono. Tenía un correo suyo sin abrir. Por supuesto. —No la acepté. —Lo sé. Eso me hizo levantar la vista. —Entonces no es una condición. —Todavía no. Me entregó una hoja. Había una cifra en la parte inferior. Una compensación adicional bastante generosa. Demasiado generosa. —La presencia facilitaría las pruebas, el acceso al equipo y las reuniones que necesitan hacerse acá —dijo—. También reduciría retrasos. —Y casualmente me tendría acá tres días por semana. —No veo por qué eso debería importarme. Touché. Volví a mirar la cifra. —Puedo rechazarlo. —Por supuesto. No había amenaza ni presión evidente, lo cual era casi peor. —Si lo rechaza, continuaremos con el acuerdo original y adaptaremos el calendario. Si lo acepta, comienza el lunes. Guardó la carpeta. —La decisión es suya. Salí de la sala cinco minutos después. En el ascensor abrí el correo de Marcelo. La modificación era exactamente lo que Selene había dicho: tres días presenciales, seis semanas, horario flexible y una compensación adicional. Después de aquella reunión tenía que admitir que Atlas probablemente avanzaría mejor si podía trabajar directamente con Lucía, Federico y el resto del equipo durante la fase más delicada. Todo lo lógico indicaba que debía aceptar. Mi independencia seguía intacta. El dinero era excelente y el proyecto me interesaba. Solo existía un pequeño inconveniente. Tres días por semana significaban tres días por semana compartiendo edificio con Selene Valmont. Miré el botón del ascensor y después la cifra otra vez. Mierda. Al parecer, mi independencia tenía una tarifa.
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