Magnus.
Presente.
Julieta se resistía a estar ahí; sus esfuerzos por evitarlo fueron en vano, y fue peor cuando sus manos quedaron atadas detrás de su espalda.
—Cumplí esa estúpida promesa —soltó—. ¿Sabes lo difícil que fue? Le mentí a todos porque tú lo dijiste… nadie me querría de esposa o me tomaría en serio si sabían que ya había sido tocada por un hombre.
Deslicé un papel hacia ella.
—¿Quién no te quisiera de esposa con esas piernas de infarto? —dije, evitando reírme.
En ese instante ella se desató y me brincó encima, intentando quitarme la máscara que llevaba puesta. El vestido corto apenas cubría sus muslos y su escote se abrió. No pude evitar tener una erección ante ese bonito panorama. Ella sintió mi m*****o sobre su pierna.
—¡Carajo! —dijo ella.
Intentó levantarse, pero yo la sujeté de las manos.
Ella rebotaba en su intento por incorporarse.
—Mira, psicópata —dijo, golpeándome el pecho—, no te voy a permitir que me sigas tocando. Magnus nos va a matar a ambos y créeme que no quiero morir antes de tener un par de hijos con él.
—¿Hablas de tener hijos con otro cuando estás montada encima de mí? —pregunté, tomando su cintura—. Qué traviesa te volviste… mi Santa.
Apenas escuchó mi voz, se paralizó.
—Podría jurar que tu voz se parece a la de mi Magnus —dijo, colocando sus manos en mi pecho—. Habla de nuevo.
Julieta no se bajó de mis piernas y, en cambio, tocó mi erección con su entrepierna, haciendo que soltara un leve gemido.
—Estás muy húmeda, mi Santa —susurré, llevando mis manos a sus muslos.
Ella brincó y se levantó enseguida, bajando su vestido. Yo me quedé riéndome hasta que ella se marchó. Julián, que estaba escondido, salió rojo.
—No puedo creer que no te reconociera —dijo con una carcajada.
—Piensa que no sabía que no era virgen cuando nos conocimos —respondí—. Esa mujer y yo estamos demasiado unidos por el destino.
—O por mí —dijo con una sonrisa a medias.
—Cállate, pendejo —respondí, cambiándome de ropa con la que había llegado a la fiesta.
Salí corriendo tras Julieta y, cuando la encontré, estaba sentada frente a la barra, frotándose las sienes.
—¿Te divertiste, preciosa? —le pregunté, tocándole la espalda.
Ella dio un brinco y me tomó de la muñeca.
—Te vi montada sobre tu ex —dije con frialdad—. Parece que le gustaron tus senos…
Julieta se puso nerviosa, tensa, y por un instante vi cómo se moría de preocupación.
—Supongo que se acabó lo nuestro —dije con seriedad, aunque por dentro me estaba muriendo de risa—. Pasa por tus cosas y vete de nuestro departamento.
—Magnus, sabes que no tengo a dónde ir —dijo angustiada—, y si vuelvo a casa de mi madrastra… no, por favor, no me hagas volver ahí.
—Quédate en el departamento, pero yo me voy, Julieta —contesté—. No quiero matarte y tampoco a ese hombre con el que estabas. No mereces ver ese lado mío.
—Magnus, yo… yo no puedo sin ti —sollozó—. No me dejes.
—Vete con tu psicópata —respondí.
Ella negó con la cabeza y tomó el teléfono en sus manos. Pensé que estaba haciendo algo estúpido hasta que vi que llamaba a su madrastra.
—Mamá, haré lo que pides y dejaré que…
Le quité el teléfono de inmediato y lo arrojé al suelo.
—¿Qué estupideces estás haciendo?
—Si me dejas, haré que te arrepientas —contestó, intentando no llorar—. Si no estoy contigo volveré al infierno del que me rescataste… no, a uno peor.
—Julieta, tranquilízate —dije, tomándola de las manos.
—No soportarías la idea de que un hombre me viole todos los días —dijo, tocando mis brazos—. No podrías dormir imaginando que quizás me están golpeando de nuevo. Y qué decir sobre parir hijos fruto de violaciones… ese es mi futuro sin ti. Y te digo que es lo peor que yo ya imaginé, a nuestros hijos corriendo por todo el departamento mientras los perseguimos para cambiarles los pañales. Niños hechos con todo el amor que nos tenemos. Castígame de otra manera, pero no me dejes. Te lo juro que no era mi intención.
Ahí supe que me había pasado, y que mi diversión no se justificó para hacerla pasar un mal rato así, así que solo la abracé.
—Era una broma lo de dejarte —dije en voz baja, pero ella escuchó y me aventó—. Sabes que yo tampoco puedo vivir sin ti, mi hermosa niña.
—No vuelvas a jugar de ese modo, me duele —dijo, apretándose contra mi pecho—. No vuelvas a decir que me vas a dejar, ni de broma, porque se me acaba el mundo.
La tomé del mentón y la hice mirarme.
—Fui un bruto, es tu cumpleaños y te hice llorar —dije, limpiando sus lágrimas con el dorso de mi mano—. ¿Me perdonas, mi Santa?
Ella me miró a los ojos, aún con los ojos mojados, e hizo un puchero.
—Yo no soy tu santa.
—¿Aún conservas el listón blanco que llevabas en la preparatoria? —le pregunté mirándola a los ojos—. Esos lindos zapatos de tacón escolares que tenían un sonido particular cada vez que caminabas, el perfume cítrico que usabas en nuestras citas…
—¿De dónde sacas eso? —dijo confundida.
—Gracias por cumplir tu promesa sobre mantener en secreto que no eras virgen —susurré en su oído—. Nunca debí hacerte pasar por eso. Esa noche debimos haber huido; así no tendrías tantas cicatrices que antes no tenías.
Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que ante sus ojos no solo estaba yo, sino el primer chico que había amado con su alma.
—Vol… volviste, psicópata —dijo, tomando entre sus manos mi rostro—. ¿Fuiste tú todo este tiempo? ¿Cuándo lo supiste?
Saqué la daga de su bolso y se la puse en las manos.
Ella sonrió y después se puso a llorar aún más.
—Sigues teniendo piernas de infarto, e incluso te crecieron bastante los senos —bromeé, aunque era una verdad irrefutable.
—¿En serio eres “mi psicópata”? —preguntó con una voz tan ladina y suave que me enterneció.
—Sí, lo soy —respondí con una sonrisa ladeada.
Ella sonrió y se escondió en mi pecho. Todos nuestros excompañeros voltearon a vernos y no faltó quien gritara:
—¡El psicópata está abrazando a la santa!
Apenas se apartó Julieta, llegó uno de sus excompañeros a saludarla.
—Te ves preciosa ahora que no escondes esas bonitas piernas —dijo, mirándola.
—¿Qué tanto le ves a mi mujer? —espeté, a punto de golpearle la cara.
Julieta intercedió y me besó en los labios, hasta que no hubo una sola persona ahí que no se diera cuenta de que ambos estábamos juntos. Seira, a lo lejos, dejó caer su copa.
—¿Pueden dejar de tragarse cada vez que están en público?
La música se apagó cuando le hice una señal al DJ. Comencé a temblar por primera vez en mi vida; tenía tantos nervios que cuando agarré el micrófono me sudaban las manos.
—Si siguen mirando a Julieta con esos ojos, prometo hacer que se los traguen —dije, fulminando con la mirada a un par de ellos—. Saben que sí me atrevo a hacerlo.
Julieta soltó una carcajada y corrió hacia mí.
—¿Qué estás haciendo, “mi psicópata”? —preguntó.
—Dejando en claro que eres mi mujer, para que ningún hombre se atreva a coquetear contigo —respondí.
—¿En serio eres mi psicópata? —volvió a preguntar—. ¿No estás jugando, verdad?
Julián se acercó con una copa de vino y sonrió de lado.
—Parece coincidencia, pero nunca lo ha sido —dijo, abrazando a Julieta—. Feliz cumpleaños, mocosa.
Julián la abrazó con demasiada naturalidad. No fue el gesto en sí, sino el tiempo que duró. Medio segundo más de lo necesario. Medio segundo en el que Julieta no se apartó… y él tampoco. Al verlos así, sentí un presentimiento.
Su abrazo no era uno en el que pretendiera acercarse demasiado para tener contacto físico de hombre a mujer; era la distancia justa donde nada íntimo rozaba.
Sonrió. Esa sonrisa sincera que solo tiene pocas veces: cuando pasa un buen rato conmigo o cuando está con Seira.
—Feliz cumpleaños —repitió, levantando la copa—. Espero que haya sido un lindo cumpleaños.
Julieta respondió con una sonrisa sincera, todavía con los ojos enrojecidos, y yo sentí algo incómodo instalarse en mi pecho. No eran celos. Era otra cosa.
—Fue el mejor cumpleaños que he tenido en mi vida —dijo ella, secándose las lágrimas de nuevo—. Tú lo sabías, que él era el psicópata y no me decías nada.
—No me preguntaste, mocosa —respondió él, dándole una palmada en la espalda—. Así que ya sabes, si ese cabrón te hace daño… el destino vendrá a rescatarte.
Destino.
La manera en que lo dijo parecía estarse refiriendo a él mismo.
Qué casualidad que siempre esté ahí.
Qué casualidad que siempre aparezca cuando algo sucede.
Julián se apartó al fin y me miró de reojo, como midiendo terreno.
—Contrólate, psicópata —comentó, fingiendo ligereza—. Ya sabes que no tengo segundas intenciones.
Sonreí sin ganas, midiendo sus movimientos.
Julieta apretó mi mano, como si percibiera el cambio en el aire.
—Julián, ¿todo bien? —preguntó, intentando aliviar la tensión.
—Perfecto —respondió él—. Solo me alegra verte feliz. Después de todo lo que pasaste… alguien tenía que cuidarte, y quién mejor que este hombre que mataría por ti.
Ahí fue.
Ese alguien.
Lo dijo mirándola, pero lo escuché como una advertencia dirigida a mí.
—Más te vale darme sobrinos hermosos —dijo con una pequeña sonrisa—, porque me costó mucho unirlos.
—No digas tonterías —respondió Julieta.
Estaba a punto de sacar a bailar a Julieta cuando Julián me pidió permiso para bailar con ella una sola canción, y entonces accedí, solo para tratar de entender este presentimiento que no comprendía.
Julieta solía sentirse incómoda ante siquiera rozar las manos con un hombre aparte de mí, y sostener la mirada ante uno era algo difícil para ella. Pero con Julián incluso se reía; no se notaba incómoda e incluso le seguía los pasos graciosos.
No parecían amantes. No había lugar para malinterpretar cualquier pensamiento sucio. Él la miraba como yo cuando deseo protegerla de todo lo malo de este mundo…
No.
Él la veía con más sobreprotección, como si fuera una bebé indefensa y quisiera mimarla.
Sentí una punzada.
Algo está oculto.