Estaba yo locamente enamorado de la Condesa de…; tenía veinte años, y era ingenuo; ella me engañó, yo me enfadé, ella me dejó. Era ingenuo, la eché de menos; tenía yo veinte años, ella me perdonó; y como tenía veinte años y era ingenuo, siempre engañado, mas nunca abandonado, me creía el amante mejor amado, por lo tanto el más feliz de los hombres. Ella era amiga de Mme. De T…, que parecía tener algunos planes sobre mi persona, pero sin que su dignidad quedase comprometida. Como se verá, Mme. De T… tenía unos principios de decencia[2] a los que estaba escrupulosamente unida.
Un día que iba yo a esperar a la condesa en su palco, oigo que me llaman del palco vecino. ¡Pero si era la decente Mme. De T…! «¿Cómo? ¿Ya?», me dicen. «¡Qué ociosidad! ¡Venid pues a mi lado!». Yo estaba lejos de esperarme todo lo que aquel encuentro iba a tener de novelesco y extraordinario. La imaginación de las mujeres trabaja deprisa; y en ese momento la de Mme. De T… estuvo singularmente inspirada. «Tengo que salvaros», me dijo, «del ridículo de una soledad como ésa; ya que estáis aquí, es preciso que… La idea es excelente. Parece que una mano divina os haya conducido aquí. ¿Tenéis por casualidad planes para esta noche? Serían inútiles, os lo advierto; nada de preguntas, nada de resistencia… llamad a mis criados. Sois encantador». Me prosterno… Me instan a bajar, obedezco. «Id a casa del señor», se le dijo a un criado, «avisad que no volverá esta noche»… Luego le hablan al oído, y lo despiden. Quiero aventurar unas palabras, la ópera empieza, me hacen callar; se escucha, o se finge escuchar. Nada más acabar el primer acto, el mismo criado trae un billete a Mme. De T…, en el que se le comunica que todo está preparado. Sonríe, me pide la mano, baja, me hace montar en su carruaje, y heme aquí fuera de la ciudad antes de haber podido informarme de lo que se pretende hacer conmigo.
Cada vez que aventuraba una pregunta se me respondía con una carcajada. Si no hubiera sabido con toda certeza que era mujer de grandes pasiones, y que en aquel preciso instante tenía una inclinación, inclinación de la que no podía ignorar que yo estuviese al corriente, habría estado tentado a creer en una aventura galante. También ella conocía el estado de mi corazón, pues la condesa de… era, como ya he dicho, amiga íntima de Mme. De T… Me prohibí, pues, cualquier idea presuntuosa, y esperé acontecimientos. Cambiamos de caballos, y proseguimos como el relámpago. El lance empezaba a parecerme más serio. Pregunté con más insistencia hasta dónde me llevaría aquella broma.
–Os llevará a una bellísima morada; pero adivinad dónde; ¡oh!, os apuesto lo que queráis… A casa de mi marido. ¿Le conocéis?
–En absoluto.
–Creo que quedaréis satisfecho: nos reconcilian. Hace seis meses que están en negociaciones, y uno que nos escribimos. En mi opinión, es bastante galante de mi parte ir a su encuentro.
–Sí, pero decidme, por favor, ¿qué voy a hacer allí? ¿Para qué puedo servir?
–Cosas mías. Temo el aburrimiento de un cara a cara; vos sois amable, y yo estoy muy contenta de teneros a mi lado.
–Escoger el día de una reconciliación para presentarme me parece bastante absurdo. Me haréis creer que soy poca cosa. Añadid a eso el apuro que acompaña a una primera entrevista. En verdad, no veo nada divertido para ninguno de los tres en el paso que vais a dar.
–¡Ah!, nada de moral, os lo suplico; olvidáis el objetivo de vuestro papel. Hay que divertirme, distraerme, y no predicarme.
La vi tan decidida que tomé la resolución de estarlo tanto como ella. Me eché a reír de mi personaje, ambos nos pusimos muy contentos.
Habíamos cambiado por segunda vez de caballos. La misteriosa antorcha de la noche iluminaba un cielo puro y difundía una penumbra muy voluptuosa. Nos acercábamos al lugar donde iba a concluir la entrevista. De vez en cuando se me hacía admirar la belleza del paisaje, la calma de la noche, el conmovedor silencio de la naturaleza. Para admirar juntos, como es lógico, nos asomábamos a la misma portezuela; el movimiento del carruaje hacía que la cara de Mme. De T… y la mía se rozasen. En una sacudida imprevista, ella me estrechó la mano; y yo, gracias al mayor azar del mundo, la retuve entre mis brazos. No sé qué esperábamos ver en aquella postura. Lo cierto es que los objetos se nublaban a mis ojos cuando bruscamente se apartó de mí y se lanzó al fondo de la carroza.
–Vuestro propósito –dijo tras una ensoñación bastante profunda–, ¿es convencerme de la imprudencia del paso que voy a dar?
La pregunta me dejó perplejo.
–¿Propósitos… con vos?… ¡Qué locura! Los veríais venir de lejos; pero un azar, una sorpresa… se pueden perdonar.
–Al parecer, habéis contado con ello.
Habíamos llegado casi sin darnos cuenta de que entrábamos en el antepatio[3] del castillo. Todo estaba iluminado, todo anunciaba la alegría, salvo el rostro del señor, que era reacio a expresarla. Sólo un aire lánguido mostraba en él la necesidad de una reconciliación por razones de familia. Las conveniencias llevan, sin embargo, a M. de T… hasta la portezuela. Me presentan, él me tiende la mano, y yo soy, pensando en mi personaje, pasado, presente y futuro. Recorro salones decorados con tanto gusto como magnificencia, pues el dueño de la casa era refinado en todas las búsquedas del lujo. Se esforzaba por reanimar con imágenes voluptuosas los recursos de un físico agotado. Como no sabía qué decir, me salvé con elogios de admiración. La diosa se apresura a hacer los honores del templo, y a recibir los cumplidos.
–Esto no es nada; tengo que llevaros a los aposentos del señor.
–Señora, hace cinco años que los mandé demoler.
–¡Ah!, ¡ah! –dijo ella.
Cenando, no se le ocurrió otra cosa que sugerir al señor vaca de río[4], y el señor le respondió:
–Señora, hace tres años que estoy a leche.
–¡Ah!, ¡ah! –volvió a decir ella.
¿Cómo describir una conversación entre tres seres tan sorprendidos de encontrarse juntos?
Acaba la cena. Yo imaginaba que nos acostaríamos temprano; mas sólo acerté con el marido. Al entrar en el salón, dijo:
–Os agradezco, señora, la precaución que habéis tenido de traer al caballero. Habéis pensado que no sería yo un gran aliciente para la velada, y habéis pensado bien, pues me retiro.
Luego, volviéndose hacia mí, añadió en tono irónico:
–El señor me perdonará, y se encargará de presentar mis disculpas a la señora.
Y nos dejó.
Nos miramos y, para alejarnos de cualquier reflexión, Mme. De T… me propuso dar una vuelta por la terraza, mientras los criados terminaban de cenar. La noche estaba soberbia; permitía vislumbrar los objetos, y parecía velarlos sólo para dar mayor vuelo a la imaginación. El castillo, así como los jardines apoyados en la ladera de una montaña, descendían en terraza hasta las orillas del Sena; sus multiplicadas sinuosidades formaban pequeñas islas agrestes y pintorescas que daban variedad a los cuadros y aumentaban el encanto de aquel bello lugar.
Fue por la más larga de aquellas terrazas por la que paseamos al principio: estaba cubierta de tupidos árboles. Nos habíamos repuesto de aquella especie de burla que acabábamos de soportar; y, mientras paseábamos, me hizo algunas confidencias. Las confidencias se atraen, yo también las hice, volviéndose cada vez más íntimas y más interesantes. Hacía mucho que caminábamos. Al principio me había dado su brazo, luego ese brazo se había entrelazado, no sé de qué manera, mientras el mío la levantaba y casi le impedía tocar el suelo. La postura era agradable, pero fatigosa a la larga, y aún teníamos muchas cosas que decirnos. Aparece un banco de césped; nos sentamos sin cambiar de postura. Fue en esa posición cuando empezamos a hacer el elogio de la confidencia, de su encanto, de sus dulzuras.
–¡Eh! –me dijo–, ¿quién puede disfrutar de ella mejor que nosotros, con menos temor? Sé demasiado bien que os debéis a la relación que sé que mantenéis para tener algo que temer a vuestro lado.
Quizá quería que la contradijese, no lo hice. Así pues, nos convencimos mutuamente de que era imposible que pudiéramos ser nunca otra cosa de lo que entonces éramos.
–Lamentaría, sin embargo –le dije–, que la sorpresa de hace un rato hubiera amilanado vuestro espíritu.
–No me alarmo tan fácilmente.
–Temo, sin embargo, que os haya dejado ciertas nubes.
–¿Qué se necesita para tranquilizaros?
–¿No lo adivináis?
–Deseo que me lo aclaréis.
–Tengo que estar seguro de que me perdonáis.
–¿Y para eso haría falta que…?
–Que me concedieseis aquí el beso que el azar…
–Me parece bien; vuestro orgullo crecería si os lo negase. Vuestro amor propio os haría creer que os temo.
La voluntad de prevenir las ilusiones me concedió el beso.
Con los besos ocurre como con las confidencias: se atraen, se aceleran, se enardecen unos con otros. En efecto, en cuanto fue dado el primero, un segundo le siguió; luego, otro: se agolpaban, entrecortaban la conversación, la sustituían; apenas, en fin, dejaban a los suspiros la libertad de escapar. Sobrevino el silencio, lo oímos (pues a veces se oye el silencio): nos asustó. Nos levantamos sin decir nada, y reanudamos el paseo.
–Hay que volver –dijo–, el aire de la noche no nos hace ningún bien.
–Me parece menos peligroso para vos –le respondí.
–Sí, soy menos susceptible que otras; pero no importa, volvamos.
–Por consideración hacia mí, sin duda… queréis protegerme del peligro de las impresiones de un paseo como éste… y de las secuelas que podría tener sólo para mí.
–¡Qué delicadeza atribuís a mis motivos! Me parece bien de todos modos… Pero volvamos, lo exijo (frases torpes que deben perdonarse en dos seres que se esfuerzan por no pronunciar, mal que bien, lo que tienen que decirse).
Me obligó a tomar el camino de vuelta al castillo.
No sé, no sabía al menos si aquella decisión era una violencia que ella se imponía, si era una resolución firme, o si compartía la pena que yo sentía al ver acabarse de aquella forma una escena que había empezado tan bien; mas, por un instinto mutuo, aminoramos el paso y caminamos entristecidos, descontentos el uno del otro y de nosotros mismos. No sabíamos ni a quién ni a qué echar la culpa. Ninguno de los dos tenía derecho a exigir nada, a pedir nada: ni siquiera teníamos el recurso de un reproche. ¡Cómo nos habría aliviado una pelea! Pero ¿con qué motivo? Mientras, nos acercábamos, calladamente ocupados en sustraernos al deber que nos habíamos impuesto de manera tan torpe.
Llegábamos a la puerta cuando por fin Mme. De T… habló:
–No estoy muy satisfecha de vos…, tras la confianza que os he mostrado…, está mal…, muy mal que no me concedáis ninguna. Ved si, desde que estamos juntos, me habéis dicho una palabra de la condesa. ¡Es tan dulce, sin embargo, hablar de lo que se ama! Y no podéis dudar de que os hubiera escuchado con interés. Esa complacencia era lo menos que debía hacer por vos después de haber corrido el riesgo de privaros de ella.
–¿No puedo haceros el mismo reproche, y no habríamos adelantado mucho si, en lugar de hacerme confidente de una reconciliación con un marido, me hubierais hablado de una opción más conveniente, de una opción…?
–Os interrumpo… Pensad que basta una mera sospecha para herirnos. A poco que conozcáis a las mujeres, sabréis que hay que esperarlas en las confidencias… Volvamos a vos: ¿a qué punto habéis llegado con mi amiga? ¿Os hace muy feliz? ¡Ah!, me temo lo contrario: y eso me aflige, pues me intereso tan tiernamente por vos… Sí, caballero, me intereso… acaso más de lo que suponéis.
–Entonces, señora, ¿por qué pretender creer con la gente lo que ésta se divierte en exagerar, en señalar todas las circunstancias?
–Ahorraos el disimulo; sé sobre vos todo cuanto se puede saber. La condesa es menos misteriosa que vos. Las mujeres de su especie son pródigas de los secretos de sus adoradores, sobre todo cuando un carácter discreto como el vuestro podría escamotearle sus triunfos. Lejos de mí acusarla de coquetería; pero una mojigata no tiene menos vanidad que una coqueta. Decidme con sinceridad: ¿no sois a menudo víctima de tan extraño carácter? Hablad, hablad.
–Pero, señora, queríais volver a la casa… El aire…
–Ha cambiado.
Había vuelto a cogerme del brazo, y de nuevo empezábamos a caminar sin que yo me diese cuenta de la ruta que tomábamos. Lo que acababa de decirme del amante que yo le conocía, lo que me decía sobre la amante a la que me sabía unido, aquel viaje, la escena del carruaje, la del banco de césped, la hora, todo aquello me turbaba; unas veces me dejaba arrastrar por el amor propio o los deseos, otras me devolvía a la sensatez la reflexión. Estaba por otra parte demasiado emocionado para darme cuenta de lo que sentía. Mientras yo era presa de impulsos tan confusos, ella había seguido hablando, y siempre de la condesa. Mi silencio parecía confirmar todo lo que se complacía en decir. Sin embargo, algunas pullas que se le escaparon me hicieron volver en mí.
–¡Qué fina es! –decía–, ¡cuántas gracias tiene! En su boca, una perfidia parece una agudeza; una infidelidad parece un esfuerzo de la razón, un sacrificio a la decencia. Nunca se entrega; siempre es amable; rara vez tierna, y nunca sincera; galante por temperamento, mojigata por sistema, vivaracha, prudente, hábil, atolondrada, sensible, sabia, coqueta y filósofa: es un Proteo para las formas, una Gracia en los modales: atrae, se escapa. ¡Cuántos papeles no la he visto representar! Entre nosotros, ¡cuántas víctimas la rodean! ¡Cómo se burló del barón!… ¡Qué malas pasadas le jugó al marqués! Cuando os tomó, fue para distraer a dos rivales demasiado imprudentes que estaban a punto de dar un escándalo. Los había tratado con excesiva consideración, ellos habían tenido tiempo de observarla; habrían terminado por desenmascararla. Pero os sacó a escena, los entretuvo con la solicitud que os prestaba, los condujo a nuevas búsquedas, os desesperó, os compadeció, os consoló; y los cuatro quedasteis contentos. ¡Ah!, ¡qué dominio el que una mujer hábil tiene sobre vos! ¡Y qué feliz es cuando con ese juego finge todo sin arriesgar nada!
Mme. De T… acompañó esta última frase con un suspiro muy significativo. ¡Era el golpe maestro!
Tuve la impresión de que acababan de quitarme una venda de los ojos, y no vi la que me ponían. Mi amante me pareció la más falsa de todas las mujeres, y creí encontrar al ser sensible. También yo suspiré, sin saber a quién dirigía aquel suspiro, sin discernir si lo había provocado el dolor o la esperanza. Pareció contrariada por haberme apenado, y por haberse dejado llevar demasiado lejos en una descripción que, hecha por una mujer, podía parecer sospechosa.
No podía creer lo que estaba oyendo. Nos adentrábamos por la gran ruta del sentimiento, y la retomábamos desde tan alto que era imposible vislumbrar el término del viaje. En mitad de nuestros metafísicos razonamientos, me hizo ver, en el extremo de una terraza, un pabellón que había sido testigo de los más dulces momentos. Me detalló su situación, su mobiliario. ¡Qué lástima no tener la llave! Mientras seguíamos hablando, íbamos acercándonos a él. Estaba abierto; sólo le faltaba la claridad del día. Pero también la oscuridad podía prestarle algunos encantos. Además, ya sabía yo lo encantador que era el objeto que iba a embellecerlo.
Nos estremecimos al entrar. Era un santuario, y era el del amor. Se apoderó de nosotros; nuestras rodillas flaquearon; nuestros lánguidos brazos se enlazaron, y, al no poder sostenernos, fuimos a caer en un canapé que ocupaba una parte del templo. La luna se ponía y el último de sus rayos no tardó en llevarse el velo de un pudor que, a mi parecer, resultaba importuno. Todo se confundió en las tinieblas. La mano que quería rechazarme sentía palpitar mi corazón. Ella pretendía huir de mí, volvía a caer más enternecida. Nuestras almas se encontraban, se multiplicaban; nacía una de cada uno de nuestros besos.
Cada vez menos tumultuosa, la embriaguez de nuestros sentidos seguía sin permitirnos el uso de la voz. Conversábamos en silencio con el lenguaje del pensamiento. Mme. De T… se refugiaba en mis brazos, ocultaba su cabeza en mi pecho, suspiraba y se calmaba con mis caricias; se afligía, se consolaba, y pedía amor por todo lo que el amor acababa de quitarle.
Ese amor, que un momento antes la asustaba, la tranquilizaba ahora. Si, de un lado, se quiere dar lo que uno se ha dejado quitar, de otro se quiere recibir lo que fue arrebatado; y ambas partes se apresuran a obtener una segunda victoria para asegurarse la conquista.
Todo aquello había resultado algo atropellado. Sentimos que era culpa nuestra. Recuperamos con mayor detalle lo que se nos había escapado. Cuando el ardor es excesivo, la delicadeza es menor. Corremos tras el goce confundiendo todas las delicias que lo preceden: arrancamos un nudo, desgarramos una gasa; en todas partes la voluptuosidad deja su huella, y no tarda el ídolo en semejarse a la víctima.
Más tranquilos, el aire nos pareció más puro, más fresco. No habíamos oído que el río, cuyas ondas bañan los muros del pabellón, rompía el silencio de la noche con un dulce murmullo que parecía acordar con la palpitación de nuestros corazones. La oscuridad era demasiado densa para permitirnos distinguir ningún objeto; mas, a través del crespón transparente de una bella noche de estío, nuestra imaginación hacía de una isla que estaba delante de nuestro pabellón un lugar encantado. El río nos parecía cubierto de amorcillos que jugueteaban en las ondas. Nunca los bosques de Cnido[5] estuvieron tan poblados de amantes como nosotros poblábamos con ellos la otra orilla. Para nosotros, en la naturaleza no había más que parejas felices, y ninguna tan feliz como la nuestra. Habríamos desafiado a Psique y al Amor[6]. Yo era tan joven como él; Mme. De T… me parecía tan deliciosa como ella. Más entregada, me pareció más arrebatadora todavía. Cada momento me proporcionaba una belleza. La antorcha del amor me la iluminaba a los ojos del alma, y el más seguro de los sentidos confirmaba mi felicidad. En cuanto desterramos el temor, las caricias buscan las caricias: se llaman con mayor ternura. Sólo queremos que nos roben un favor. Si los diferimos, es refinamiento. El rechazo es tímido, no es otra cosa que un tierno cuidado. Se desea, no se querría: es el homenaje lo que complace… El deseo halaga… El alma se exalta con él… Adoramos… No cederemos… Hemos cedido.
–Ah –me dijo ella con una voz celestial–, salgamos de esta peligrosa morada; aquí los deseos se reproducen sin tregua, y no se tienen fuerzas para resistirse a ellos.
Y tira de mí.
Nos alejábamos con pena; ella volvía a menudo la cabeza; una llama divina parecía brillar en el atrio.
–Lo has consagrado para mí –me decía–. ¿Quién sabría nunca agradar en él como tú? ¡Cómo sabes amar! ¡Qué feliz es ella!
–¿Quién? –exclamé asombrado–. ¡Ah!, si dispenso felicidad, ¿a qué ser de la naturaleza podríais envidiar?
Al pasar delante del banco de césped, nos detuvimos sin querer y con una muda emoción.
–¡Qué espacio inmenso –me dijo– entre este lugar y el pabellón que acabamos de dejar! Tengo tan colmada el alma de mi dicha que apenas recuerdo que haya podido resistirme a vos.
–¡Bueno! –le dije–, ¿veré disiparse aquí el encanto que había colmado allí mi imaginación? ¿Habrá de serme siempre fatal este sitio?
–¿Hay alguno que aún pueda serlo para ti cuando estoy contigo?
–Sí, desde luego, pues aquí soy tan desdichado como feliz era en el que acabo de dejar. El amor exige mil prendas: cree no haber obtenido nada mientras le queda algo que obtener.
–Todavía… No, no puedo permitírmelo… No, nunca… –y tras un largo silencio–: Pero ¡entonces me amas mucho!