Sin mañana (2)

3420 Words
Ruego al lector que recuerde que tengo veinte años. Sin embargo, la conversación cambió de asunto; se hizo menos seria. Hasta nos atrevimos a bromear sobre los placeres del amor, a analizarlo, a separarlo de lo moral, a reducirlo a lo simple y a probar que los favores no eran más que placer; que no había más compromisos (filosóficamente hablando) que los que se contraen con la gente al dejarla adivinar nuestros secretos, y cometiendo con ella algunas indiscreciones. «¡Qué noche tan deliciosa acabamos de pasar!», dijo ella, «sólo debida al atractivo de ese placer, nuestro guía y nuestra excusa. Si mañana hubiera razones que nos obligaran a separarnos, nuestra felicidad, ignorada por toda la naturaleza, no nos dejaría, por ejemplo, ningún lazo que desatar… Algunos pesares, cuya compensación sería un recuerdo agradable… Y, además, desde luego, el placer, sin la lentitud, el ajetreo y la tiranía del procedimiento». Somos máquinas hasta tal punto (y me avergüenzo por ello) que, en lugar de toda la delicadeza que me atormentaba antes de la escena que acababa de ocurrir, participaba a medias cuando menos de la audacia de estos principios; me parecían sublimes, y ya sentía en mí una disposición muy cercana al amor por la libertad. –¡Hermosa noche! –me decía ella–, ¡qué hermosos parajes! Hace ocho años que los abandoné, pero no han perdido nada de su encanto; acaban de recobrar para mí todos los de la novedad; nunca olvidaremos ese gabinete, ¿verdad? El castillo esconde uno más delicioso todavía; mas no se os puede enseñar nada: sois como un niño que quiere tocar todo y rompe cuanto toca. Un impulso de curiosidad, que me sorprendió a mí mismo, me hizo prometer que sólo sería lo que ella quisiera. Aseguré que me había vuelto muy razonable. Cambió de tema. –Esta noche –dijo–, me parecería totalmente agradable si no me hiciera yo ningún reproche. Estoy molesta, realmente molesta por lo que os he dicho de la condesa. No es que quiera quejarme de vos. La novedad escuece. Me habéis encontrado amable, y quiero creer que obrabais de buena fe; mas lleva tanto tiempo destruir el imperio de la costumbre que yo misma siento que no poseo lo que se precisa para hacerlo. Además, he agotado todos los recursos que el corazón tiene para encadenar. ¿Qué podríais esperar ahora a mi lado? ¿Qué podríais desear? Y sin deseo ni esperanza ¿qué se vuelve uno junto a una mujer? Os he prodigado todo; acaso os cueste mucho perdonarme un día los placeres que, tras el momento de la embriaguez, os abandonan a la severidad de las reflexiones. A propósito, decidme, ¿qué os ha parecido mi marido? Bastante huraño, ¿verdad? El régimen no es agradable. No creo que os haya visto con sangre fría. Tendrá sospechas de nuestra amistad. No debemos prolongar este primer viaje: se pondrá de mal humor. En cuanto venga gente (y vendrá sin duda)… Además, también vos tenéis precauciones que tomar… ¿Os acordáis del aspecto del señor, ayer al despedirse?… –vio la impresión que me causaban estas últimas palabras y añadió enseguida–: Estaba más alegre cuando hizo arreglar con tanta exquisitez el gabinete del que os hablaba hace un rato. Fue antes de mi matrimonio. Está junto a mis habitaciones. Nunca fue para mí más que un testimonio… de los artificiales recursos que necesitaba M. de T… para fortalecer su sentimiento, y de la escasa energía que yo aportaba a su alma. Era así, a intervalos, como ella excitaba mi curiosidad sobre aquel gabinete. –Está junto a vuestras habitaciones –le dije–; ¡qué placer vengar en él vuestros atractivos ofendidos! ¡Restituirles lo que se os ha robado! Esto le pareció de mejor tono. –¡Ah! –le dije–, si yo fuera elegido para ser el héroe de esa venganza, si el placer del momento pudiera hacer olvidar y reparar las languideces de la costumbre… –Si me prometierais ser razonable –dijo ella interrumpiéndome. Debo confesar que no sentía todo el fervor, toda la devoción que se precisaba para visitar aquel nuevo templo; pero sí mucha curiosidad: ya no era Mme. De T… lo que yo deseaba, era el gabinete. Habíamos vuelto a la casa. Las lámparas de las escaleras y de los corredores estaban apagadas, vagábamos por un dédalo. Hasta la misma dueña del castillo había olvidado las salidas; por fin llegamos a la puerta de sus habitaciones, de aquellas habitaciones que encerraban tan alabado refugio. –¿Qué vais a hacer de mí? –le dije–; ¿qué queréis que sea? ¿Me despediréis así, solo, en la oscuridad? ¿Me expondréis a hacer ruido, a descubrirnos, a traicionarnos, a perderos? No creyó que hubiera réplica para este razonamiento. –Me prometéis entonces… –Todo… todo lo que queráis. Aceptó mi juramento. Abrimos despacio la puerta: hallamos a dos mujeres dormidas; una joven, la otra de mayor edad. Esta última era la de confianza, fue a ella a la que despertamos. Le habló al oído. No tardé en verla salir por una puerta secreta, artísticamente fabricada en un revestimiento de la pared. Me ofrecí a hacer las veces de la mujer que dormía. Fueron aceptados mis servicios. Ella se desembarazó de todo ornamento superfluo. Una simple cinta retenía todos los cabellos, que escapaban en flotantes rizos; sólo les añadió una rosa que yo había cogido en el jardín, y que sin darme cuenta seguía teniendo en la mano: una camisa abierta sustituyó a toda la demás indumentaria. No había un solo nudo en todo aquel aderezo: encontré a Mme. De T… más hermosa que nunca. Un poco de fatiga pesaba sobre sus párpados y daba a su mirada una languidez más interesante, una expresión más dulce. El colorido de sus labios, más vivo que de costumbre, realzaba el esmalte de sus dientes y volvía más voluptuosa su sonrisa; rubores esparcidos acá y allá destacaban la blancura de su tez y daban testimonio de su finura. Aquellas huellas del placer me recordaban el goce. Me pareció, en fin, más seductora de lo que mi imaginación la había pintado en nuestros momentos más dulces. El revestimiento se abrió de nuevo, y la discreta confidente desapareció. A punto de entrar, me detuvo: «Recordad», me dijo en tono grave, «que se supone que nunca habéis visto, ni sospechado siquiera, el asilo en el que vais a ser introducido. Nada de torpezas; sobre lo demás, estoy tranquila». La discreción es la primera de las virtudes; a ella se deben muchos instantes de felicidad. Todo aquello tenía el aire de una iniciación. Se me hizo atravesar, llevado de la mano, un pequeño pasillo oscuro. Mi corazón palpitaba como el de un joven prosélito al que ponen a prueba antes de la celebración de los grandes misterios… «Mas vuestra condesa», me dice ella deteniéndose… Iba yo a replicar; las puertas se abrieron: la admiración interceptó mi respuesta. Quedé asombrado, arrobado, ya no sé lo que fue de mí, y de buena fe empecé a creer en el encantamiento. La puerta volvió a cerrarse, y ya no distinguí por dónde había entrado. Sólo vi un bosquecillo aéreo que, sin salida, parecía no sostenerse sobre nada ni dar a nada; al fin me encontré en una enorme jaula de espejos, en los que estaban artísticamente pintados unos objetos que, repetidos, producían la ilusión de todo lo que representaban. Ninguna luz se veía interiormente; un resplandor dulce y celestial penetraba según la necesidad que cada objeto tenía de ser más o menos visto; unos pebeteros exhalaban deliciosos perfumes; cifras y trofeos ocultaban a los ojos la llama de las lámparas que de una manera mágica iluminaban aquel deleitoso lugar. El lado por donde entramos representaba pórticos encañados y adornados de flores, y cenadores en cada hueco; al otro lado se veía la estatua del Amor distribuyendo coronas; ante esa estatua había un altar, sobre el que brillaba una llama; al pie de ese altar había una copa, coronas y guirnaldas; un templo de una arquitectura ligera terminaba decorando aquella parte; enfrente había una sombría cueva; el dios del misterio velaba en la entrada; el suelo, cubierto por una alfombra de peluche[7], imitaba el césped. En el techo, unos geniecillos colgaban de guirnaldas; y en el lado que correspondía a los pórticos había un dosel bajo el que se acumulaba una gran cantidad de almohadillas[8] con un baldaquino sostenido por amorcillos. Ahí fue donde la reina de aquel lugar se dejó caer indolentemente. Yo me eché a sus pies; ella se inclinó hacia mí, me tendió los brazos, y al instante, gracias a aquel grupo mil veces repetido en todos sus aspectos, vi aquella isla totalmente poblada de amantes felices. Los deseos se reproducen por sus imágenes. –¿Dejaréis –le dije– mi cabeza sin corona? Tan cerca del trono, ¿podré sentir tales rigores? ¿Podríais pronunciar vos un rechazo? –¿Y vuestros juramentos? –me respondió levantándose. –Era un mortal cuando los hice, vos me habéis hecho un dios: adoraros, ése es mi único juramento. –Venid –me dijo ella–, la sombra del misterio debe ocultar mi debilidad, venid… Al mismo tiempo se acercó a la gruta. Apenas habíamos franqueado la entrada cuando no sé qué resorte, hábilmente dispuesto, tiró de nosotros. Llevados por el mismo movimiento, caímos blandamente sobre un montón de almohadones. La oscuridad reinaba con el silencio en aquel nuevo santuario. Nuestros suspiros hicieron las veces de lenguaje. Más tiernos, más multiplicados, más ardientes, eran intérpretes de nuestras sensaciones, marcaban su progresión; y el último de todos, aplazado un tiempo, nos advirtió que debíamos dar gracias al Amor. Ella cogió una corona que depositó sobre mi cabeza, y alzando apenas sus bellos ojos húmedos de voluptuosidad, me dijo: «¡Bien! ¿Amaréis nunca a la condesa tanto como a mí?». Iba a responder cuando la confidente, entrando de forma precipitada, me dijo: «Marchaos deprisa, es de día, ya se oyen ruidos en el castillo». Todo se desvaneció con la misma rapidez con que el despertar destruye un sueño, y me encontré en el corredor antes de haber podido recobrar mis sentidos. Quería volver a mi aposento; mas ¿dónde ir a buscarlo? Toda pregunta me denunciaba, todo error era una indiscreción. La decisión más prudente me pareció bajar al jardín, donde resolví quedarme hasta que pudiera regresar de un paseo matinal con cierta verosimilitud. El frescor y el aire puro de aquel momento calmaron poco a poco mi imaginación y expulsaron de ella lo maravilloso. En lugar de una naturaleza encantada, no vi más que una naturaleza ingenua. Sentía que la verdad regresaba a mi alma, que mis pensamientos nacían sin confusión y se seguían con orden; por fin respiraba. Lo más urgente que entonces hube de hacer fue preguntarme si era el amante de aquella a la que acababa de dejar, y cuál fue mi sorpresa al no saber qué responderme. ¿Quién me hubiera dicho ayer, en la Ópera, que podría hacerme semejante pregunta? ¡Y yo que creía saber que ella amaba hasta la locura, y desde hacía dos años, al marqués de…! ¡Y yo que me creía tan enamorado de la condesa que debía resultarme imposible serle infiel! ¡Cómo! ¡Ayer! Mme. De T… ¿Es verdad? ¿Habría roto con el marqués? ¿Me ha tomado para sucederle, o sólo para castigarle? ¡Qué aventura! ¡Qué noche! No sabía si aún seguía soñando; dudaba, y luego estaba persuadido, convencido, y luego ya no creía en nada. Mientras flotaba en tales incertidumbres, oí ruido cerca de mí: alcé los ojos, me los froté, no podía creer… era… ¿quién? El marqués. –No me esperabas tan temprano, ¿verdad? ¡Bien!, ¿qué tal ha ido? –Entonces ¿sabías que estaba aquí? –le pregunté. –Sí, claro; me lo hicieron saber ayer en el mismo momento que os ibais. ¿Has interpretado bien tu personaje? ¿Le pareció al marido muy ridícula vuestra llegada? ¿Cuándo te despiden? Me he ocupado de todo; te traigo una buena silla de manos que estará a tu disposición; todo corre de mi cuenta. La señora de T… necesitaba un escudero, tú has desempeñado ese papel, la has entretenido en el camino; es cuanto ella quería; y mi agradecimiento… –¡Oh!, no, no, os sirvo de forma generosa; y en esta ocasión, Mme. De T… podría deciros que he puesto en ello un celo que está por encima de los poderes de la gratitud. Acababa el marqués de esclarecer el misterio de la víspera y de darme la clave del resto. Sentí mi nuevo papel en ese mismo instante. Cada palabra estaba en su sitio. –¿Por qué venir tan pronto? –dije–. Creo que hubiera sido más prudente… –Todo estaba previsto; es el azar quien parece traerme aquí: se supone que vuelvo de una casa de campo vecina. ¿No te ha puesto Mme. De T… al corriente? Me parece mal esta falta de confianza, después de lo que hacías por nosotros. –Sin duda tendría sus razones; además, de habérmelo dicho, quizá no hubiera interpretado tan bien mi personaje. –¿Así que ha sido muy divertido? Cuéntame los detalles…, cuenta… –¡Ah!… un momento. No sabía que todo esto fuera una comedia; y, aunque haya intervenido en la obra… –No era el tuyo el mejor papel. –¡Bah, bah!, no te preocupes; no hay mal papel para buenos actores. –Entiendo; has salido bien parado. –Maravillosamente. –¿Y Mme. De T…? –Sublime. Domina todos los géneros. –¿Puedes creer que alguien haya conseguido dominar a esta mujer? Mi esfuerzo me ha costado; pero he llevado su temperamento hasta un punto en el que quizá sea la mujer de París de cuya fidelidad se puede estar más seguro. –¡Excelente! –Ahí radica mi talento: toda su inconstancia no era más que frivolidad, desarreglo de imaginación; había que apoderarse de esa alma. –Es lo mejor. –Eso crees, ¿verdad? No tienes idea de su cariño por mí. En realidad, es encantadora; convendrás en ello. Entre nosotros, sólo le conozco un defecto: que la naturaleza, al darle todo, le ha negado esa llama divina que remata todos sus beneficios. Hace nacer todo, sentir todo, pero ella no siente nada: es un mármol. –Debo creerte, pues yo mismo no puedo… Pero ¿te das cuenta de que conoces a esa mujer como si fueras su marido? De hecho, uno podría llamarse a engaño; y si yo no hubiera cenado ayer con el verdadero… –A propósito, ¿qué tal se portó? –Nadie ha sido nunca tan marido como él. –¡Oh!, estupenda aventura. Pero para mi gusto no te ríes bastante. ¿No te das cuenta de toda la comicidad de tu papel? Admite que el teatro del mundo presenta cosas muy extrañas; que en él ocurren escenas muy divertidas. Volvamos; estoy impaciente por reírme de ellas con Mme. De T… Ya debe de estar levantada. Dije que llegaría temprano. Aunque hubiera sido más decente empezar por el marido. Vamos a tu habitación, quiero empolvarme un poco. Entonces ¿te han tomado por un amante? –Podrás juzgar de mis éxitos por la acogida que me hagan. Son las nueve: ya que estamos aquí, vayamos a ver al señor. Yo quería evitar mi cuarto, y con razón. De camino, el azar me llevó hasta él: la puerta, que había quedado abierta, nos dejó ver a mi ayuda de cámara durmiendo en un sillón; a su lado moría una vela. Al despertarse por el ruido, presentó atolondradamente mi bata al marqués, haciéndole algunos reproches por la hora a que volvía. Yo estaba sobre ascuas; pero el marqués estaba tan predispuesto a engañarse que sólo vio en él a alguien que, aún dormido, le hacía reír. Di a mi criado, que no sabía qué significaba todo aquello, la orden de preparar mi marcha, y continuamos para ver al señor. Es fácil imaginar quién fue bien recibido: desde luego, no fui yo; era lógico. A mi amigo se le hicieron las mayores instancias para que se quedase. Se le quiso llevar ante la señora, con la esperanza de que ella le decidiera. En cuanto a mí, no se atrevían, se me dijo, a hacerme la misma proposición, pues me encontraban demasiado abatido para tener alguna duda de que el aire del país me resultaba realmente funesto. Me aconsejaron por ello que volviera a la ciudad. El marqués me ofreció su silla; la acepté. Todo iba de maravilla, y todos estábamos contentos. Pero yo quería ver una vez más a Mme. De T…: era un goce que no podía negarme a mí mismo. Mi impaciencia era compartida por mi amigo, a quien mi sueño no explicaba nada y que estaba muy lejos de sospechar su causa. Al salir de la habitación de M. de T… me dijo: «¿No es admirable? Si le hubieran escrito sus réplicas, ¿lo habría hecho mejor? A decir verdad, es hombre muy galante; y bien mirado, estoy muy contento con esta reconciliación. Será una gran casa; y convendrás conmigo en que, para hacer los honores, no podía elegir a nadie mejor que a su mujer». Nadie más convencido que yo de esa verdad: –Por divertido que sea, querido amigo, motus; el misterio se vuelve más esencial que nunca. Sabré dar a entender a Mme. De T. que su secreto no podría estar mejor guardado. –Puedes estar seguro, amigo mío, de que cuenta conmigo; y ya lo ves, su sueño no se ha visto turbado. –¡Oh!, hay que admitir que no tienes rival para dormir a una mujer. –Y a un marido, querido; e incluso a un amante si fuera necesario. Finalmente, nos avisaron que podíamos entrar en los aposentos de Mme. De T…; a ellos nos dirigimos. –Os anuncio, señora –dijo al entrar nuestro charlatán–, a vuestros dos mejores amigos. –Me hacía temblar la idea –me dijo Mme. De T…– de que os hubieseis marchado antes de despertarme, y os agradezco que hayáis sentido la pena que me habría dado. Nos examinaba alternativamente a uno y a otro; pero no tardó en tranquilizarla el aplomo del marqués, que siguió tomándome a broma. Ella se rió conmigo lo suficiente como para consolarme, y sin rebajarse a mis ojos. Dirigió al otro palabras tiernas, a mí otras honestas y decentes; bromeó, pero sin burlarse. –Señora –dijo el marqués–, ha terminado su papel tan bien como lo empezó. Ella respondió en tono grave: –Estaba segura del éxito de todos los que se le confiasen al señor. Él le contó lo que acababa de pasar con su marido. Ella me miró, dio su aprobación, y no se rió: –En cuanto a mí –dijo el marqués, que parecía haber jurado no acabar nunca–, estoy encantado con todo esto: es un amigo lo que hemos ganado, señora. Te lo repito una vez más, nuestro agradecimiento… –¡Eh!, señor –dijo Mme. De T…–, dejémoslo ahí, y estad seguro de que siento todo lo que debo al señor. Anunciaron a M. de T…, y todos nos hallamos en situación. El señor de T… me había tomado el pelo y me despedía, mi amigo le engañaba y se burlaba de mí; yo le correspondía, sin dejar de admirar a Mme. De T…, que se burlaba de todos nosotros, sin perder nada de la dignidad de su carácter. Después de disfrutar unos instantes con la escena, comprendí que la hora de mi marcha había llegado. Me retiraba, Mme. De T… me siguió, fingiendo querer hacerme un encargo. –Adiós, señor; os debo muchos placeres; mas os he pagado con un hermoso sueño. En este momento, vuestro amor os llama: la persona que tiene por objeto es digna de él. Si le he robado algunos transportes, os devuelvo a ella, más tierno, más delicado y más sensible. »Adiós una vez más. Sois encantador… No me malquistéis con la condesa. Me estrechó la mano, y me dejó. Yo subí al coche que me aguardaba. Busqué concienzudamente la moraleja de toda esta aventura, y… no la encontré.
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