1. Futura esposa.
—Me voy a casar.
Las cuatro palabras quedaron suspendidas sobre la larga mesa de caoba.
Tamara, la madre de Hades, llevó la copa a sus labios y bebió un sorbo de agua, como si necesitara unos segundos para asimilar el anuncio.
—¿Qué acabas de decir?
—He cerrado un acuerdo con Harrison Sterling. La boda será dentro de tres meses —repitió Hades con absoluta calma. Cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca, impasible ante el desconcierto de su madre—. ¿Qué piensas, abuelo?
Su mirada se desplazó hacia el hombre que ocupaba la cabecera opuesta.
Sandro Vane permanecía inmóvil en su asiento. Era un anciano de barba blanca, ojos de águila y expresión de acero. Aunque los años habían marcado profundamente su rostro, no habían conseguido arrebatarle ni un ápice de la autoridad que imponía con su sola presencia.
—Me tomas por sorpresa —admitió el patriarca.
—Ese era tu deseo. Solo estoy cumpliéndolo, incluidas todas tus condiciones.
Sandro Vane pertenecía a la vieja escuela. Había sido el fundador de las redes criminales que la familia extendió alrededor del mar Negrø y el hombre que convirtió el apellido Vane en sinónimo de poder. Se había formado en una época en la que los imperios no se heredaban: se levantaban con sangre, se sostenían con lealtad y se protegían mediante el miedo.
El anciano consideraba que el imperio Vane había alcanzado un punto en el que las armas, los casinos y el control territorial ya no bastaban para garantizar la supervivencia de la dinastía. El mundo estaba cambiando y la criminalidad moderna exigía mucho más que violencia: necesitaba legitimidad, tecnología, influencia institucional y una imagen pública respetable.
Por esa razón, había exigido a Hades que asegurara la continuidad de su legado mediante una alianza capaz de abrirles las puertas de círculos a los que jamás accederían únicamente con el poder de las armas. No pretendía que su nieto construyera un imperio más grande, sino uno imposible de derribar.
La unión debía permitir que los Vane dejaran de ser solamente una familia criminal poderosa y se convirtieran en una dinastía con presencia legítima dentro de las estructuras económicas y políticas internacionales.
Hades no estaba del todo de acuerdo con la idea del matrimonio, pero la voluntad de su abuelo tenía un peso enorme para él. No quería decepcionarlo y, mucho menos, convertirse en el hombre que quebrara un legado construido durante generaciones.
—¿Qué ganamos nosotros? —preguntó Sandro finalmente—. Explícame los términos del acuerdo.
—No, un momento —intervino Tamara, mirando a su hijo con severidad—. ¿Te has vuelto loco, Hades? ¿Vas a casarte así, sin más? ¿Por qué no hablaste con nosotros antes de tomar una decisión semejante?
—No tengo por qué darte explicaciones sobre las decisiones que tomo, madre —espetó él, clavando en ella una mirada de acero—. Cuándo, cómo y con quién decida casarme es asunto mío.
Tamara apretó los labios y crispó las manos sobre el mantel. Su mirada, cargada de preocupación, se desplazó hacia la figura menuda sentada a su lado.
Allí se encontraba Elina Kirova, la protegida de la familia Vane y la joven a la que, durante años, todos habían considerado destinada a convertirse en la esposa de Hades.
Para ocupar ese lugar la habían formado.
Salomé Vane, cuñada de Hades, también miró a Elina con evidente inquietud. Estaba tan consternada por el anuncio como Tamara, aunque tuvo la prudencia de guardar silencio.
—No vuelvas a interrumpir nuestra conversación, Tamara —la reprendió el patriarca—. Mantén la compostura.
La mujer apretó los labios y bajó la mirada hacia su plato, impotente. Sandro y Hades retomaron la conversación sin conceder importancia a la incomodidad de las tres mujeres sentadas a la mesa.
—Uno de los mayores beneficios para nosotros es el acceso a la infraestructura tecnológica de los Sterling —explicó Hades—. Sus servidores, sistemas de seguridad y tecnología de encriptación nos permitirán blindar las operaciones más sensibles de nuestro imperio y hacerlas mucho más difíciles de detectar.
—Eso es lo que ganamos nosotros —señaló Sandro—. ¿Qué recibe Harrison a cambio?
—Algo que ninguna empresa legal puede incluir en un contrato: la protección de La Espiral. Sus rutas submarinas de fibra óptica, centros de datos e instalaciones estratégicas están expuestos a gobiernos rivales, organizaciones criminales y competidores. Nosotros nos ocuparemos de cualquier amenaza sin que su nombre aparezca en un solo documento.
—Un brazo armado invisible.
—Exactamente. Protección, intimidación y eliminación de obstáculos cuando sea necesario.
Sandro entrecerró los ojos.
—¿Eso es todo?
—También tendrá acceso restringido a la información del Gabinete de Obsidiana. Empresarios, políticos y diplomáticos comprometidos que podrían abrirle puertas a las que su dinero y su tecnología no alcanzan.
—Entonces los Sterling nos entregan su tecnología y nosotros les damos fuerza e influencia.
—Ellos controlan la información tecnológica; nosotros, la información humana —concluyó Hades—. Juntos podremos controlar ambas. Por supuesto, no dudé en aceptar su propuesta. Me cansaré con su única hija.
—¿La conoces? —indagó su abuelo—. ¿Cómo es?
—Todavía no. Me reuní ayer con Harrison y llegamos a un acuerdo.
—Tráela cuanto antes. Quiero conocerla —exigió el anciano—. Tienes mi aprobación. No cabe duda de que esta alianza representa una gran oportunidad para fortalecernos.
Hades asintió, satisfecho. Al terminar de cenar, subió a su despacho para comunicarse nuevamente con su futuro suegro, agilizar los preparativos y coordinar el traslado de su prometida.
No sabía quién era ella ni se había tomado la molestia de investigarla. Tampoco lo consideraba necesario. Le bastaba con conocer el poder que poseía Harrison Sterling; su hija no sería más que el puente que le permitiría alcanzar sus objetivos.
Harrison apenas le había hablado de su futura esposa. La describió como una joven correcta, educada, dulce e inocente. Hades asumió entonces que sería fácil de manejar: una hermosa muñeca dentro de su casa, obediente y lo bastante dócil para no causarle problemas.
La palabra matrimonio resultaba mucho menos desagradable cuando venía acompañada de varios miles de millones.
Luego de confirmar con Harrison que su futura esposa llegaría cuanto antes, Hades se acomodó en su silla y encendió un cigarrillo. Apenas había dado la primera calada cuando la puerta del despacho se abrió sin previo aviso y apareció su madre.
—Hades, tenemos que hablar —declaró con firmeza—. No puedes casarte así como así, hijo.
—¿Quién lo dice?
—Yo. Tu madre —respondió Tamara mientras se acercaba al escritorio—. ¿No preferirías casarte con alguien de nuestro mundo? Los Sterling son completamente distintos de nosotros.
—Esto es un negocio, madre. Nada más. Estoy haciendo lo que más conviene a nuestro clan.
—Pero... —Tamara entrelazó las manos, inquieta—. ¿Acaso no ibas a casarte con Elina?
Hades parpadeó y dejó escapar una breve risa de incredulidad. La pregunta le pareció casi tierna, además de absurda.
—Por favor, madre —murmuró. Se enderezó en la silla y expulsó lentamente una nube de humo—. Eso ocurrió hace años. Fue una promesa tonta que un adolescente le hizo a una niña solo para verla sonreír. No me digas que ustedes se la tomaron en serio.
Tamara apartó la mirada, abatida. Había acogido a Elina bajo su protección y la quería como a una hija, pero también se había encargado de formarla para que algún día se convirtiera en la esposa perfecta de Hades.
Nunca imaginó que todos sus planes terminarían desmoronándose de aquella manera.
—Retírate, por favor —ordenó Hades—. Y no vuelvas a cuestionar mis decisiones. Recuerda que, además de ser tu hijo, soy el Arconte.
El término procedía del griego antiguo y designaba a un gobernante. Dentro de La Espiral, sin embargo, no era un título ceremonial. Era el reconocimiento de Hades como autoridad absoluta de la organización, el hombre al que ascendían todas las decisiones importantes y cuya palabra nadie se atrevía a desafiar. Incluso su título era pronunciado en voz baja y con profundo respeto.
—Espero que no termines arrepintiéndote —le advirtió su madre antes de abandonar el despacho con los ojos bañados en lágrimas.
Hades resopló, indiferente. Nada ni nadie era capaz de hacerlo retroceder una vez que había tomado una decisión. Ni las lágrimas, ni los reproches, ni siquiera los de su propia madre.
Inclinó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y expulsó otra bocanada de humo. En pocos días conocería a Morgana Sterling y pretendía resolver cuanto antes todas las formalidades relacionadas con el compromiso. Estaba convencido de que un ramo de flores y un enorme diamante bastarían para complacerla y conquistar su frágil corazón.
O, al menos, eso creía.