Estaba sentada en la sala, con los nervios a flor de piel, mientras miraba el reloj y escuchaba el leve murmullo de la televisión en el cuarto de mi vecina, donde estaban las niñas. Los tres mil dólares en mi bolsillo parecían un peso muerto. Sabía que no era suficiente y que Cassio no aceptaría excusas. Cada minuto que pasaba sentía el miedo crecer dentro de mí, pero traté de mantenerme firme. De repente, el sonido del teléfono rompió el silencio, sobresaltándome. Miré la pantalla: era el número del fotógrafo. Contesté rápidamente, esperando que tuviera buenas noticias. —¿Qué pasa? —pregunté con una mezcla de ansiedad y agotamiento. —Necesito mi dinero, niña —me dijo con una voz cargada de ira. Fruncí el ceño, confundida. —¿Por qué? ¿Qué pasó? —Vinieron unos hijos de puta y robaron

