(Narrador en tercera persona)
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El dolor en el cuerpo de Abigail se hizo insoportable, al punto de que tuvieron que sedarla constantemente y colocarle asistencia respiratoria. A estas alturas ya no había nada más que pudiera hacerse más que darle comodidad en sus últimos días.
Helena le dio una última pitada al cigarrillo que estaba fumando y luego lo tiró para aplastarlo con el pie. No era súper fan de fumar, pero la situación de su madre la había superado y era lo único que encontró para calmar sus nervios.
Cuando volvió a la habitación una enfermera estaba revisando el suero de su madre.
-Disculpe -llamó a la enfermera.
Ésta se dio vuelta en cuanto escuchó que le hablaban.
-Dígame señorita, ¿en qué puedo ayudarla? -su tono de voz era amable,acompañado de una sonrisa.
-¿Sabe si han podido localizar a mi hermana? -le preguntó Helena.
En la última semana no había sabido nada sobre Sara, ni en la oficina ni en la casa de su madre. Tampoco había venido al hospital para ver cómo estaba.
-No, lo siento. La han llamado varias veces pero siempre entra en buzón de voz.
Helena asintió en respuesta y salió de la habitación para dejarla terminar.
Se sentó en una silla en el pasillo y sacó su celular, revisando los mensajes que tenía pendientes.
Uno de Jane y otro de Lucas, ambos preguntando por su madre. Ellos eran sus hermanos de otras madres, sus amigos de toda la vida. Sonrió al pensar en ellos, se sentía un poco acompañada en toda esta situación de mierda.
Recorrió el buzón de mensajes. Nada de Sara.
“Ya no queda mucho tiempo, no te pierdas la oportunidad de despedirte de mamá. No por estar resentida conmigo” escribió en un mensaje nuevo y lo envió a su hermana.
Testaruda como era sabía que no le respondería, pero al menos la ponía al tanto de la situación.
Su relación de hermanas no era la mejor. De hecho, era casi inexistente. A pesar de llevarse un año de diferencia nunca tuvieron una relación de hermanas como la tenían la mayoría de las personas. Y la situación empeoró cuando su padre falleció y le dejó la mayoría de las acciones de la farmacéutica a Helena.
Suspirando, Helena bloqueó el celular y volvió a la habitación. La enfermera ya no estaba y el único sonido que se escuchaba era el del respirador mecánico.
Se sentó en un sillón al lado de la cama de su madre y sacó la carpeta que su secretaria le había alcanzado más temprano. Un poco de trabajo la distraería. Presentía que iba a ser un día muy largo.
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Cuando abrió los ojos nuevamente el cielo ya se había oscurecido. No podía creer que se había quedado dormida sobre la carpeta de trabajo.
Miró a su madre que yacía inmóvil sobre la cama. El respirador subía y bajaba en la medida que funcionaba. Era lo único que la ayudaba a respirar.
Fue al baño a hacer sus necesidades y a refrescarse un poco. Le dolía el cuello de haberse quedado dormida en una posición incómoda.
Cuando salió del baño le pareció que había algo mal en la habitación, pero no podía entender qué era. Mirando a su alrededor el silencio se hizo más prolongado.
Cuando cayó en cuenta de la situación sus ojos se abrieron como platos. ¡El respirador ya no se movía!
-¡Ayuda enfermera! -salió corriendo de la habitación. -¡Mi madre no está respirando!
De pronto todo pasó muy rápido. Las enfermeras corrieron a toda velocidad hacia la habitación. El doctor Murphy también ya estaba ahí.
Cuando quiso entrar, una de las enfermeras la detuvo.
-No puede ingresar Señorita. Por favor, deje que el equipo médico haga su trabajo -le indicó.
Siendo completamente inútil en ese momento, se dejó caer contra la pared.
Los minutos parecieron horas, hasta que el doctor Murphy salió. Su cara lo decía todo, ni siquiera hacían falta las palabras.
Su madre había fallecido.
-Lo lamento mucho Helena, hicimos lo que pudimos -apretó su hombro con lastima.
No pudo escuchar nada más de lo que las enfermeras salieron a decirle, sentía que le faltaba el aire. No podía respirar. De repente el ambiente era insoportable.
Levantó la vista y se encontró con la mirada del doctor. Él asintió a su pregunta silenciosa.
-Sal a tomar un poco de aire, lo necesitas -coincidió con sus pensamientos.
No esperó ninguna indicación más, se apresuró a correr al exterior del hospital. Las puertas automáticas se abrieron, permitiéndole salir a la oscuridad de la noche. El aire gélido le caló hasta los huesos, y la llovizna le azotó la cara. Ni siquiera se había dado cuenta que estaba lloviendo.
Dejó que las lágrimas se mezclaran con las gotas de lluvia y resbalaran a través de sus mejillas. El agua empezó a empaparle la ropa, pero no le importó.
De repente un paraguas cubrió su cabeza, refugiándola de la lluvia. Levantó la vista y se encontró con un par de ojos verdes.
El hombre estaba fumando en la vereda cuando la vio salir desesperadamente. Supuso que no estaba en el hospital por las mejores razones. Por algún motivo que no supo entender, aquella muchacha le dio lastima.
-Te enfermarás si permites que la lluvia te empape -la regañó aquel hombre con amabilidad.
Helena no pudo contestarle, no le salían las palabras. Su cuerpo estaba clavado al suelo mientras su cerebro intentaba comprender todo lo que había sucedido.
El hombre suspiró resignado, se le hacía tarde para una reunión.
-Toma, lo necesitas más que yo -colocó en la mano de Helena su paraguas y se dispuso a irse. Antes de poder avanzar, se dio la vuelta para ver a la chica. -Y descuida, todo estará bien.
Le dedicó una sonrisa amable antes de desaparecer en la noche.
Helena se quedó mirando el paraguas un rato más, hasta que el frío comenzó a molestarle. Tampoco podía demorar más la situación, tenía que hacerle frente.
Con toda la entereza que le quedaba, cerró el paraguas y volvió a entrar en el hospital.
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El funeral fue bastante corto y sencillo. No había asistido mucha gente, ya que no tenían familiares y su madre apenas tenía algunos amigos. Jane y Lucas estaban con ella, como siempre acompañándola.
En algún momento de la ceremonia, vio aparecer a su hermana Sara acompañada de un hombre. Su hermana ni siquiera le dirigió la mirada, pero no le importó. No podía lidiar con los sentimientos de ella en ese mismo momento, lo dejaría para otra ocasión.
La gente empezó a dispersarse y la sala se llenó de conversaciones silenciosas. Un hombre regordete se acercó hacia donde estaba ella.
-¿Señorita Helena Lennox? -preguntó tomando asiento a su lado.
Helena asintió en respuesta.
-Soy el señor Travis, abogado de su madre -le extendió la mano a modo de saludo y ella le correspondió.
-¿Abogado? -la voz de Helena salió estrangulada.
-Si, su madre dejó un testamento que incluye a ambas hermanas -le informó.
Su tono era bajo pero profesional, lo que le sorprendió a Helena. Pero más le sorprendió saber sobre un testamento.
Travis rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y le entregó un sobre.
-¿Qué es esto? -preguntó confundida.
-La señora Abigail me pidió hace muchos años que guardara este sobre, y que al momento en que ella falleciera yo se la entregara a usted -le explicó amablemente.
-Entiendo, ¿y qué dice? -dio vuelta el sobre varias veces, pero parecía cerrado.
Travis negó con la cabeza.
-Desconozco el contenido del sobre, se me prohibió abrirlo -hizo un gesto con los hombros. -Tenia instrucciones estrictas de que fuera entregado a usted en mano inmediatamente.
Helena frunció el ceño. Genial, más misterios pensó amargamente.
-Está bien, se lo agradezco -le dijo a Travis, todavía sin apartar la vista del sobre.
Él asintió y le extendió una tarjeta.
-La espero mañana por la mañana en mi oficina para poder conversar sobre el testamento.
Helena agarró la tarjeta y la guardó en su bolsillo. Notando que estaba sumida en sus pensamientos, Travis no dijo más nada y se alejó.
Helena se quedó mirando el sobre, cómo si pudiera adivinar el contenido. Y ahora, ¿qué le había dejado su madre?