La casa de Olivia estaba en silencio, con esa calma artificial que llega después de un día largo, cuando uno estuvo rodeado de demasiadas personas y ahora necesita el silencio. Olivia apoyó su bolso en el recibidor, se descalzó y caminó hasta la cocina, donde encendió la pava eléctrica. Los pies le dolían y sentía la espalda tensa. Pero más allá del cansancio físico, había un nudo apretado en el pecho que no se aflojaba, y no sabía bien porqué. Se había instalado allí luego de conversar con Ekaterina. Nathan apareció en el umbral del comedor, todavía con la camisa arremangada y el saco colgado de un hombro. La observó un instante antes de hablar. —¿Estás bien? Olivia tardó en responder. Estaba de espaldas, revolviendo una taza de té como si la concentración en el azúcar pudiera salvarla

