Capítulo 5. Norman siendo Norman

1217 Words
Norman conducía su auto n***o con el ceño fruncido, el volante firme bajo sus manos. El cuero del asiento crujía ligeramente con cada movimiento, como si compartiera su tensión. Era temprano, pero el sol ya comenzaba a asomarse en el horizonte, pintando el cielo con tonos cálidos que apenas aliviaban la rigidez en su mandíbula. Había pasado una noche inquieta, torturado por el recuerdo del último intercambio con ella. La forma en que había sostenido su mirada, desafiante, le había dejado un extraño cosquilleo en el pecho, un vestigio de rabia mezclada con algo que no quería admitir. —¿Qué demonios te pasa?—gruñó para sí mismo, apretando los dientes. Pues no lograba sacársela de la cabeza. Ni su mirada, ni su altivez, ni el modo en que había respondido a su actitud. Había algo en la pequeña "cara de ángel" (cuerpo para el pecado) que encendía una chispa peligrosa dentro de él, algo que aún no sabía si podría ignorar del todo. Cuando llegó a la casa, estacionó con una frenada algo brusca. El auto rugió en protesta cuando apagó el motor de su deportivo de un tirón. Observó la vivienda durante unos segundos antes de bajar, ajustándose el saco con un gesto automático. No era propio de él presentarse sin aviso, pero esta situación lo desbordaba. “No contestó el teléfono”, se justificó internamente. “Necesito asegurarme de que está bien, se lo prometí a Steven, solo lo hago por él y su mujer". El ambiente estaba silencioso, salvo por el canto lejano de unos pájaros que anunciaban el amanecer. Tocó el timbre una vez. Esperó. Luego otra. Nada. Cada segundo que pasaba parecía alimentar su impaciencia, convirtiéndola en un enojo sordo que le golpeaba las costillas. Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, la puerta se abrió con un chirrido. Ekaterina apareció en el umbral, descalza, vestida con una camiseta grande que le llegaba a mitad de muslo. El tejido colgaba de su cuerpo con una despreocupación que resultaba insultantemente atractiva. Tenía el cabello largo y rubio desordenado, y sus ojos reflejaban sueño mientras se frotaba la cara. La pintura de sus párpados estaba corrida, como si se hubiera olvidado de quitársela la noche anterior. Una imagen tan sensualmente decadente como desconcertante. —¿Qué quieres?—preguntó en un tono cansado, acompañado de un bostezo. Su voz era rasposa, cargada de una pereza matutina que solo hizo que Norman apretara los puños. Él entrecerró los ojos, cruzándose de brazos mientras intentaba ignorar cómo el borde de la tela subía ligeramente con su postura cuando ella se estiró despacio. —No contestaste el teléfono. Quería asegurarme de que estuvieras bien. Ella bufó, apoyándose en el marco de la puerta con una actitud despreocupada. —Te dije que no necesito niñeras—respondió en un tono agrio. Sus ojos, aunque aún perezosos, lanzaban una chispa de desdén que parecía diseñada para provocarlo. —¿Niñeras?—replicó él, avanzando un paso hacia ella. Su voz se volvió más baja, peligrosa—. Eres una chiquilina...Una mocosa maleducada, eso es lo que eres. Juro que parecieras necesitar unos azotes, en ocasiones. Ekaterina arqueó una ceja, ladeando la cabeza con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Luego se dio la vuelta, mostrándole descaradamente su trasero levantando la tela de la camiseta para descubrir una diminuta tira que no tapaba nada su culo y suponía que era de sus bragas. Un gesto deliberado, calculado para desquiciarlo como era lógico. —Pues adelante, azótame si quieres—dijo, burlona. El mundo de Norman pareció detenerse por un instante. Su razón le gritaba que se diera la vuelta y se fuera, que terminara con esa farsa antes de cruzar una línea de la que no podría regresar. Pero su cuerpo tenía otras ideas. Cerró la puerta tras de sí con un empujón, el sonido resonando en la entrada como una declaración de intenciones, y se acercó rápidamente. Ekaterina ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que la arrinconara contra la pared. Su rostro quedó a pocos centímetros del suyo, sus respiraciones entremezclándose en un espacio cargado de tensión. —¿Crees que esto es una broma?—le espetó, con la voz baja y cargada de intensidad. Su mirada atrapaba la de ella, exigiendo una respuesta que Ekaterina no estaba dispuesta a darle—.¿Crees que puedes jugar así conmigo acaso? Ella se relamió los labios, un gesto aparentemente inocente que lo desarmó por completo. Norman cerró la distancia entre ellos, besándola con fuerza. No había ternura en el contacto, solo hambre y frustración. Sus manos se apoyaron contra la pared, encerrándola, mientras su cuerpo se apretaba contra el suyo con una necesidad que no podía controlar. Ekaterina gimió contra su boca, un sonido que envió una descarga de placer directo a su entrepierna. Norman, incapaz de contenerse, comenzó a moverse contra ella, frotándose sin reparo. El roce de su dura v***a contra su v****a apenas cubierta arrancó otro gemido de sus labios. Sentía su piel arder, su respiración acelerada acompañaba el ritmo frenético de sus caderas. Y entonces… todo se desvaneció en un instante. Norman abrió los ojos de golpe, jadeando. El techo blanco de su habitación se extendía sobre él como un recordatorio cruel de la realidad. Se sentía pegajoso, su cuerpo temblando de placer y... vergüenza. Miró hacia abajo, maldiciendo entre dientes al notar la evidencia del sueño. "Carajo, se había venido en seco". —Maldita sea la mocosa…—gruñó, llevándose las manos al rostro. Luego se levantó de la cama de un salto, caminando hacia el baño con pasos largos y decididos. Dentro de la ducha, el agua caliente cayó sobre su piel, relajando sus músculos tensos. Cerró los ojos, tratando de no pensar en el sueño. Pero la imagen de Ekaterina seguía allí, fresca y vibrante en su mente. Su cabello despeinado, su mirada desafiante, el sonido de su gemido... Norman maldijo de nuevo, dejando que su mano bajara por su abdomen mientras el agua envolvía su cuerpo. Se odiaba por ceder, pero la necesidad era demasiado fuerte. Se imaginó a Ekaterina de nuevo, esta vez bajo él, con su boca entreabierta y sus mejillas sonrojadas...Encerró su mano alrededor de la longitud de su v***a y comenzó los movimientos ascendentes y descendentes. Terminó con un gruñido, un chorro enorme de leche saltó de su v***a y apoyó la frente contra los azulejos fríos de la ducha. Su respiración era irregular, y el agua seguía cayendo como si pudiera lavar su vergüenza. —Maldita “cara de ángel”, mocosa provocadora y malcriada…—murmuró entre dientes. Cuando salió del baño, se secó cuidadosamente. Luego, comenzó su ritual matutino con la precisión de alguien que necesitaba mantener el control. Aplicó colonia, ajustó el nudo de su corbata hasta que estuvo perfecto, y deslizó su reloj en la muñeca. Todo debía estar impecable. En la cocina, preparó un café fuerte. Mientras bebía el primer sorbo, su teléfono sonó, vibrando sobre la mesa. Frunció el ceño al tomarlo. —¿Y ahora quién es? —murmuró, deslizando el dedo para contestar. Pero su mente seguía atrapada en la imagen de Ekaterina semidesnuda, y la frustración burbujeaba en su interior como un volcán a punto de estallar.
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