Ekaterina se estiró perezosamente en la cama, sintiendo cómo la luz del sol se filtraba a través de las cortinas. Había dormido poco y mal, pero con la sensación de que el día podría ser diferente. El sonido del teléfono vibrando sobre la mesita de noche la sacó de su letargo. Miró el identificador de llamadas y frunció el ceño al ver el nombre de Norman parpadeando en la pantalla.
—Ugh, no tengo ganas de esto ahora—murmuró para sí misma. La última vez que habían hablado había sido un desastre, y no sentía que tuviera la energía para enfrentarlo ahora. Así que, desinteresada y con una sonrisa traviesa, decidió no contestar. Se giró hacia el otro lado, enterrándose en las sábanas.
Sin embargo, el teléfono siguió sonando, insistente. Finalmente, después de varios minutos de silencio, dejó de vibrar. Ekaterina sintió un leve alivio, pero no duró mucho. Unos momentos después, sonaron unos golpes en la puerta, y se quedó paralizada. Era el golpe de alguien que no estaba dispuesto a marcharse.
—¡Ekaterina, ábreme!—la voz de Norman resonó desde el otro lado, dura y decidida. Su corazón dio un vuelco. Sabía que él no era el tipo de persona que se rendía fácilmente. Se levantó de la cama, todavía con el pequeño camisolín Victoria Secet que llevaba puesto, y se acercó a la puerta, sintiendo la adrenalina bombear en sus venas.
—¿Qué quieres, Norman?—respondió, tratando de mantener la calma, aunque su voz traicionaba una pizca de nerviosismo.
—Abre la puerta, ahora—dijo él, y la firmeza en su tono la hizo sonreír de forma desafiante. No podía evitarlo; le encantaba provocarlo.
Finalmente, decidió abrir la puerta y se encontró con él, de pie en el umbral, con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba una camisa arremangada que dejaba ver sus antebrazos que estaban de infarto. Aunque su rostro duro y la tensión en el aire no ayudaban mucho.
—No contestaste el teléfono—dijo él, mirando a Ekaterina con una mezcla de frustración y preocupación.
—Ufff que fastidio—respondió ella, cruzándose de brazos, disfrutando de la forma en que sus ojos se oscurecían por la irritación.
—No puedes seguir así, tu hermana se preocupa por ti—replicó él, dando un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Ella notó cómo su corazón latía más rápido, pero no iba a ceder.
—Ya soy grande Norman no una niña, por si no lo has notado—dijo Ekaterina, intentando que su voz sonara firme, aunque en el fondo sabía que estaba jugando con fuego.
—¿Niña?—replicó él, acercándose aún más, sus ojos desafiantes.—Eres una maldita mocosa malcriada que no sabe lo que le conviene. Eso eres.
Ekaterina sintió un escalofrío al escuchar esas palabras, pero se negó a dejarse intimidar.
—¿Y qué piensas hacer al respecto?—preguntó desafiante, sintiendo cómo la tensión crecía entre ambos.
Norman arqueó una ceja, y ella pudo ver cómo su mandíbula se tensaba. Sin previo aviso, la agarró por la muñeca y la arrinconó contra la pared. El contacto fue electrizante, y a pesar de su desafío, su cuerpo respondió a la cercanía de él.
—Creo que necesitas unos azotes—dijo, con un tono bajo y peligroso que hizo que su estómago se revolviera nervioso.
Ekaterina se rió, aunque sabía que su risa sonaba de hecho algo nerviosa.
—Estás completamente loco—exclamó, intentando mantener su postura desafiante—. No me harás eso. Te acusaré con mi hermana—dijo y sí, sonó aniñada.
—¿Y qué te hace pensar que me importa?—respondió él, mirándola fijamente, su respiración entrecortada. La tensión era tan intensa que casi podía cortarse con un cuchillo.
—¡Eres un maldito lunático!—gritó ella, sintiendo cómo la rabia y la adrenalina se mezclaban en su interior.
Norman, sin permitir que sus palabras la desanimaran, se inclinó hacia ella, su aliento cálido acariciando su piel.
—Alguien debe ponerte en tu lugar de una puta vez—dijo, su voz con un toque de autoridad que la hizo temblar ¿Acaso en serio se había vuelto loco que pretendía castigarla como si fuera una niña pequeña dándole unos azotes?
Ekaterina sintió que su corazón latía con fuerza, debatiéndose entre el deseo de desafiarlo una vez más y la curiosidad por lo que realmente pasaría.
—¿Qué te hace pensar que puedes venir aquí y... y hacer lo que quieras?—preguntó, su voz temblando, aunque ella intentaba mantener una fachada de confianza.
—Maldición tu hermana te ha estado llamando y no le has respondido, Steven me ha llamado, Ekaterina. Se han preocupado, no puedes ser tan jodidamente egoísta.
—No es ser egoísta—respondió ella altiva y él frunció más su ceño.
—Tú definitivamente necesitas una buena lección —replicó él con dureza y antes de que pudiera protestar, la tomó por la cintura, fue hasta el sillón y la levantó, colocándola sobre sus rodillas.
—¡No, suéltame!—gritó ella, pataleando, aunque en el fondo una parte de ella estaba excitada con su cercanía.
—Grítame todo lo que quieras, pero eso no evitará nada—dijo él decidido, manteniéndola en su lugar mientras su corazón latía con fuerza.
Ekaterina se sintió atrapada entre la rabia y una extraña sensación, mientras la situación se tornaba más intensa de lo que había imaginado.
—¡Eres un maldito psicópata!—siguió gritando, pero una parte de ella sabía que había cruzado un límite, pero "a la mierda" pensó.
La habitación se llenó de una tensión aún más palpable, y aunque todo parecía un desvarío, había algo en la forma en que Norman la sostenía que la ponía caliente, y cuando le dio la primera nalgada fue extraño, como una mezcla de dolor con placer, algo que nunca antes le había pasado y su corazón aleteó más agitado mientras una sensación extraña se expandía por su vientre bajo.
Incluso podía sentir la respiración agitada de él y hasta casi que su corazón iba tan agitado como el suyo cuando la mano de Norman bajó nuevamente y el PLAF del golpe resonó en toda la habitación y ella pudo sentir que su culo rebotó y las piernas de él también temblaron un poco.
Lo siguiente que oyó fue un gemido, POR DIOS NORMAN LA ESTABA TOCANDO ÍNTIMAMENTE AHORA. Podía sentir sus dedos entre la piel de sus labios vaginales casi lampiños.
—Por Dios Ekaterina—murmuró él ronco y ella sintió un aleteo que definitivamente era de excitación, en la zona baja de su estómago mientras sus bragas se humedecían progresivamente.
Incluso podía sentir como sus dedos pasaban con suavidad por su raja, y justo tenía unas braguitas ínfimas que le había regalado una de sus nuevas amigas, Candy. Y se le incrustaba la tira en medio del culo y la raja, allí precisamente por donde los dedos de Norman la estaban acariciando de manera tan erótica.
Un involuntario gemido salió de su boca, y su cuerpo comenzó a temblar de placer, un placer tan exquisito que no se parecía a nada de lo que había sentido antes.