Hablábamos por videollamada cada fin de semana, o cuando había tiempo entre nuestras rutinas. Yo empecé a estudiar en la universidad de Bellas Artes y conseguí un trabajo vendiendo mis dibujos en acuarelas, eran retratos, en su mayoría. Era mí marca.
Él. También estudiaba. Estaba haciendo la carrera de Administración de empresas y aprendiendo a dirigir el viñedo.
Yo conocí a Richard, un colombiano, estudiaba conmigo, en la misma carrera. Y, Gerónimo se enganchó de su secretaria Melinda Vázquez.
Pasó el tiempo y los sentimientos eran ambiguos, casi desconocidos. Dejamos de hablar, nos olvidamos. Nuestros números seguían en nuestros teléfonos, pero nosotros estábamos muy distanciados.
—Tenés la memoria rápida pero el corazón apagado, Nati—me dijo la psiquiatra. —No amas con la razón, solo por el instinto.
Y tenía razón, ¿Qué podía hacer? ¿Irte a buscar a Mendoza, sin saber si te acordarías de mí? ¿Si te acordarías de nuestro primer beso, que tanto deseo tuve de hacerlo al conocerte?
Y sí. No me daba miedo dejar las cosas en Buenos Aires. Era simple. Mis ahorros me alcanzaban para el avión de ida. Lo demás era cuestión de suerte encontrarte en tu finca y si tus ojos me mirarían con un brillo de felicidad o tú me habrías olvidado por completo.
Me arriesgué. Y me mudé a Mendoza alrededor de un mes, con el orden y las despedidas correctas.
Es un día importante porque hoy estoy acá, parada en la entrada de tu finca. Esperando una respuesta divina, que no sé si seré capaz de aceptar un rechazo amargo y sin amor. Estaba ansiosa y motivada. Con el corazón chiquito de miedo porque pasaron cuatro años. Tu cara cambió, la mía no mucho, más que unas marcas de cansancio debajo de mis ojos verdes, ¿Qué te digo? ¡Estoy loca por ti! Gerónimo Zunz, mí todo; mí compañero de clases, mí mejor amigo y mí chico de ensueño.
Salió una mujer de la enorme casa amarilla con tejado gris se acercó a la tranquera. Su mirada me recordó el brillo dulce de tus ojos. Era tu mamá. Su rostro envejecido, las arrugas de la edad y el cabello teñido de rubio me hizo pensar en los cuatro años que no te vi crecer como hombre. Y te extrañé. Extrañé tu voz y tu risa de loco, aquella que me provocaba una alegría inmensa, ¿Seguirías siendo así, o la vida en el campo era más serena y aburrida?
—A vos te conozco,—me dijo la señora Olga. Tu mamá achicó los ojos azules para hacer memoria— ibas con mí hijo a la escuela, ¿Verdad?
—Fuimos a la secundaria juntos. Soy yo. Natalia.
—¡Ah, Natalia López! La chica que dibujaba esos monstruitos con lapiceras azules, ¿No?
—La misma persona.
Olga abrió la tranquera, con una sonrisa enorme, me dio un beso ruidoso y un abrazo muy fuerte, como si me extrañará. Nunca hablé mucho con ella. Sé que vos la adorabas, te daba alfajores o tortas fritas para los recreos o dinero para comprar en el kiosco del recreo, un café y un pebete. Recuerdo muy bien esos años. Me convidaban tu pebete y me comprabas chocolate, lo que más me gustaba.
—¿Cómo estás? ¡Cuánto creciste! ¡Estás hermosa, Nati!
—¿Está Gerónimo?
—¡Ah, sí! Llegó hace una hora. Está durmiendo pero yo ya te lo levantó para que vean.
Olga era un cielo azul, ¡Una maravilla de mujer! Entramos a la casa, recorriendo unos cincuenta metros. El jardín era bonito, amplio y las gallinas andaban sueltas, corriendo, de costillas a mí llegada.
La casa amarilla tenía una gran galería con techo de madera, colgaban algunas cajitas para los colibrí y recipientes de perros pastores en la entrada. Me llené de emoción. Era tan gratificante estar aquí, más sería verte después de cuatro años.
—Pasa, acomodate. Ahora despierto a Gero.—dijo Olga, abriendo la puerta y el mosquitero.
El salón era grande, con sillones blancos, un piso de parquet de un tono beige. Había una mesita de café, con libros y otras cosas. También, una jarra de agua con hielo. Creo que interrumpí una actividad de Olga. Sé que ella le gustaba escribir. No me gustaba intervenir pero no lo sabía.
Escuché tu voz. Diferente. Más madura y profunda. Mí emoción. No puedo explicarlo. Era algo así, como tu graduación universitaria o la boda de un familiar.
Te esperé. Tanto tiempo. Hice lo correcto. Vos no podías creerlo cuando me viste en tu salón, con un vestido n***o largo hasta las rodillas y mí sonrisa tan impecable como las estrellas nuevas del universo.
—¿Natalia?
—Hola, amigo.
—¿Qué haces acá? No entiendo nada …
—¿Cómo te explico? Me mudé.
—¿A Mendoza?
—Me sirve. Estoy bien. Ahora muy bien.
Gerónimo me miró un rato. Estabas incrédulo. Pasaste una mano por tu cara, embriagado del calor de enero y yo, mí presencia. Dudaste. Tu mirada no era lo que esperaba y mí esperanza fue un disparo a la realidad. No te acordabas de mí.
—¡Gerónimo! No seas boludo—lo regaño Olga.— Cada día, más tonto, hijo. Vas a asustar a tu amiga ¡Anda a darle un abrazo, tarado!
—Era un chiste, Natalia. No llores— me dijiste, caminando hacia mí y me diste un abrazo que revocó el día que te besé.
Y todo se sintió tan bien.