Tus brazos me rodearon, encendiendo cada emoción en mí corazón como el mechero ideal para mí llama, llena de fe y pasión. No quise que me soltaras en aquel momento. Ese día fue muy importante, cuando supe que vos, no me olvidaste.
Me contuviste al estallar en un llanto de gran emoción que no pude disimular. Olga me dio agua y me pidió que no lloré, que Gerónimo estaba haciendo bromas toda la semana.
—Llevamos mucho tiempo sin vernos y mí reacción es, porque te extrañaba tanto —dije, limpiando los mocos que salían de mí nariz perforada.—Te extrañé que no soporté más tenerte tan lejos.
—¿Estás enamorada de mí?—dijiste.
—¿Cómo? Eso no puede ser, Gerónimo. —dijo tu mamá, alterandose. Se acercó y te dio una bofetada.
—¡Mamá, no hice nada! ¿Por qué me pegaste?
—Porque sos un tarado, y por las dudas.
No entendía el comportamiento de ustedes. Había un contexto en medio de ambos que no sabía. Me sentí una intrusa, una ladrona de momentos familiares.
—Él va a casarse, ¿No lo viste?—intervino Olga.
—Mamá, Natalia acaba de mudarse y no lee porquerías de ricos.
Seguía en una confusión total. El corazón era más pequeño, del tamaño de una hormiga, cuando escuché eso. Me levanté, mareada, atontada de la inesperada noticia.
Te pasabas.
Estabas comprometido.
¿Qué hago ahora? Era una vergüenza. Mis sentimientos, extraños en este momento, fueron destruidos en segundos. Nunca me sentí tan rechazada y aplastada por la realidad. Aquella mujer, era afortunada. Tú, valias todo el oro del planeta. Esperaba que eso sucediera en tu vida
—¿Y cuándo te casas?
—No tenemos fecha, aún estamos viendo algunos detalles económicos.
—Ah…bueno, ¡Qué suerte tenés! —dije desganada. —Viaje por ti. Debí escribirte, sin embargo mí idea era sorprenderte, y la sorprendida soy yo, que no puedo respirar.
Olga se acercó, me tocó el hombro. Me miró. Acarició mí brazo.
—Perdón, corazón. Fui muy bruta. Te lastimé.— dijo.
—Estoy acostumbrada a las sorpresas, más si son malas.
—¿Ves, mamá? Sos una pésima anfitriona. Andá a traer el mate y los bizcochos, hace algo bueno ahora—refunfuñaste.
Olga fue a la otra habitación continua. Me tomaste de las manos, pidiendo que vuelva a sentarme. Te uniste a mí lado. Me miraste apenado. Hubieses deseado que sea diferente, no obstante rompiste tu promesa : te olvidaste de mí.
—No importa. Tengo bastante aguante para rupturas de ilusiones, con vos fue más duro. No lo esperaba ni lo pensé.—te dije. Me acomodé.
—Siento que tengo culpa de este momento, Natalia. Estoy angustiado, dame la oportunidad de arreglarlo.
—¿Arreglar un corazón con muchos agujeros, cómo lo harías? Si sabes que mí pasión está enfocada, solamente en ti, ¡Te busqué y te perdí en el mismo día! ¡Qué pena!
Olga llegó. El termo, el mate y los bizcochos indicaban la tradición argentina, que estaba por ocurrir, ellos querían conocer lo que hice en estos cuatro años en Buenos Aires. Y dejé todo. La universidad por la mitad. Un novio que no me convencía. Mí familia. Mis proyectos. Y volé a Mendoza, sin dudas sin prevenciones a tener mala suerte. Ahora no tenía nada, estaba vacía y rota como una cáscara de huevo. Ni la llama era tan fuerte para mantenerme con esperanzas. Gerónimo usaba la alianza de compromiso.
—Y eso es todo. Todo lo que tuve y ya no.—dije, tomando otro mate con yuyos. —Me arriesgué, porque nunca lo hice. Y me salió mal, ¡Qué tarada fui pensando que tenía un futuro con vos!
—No. El tarado soy yo que hice una promesa y no la cumplí.
—Ya está. Te vas a casar. Es todo, Gerónimo.—dije, poniéndome de pie.—Gracias por recibirme. Gracias por avisarme, Olga. Ahora me voy a mí hotel.
—Te invitó al viñedo. Mañana vení a las nueve y te enseñó todo. —me dijiste, buscando a esa amiga del alma que olvidaste.
—Bueno, puede ser.
Me fui.
El corazón hecho trizas, fragmentos afilados me provocaban un ardor en el pecho. No. Era el flujo estomacal. La acidez del mal momento.
¿Qué sucederá mañana? Quizás nada, quizás algo.