4.El sabor del rechazo

1263 Words
¡Qué cosa hermosa la Argentina! Te enseña, te captura y te conquista. Los viñedos de Gerónimo eran lo más hermoso que vi. La temporada alta de la cosecha de uvas, seleccionadas por máquinas, ya no había empleados, solo algunos manejando los tractores y las productoras. Ahora entiendo cómo se enamoró de la chica mendocina. Era una calidez del lugar, muy amable y dulce al recibirme. Se llamaba Sofía. Ella era ingeniera agropecuaria. Se enamoraron al instante. Y yo no pude evitar ese amor, esa enorme llama en ellos porque estaba en Buenos Aires, esperando a Gerónimo. —¿Estabas estudiando? Acá hay buenas universidades, ¿Por qué no te anotas?—dijo Sofía.—No vas a arrepentirte de Mendoza. Y si un poco me arrepentía de mudarme tan rápido, tan ilusionada de una promesa desde los dieciocho años, ¿Es qué no lo pude anticipar este mal encuentro? Todo era una porquería, nada tenía sentido ni valor, ¡Todo el esfuerzo fue al pedo! Tu corazón fue conquistado, pero no por mí. Los viñedos. La cosechadora de vinos fue la culpable de separarnos, y Mendoza era la responsable de lastimarnos. Hicimos el recorrido hasta el mediodía. El hermano de Sofía preparó un asado, el vino, el queso y los fiambres eran una delicia ¡Lo único bueno del día! Sacando mí ansiedad, comiendo como una hambrienta solitaria. —¿Y qué estabas estudiando?—dijo Gerónimo —¿Seguís dibujando monstruos estilo japonés? —Pinto retratos con acuarelas y óleos. Los vendó. La gente me encarga trabajos. —¡Ah, qué bien, che! Entonces, estabas estudiando Bellas Artes, ¿En qué universidad? —Estaba en el MALBA. Por allá, cerca de la universidad de Derecho. —¡Ah, sí! La que queda a un par de cuadras. Sí, ya sé dónde decís. —dijiste Gerónimo. Buscaba una salida. No había ninguna que fuese mí salvación. Entonces, algo ocurrió. El hermano de Sofía se sentó en la esquina de la mesa, repartió unos brownies de chocolate y almendras. Me miró. —Soy maestro pastelero y chocolatero. Algo así como Willy Wonkan o mejor—dijo él, agrandado de su profesión. Comí. El sabor…¡Inigualable a cualquier otro chocolate! Una delicia que no me cansaría de comer nunca. Miré al chico. Era atractivo, nada salido de una revista de súper modelos. Era un pibe de treinta años, simpático y humilde. Se llamaba Thobias. No olvidaba a qué vine, lo supuestamente era mío y no. Otra mujer está en la vida de Gerónimo, dispuestos a compartir toda una vida entera y muy feliz. —Te pusiste toda roja, Nati, ¿Estás bien? ¿Sos alérgica?—dijo Thobias. —No es por el brownie, Thobi—dije—. Estaba pensando en otra cosa. —¡Ah, está bien!—dijo el chef—¿Y montamos por los cerros? —No sé, Thobias. Quizás otro día—Le dijo su hermana.—Estoy cansada y el calor me hace doler la cabeza. Vayan ustedes tres, yo me quedó. Nos miramos, Gerónimo y yo teníamos algo pendiente. Me enamoré de mí mejor amigo, con deseo, como la primera vez que me gustaba un chico. Desgraciadamente, se casaba. Yo era una entrometida, la que llega a romper el molde y afectar a la pareja feliz. Quizás sí. El error fue enamorarme profundamente de Gerónimo, que solo fueron sus palabras vacías y la promesa lo que me ató a él. —¿Montaste un caballo, Natalia?—dijo Thobias. —¿Qué? Yo no… —Ahora, vas a hacerlo. Me propongo darte el mejor recorrido en San Rafael. Vas a irte con unas ganas de volver. Tenía otro motivo para quedarme acá, en Mendoza. Iba a vengarme de Gerónimo, nada más. El chico de dieciocho años me condenó. Su vida de adulto no iba a ser fácil. Yo sabía cosas de él, que nadie ni Sofía sabían. Mientras dure, voy a disfrutarlo. Gerónimo , Thobias y yo recorrimos los cerros. Montados a caballo, de r**a criolla. El galopeo suave, el viento cálido y mis brazos sujetándome de mí amigo procurando que no me caiga, ¡Ay, qué cosa más loca de mí vida! Me vine sin nada, con un sueño de amor no correspondido. Pero…la vida me dio una nueva oportunidad. Lo amaba. Mí mejor amigo. No dejaba de pensar en él. Estaba enojada. No cumplió. No le importó que fuese yo quien haya perdido todo, ¿Es que no siente un poco de vergüenza y pena por hacerme venir hasta acá? No. Nada. Ni una pizca de interés. —¿Estás llorando? ¿Qué te pasa?—me interrumpiste. Gerónimo. —Me bajó. No puedo seguir. Me destruiste la razón, el corazón y la vida en dos días seguidos, así no. —¿Qué? —Volvamos a la finca. Quiero irme a mí hotel. —¡Espera un poco! ¿Seguís enojada? Me detuve a mirar a Gerónimo. Esto era sentir…un rechazo. Dolía como una espina de cactus clavada en la espalda, aquella que no podes sacar por vos mismo. Así dolía, así. —Te veo mal. No quiero que te vayas así. —¡Qué raro que sos, Gerónimo! No me jodas más. —No estoy fastidiando. Quiero que estés bien—dijiste Gerónimo con un poco de sentimiento. — No te perdonó. Vas a pagarme cada lágrima que deseche por vos cada noche. Te va a doler, te lo juró. —¡Ay, Dios! ¿Me estás amenazando? —Te lo digo. No vas a joderme de nuevo. Esto va a ser diferente, vas a verlo vos solito, lo que haré. —Bueno, Natalia, tu prepotencia me molesta. Pegaré la vuelta hacia la finca. Vos decidís de qué lado vas a estar. —Seguro elijo lo que merezco. Porque tu desgracia ya me dio razones para castigarte. Volvimos. Bajé del caballo con ayuda de un cuidador. Sacudí mis pantalones de color arena y mis sandalias cerradas se mancharon de tierra. Gerónimo descendió del animal. Se colocó delante de mí. —Toma una buena decisión, amiga. No desperdicies tiempo con tus ideas. —No me digas lo que tengo que hacer, Gerónimo. Tengo conciencia de lo que pasará. Ahora me voy. —Chau. Gerónimo pegó media vuelta, le dijo algo a su empleado. Luego se fue hacia la finca del viñedo, donde hacían recorridos a turistas y atendían los negocios. El otro muchacho se quedó a mí lado. —El señor Zunz me pidió que te llevé en el auto hasta la ciudad. —Encima…No puede ser. Acepté para aprovechar la última pizca de amor en mí corazón, que se oscureció. Gerónimo no le importaba que fuese a verlo. Tal vez un poco, tal vez. En su casa, estaba Olga, si no mostraba un poco de diversión y compromiso, su madre iba a golpearlo con la escoba. Lo hizo por condescendiente y algo de amor. Volví a la ciudad. El chico de la finca me abrió la puerta, despidiéndose. Caminé cincuenta metros hasta la entrada de mí hotel de buena reputación. La administración estaba vacía. El salón y otros espacios, también. No había temporada alta de turismo. Era mejor. Odiaba estar rodeada de mucha gente, me daba ansiedad. No soy fácil, no soy ordinaria tampoco. Buscó mí marca, mí estilo, mí carácter y estoy en un proceso. Llegó el encargado, un hombre de cuarenta años, de intensa comunicación que frustraba mí día aún más. Lo interrumpí, no quería tener más contacto social. Pedí la llave y fui al dormitorio. Gerónimo iba a pagarlas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD