8. Subir la apuesta

955 Words
Terminamos. Calientes y tan satisfechos. Te vestiste. Me miraste. Por una razón, no querías decirme lo que pensabas. Yo no lo sabía, no lo sospechaba. Solo disfruté el sexo ¡Lo más carnal posible! Eras muy bueno en la cama. Me hiciste gritar. Me hiciste tanto daño. El orgasmo fue lo más salvaje que provocaste en mí, hasta ahora. No sabía el daño real que nos haríamos. Y te pido perdón por lo que hice, no lo pensé bien. —Ahora, sí. Me voy. —dijiste, como cumpliendo la promesa. Esa promesa que me obligó a hacer todo esto. —Veni mañana a casa. Sofía va a hacer una reunión con amigos. Y vos estás invitada. —me dijiste con normalidad, sin decirme lo que significaba esto. —Te espero. Y no te vistas tan …bruja. Van a sospechar. —No soy tan estúpida, Gerónimo. Anda, volve con tu chica. —te mencioné rodeando los ojos. Abriste la puerta y te fuiste. Me quedé desnuda en la cama. Mi propio demonio se rió. En ese momento, entendiste todo. Las consecuencias eran peligrosas. Ya estaba en el juego. Había que subir la apuesta. Me bañé, disfrutando el agua caer sobre mi cuerpo lleno de tu olor. El perfume del jabón quitó ese aroma a sexo. Me dormí temprano. Luego me desperté porque me llamaste a las once de la mañana. -¿Cómo estás? ¿Dormiste?-me preguntaste interesado. -Estaba durmiendo…¿qué hacías? -Estoy parado frente a la puerta de tu habitación. Abríme. Me colgaste. Fruncí el ceño. Podría ser que te gusto tanto meterte dentro mío, que venías a buscarme. Bajé de la cama, recorrí la distancia hacia la puerta. Abrí. Ahí estabas. Tenía una caja de empanadas calientes y unas botellas de cerveza, que no sé qué le dijiste al encargado por meter todo ese el hotel. Cerré la puerta después de dejarte pasar. Hice espacio en la cama, donde nos sentamos a comer las empanadas y beber del pico de la botella. Eran cosas que hacíamos cuando éramos adolescentes. -¿Te acordas como eramos antes?-te pregunté, masticando una empanada de pollo. -Más jóvenes y llenos de sueños. -Sí, empecé a notarte más. Era lo que vi. -¿Qué viste? -Te vi lleno de sueños y una inteligencia aterradora, en buen sentido. Sos tan listo que podés conseguir lo que quieras. -Vos, sos más estratégica, Natalia. Estamos escondiéndonos de todos. El único lugar donde no pueden vernos es acá, ¿pero cuánto dinero tienes? -No sé. Me queda para dos noches más. -Te enviaré una cantidad de dinero para que alquiles una casa en el cerro. Allí, vivirás y nos veremos. Entendí que estuviste averiguando cómo seguir el engaño a tu novia. Te gustó lo que estaba pasando, comportándote como un maldito desgraciado. Me gustaba como pensabas, porque sería más fácil poder arruinarte. Acepté. Terminamos de comer. Me besaste. Tenías el sabor amargo de la cerveza y yo un poco de aroma de pollo. Mis favoritas. Tomaste mi rostro, pegándome a tu boca, desesperado por besarnos como esta tarde. Fregando nuestros labios como armas listas para disparar. Toqué tu bulto, tu erección se prendía muy fácil. Pensé que estabas notando mi pasión. Daba igual. Me subí arriba tuyo para profundizar los besos, mordiendo tu cuello y tus mejillas. Apretaste mi trasero contra tu pelvis, sintiendo tu pene duro, me hiciste gemir cuando me mordiste el cuello. Cogimos toda la noche. Varias veces me hiciste tener orgasmos intensos. Sintiéndote en mi suelo pélvico, cómo lograbas ponerme loca en el sexo. Quedamos agotados. Con los corazones latiendo con fuerza, las respiraciones nos secaba la boca. Pedimos unas bebidas a la administración alrededor de las dos de la mañana. -Pensa sobre mudarte, si querés seguir con esto, nena. -No lo sé, Gerónimo. Estamos demasiado lejos de creer que esto durara hasta el día de tu boda. -Haremos que así sea. Me coges tan bien, linda. Quiero meterme en tu agujero muchas veces, todas las posibles. Había una trampa en tu propuesta. Tenía que pensarlo mejor, o buscar otra alternativa para seguir en Mendoza, siguiendo mis planes. Vos estabas haciendo planes, que no sabía qué pensabas. Nos trajeron las bebidas frías y le diste unos diez mil pesos de propina al encargado, que estaba siendo sobornado por tu gran reputación. -Si le pagas toda una temporada al hotel, ¿no estaríamos mejor? Es que no quiero estar tan lejos de la ciudad. -Podes moverte con un chófer. Lo que necesites voy a alcanzarlo. No podías ser más discreto. Estaba decidido a enviarme lejos de todos. Algo así como un escondite para nosotros dos. Así estemos cómodos. No veía el sentido aún. Necesitaba tiempo. Estaba segura que me darías lo que necesitaría en la casa del cerro. Siempre me imaginé viviendo en un lugar así, con gallinas ponedoras de huevos y un gallo que me despierte cada mañana para ver el amanecer. Me daba el gustito previo. —Esto recién empieza y me divierte mucho —dijiste con una sonrisa de oreja a oreja. Estabas tentado de romper todas las reglas del amor y el matrimonio. Ahí estaba el maldito hombre que eras en realidad. —Voy a conseguir algo para quedarme más tiempo en Mendoza. No hace falta que pagues todo. —¿Qué? ¿No vas a volver a Buenos Aires?—dijiste preocupado. Si eso tenía que ser. Querías tener este romance por un tiempo, por el verano y nada más. Te sentaste en la cama. Vi miedo en tus ojos. No pensaste si tus padres se enteraban de nosotros. Yo sería la zorra que arruinó tu boda y tu compromiso. Yo cumpliría con mi venganza y me quedaría un tiempo para verte sufrir.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD