Me desperté a las siete de la tarde. Todos se fueron. Me incorporé, salí del cuarto. Te busqué por la casa. Te ví afuera. Estabas tomando mates y comías pastelitos. Me acerqué, moviendo mi cuerpo para llamar tu atención. Me senté en la otra silla, bostezando. Sí tenía un poco de resaca. Siempre tuve una resistencia al alcohol, no era fácil ponerme borracha con dos botellas de vino y medio litro de fernet. Me miraste con calma.
—Te perdonó. Estabas en pedo, no sabías que decías. Todos quedaron confundidos.—me dijiste y me diste un mate con yuyos. Muy pueblerino de tu parte.—Pero tengo que decir que estabas muy linda, más allá del escándalo, que no voy a enojarme.
—¡Ay, Gerónimo! Sos muy importante para mí, no quise decir nada ofensivo…solo las palabras salían, no podía parar.—dije, fingiendo. Bebí el mate y te lo devolví.— ¿Y tú chica, está todo bien?
—Sí, ella está bien. Fue a la casa de su hermana.
—¿Entonces estamos solos?
—Por el momento, sí.
—Me gustaría besarte y coger debajo de este cielo estrellado.
—También, pienso en eso. Es arriesgado que alguien llegué y nos descubra. Lo dejaremos para la cabaña.
—Está bien, bebé, ¿Cómo vamos a arreglarnos con eso?
—Está todo listo. Podés mudarte cuando llegues al hotel. Te espero en la cabaña.
Me parecía que vos tenías más ganas de cogerme y ocuparte de mantener el secreto hasta tu boda, porque estaba dispuesto a casarte con Sofía. No sabía nada de ella. Tenía un título de ingeniería agropecuaria, y ganaba en dólares, viajaba por todo el país, algunas veces a Europa. Mi juego iba progresando. Me sentí tan orgullosa de mi misma.
Seguimos tomando mates, cuando me despedí con un beso corto y rápido en tus labios rectos. Me miraste sonrojado. Eso te gustó. Llamaste a tu chófer y le pediste que me llevé al hotel de nuevo. Nos despedimos con un abrazo.
Volví, pensando que genere dudas en tu familia y Sofía te sacó una discusión en la cocina mientras yo intentaba dormir. Entré al hotel. Pedí mi llave al encargado, que empezó a odiarme y tratarme con hostilidad dada los tratos contigo. Hiciste que quedé mal con esta gente, ¿Vas a seguir siendo un hipócrita, Gerónimo?
Entré a mi habitación. Encendí las luces. Empecé a guardar la ropa en la valija. Recogí lo que andaba por ahí en la mochila y unas bolsas de tela. Debajo de un par de zapatos encontré un preservativo usado. Me sonroje. Lo tiré al cesto de basura del baño. Tenía que apurarme. El chófer iba a llevarme a la cabaña donde vos me diste la llave y una contraseña del internet.
Estaba emocionada por conocer ese lugar, para poder vernos cada vez que podamos. Coger sin preocupaciones que nos descubran. Me prendía todo esto. Era muy loco lo que estaba ocurriendo. Sabía que las cosas fluían como debían ser. Estaba todo a mi favor, en ese momento.
Una vez que guardé el maquillaje y devolví la llave, fui a buscar al chófer. Su nombre era Cristian. Estaba esperando en el salón, con el teléfono, chateando con alguien. Me acerqué a él y llamé su atención.
—Estoy lista. Vamos.
Él me miró. Se puso de pie y me pidió que le dejará cargar con las bolsas y la mochila. Subí al auto, esperando que Cristián metiera todo en el baúl del coche. Luego subió y condujo hacia la salida.
Te escribí que estaba en camino hacia los cerros. No me respondiste, me mandaste un emoji. Algo que no me gustaba era la indiferencia que presentabas a veces, no recordaba que fueras así de pibe. Eras más comprometido con la gente, te gustaba escuchar los chismes de los compañeros de secundaria y algo de interés en los profesores. Era verdad que perdiste la virginidad con la profesora de inglés. Tenías quince años. No lo olvidó, fue horrible vivirlo y vos estabas satisfecho, sintiéndote más macho con una mujer de quince años más que vos. Y cambiaste, volviendote más autoritario. Más hombre, más machista y tantas cosas que estaba aguantando de vos.
Llegué a los cerros, alrededor de las nueve. El chófer entró al predio. Había césped verde, cortado, desprendiendo esa frescura en el aire, que me hizo suspirar de gusto. Cristian me dejó las cosas en la galería de la cabaña. Se despidió, tenía que volver a su casa, con su esposa y sus dos hijos. Era más hombre que vos, ¡Aprende un poco de él!
Entré a la cabaña. Las luces estaban encendidas. Me sorprendiste con una champaña y unas rosas frescas, con ese aroma tan pasional.
—Ahora sos toda mía, no voy a dejarte sola de nuevo. Sos mi debilidad.—confesaste con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Lo que quieras, bebé! Está noche, cogemos bajo las estrellas. Cumplilo.
Claro que no esperabas mi calentura respondiendo a la tuya con mayor deseo y carnal. Tomamos la champaña en el jardín trasero, que tenía un camino de ripeo hacia un lago. Nos desvestimos, nos besamos, nos devoramos, nos excitamos tanto que los gemidos eran aullidos carnales que llamaban la atención a los búhos en los árboles y la excitación fue tan intensa que no pude soportarlo, terminando en un gran orgasmo que me costó recuperarme. Me cogiste como nunca.