10.Tirar la próxima carta

442 Words
Tenía las piernas abiertas, me penetrabas con gran fuerza. Sentía tu m*****o duro, adentrarme con tanta potencia. Mi respiración era como la agonía que iba hundiéndome, con vos. Bebé, ambos nos destruimos. A mí no me importaba. Mi vida era una mierda sin sentido. Siempre deseé haber muerto. El coraje no era suficiente para cumplir tal acto banal. Pero ahora sentía de verdad. Notaba como me rompías cada parte de mi alma, te rogué que no te detuvieras. Sentí un bucle de deseos enfermizos, me obsesioné con vos. -¿Así te gusta?-dijiste sobre mi oído, mientras el sudor caía por tu frente, me apretabas la pelvis contra tu cuerpo para penetrarme más.-¡Grítalo! -¡Sí, cógeme, así!-gruñí retorciéndome de placer. Desde la primera vez que nos acostamos, las cosas habían fluido perfectamente. Me facilitabas seguir progresando con mi plan de venganza. Estábamos vibrando muy alto, más y más. Me pediste que siguiéramos viéndonos, que estabas satisfecho con mi v****a y oír mis gemidos te volvían loco. Te gustaba todo esto. El juego y la tirada de cartas sobre la mesa comenzaste a apostar sin darme cuenta. Me contaste que Sofía estaba irritable, sospechaba que estabas en algo. Volvías tarde. Las cogidas entre ustedes no eran lo mismo. Vos sabías que eras el responsable. Yo te gustaba más. No podías lograrlo con tu prometida. Yo te robé el deseo, yo te robé la pasión. Diste un quejido, terminando en un orgasmo. Nos relajamos en la cama, uno del lado del otro. Estabas transpirando un montón. Esta vez, disfrutaste mucho el sexo, de unas de las mejores cogidas que hemos tenido desde que empezamos. -Me gusta estar con vos-dijiste, con los ojos cerrados, respirando agitado. -Sí, ya sé. -Es tu culpa que me gané el infierno con esto. — Vos tomaste una elección,—te recordé, acomodándome—pudiste decirme que no. —dije, tocando tu pecho y te tomé del rostro girando para que me mires.—Es el peligro que nos pusimos. —Ya sé, Natalia. Pero la bala va a alcanzarnos pronto.—dijiste. Sabías que te referías a Sofía, sobre todo. Te pusiste de pie, tomaste tus calzoncillos, te los colocaste luego tus pantalones cortos. Te sentaste sobre la cama, apoyando tu espalda contra el respaldo y diste un resoplido de cansancio. Rodee los ojos. Estabas irritable. En este momento hablar con vos era imposible. No sabía qué decir porque todo lo tomabas como el carajo. Giré sobre la cama, tomando mi teléfono y revisé los mensajes. —Voy a prepararme un licuado de frutilla, ¿vos querés?—dije, sentándome sobre la cama. —Claro, gracias.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD