Me desperté a las doce de la mañana. Había un hermoso e intenso sol llegando a los cerros, calentando los alrededores fuertemente. Me daba miedo que algo se prendiera fuego y me quedé atrapada acá. Ojalá mis ideas estúpidas no arruinen las cosas que estaban vibrando alto. Cociné un pollo a la crema, champiñones y papas hervidas ¡Era una delicia! Mientras chateaba con mi hermana Isabel, sobre lo que venía pasando. Ella era mi confidente desde la adolescencia. Mi hermana conocía mis sentimientos y el sufrimiento por Gerónimo. No quise decirle lo que estaba planeando, porque iba a enfadarse. Sería capaz de venir a Mendoza y darme un sermón para toda la vida.
Isabel estaba casada con su primer novio de secundaria. No nos ocurrió lo mismo, casi. Ahora yo intentaba sacarle al esposo de otra mujer. Era irónico cómo surgían las cosas impulsados por energías vibrantes. Isabel quería lo mejor para mí, pidiéndome que regresé a Buenos Aires. Según mi hermana, yo encontraría dolor en este lugar junto a vos. Quizás tuviese razón.
—Dejaste la universidad y tu novio para correr detrás de ese tipo que tanto daño te hizo en el pasado—dijo mi hermana—¡Encima va a casarse, Natalia! Volvé a casa, dale. Termina con todo esto.
—Todavía no puedo, hermana. Perdón.
—¿A qué te referís? ¿Qué está pasando?
—No puedo contarte.
—¡Dios, Natalia! Vas a quemarte, ¿entendés?
Si jugas con mucho fuego, podés chamuscarte. Yo era consciente del juego que armé para vengarme, logrando que vos, Gerónimo, estés pendiente de nuestro secreto, favoreciéndote en tus deseos carnales. Hacía cosas que Sofía no quería, quizás por eso venías a verme dándole excusas a tu novia. No podía decirle a mi hermana lo que estaba llevando entre manos porque vendría a buscarme realmente, sin importar lo que tuviera que hacer para sacarme de Mendoza.
—Por favor, cuídate, Natalia. No seas boluda.
—Estoy bien, no pasa nada.
—Sos una piba con muchos sentimientos. Me da miedo que pasé algo.
Era una casualidad que mi hermana pensará en ello. Vos estabas tramando algo, también, que no me di cuenta durante este tiempo. Isabel se despidió de mí, insistiendo que regresé a Buenos Aires, retomé la universidad y traté de olvidarme de vos. Si hubiese obedecido a Isabel, lo que pasaría no hubiese ocurrido. Terminamos de chatear y seguí comiendo. La comida era muy buena, gracias a las recetas de papá, enseñándome algunas para tener más independencia.
Dejé el teléfono cargando, tenía poca batería. Necesitaba salir de la cabaña, llevaba unos días encerrada. Me coloqué unas zapatillas cómodas para dar una caminata por los terrenos. Había un camino hacia el río de aguas azules. Emprendí mi paseo, relajándome con el sol pegando con fuerza, los pájaros volando muy alto y el viento susurrándome en los oídos. El camino era ripeo. Las rocas de diferentes tamaños y la tierra formando montículos me costaban avanzar. Tomaba este sendero desde que era más seguro que otros que rodeaban la cabaña.