En la noche de la última semana de enero, era la fiesta benéfica cual estaba invitada de forma especial por tu parte. Necesitabas mi apoyo allí. Me convertí en tu amuleto de la suerte, no lo esperaba. Me conseguiste un vestido de diseñador. Era muy hermoso. El color era un azul marino, con una falda larga y un corte lateral luciendo mis largas piernas. El vestido era brilloso, moderno y elegante, con un par de tacones negros bajos, ya que yo siempre fui más alta que otras mujeres.
Me enviaste a un estilista. Tu confidente, le contabas todos tus errores y tus planes para la empresa. El hombre de cuarenta y tres años, conocía tus grandes miedos y debilidades. Era reservado, no habló en todo el proceso de maquillaje y peinado. Traté que se abriera conmigo, sin embargo él no dijo una sola palabra. Terminó su trabajo y se fue en su moto negra.
Mi taxi llegaba a las ocho menos cinco. Llegaría más tarde al evento. Vos sabías que sería así, no te quejaste. Era lo que conseguí de esa agencia.
Cuando llegó el Uber, me subí. Saludé al conductor por respeto. Emprendimos viaje, retomando el camino de ripeo. Las luces de auto iluminaban el recorrido, yendo despacio para no reventar ningún neumático, lo cual no estaría bueno quedarnos varados en medio de la nada y rodeados de la noche con zorros entre la oscuridad. No. Tenía que dejar que el hombre se concentré en el viaje. Tomé mi celular chateando con vos, mientras salía a la ruta con éxito.
—Es bravo ese camino, ¿eh?—dijo el conductor.
—Sí, lo sé. Algunos revientan las ruedas porque se apuran.
—Es que no tienen paciencia.
—Seguramente.
Hablé con el chófer del Uber en todo el trayecto, conociendo al hombre, era noble y divertido. Hace unos meses se separó de una novia y buscaba ahorrar para mudarse a Buenos Aires. No era algo que pudiese adaptarse demasiado rápido, ojalá que no tenga ese problema.
Cuando llegamos al lugar. Se trataba de un salón, demasiado grande, con tres pisos y varios balcones. Tenía una fachada de estilo colonial, pintado de blanco. A la vista, era un sitio hermoso y perfecto. La gente entraba y salía del establecimiento. Me despedí del chófer, le pagué y descendí del coche, cerrando la puerta. Miré a mí alrededor, noté a tus padres. Estaban hablando con dos personas muy cálidamente, como si se conociera hace mucho tiempo. Subí la escalera, pasando por la entrada donde un coordinador me pidió mi nombre y apellido para confirmarlo en su Tablet de invitados. Al estar todo en orden, me dejó pasar al gran salón.
Entré al gran salón donde se originaba el evento. Se pondría en venta unas botellas añejas de champaña y vino de tu finca. Estaba emocionada de estar en un lugar así, lujoso y de gente rica. Sin embargo no encajaba entre ellas. Yo solo era una chica de clase media alta, que mis padres siempre trabajaron tomando pequeños sacrificios para que las cosas en casa estén bien. No siempre fue así, ni siquiera alcanzamos a tener los grandes valores que vos y tu familia. Cuando recordé todo eso, me crucé a Sofía, no me reconoció. Ella tenía un vestido verde botella de estilo vintage, que vos odiaba que se vistiera de esa forma. Por eso me dabas todo lo que ella no quería y eran cosas común gran valor económico. No entendía a tu novia.
—Sofía—la llame. Giró, buscando entre la gente. Me acerque a ella—Soy Natalia.
—¡Ah, sí! No te vi. Perdón.
—Está bien, no pasa nada. Estás muy linda, Sofi.
—Sí, es un vestido que encontré en la casa de mi abuela Celeste.
Y era tan rara, ¿Cómo te enamoraste de ella? Nunca tuviste suerte con tu primera novia que era indecisa y se teñía el pelo de rojo cada año. Sofía tenía la piel muy blanca, de ojos negros y una mirada dulce. Su largo cabello hasta la cintura, de un tono azabache y los labios rojos. Era como una Viuda Negra, lista para atacar a su macho. Ella me sonrió cálidamente, invitándome a acompañarla. La seguí. Tenía que conocerla más, volverme su amiga aunque me cayera mal. No me costaba nada fingir ser amable con ella. Prácticamente lo hacía siempre que estaba cerca de Sofía.
—Ellos son nuestros mejores socios y muy amigos de la familia—dijo Sofía, estreché las manos con tres hombres de segunda edad—Ella es Natalia, una vieja amiga de Gerónimo.
—¡Un gusto conocerte!¿También trabajas en los viñedos?—pregunto el primero.
—No. Estoy de vacaciones. —respondí con amabilidad—Soy de Buenos Aires. Conozco a Gerónimo desde el primer año de la secundaria.
—¡Ah, está bien! Espero que estés cómoda acá —dijo el hombre de gruesos bigotes.
—No te vas a querer irte de Mendoza. Muchos se quedan porque es un hechizo que no podés romper en este lugar.—comento el segundo con una copa de vino blanco.
—Gracias, ustedes son muy buenos.—dije sonrojada.
Hablamos un rato. Luego Sofía me presentó a otros familiares de Gerónimo que trabajan en la empresa. Cuando reconocí a tu hermano mayor, de treinta años. Su nombre era Javier. No lo había visto en otras ocasiones siendo que recientemente llegaba de un viaje de Europa, conociendo otros viñedos y técnicas de la bebida más popular del mundo.
—¡No puede ser! Es verdad que llegaste, no podía creerle al Gerónimo —dijo tu hermanos. Nos abrazamos por un rato, me dio unos mimos en los hombros y los brazos—Estas hecha una gran mujer. Lástima que mi hermano no esté comprometido con vos.
—¿Qué? ¡Cállate, Javier, siempre jodiendo con eso!—lo regaño tu novia, dándole un golpe en la coronilla.—¿Hace cuánto no se ven?