Nicolás no sabía si correr, desmayarse o fingir que era una ilusión óptica. Salomón, en cambio, estaba completamente fascinado y curioso.
—Hola…— le susurra Nicolas a Salomón.
El niño dio un paso hacia él, levantando sus manos en señal de paz.
—¿Vienes a robar y a echar todo en ese saco rojo? Voy a gritar si piensas secuestrarme.
—No grites… —susurra—. No soy un ladrón
—¿Me lo juras?
—¿Yo ladrón? ¡Claro que no! —Nicolás levanta las manos también—. Solo… soy yo… ya sabes… el tipo del traje rojo que entrega regalos.
— ¿Eres santa Claus?
Lo mira de arriba abajo sorprendido por el tipo alto, fuerte y hermoso.
— Si.
— Pensaba que era un viejo gordo y barrigón.
— Ahhh… ese es mi papa.
—¿Por qué no vino él y te mando a ti?
—Hicimos una competencia, él cayo del reno hace una semana y se fracturo una pierna, pero él vendrá el próximo año, solo lo ayudo porque la magia no puede detenerse— respira hondo.
—¿Cómo te llamas, señor?
Nicolas dudó en responder, pero solo quería salir de allí y no quería que el niño se alarmara.
—Nicolas Claus Maes, soy el hijo menor de santa Claus, pero no debes decirle a nadie.
En ese momento un grito resonó desde el segundo piso.
—¡¿Salomón?!
—Si mami, aquí estoy— le responde.
—¿Con quién hablas?
Nicolás giró hacia la escalera, pálido.
—No, no, no… eso no puede pasar… Si una adulta me ve… ¡la magia se destruye! —susurra desesperado tapándose la boca al niño.
Salomón abrió los ojos como platos quitando sus manos para hablar.
—¿Se destruye?
—Sí —Nicolás asintió frenético soltando el saco de juguetes—. Los adultos ya no creen como antes… si ella baja y me mira, puff… adiós magia. ¡Me vuelvo humo! O eso dice la ley número 17B del Manual Claus, pero igual no quiero averiguarlo. No dejes que venga.
El niño lo observó seriamente.
—No puedo mentirle a mi mamá.
—¡No sería una mentira…más bien una mentirilla pequeñita! ¡No lo tomaré en cuenta para el año que viene! —Nicolás acercó su cara a la del niño—. Prometo que mañana puedes decirle lo que quieras… pero no ahora. Si ella baja… no solo se va la magia… sino que los regalos restantes no serán entregados y me meten cinco siglos de castigo en el Polo Norte.
El niño se encoge un poco.
—Ok… pero antes quiero preguntarte algo.
—¿Qué cosa, Salomón?
Salomón inclina la cabeza.
—¿Eres soltero?
Nicolás parpadea.
—…Sí.
—Perfecto —dijo el niño con una sonrisa misteriosa.
Antes de que pudiera preguntar por qué, la voz volvió a sonar desde el piso de arriba.
—¡Salomón Evans, sube ahora mismo o voy por ti!
El niño lo mira con la inocencia más peligrosa del mundo.
—Mi cumpleaños es en Año Nuevo. Quiero un deseo. Y quiero que me prometas que se va a cumplir.
Nicolás pensó: seguro quiere un tren más grande, un videojuego, una bicicleta…
—Claro —dijo confiado—. Te prometo que tu deseo se cumplirá. Claus palabra de honor.
Salomón levantó su meñique.
—Promesa de meñique.
Nicolás lo enlaza.
—Promesa de meñique —repite — Ahora ayúdame.
—La voy a entretener, si quieres sal por la puerta o por la chimenea.
El niño asiente satisfecho y sale corriendo hacia las escaleras justo cuando su madre bajaba.
—¿Qué hacías abajo, cariño? —pregunta ella, con expresión cansada.
Salomón responde rápidamente:
—Solo vine por un vaso de leche. Hace frío. Y escuché el viento… nada más. Ven, mamá. Vamos arriba.
Ella lo mira con sospecha, pero acepta.
—Está bien… vámonos a dormir. Mañana abrirás todos tus regalos.
Cuando ambos desaparecieron escaleras arriba, Nicolás dejó caer el aire que había estado aguantando.
—Gracias… pequeño héroe —murmura.
Se acerca al arbolito, deja el regalo, vio el vaso de leche servido y las galletas dispuestas en un plato decorado con muñequitos de nieve.
—Bueno… sería un insulto dejarlas —murmura.
Se tomó la leche de un solo trago, comió tres galletas y se limpió la barba postiza blanca. Entonces algo llamó su atención.
Sobre una repisa había un retrato: Salomón, un hombre alto abrazándolo y una mujer de lado con el rostro en su hombro, casi no se le veía el rostro por el pelo.
Nicolás los observa con una sonrisa suave.
—Tu familia es hermosa, pequeño —susurra—. Seguro te esperan regalos aún mejores que los míos.
No sabía —aún no— que ese hombre ya no estaba vivo. Que la foto era un recuerdo doloroso. Que la Navidad, para esa casa, había sido un silencio triste durante dos años.
Nicolás mira por última vez la sala cálida, el árbol iluminado, y murmura:
—Feliz Navidad, Salomón Evans.
Luego subió a la chimenea, desapareció en un remolino de polvo brillante… y volvió al trineo.
La noche siguió.
Casa por casa. Ciudad por ciudad. Montaña por montaña.
Los renos volaron a través del mundo entero mientras Nicolás entregaba juguetes sin descanso, marcando nombres, revisando listas, recitando hechizos, comiendo más galletas de las que un ser mágico debería consumir.
Cuando el cielo finalmente comenzó a aclarar, el joven heredero Claus respiró profundamente.
Lo había logrado.
Había cumplido con su primera Navidad y esperaba que fuera la ultima.
Pero en el fondo, algo le pesaba más que los sacos vacíos:
Aquel pequeño de Noruega había hecho una promesa de meñique…que no volvería a ver jamás.
Y los Claus jamás podían romper una promesa de meñique. Solo desea que sea muy feliz con su deseo.
Lo que Nicolás ignoraba era lo que Salomón Evans estaba escribiendo en ese momento en una cartita guardada en su mesita de noche:
“Deseo de cumpleaños:
Que Nicolas Claus se case con mi mamá en un mes después de mi cumpleaños.”
Y ese deseo…
ya estaba viajando, directo y urgente, hacia el cielo.
El Año Nuevo llegó a Longyearbyen cubierto de nieve fresca. Las luces colgaban en las calles, los vecinos brindaban en los balcones… y en un pequeño apartamento de dos habitaciones, Wanda Fisher estaba batallando con un pastel más caro de lo que su bolsillo permitía.
—Salomón, ¿estás seguro de que quieres éste? —pregunta ella viendo el enorme pastel de crema azul con estrellitas plateadas.
—Sí, mamá. ¡Tiene que ser ese! —responde él emocionado—. Hoy cumplo ocho. No es un cumpleaños cualquiera.
Wanda suspira, vencida por esos ojos verdes que heredó de su padre.
—Está bien… pero este pastel costó prácticamente mi semana de trabajo.
El niño sonríe… demasiado misterioso.
Ese 1 de enero solo asistieron Ingrid, la vecina, y Erik, su mejor amigo, más Annika Larsen. Todos cantaron. Todos comieron. Y aunque era sencillo, Salomón nunca había estado tan sonriente desde la muerte de su papá.
Cuando llegó el momento de soplar las velas, el silencio se hizo.
Wanda sostuvo el hombro de su hijo.
—Pide un deseo, mi amor.
Salomón entrecerró los ojos.
Pensó en la noche en que había visto a Nicolás Claus Maes en su sala y la nota del deseo.
Pensó en la promesa.
En su mamá sola y triste casada con Santa Claus.
En la foto sin el papá vivo que estaría feliz de ver a su mamá feliz.
En la magia que volvió solo por verlo.
Y entonces pidió su deseo.
No en voz alta.
No para los humanos.
Sino para la magia que se había enlazado a él desde esa noche:
“Deseo que Nicolas Claus a—el hijo menor de santa — se case con mi mamá en un mes.”
Sopló las velas.
El humo forma una espiral extraña.
Algo frío recorre la habitación.
Erik lo mira.
—Amigo… eso se vio… raro.
Salomón sonríe.
—Funcionó. Lo sé.
Wanda se rió, sin entender nada.
Mientras tanto, en el polo Norte…
Las nubes se abrieron como una flor brillante.
Un pequeño sobre azul descendió a toda velocidad dejando una estela dorada.
En la Oficina Celestial de Deseos Humanos, el elfo Galileo Sommer casi se infarta.
—¡¿Otro deseo de Año Nuevo?! ¡Pero si acabamos de terminar la Navidad! —gritó agitando sus orejas puntiagudas—. ¿Quién aprobó esto de inmediato?
El sobre tembló en su mano y, sin pedir permiso, voló directo hacia una tubería luminosa.
—¡Oye! ¡A dónde vas! —gritó Galileo persiguiéndolo.
Demasiado tarde.
El deseo ya había sido clasificado:
"Deseo otorgado por pacto Claus"
Y ese tipo de deseos solo tenían un destino posible:
El heredero y ceo actual: Nicolás Claus Maes.