2 La Batalla Inesperada

2630 Words
​POV Allegra Cacciamani ​Su boca no era un beso; era un asalto. ​Dante no buscaba ternura, ni seducción, ni siquiera ese protocolo fingido que habíamos mantenido durante tres años de frialdad cortés. Buscaba aniquilarme. Buscaba borrar el "no" que había salido de mis labios en la biblioteca minutos antes y reemplazarlo con el silencio de una sumisión absoluta. ​Lo odié. Lo odié con una intensidad que me quemaba la garganta por cada partícula de oxígeno que me robaba, por la forma en que sus manos grandes y callosas me inmovilizaban contra la pared del recibidor como si fuera una muñeca de trapo. Pero lo peor no fue la fuerza bruta de su cuerpo de metro noventa aplastándome; lo peor, lo verdaderamente aterrador, fue la traición de mi propia biología. ​Mi mente, esa fortaleza que yo había pasado tres años construyendo ladrillo a ladrillo bajo la tutela de Gianna Bellucci, gritaba resistencia. Gritaba asco. Gritaba odio. Pero mi cuerpo era una pila de pólvora húmeda que, contra toda lógica, se secó y se encendió con el calor de su furia. ​Era una reacción química, visceral y humillante. ​Mis manos, que debían estar arañándole la cara o empujando sus hombros anchos, terminaron aferrándose a la solapa de su esmoquin, arrugando la tela cara. Mi respiración se desbocó, entrecortada y ruidosa, mezclándose con sus gruñidos. Sentí la necesidad arremolinándose en mi vientre bajo, una corriente eléctrica que bajaba hasta mi centro, mojándome, palpitando con una urgencia vergonzosa. ​Era la reacción de la presa ante el depredador supremo. No era deseo romántico; era la adrenalina de saberse cazada por una bestia magnífica y letal. ​Dante tenía la belleza del diablo. A través de mis pestañas entrecerradas, podía ver el brillo de su cabello negr0 ondulado, cayendo desordenado sobre su frente, y sentir el calor que emanaba de su piel bronceada. Era idéntico a Darien en forma, pero su energía era un incendio forestal. ​Él lo notó. Por supuesto que lo notó. ​Dante se separó un milímetro, lo suficiente para gruñir un sonido de triunfo grave en su garganta. Ese simple gesto de mi cuerpo traicionero le dio la licencia que buscaba. El beso dejó de ser un castigo para convertirse en una dominación calculada. Su boca se hizo más profunda, más exigente, su lengua invadiendo la mía con una arrogancia que me hizo temblar las rodillas. ​Su mano libre abandonó mi brazo magullado para aferrarse a mi cintura, sus dedos clavándose en mi cadera ancha, esa curva que yo sabía que los hombres miraban, pero que nadie había tocado jamás. Me jaló contra su cuerpo fuerte, eliminando cualquier espacio entre nosotros. ​Sentí la dureza de su excitación contra mi abdomen. Una barra de acero caliente que prometía dolor y placer a partes iguales. ​El impacto físico de su deseo me devolvió a la realidad como un cubetazo de agua helada. ​«No», pensé, el pánico aclarándome la mente. «No puedes ceder. Si cedes ahora, serás suya para siempre. Serás como mamá». ​Recordé a mi madre, Stanza Cavallini. Una mujer que había sido fuego en su juventud y que terminó convertida en una sombra silenciosa que vagaba por los pasillos de la casa Cacciamani, consumida por la sumisión a un hombre que la veía como un mueble. Mi destino no sería el de una sombra. Yo era una Cacciamani, sí, pero también había sido educada por Gianna Bellucci. ​Con el último vestigio de mi voluntad, junté toda la rabia que sentía por mi padre. Ese viejo Capo venido a menos, arruinado por sus malas inversiones y su orgullo, que nos había vendido a mi hermana y a mí hace tres años para salvarse de la bancarrota. Nos entregó a los Vitale-Bellucci como si fuéramos ganado de lujo para pagar sus deudas y asegurar una protección que ya no podía costearse. ​Abrí la boca, fingiendo ceder, y cuando él profundizó el beso confiado... hundí mis dientes en su labio inferior con todas mis fuerzas. ​El sabor metálico y salado de la sangre inundó mi boca al instante. ​Dante soltó un rugido ahogado, una mezcla de dolor y sorpresa, y se separó de golpe. Retrocedió un paso, llevándose la mano a la boca. ​Me miró. Sus ojos verdes, habitualmente fríos o burlones, ahora ardían con una furia tan explosiva que por un momento pensé que me golpearía. Vi cómo su pecho subía y bajaba, cómo los músculos de su cuello se tensaban. ​—¡Maldita arpía! —siseó, tocándose la herida. Al retirar la mano, vio la sangre manchando sus dedos. ​Me quedé pegada a la pared, recuperando el aliento, temblando de pies a cabeza. Escupí a un lado, limpiándome la boca con el dorso de la mano, asqueada y aterrorizada, pero mantuve la barbilla en alto. ​—Yo no soy mi mansa hermana, Dante —logré decir. Mi voz sonaba apenas como un hilo, estrangulada, pero cargada de mi desafío—. No soy tu mascota. No soy tu esclava. Si quieres tomarme, tendrás que violarme. ​Él se quedó inmóvil, procesando mis palabras. La sangre perlaba en su labio, dándole un aspecto salvaje, vampírico. ​—Nunca te daré mi consentimiento —continué, sintiendo que las lágrimas de rabia picaban en mis ojos—. Ni mi obediencia. Ni mi paz. Te morderé hasta matarte si hace falta. ​Dante dejó escapar una risa fría, seca, que no tenía nada de divertida. Se pasó la lengua por el labio herido, saboreando su propia sangre, y sus ojos verdes se oscurecieron. Ya no había solo ira; había algo más peligroso. Había obsesión. ​—Te equivocas, querida —dijo, dando un paso lento hacia mí. Cada sílaba estaba cargada de veneno y promesa—. Ya me diste tu consentimiento. ​—¡Mientes! ​—Tu cuerpo me lo dio, Allegra. —Bajó la mirada hacia mi pecho, que subía y bajaba agitado, y luego hacia mis caderas—. Estabas húmeda. Te sentí temblar. Tu boca dice que no, pero tu biología grita mi nombre. ​Me abracé a mí misma, intentando cubrir la reacción que él había provocado. ​—Eres repugnante. ​—Y tú eres lo suficientemente salvaje para merecer ser domesticada. —Se acercó hasta que su aliento chocó contra mi cara—. Me gusta que muerdas. Hace que la victoria sea más dulce. ​«En tus sueños, hijo de puta», pensé, pero mantuve la boca cerrada esta vez. Sabía cuándo callar para sobrevivir. ​Dante se giró y caminó hacia la mesita de noche del recibidor. Yo me encogí, lista para el siguiente asalto, esperando que volviera para terminar lo que había empezado. Pero él solo tomó su teléfono del bolsillo. ​Lo vi marcar algo, teclear un mensaje rápido y guardarlo. Su calma repentina era espeluznante. Era peor que sus gritos. ​—Hoy no será —declaró, girándose para mirarme una última vez. Su expresión era ilegible, una máscara de mármol—. No voy a forzarte, Allegra. La violación es para los débiles, para los hombres que no pueden conseguir lo que quieren por sus propios medios. Y yo... yo siempre consigo lo que quiero. ​Caminó hacia el armario del pasillo y sacó una manta delgada de lana áspera. ​—No tienes opción. Desde mañana, eres mi mujer ante todos. Cumplirás tus deberes sociales. Te sentarás a mi lado. Llevarás mi anillo. Y hasta que aceptes tu posición y me des tu consentimiento sin mordiscos... dormirás en el suelo. ​Me lanzó la manta con un gesto despectivo. La tela me golpeó en el pecho y cayó a mis pies. ​—Pero seguirás siendo mía. No saldrás de esta casa sin mi permiso. No hablarás con nadie sin mi permiso. ​—¿Me vas a encerrar? —pregunté, incrédula. ​—Te voy a proteger de tu propia estupidez. —Señaló la puerta—. La batalla ha terminado por hoy. Pero la guerra acaba de empezar. Descansa, escorpión. El suelo está frío. ​Salió de la habitación hacia el pasillo que llevaba a su despacho, cerrando la puerta intermedia con llave. El click metálico de la cerradura fue el sonido más claro de mi sentencia. ​Me quedé de pie en el centro del recibidor de esa casa extraña y moderna, sintiendo el vacío que dejó su ausencia. Estaba sola. ​Mis ojos recorrieron el espacio. Muebles de diseño, arte abstracto, frialdad masculina. No había nada mío aquí. ​Miré hacia el dormitorio principal, cuya puerta estaba abierta. Se veía una cama enorme, con sábanas de seda gris. Un lecho nupcial que parecía un altar de sacrificio. No. No dormiría allí. No tocaría esa cama. ​Me agaché y recogí la manta del suelo. La humillación era mi nuevo uniforme, y la llevaría con orgullo. Me ovillé en la alfombra del salón, lejos de su olor, abrazando mis rodillas. ​Mis manos aún temblaban. Había ganado una batalla: había evitado que me tomara por la fuerza esta noche. Pero la guerra que se avecinaba sería larga y brutal. Dante Vitale-Bellucci no era un hombre que aceptara la derrota. Él disfrutaba la caza. Y yo acababa de convertirme en su presa favorita. ​El miedo seguía allí, frío y punzante en mi estómago, pero ahora se había mezclado con una certeza oscura: él había sentido mi desafío, y eso le había excitado. ​Pasaron los minutos. O quizás horas. El silencio de la casa era opresivo. ​Me levanté del suelo, incapaz de dormir, y mis ojos se fijaron en la puerta principal. Justo allí, donde Dante me había empujado hacia adentro, había quedado tirado el papel que había provocado su distracción. ​Me acerqué con cautela, como si el papel pudiera morderme. ​Lo recogí. Era un trozo de papel antiguo, grueso y áspero al tacto. El sello de cera roja estaba roto, pero la imagen era inconfundible. Un reptil enroscado sobre una daga. ​La Serpiente. ​No era el sello de una familia rival de Sicilia. Era algo mucho peor. Era la marca de los traficantes de diamantes de Sierra Leona. Una red con la que mi padre, Don Cacciamani, había jurado no tener tratos... o al menos eso le había dicho al Consejo cuando suplicó ayuda financiera. ​Si esta nota estaba aquí, en la puerta de Dante, significaba que la mentira de mi padre había sido descubierta. Que la guerra había llegado a nosotros. ​En ese instante, un golpe seco y fuerte resonó al otro lado de la puerta principal. ​Salté hacia atrás, soltando el papel. ​—¡Abran! —gritó una voz autoritaria. No era Dante. ​Escuché pasos apresurados viniendo desde el despacho. Dante apareció en el pasillo, con una pistola en la mano y el rostro transformado por la alerta. Me ignoró por completo y se acercó a la mirilla. ​—Mierda —susurró. ​Abrió la puerta de golpe. ​No eran enemigos. Era Lía Laurent. ​Mi cuñada estaba pálida, todavía vestida con la ropa formal de la reunión familiar, pero con los ojos desorbitados. Detrás de ella, a través de los ventanales del salón, vi luces azules y rojas destellando a través de los árboles que separaban nuestra propiedad de la propiedad vecina. ​La villa de los Cacciamani. ​—¡Allegra! ¡Dante! —jadeó Lía, entrando sin pedir permiso—. ¡Tienen que ver esto! ¡Es la policía! ¡La Guardia di Finanza y la Interpol! ​Dante la sujetó por los hombros, bajando el arma. ​—¿Qué pasa, Lía? ¿Están aquí? ​—No... —Lía me miró, y en sus ojos vi una lástima que me heló la sangre—. Están en la villa de al lado. Han entrado en la casa de tu padre, Allegra. ​Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Corrí hacia la ventana que daba al este. ​La mansión Cacciamani, esa reliquia decadente donde crecí viendo cómo mi padre vendía mueble tras mueble para mantener las apariencias, estaba rodeada. ​Vi el caos a la distancia. Focos potentes iluminaban la fachada descascarada. Hombres uniformados sacaban cajas y ordenadores. Y en el centro de todo, vi a una figura encorvada y derrotada siendo empujada al interior de un vehículo blindado. ​Mi padre. Don Cacciamani. El hombre que nos vendió para salvar su pellejo, ahora arrestado como un criminal común en su propia casa. ​—Lo sacaron esposado —dijo Lía, temblando—. Papá recibió la llamada hace dos minutos. Dicen que tienen pruebas de tráfico ilegal de diamantes de sangre. Dicen que estaba asociado con La Serpiente y que intentó estafar al cartel. ​El nombre de mi padre era sinónimo de fracaso, pero una redada federal tan cerca de la propiedad Vitale-Bellucci era un desastre. Era el fin. ​La realidad me golpeó con la fuerza de un tsunami. ​Nosotras, Alessia y yo, éramos las fichas de canje. Éramos la garantía de la alianza entre los Cacciamani y los Vitale. Nuestro valor residía en el apellido, en la poca influencia que le quedaba a mi padre y en las tierras del Sur. ​Pero si mi padre caía... si los Cacciamani eran desmantelados por traición y quiebra total... ​—Ya no soy una garantía —susurré, y las palabras supieron a ceniza en mi boca—. Ya no valgo nada para la alianza. ​Dante se giró lentamente hacia mí. Guardó la pistola en la cinturilla de su pantalón. Sus ojos verdes, que antes ardían de lujuria y furia, ahora eran fríos, calculadores. Eran los ojos del Sotocapo evaluando un activo depreciado. ​Me miró de arriba abajo. Mi vestido de seda, mi piel pálida, mis ojos idénticos a los de mi gemela pero con un fuego diferente. ​En la mafia, los activos se protegen. Las cargas se eliminan. ​Si mi padre era un traidor que había metido a La Serpiente en el patio trasero de los Vitale, yo ya no era una esposa política. Era la hija del enemigo. Una mujer sin dote, sin familia y sin protección. ​—Dante... —Lía intentó intervenir, notando el cambio en la atmósfera. ​Dante levantó una mano para callarla, sin dejar de mirarme. ​—Parece que tu posición acaba de cambiar, esposa mía —dijo, y la palabra "esposa" sonó como una amenaza mortal—. Ya no tienes a tu padre para respaldar tus berrinches. Ahora estás sola. Completamente sola. ​Me enderecé, aunque por dentro me estaba desmoronando. ​—Siempre he estado sola, Dante. Desde el día que él firmó ese contrato. ​Él sonrió, una sonrisa carente de humor. ​—No. Antes tenías valor político. Ahora... ahora solo eres mía. Y vas a rezar para que decida que vale la pena mantenerte con vida a pesar de la basura de tu sangre. ​Se giró hacia Lía. ​—Vuelve a la casa grande. Dile a papá que voy para allá. Y asegúrate de que Alessia no vea esto. Que Darien la mantenga lejos de las ventanas. ​—¿Y Allegra? —preguntó Lía, mirándome con preocupación. ​Dante me miró una última vez. ​—Allegra se queda aquí. Bajo llave. Hasta que yo decida qué hacer con ella. ​Cerró la puerta en la cara de su hermana y echó el cerrojo. Luego se giró hacia mí. ​—Bienvenida al infierno, Allegra. Tu padre está en la cárcel, tu hermana le pertenece a mi gemelo, y tú... tú eres mi prisionera. Ahora sí que no tienes salida.
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