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Soy tu infierno, Dante.

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Blurb

Un juramento forzado. Dos almas idénticas. Cuatro vidas condenadas.

Dante y Darien Vitale-Bellucci, los herederos más feroces de la familia, han crecido con el peso de la mafia siciliana como su destino. Amantes del peligro y renuentes al orden, la única ley que respetan es la lealtad a su clan. Pero la paz tiene un precio: un compromiso con las gemelas Cacciamani, Allegra y Alessia, dos adolescentes que son la llave para asegurar una alianza inquebrantable.

El matrimonio es un pacto de honor, y la espera, una tortura.

Durante tres largos años, los hermanos deben vivir bajo el mismo techo que sus futuras esposas, acatando una regla innegociable: no pueden consumar su matrimonio. Es una prueba de paciencia que pone a prueba la legendaria ambición de los gemelos Vitale-Bellucci.

Al cumplir los dieciocho, la tregua termina.

* Darien encuentra en la espera la oportunidad de forjar una amistad inesperada con Alessia, una conexión que se convierte en un amor sólido y tranquilo, el único refugio de paz que existe en el infierno de la Famiglia.

* Dante, el más posesivo y desalmado de los gemelos, reclama a Allegra. Su intención no es el romance, sino la dominación. Pero Allegra es fuego indomable: lo odia con una intensidad tan pura que se vuelve su obsesión. Cada intento de ella por escapar solo alimenta la fijación de él.

Entre la lealtad que los une y el odio que los consume, Dante y Allegra caen en una espiral de peligro y pasión tóxica. Ambos son dos mitades de una misma moneda, destinados a ser el poder más grande de la mafia o a autodestruirse en el intento.

Ella quiere huir. Él quiere poseerla.

¿Podrá un amor nacido del resentimiento y la obsesión sobrevivir a las leyes de la Cosa Nostra?

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1 El Heredero Rechazado
​POV Dante Vitale-Bellucci ​—¡NO! ​La palabra no fue un grito histérico; fue una sentencia helada, firme y cargada de un desprecio que detonó en la biblioteca de la mansión Bellucci como una granada de fragmentación. ​El eco de esa negativa rebotó en las estanterías de caoba repletas de libros antiguos, en los tapices de terciopelo y, sobre todo, en mi orgullo. ​—Elijo la tutela —declaró Allegra Cacciamani, alzando la barbilla con esa arrogancia aristocrática que me había estado quemando la sangre durante tres malditos años—. Elijo seguir bajo la protección de Donna Gianna. No te elijo a ti, Dante. Jamás te elegiría a ti. ​Su rechazo resonó como un disparo a quemarropa en mi pecho. No me dolió el corazón, porque me había encargado de extirpar esa debilidad hacía mucho tiempo; me dolió el ego. Me dolió la autoridad. ​A mi lado, la escena era diametralmente opuesta, casi insultante en su perfección. Alessia, la gemela de mi esposa, la mansa paloma de ojos grandes y espíritu dócil, acababa de bajar la cabeza ante mi hermano. ​—Acepto a mi esposo —había susurrado Alessia segundos antes, permitiendo que Darien le besara los nudillos con esa frialdad elegante que lo caracterizaba. Darien, el afortunado. Darien, el estratega que obtenía la paz sin desenfundar un arma. ​Yo, Dante Vitale-Bellucci, el Sotocapo que controlaba más rutas de tráfico de armas que mi propio padre, el hombre cuyo nombre hacía temblar a los socios en Europa del Este, acababa de ser rechazado públicamente por una adolescente de dieciocho años recién cumplidos. ​Era una humillación perfecta. Una obra maestra del desastre. ​Apreté la mandíbula con tanta fuerza que escuché el crujido de mis molares. Mis manos, cerradas en puños a mis costados, ansiaban violencia. Ansiaban destruir algo. O a alguien. ​Allegra Cacciamani era mi esposa legal desde hacía tres años. Un contrato firmado con sangre y conveniencia política cuando ella tenía quince y yo veinte. En aquel entonces, mi madre, Gianna Bellucci —siempre la diplomática, siempre la protectora de causas perdidas— había negociado una cláusula absurda con el Consejo: El Período de Gracia. Tres años de matrimonio blanco. Tres años donde ellas vivirían bajo nuestro techo como hijas, estudiarían, crecerían y, al cumplir la mayoría de edad, tendrían la opción final: consumar el matrimonio y asumir su rol como esposas de la Cosa Nostra, o mantenerse bajo la tutela indefinida de mi madre, intocables, como viudas vírgenes de lujo. ​Alessia había entendido su deber. ​Allegra, en cambio, me miraba con esos ojos azules, idénticos a los míos en intensidad, y me escupía su libertad en la cara. ​—No tienes nada que elegir, mocosa —Mi voz salió como un gruñido bajo, una vibración sísmica cargada con la amenaza que sabía hacer temblar a hombres que doblaban mi edad y peso. ​Pero ella no tembló. Ni un milímetro. Al contrario, sostuvo mi mirada, y vi en sus pupilas el reflejo de mi propia bestialidad. ​—El contrato lo dice —replicó ella, señalando el documento sobre el escritorio de mi padre—. Tengo dieciocho años. Soy adulta. Y digo que no. ​Mi madre intentó interponerse, dando un paso adelante. Su rostro, habitualmente sereno y majestuoso, estaba marcado por la advertencia. ​—¡Dante, basta! —ordenó Gianna, poniéndose entre Allegra y yo—. El pacto fue claro. Tienes que respetarlo. Ella ha tomado su decisión. Seguirá viviendo aquí, bajo mi protección, y tú no la tocarás. ​—¡Tú y tus estúpidas cláusulas de "libertad"! —espeté, girándome hacia ella, liberando la furia que llevaba tres años conteniendo contra su idealismo humanitario—. ¡Esto es la Cosa Nostra, madre! ¡No es un club de debate feminista! ​Me pasé una mano por el cabello, frustrado, sintiendo la adrenalina bombear veneno por mis venas. ​Desde que tengo memoria, mi vida ha sido definida por la sangre que corre por mí. Llevo el peso de dos dinastías malditas y poderosas: los Bellucci de la Cosa Nostra por mi madre, y los Fascinelli de la Camorra por mi padre, Giacomo. Aunque él lleva el apellido Vitale —el de su madre, Patrizia— para haber sobrevivido a la guerra de su infancia, su sangre es la de Enzo Fascinelli. Sé que mi padre quemó a esa misma familia paterna por traición, sí, pero lo hizo para construir un imperio basado en el respeto y el poder absoluto. ​Y ahora, en medio de este imperio, estaba Allegra. Una niña insolente que no valoraba su posición. Una garantía política que se atrevía a desafiar al heredero. ​—¡Allegra es la garantía de la alianza con los Cacciamani, madre! —grité, señalándola con un dedo acusador—. ¿Crees que un Capo puede permitirse que su propia esposa lo rechace en público frente a su hermano y su padre? ¡Esto es una burla a mi autoridad! ¿Qué dirán los socios? ¿Que Dante Vitale no puede ni controlar a una mujer en su propia cama? ​—El respeto no se impone, se gana —dijo Gianna, firme. ​—El miedo se impone. Y funciona mejor —repliqué con cinismo. ​Miré a Allegra. Estaba pálida, pero firme. Llevaba tres años vigilándola desde las sombras. La había visto crecer. La había visto pasar de ser una niña asustada de quince años a una mujer joven con curvas peligrosas y una boca que incitaba al pecado. Había esperado. Había respetado la maldita cláusula de mi madre, manteniéndome alejado, limitándome a observarla en el jardín, a oler su perfume cuando pasaba por los pasillos, acumulando una tensión s****l y una rabia posesiva que ahora amenazaban con hacerme estallar. ​El amor es debilidad. Era la lección que había aprendido, quizás erróneamente, al observar la vulnerabilidad de mis padres cuando se trataba de su familia. Admiro su poder, claro, pero su vínculo emocional los ha frenado de ser verdaderamente imparables. Un Capo debe ser una fortaleza de hielo. Como yo. Como Darien. ​Nunca me he permitido una relación sentimental. Las mujeres son transacciones, distracciones momentáneas. Pero esta niña... esta niña con su desafío estaba intentando convertirme en algo que despreciaba: un hombre desesperado por atención. Y no lo iba a permitir. ​Giacomo Vitale, el Capo dei Capi, que hasta ahora había permanecido en silencio observando la escena desde su sillón de cuero, se puso de pie. El aire en la habitación cambió. Cuando el león se levanta, la selva calla. ​Miró a mi madre con suavidad, pero luego posó sus ojos oscuros en Allegra. Vio el desafío. Vio la insolencia. Y, sobre todo, vio la humillación que esto representaba para el apellido Vitale-Bellucci. ​—Gianna —dijo mi padre con voz calmada, pero definitiva—. Allegra ha rechazado a su esposo. Eso es su derecho según tu cláusula. Pero mi hijo tiene razón en una cosa: ella sigue siendo su esposa legal ante la Iglesia y ante la Ley. Y su actitud... su actitud es una falta de respeto al apellido que lleva ahora. ​—Giacomo... —advirtió mi madre. ​—Déjalos, Gianna. Tienen que resolver esto como adultos. Dante es su marido. Si no puede convencerla, que asuma las consecuencias de tener una esposa rebelde. Pero yo no intervendré más. ​Fue una luz verde. Sutil, pero clara. Mi madre, derrotada, tuvo que dar un paso atrás, mordiéndose el labio. Darien me miró y alzó una ceja, un gesto mínimo que decía: "Es tu problema, hermano. No lo arruines". ​El camino estaba libre. ​Me giré hacia Allegra. Ella retrocedió un paso, chocando contra la estantería. Por primera vez, vi un destello de miedo real en sus ojos. Bien. ​A diferencia de Darien, mi gemelo y mi mitad, que busca la calma en el negocio y la eficiencia silenciosa, yo siempre busco el caos. Soy el impulso, la fuerza bruta, el fuego que arrasa para que luego él pueda construir sobre las cenizas. Juntos ya operamos con total autonomía, incursionando en el tráfico de diamantes en África y especies exóticas en Asia, con una sola regla inquebrantable impuesta por nuestra historia familiar: la trata de blancas está prohibida. Lo que los Fascinelli le hicieron a mis abuelas, a mi tía Sadie y a mi propia madre es una cicatriz que no tocamos. ​Del resto, tomamos lo que queremos. Cuando queremos. Y como queremos. ​Y ahora, Allegra era lo que quería. ​Su obstinación encendía una fijación oscura en mí. No me gusta su personalidad, me irrita. Mucho menos la quiero en un sentido romántico. Pero quebrar su maldita voluntad se había convertido en mi obsesión personal. ​La miré por encima del hombro de mi madre y, en un acto de estupidez suicida, ella sonrió. Una sonrisa nerviosa, sí, pero cargada de triunfo. Creyó que la protección de mamá sería eterna. ​Ese gesto insolente rompió la última cadena de mi autocontrol. Ella no sabe que su insolencia no me aleja; me incita a la persecución. Despierta al depredador. ​Me abalancé sobre ella. ​Crucé la distancia que nos separaba en dos zancadas. Allegra intentó correr hacia el lado de mi madre, pero fui más rápido. Mi mano se cerró alrededor de su brazo desnudo con una fuerza brutal, calculada para doler, para marcar. ​—¡Ah! —gritó ella, sintiendo quizás el hueso crujir bajo la presión de mis dedos. ​—Se acabó el juego, principessa —gruñí, tirando de ella hacia mí hasta que nuestros cuerpos chocaron. Podía sentir su corazón latir desbocado contra mi pecho, como un pájaro atrapado en una tormenta. ​Ella reaccionó con la ferocidad de un gato callejero. Intentó morderme la mano. ​—¡Suéltame! —chilló—. ¡Elegí la tutela! ¡Tu padre dijo...! ​—Mi padre dijo que lo resolviéramos —le recordé, bajando la cabeza hasta que mis labios rozaron el lóbulo de su oreja. Olía a jazmín y a miedo. Era embriagador—. Tus palabras no valen nada para mí, Signora. Eres mi esposa. Firmaste un papel. Y ahora vas a aprender lo que significa llevar mi apellido. ​—¡No soy tuya! ​—Lo eres. Desde el momento en que respiraste mi aire, eres mía. ​Me agaché y, ignorando sus protestas, pasé un brazo por detrás de sus rodillas y el otro por su espalda. La levanté sin esfuerzo, echándola sobre mi hombro como si fuera un saco de papas. El gesto era intencionalmente humillante, una demostración de fuerza bruta frente a mi familia. ​Ella pataleaba y golpeaba mi espalda con sus puños cerrados, pero sus golpes eran caricias inútiles contra mi musculatura. ​—¡Dante, bájame! ¡Eres un animal! —gritaba, con la voz quebrada por la histeria—. ¡Giacomo, haga algo! ¡Gianna! ¡Esto no se quedará así! ​Mi madre dio un paso, pero mi padre la retuvo por el brazo, negando con la cabeza. Darien ni siquiera parpadeó; solo encendió un cigarrillo, observando el espectáculo con aburrimiento clínico, mientras Alessia se cubría la boca, aterrorizada por su hermana pero demasiado sumisa para intervenir. ​—Claro que no se quedará así —rugí, respondiendo a sus amenazas vacías mientras caminaba hacia la salida—. Acabamos de empezar, Allegra. Querías libertad. Ahora vas a conocer mi versión de la libertad. ​Salí de la biblioteca dando un portazo que hizo vibrar los cristales. ​El aire nocturno de Palermo me golpeó en la cara, fresco y salado, pero no logró enfriar mi temperamento. Caminé a zancadas largas por el jardín, con mi esposa debatiéndose sobre mi hombro, insultándome en italiano. ​—¡Maldito bastardo! —jadeaba ella—. ¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma! ​—El sentimiento es mutuo, cariño —respondí, sintiendo una satisfacción oscura. El odio era mejor que la indiferencia. El odio era apasionado. ​Crucé hacia nuestra casa anexa. Era una villa moderna que había mandado construir dentro de los terrenos de la propiedad, un lugar que debía ser nuestro hogar matrimonial y que, hasta hoy, había estado vacío y frío. ​Mi furia quemaba cada célula, pero mezclada con ella había un deseo denso, pesado, que se acumulaba en mi ingle con cada movimiento de su cuerpo contra el mío. Allegra iba a ser dominada. No descansaría hasta ver esa mirada desafiante convertida en súplica. ​Al llegar a la puerta de madera maciza de nuestra casa, el bulto en mi hombro se retorcía con renovada energía. ​—¡Ya bájame, Dante! ¡Eres una bestia salvaje! ¡Suéltame! ¡Te odio, maldito animal! ​Se supone que debería sentirme insultado. Se supone que debería estar ofendido por su falta de respeto. Pero estaba, por alguna razón retorcida, un poco divertido. Y eso era peligroso. Me gustaba que tuviera garras. Romperla sería mucho más satisfactorio si presentaba batalla. ​Me detuve frente a la entrada y busqué las llaves en mi bolsillo con una mano, manteniéndola sujeta con la otra. ​Fue entonces cuando lo vi. ​Justo en el umbral, iluminado por la luz de la luna, había un papel doblado. No era correo normal. Era papel antiguo, grueso, de color crema. Había sido deslizado bajo la puerta con precisión. ​Fruncí el ceño. Solté a Allegra un segundo —lo suficiente para que sus pies tocaran el suelo, aunque la mantuve inmovilizada contra la puerta con mi cuerpo— y me agaché para recoger la nota. ​El sello de cera roja estaba intacto. ​No era el sello de los Vitale. Ni el de los Bellucci. Ni siquiera el de los Cacciamani. ​Era una serpiente enroscada sobre una daga. ​No era el símbolo de una familia rival, era algo mucho más específico y peligroso en nuestro mundo. Era la marca de La Serpiente. Una sombra en el mercado negr0, la traficante más sigilosa de diamantes de Sierra Leona. Alguien que no solía dejar notas en la puerta de nadie a menos que el precio de la sangre ya se hubiera pagado. ​Dejé caer la nota al suelo, sintiendo una oleada de irritación. No tenía tiempo para intrigas internacionales ahora. Mi prioridad tenía nombre, apellido y estaba jadeando de furia contra mi pecho. ​—Dante... —La voz de Allegra cambió. Ya no era de ira, sino de reconocimiento y terror. Ella había bajado la vista y estaba mirando el papel en el suelo—. ¡Es el sello de la Serpiente! ​—No me importa si es el sello del Papa —gruñí, abriendo la puerta. ​—¡Ese mensaje no es para ti, idiota! —gritó ella, intentando agacharse para tomarlo, pero la detuve—. ¡Es para el Capo! ¡Es una advertencia de sangre! ​La miré. Sus ojos estaban dilatados. Sabía lo que significaba. Conocía la historia mejor que yo. Pero en este momento, con la adrenalina nublándome el juicio y la lujuria exigiéndome cobro, la guerra podía esperar. ​—El Capo puede esperar. La advertencia puede esperar. —La empujé dentro de la casa oscura y cerré la puerta con el pie, dejando la nota y el mundo exterior atrás—. Tú no. ​—Dante, por favor, tenemos que avisar a... ​La acorralé contra la pared del recibidor, cortando sus palabras con mi boca, besándola con una violencia que buscaba callarla, marcarla y poseerla. Decidí encargarme de la serpiente después. Primero llevaría a mi salvaje esposa a la alcoba principal para ver qué tan fiera podía ser realmente cuando la bestia decidía jugar con ella.

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