4 El Orden Roto

1512 Words
​POV Darien Vitale-Bellucci ​El silencio previo a la tormenta siempre es el más engañoso. ​Hacía apenas unas horas, mi mundo estaba perfectamente alineado. Less era mucho más de lo que esperaba. Su forma de ser tan sumisa me hizo pensar que sólo se quedaría quieta en la cama mientras yo me satisfacía, descubrí gratamente a una chica suavemente audaz, ardiente, que confío en mí ciegamente y que en verdad lo disfrutó. A ambos nos gustó. A mi realmente me gustó ver su cuerpo reaccionar a mi tacto, esa manera de explotar por estimularla, sus palabras diciendo lo que sentía, lo que le gustaba, como dejaba salir mi nombre entre gemidos, eso fue en verdad satisfactorio y diría que es quizá cautivador. Tuve que controlarme demasiado para no ser demasiado intenso, casi pierdo la cabeza cuando estuve en ese interior tan estrecho, suave y húmedo. Justo ahora quisiera seguir dentro de ella pero recién tomé su primera vez, lo último que haría con alguien tan suave como Alessia sería lastimarla. Seré paciente, creo que tenemos toda la vida para intentar saciarnos. Alessia dormía a mi lado, su respiración suave marcando el compás de una paz que yo no sabía que necesitaba. Estaba a punto de rendirme al sueño, satisfecho con la transacción, satisfecho con mi esposa, cuando el infierno se desató en la planta baja. ​No hubo aviso. Solo el estruendo de una puerta golpeada, gritos ahogados y luego, el sonido inconfundible de la autoridad: sirenas. ​Ahora, de pie en el vestíbulo de la casa anexa, el cuadro era dantesco, irónicamente. ​Dante estaba hecho una furia, con el labio partido y una nota arrugada en la mano que llevaba el sello de La Serpiente. A través de los ventanales, las luces estroboscópicas de la policía iluminaban la caída del imperio Cacciamani en la propiedad vecina. Mi hermana Lía acababa de soltar la bomba: Don Cacciamani arrestado, traición confirmada, alianza rota. ​Y en medio de todo, Alessia. ​Había bajado corriendo unos minutos detrás de mí, envuelta en una sábana, y ahora temblaba violentamente contra mi pecho. Dante la miraba con el mismo asco con el que miraría a un animal infectado. ​—Es hija de una rata, Darien —escupió Dante, señalándola con el vaso de whisky—. Y las ratas no tienen lealtad. Deberíamos entregarla antes de que La Serpiente decida que ella es parte de la deuda. Es un cabo suelto. ​Alessia soltó un sollozo desgarrador, aferrándose a mi piel desnuda con uñas y dientes, aterrorizada por la sentencia de mi hermano. ​—No... Darien, por favor... —suplicó contra mi cuello, sus lágrimas mojándome la clavícula—. Yo soy tuya... soy tuya... ​Su voz rota, llena de pánico, detonó algo en mi cerebro. ​El tiempo pareció detenerse en el vestíbulo. Ignoré las luces azules afuera. Ignoré la furia de Dante. Mi mente, usualmente fría y calculadora, fue arrastrada hacia atrás, hacia la oscuridad de nuestra habitación, hacia lo que había ocurrido hacía apenas dos horas. ​Mientras acariciaba mecánicamente el cabello de Alessia para calmarla, el recuerdo me golpeó con la fuerza de una marea. ​Recordé su olor. Vainilla y sales de baño, sí, pero bajo eso, el aroma almizclado y dulce de su excitación cuando le quité la bata de satén. ​Recordé su entrega. No había sido la sumisión pasiva de una esposa política cumpliendo un trámite. Había sido cruda. Real. Recordé la forma en que su cuerpo había reaccionado a mis manos, esa honestidad biológica que no se puede fingir. Recordé el momento exacto en que la toqué y ella se deshizo en mis dedos, ese chorro de fluido caliente que la avergonzó tanto y que a mí me hizo sentir como un dios. "No es malo, es placer", le había dicho, y la mirada de gratitud que me dio valía más que cualquier dote. ​Recordé su dolor. La resistencia de su cuerpo cuando entré en ella, las lágrimas que limpié con mis pulgares. Ella había aceptado mi invasión. Había confiado en mi promesa de ser suave. Me había dejado marcarla, romperla y rehacerla. ​Recordé su fuego. Porque no solo fue suave. Recordé cómo, en el clímax, sus uñas se clavaron en mi espalda y sus dientes mordieron mi hombro. "La palomita muerde". Esa pequeña muestra de posesión primitiva me había excitado más que cualquier técnica experta. ​En esa cama, Alessia no había sido una Cacciamani. No había sido la hija de un traidor. Había sido una mujer entregándose a su hombre sin reservas, sin escudos, sin mentiras. Se había vaciado en mí, y yo me había vaciado en ella. ​Ese intercambio de fluidos, de aliento y de sangre, había creado un vínculo que Dante, en su soledad furiosa, no podía comprender. ​El recuerdo de su cuerpo convulsionando alrededor del mío se superpuso a la imagen de su padre siendo arrestado. Y la conclusión fue simple, lógica e inquebrantable. ​Ella ya no pertenecía a ese viejo traidor. Ella me pertenecía a mí. ​La transacción se había completado. El recibo era la mancha de sangre y placer en las sábanas de arriba. Y Darien Vitale-Bellucci jamás permite que le roben lo que ha tomado legalmente. ​Volví al presente. Sentí el cuerpo frágil de Alessia temblando en mis brazos, esperando mi veredicto. Dante esperaba que yo actuara como el estratega frío, que cortara la pérdida. ​Apreté a Alessia contra mí, con una fuerza que le sacó un pequeño jadeo, y levanté la vista hacia mi gemelo. ​—No —dije. Mi voz sonó oscura, definitiva. ​Dante frunció el ceño. ​—¿La defiendes? La alianza está muerta, Darien. Es un lastre. ​—La alianza política está muerta —corregí, mirándolo con frialdad—. Pero el matrimonio está consumado. ​Dante se burló. ​—¿Y eso qué importa? Una cogida no cambia la sangre. ​—Para mí, sí —gruñí, y di un paso adelante, interponiendo mi cuerpo entre mi esposa y mi hermano—. Ella cumplió su parte esta noche. Se entregó. Confió en mí. Y yo no rompo mis tratos. ​Miré a Alessia. Levanté su barbilla obligándola a mirarme. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre por el llanto, pero había esperanza en ellos. ​—Escúchame bien, Alessia —le dije, ignorando a los demás—. Tu padre ha caído. Su apellido es veneno ahora. Pero tú... tú esta noche dejaste de ser su hija. ​Ella asintió frenéticamente, entendiendo a dónde iba. ​—Desde que te tomé en esa cama, eres una Vitale —continué, mi voz bajando a un susurro posesivo—. Llevas mi rastro en tu piel. Llevas mi apellido. Y nadie, absolutamente nadie, toca lo que es mío. Ni La Serpiente, ni la policía, ni el Consejo. ​Miré a Dante de nuevo, desafiante. ​—Ella se queda. Y está bajo mi protección directa. Si alguien intenta usarla como moneda de cambio o tocarle un pelo, responderá ante mí. ¿Estamos claros, hermano? ​Dante me sostuvo la mirada unos segundos, evaluando mi determinación. Vio algo en mis ojos —quizás el reflejo de ese recuerdo posesivo, quizás la certeza de que estaba dispuesto a disparar— que lo hizo retroceder. ​—Bien —cedió Dante, guardando la nota de La Serpiente en su bolsillo—. Si quieres cargar con ella, es tu problema. Pero manténla callada y lejos de mis asuntos. Yo tengo mi propia guerra que librar con Allegra. ​—Hecho. ​Dante se giró y salió hacia el despacho de mi padre para unirse a la gestión de crisis. ​Yo me quedé allí, en medio del vestíbulo frío, con Alessia en mis brazos. ​—Gracias... —sollozó ella, hundiendo la cara en mi cuello—. Gracias, Darien. ​La levanté en vilo, como si no pesara nada, y comencé a subir las escaleras de regreso a nuestra habitación, alejándola del caos. ​—No me agradezcas —le dije al oído—. Solo recuerda esto: tu lealtad ahora es exclusivamente mía. Tu padre es el pasado. Yo soy tu presente y tu futuro. ​—Lo sé —susurró ella, aferrándose a mis hombros—. Soy tuya, lo juro. Solo tuya. ​Entré en la habitación y cerré la puerta con el pie, echando el cerrojo. El olor a sexo y vainilla aún flotaba en el aire. La deposité en la cama revuelta. ​La miré, y el recuerdo de la consumación volvió a inundarme, pero esta vez no como una memoria, sino como una promesa. El orden político se había roto afuera, sí. Pero aquí adentro, en este caos, yo había encontrado algo que valía la pena defender con sangre. —Lo sé, Less, yo no lo olvidaré nunca. Solo obedece en lo que yo te pida, paloma, y estaremos bien. —Sí lo haré, Darien. Lo juro. —Duerme por ahora, Alessia.
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