Cuando somos jóvenes cometemos un sinfín de errores pero eso es parte de la vida. Sin ellos creo que sería imposible salir adelante.
Si caes te vuelves a levantar. Eso lo aprendí de esas caídas que llevé mientras estuve con él.
•••
Cambridge, Inglaterra.
—¡Hera, baja a desayunar, el chófer espera por ti para que vayas a la universidad! —escuché la voz de la mujer que cocina, a través del parlante que está ubicado al lado de la puerta de mi habitación.
Ya estaba lista, solo acomodaba un poco mi cabello rubio oscuro. Este llega por mi cintura y es completamente lacio. Miré nuevamente mi reflejo en el espejo y observé mi vestido de color lila que es de una tela muy fina perfeccionado a la medida, llega por mis rodillas.
—¡Hera, baja ya! —esta vez habló la señora Louisa.
Sujeté mi mochila y comencé bajar las largas escaleras de cerámica italiana color azul cielo. Al llegar a la mesa larga de diez asientos puedo ver a mi padre, quien mira su Tablet con atención.
—Buenos días, padre —él levantó su mirada con el ceño fruncido. Me acerqué hasta su lugar y dejé un corto beso en su mejilla.
—Buenos días cariño, ¿cómo amaneciste?
Me alejé de él y tome asiento a su lado derecho. Sujeté mis cubiertos y miré la mesa. Como todas las mañanas un desayuno Gourmet.
—Muy bien, papá ¿Tú?
—Me alegró cariño. Yo muy bien —me observó fijamente.
Piqué mi panqueque.
—Me alegro papá —respondí en italiano —. ¿No viajaras hoy?
Dejó su Tablet aun lado de la mesa que al momento una de las chicas del servicio la agarró y se la llevó. Él inicio su desayuno —No. Tengo un reunión de negocios hoy —contestó en italiano.
Asentí lentamente mientras termino de masticar, luego tragué y tome un poco de vino. Es normal en los italianos acompañar sus comidas con vino. Puede ser en el almuerzo, en la cena e incluso en alguna merienda.
—Esta bien ¿A qué hora debo estar lista?
—A las ocho —puntualizó él.
—Entendido.
Siempre que hay reuniones con sus amistades yo no puedo faltar. Soy la única hija del general Máximo Ambrosetti. Dueño de dos Viñedos y una línea de restaurantes. Si. Tenemos mucho dinero y disfrutamos de la buena vida, pero para mí eso también es malo. Siempre tengo encima las miradas de todos y eso es sofocante para mi. Porque debo estar siempre con una buena postura, tener una buena imagen y para una joven de 22 eso no es agradable.
Después del desayuno mi chófer Augustus se encontraba ya fuera del Mercedes Benz acompañando de mi guardaespaldas, Vicense.
—Buenos días, chicos —deslicé una sonrisa amable en mi rostro.
—Buenos días —saludó Vicense.
—Buenos días, señorita Hera —pronunció Augustus abriendo la puerta trasera del auto color plata.
Subí y le dediqué una mirada —Gracias.
Ambos hombres subieron a los asientos delanteros de la camioneta. Augustus comenzó a conducir en dirección a la universidad donde estudio. Después de tráfico en las calles de Cambridge, la camioneta blanca se detuvo frente a la inmensa universidad.
—Nos vemos luego, chicos.
El deber de Vicense es estar conmigo siempre, pero desde que tengo diez años de edad le pedí que no lo hiciera, ya que obviamente esa universidad es importante y hay hijo de personas con mucho dinero. Por lo cual está muy bien vigilada.
Bajé tranquilamente y me adentré a la edificación de cinco pisos con una fachada muy moderna. Al estar ya dando pasos lentos por el pasillo y con todos los ojos del lugar encima de mi débil cuerpo caminó con seguridad. Ha lo lejos pude ver a Nina la única amiga que tengo.
Hera Ambrosetti no tiene muchos amigos. Todos me ven como si fuera un fenómeno por el simple hecho de que sea una extranjera con lejanas conexiones a la realeza. No pertenezco a ese mundo y aunque mi familia mantenga la tradición que viene desde hace años atrás, eso no quiere decir que lo seamos.
La castaña de inmediato se acercó con una amplia sonrisa.
—¡Llegaste, amiga! —expresó alegre y encadenó su brazo al mío.
—¿Por qué tanta alegría? —inquirí mirándola a sus ojos cafés.
—Si eres idiota, Hera ¡Claro que me da alegría verte! —me lanzó una mala mirada —. No te vi durante las vacaciones ¿Cuándo llegaste de Italia?
—La semana pasada —entramos al aula de clases donde se encuentra la mayoría de mis compañeros.
La castaña movió su cabeza de arriba abajo.
Nos sentamos en nuestros asientos.
—¿Tú padres vendrá a la reunión de esta noche? —cuestioné mirándola.
Mi amiga afirmó —Si. Así que nos veremos de nuevo —sacó su laptop.
—Esta bien.
—Aunque probablemente estarás muy ocupada mirando al señor, Lacroze —torció los ojos con fastidio.
—No seré la única, Nina —la miré con los ojos entrecerrados.
—Esta exquisito. Si, lo acepto. Pero no es de mi tipo.
—Lo sé ... —miré mi computadora que ya había sacado de mi mochila —. Siempre te han gustado los chicos de piel oscura.
—Son exquisitos, Hera —ella me lanzó una mirada pícara —. En todo... —sonrió con malicia.
Negué lentamente mirándolo y con una sonrisa divertida en mis labios.
En ese momento él profesor se adentró en el salón he inicio la clase. Estudio Psicología, es la carrera que siempre quise estudiar desde que estoy pequeña.
Horas después ya me encuentro y camino a la mansión. Mi padre probablemente esté ya esperándome para iniciar el almuerzo. Y si, en efecto. Al entrar a la gigante casa con pinturas bonitas y caras, me fui en dirección al comedor y lo pude ver con un libro en sus manos y sus anteojos puesto. Al verme ingresar en el comedor cerró el libro y levantó sus mirada para luego deslizar una sonrisa.
—Hola, papi —me acerqué hasta él y le di un corto beso en su mejilla pálida. Es de costumbre.
—Hola princesa —me observó fijamente quitándose los anteojos y los dejo sobre el libro, que a los minutos Florence una de las chicas del servicio se lo llevó.
Me senté en mi lado de la mesa y pude apreciar de la exquisita comida. Ambos iniciamos nuestro almuerzo en silencio.
—¿Cómo te fue hoy en la empresa —sujeté la copa de agua frente a mi y tomé un poco.
—Bien, como de costumbre —soltó un suspiro cansado.
—Genial —le sonreí.
—¿Y ti? —me observó con atención.
—Muy bien. Full trabajo, pero no me quejó, me gusta —me encogí de hombros restándole importancia.
Mi padre hizo una afirmación.
En ese momento ingreso Carlo el mano derecha de mi padre y Vicense.
—No nos esperaron —comentó el hombre de piel morena quien tomo asiento.
—¿La señorita, Hera, tiene mucha hambre? —comentó Vicense mirando su plato.
Miré mi plato con ensalada y clavé mi tenedor en un pedazo de tomate.
—Hoy si. Las clases dan mucha hambre, Vicense —murmuré y lleve a mi boca un trozo de tomate para comenzar aplastarlo con mis dientes.
Iniciamos nuestra comida tranquilamente mientras ellos hablan de sus cosas y yo solo escucho con atención.
No soy muy comelona, siempre ando en dieta. Me gusta cuidar mi figura, que no es tan fea siempre trato de mantenerme en forma y bien alimentada.
Luego del almuerzo cada uno se retiró. Yo subí a mi habitación allí se encuentra Louisa quien justamente salió del clóset.
—Ya esta listo el baño, Hera —avisó ella.
—Gracias —le sonreí con dulzura y me acerqué a ella para darle un abrazo fuerte, el cual ella me correspondió.
—De nada mi dulce, Hera —ella se alejó de mí y sujetó mis hombros mientras me mira a mis grandes ojos cafés —. Elegí el vestido n***o con piedras incrustadas, ¿te gustaría ese para esta noche?
Mordí mi labio mirándola pensativa. Tengo muchos de ese estilo.
—¿El que mi padre me compro? —la observé con atención a sus ojos verdosos.
Afirmó.
—Por supuesto —sonreí ampliamente —. Ese es hermoso.
—Bueno, te dejo para que descanses.
—Claro —asentí.
Ella se retiró y yo me fui en dirección al baño. Al entrar pude ver ya la tina lista. El vapor sobre sale suavemente del agua. Me desvestí y entré al agua tibia sintiendo mi cuerpo relajarse de inmediato. Subí el volumen de la música y simplemente cerré mis ojos disfrutando de mi baño.