II
El viaje en barco de esa mañana fue corto en comparación a la travesía que viví al seguir los caminos de los mercaderes. Viajando solo la mayor parte del tiempo, me toco sortear obstáculos difíciles en aquellos caminos de desierto y montañas, pero por suerte, había logrado llegar a la costa. Apenas me encontré en la ribera del mar de galilea, llamado también lago de Tiberiades por los locales, negocie con el capitán de una pequeña embarcación pesquera para que me ayudase a cruzar las aguas y hacer así mucho más corto mi itinerario de viaje. El precio que pague fue alto, aunque lo considere justo teniendo en cuenta el trayecto que me ahorraba.
Cruzamos el lago sin impedimentos. Atracamos en el puerto de Tiberiades, la ciudad del emperador. Nunca antes había estado allí, pero la mayoría de las ciudades levantadas por los romanos seguían un esquema similar y se amontonaban igual manteniendo el mismo patrón.
Tome mis cosas y me adentre en el barullo de gentes que se aglutinaban a la frontera de lo que tenía pinta de ser un inmenso mercado a cielo abierto, donde viandantes y mercaderes se alternaban en repetitivas estanterías que ofrecían mercancías de eclécticas usanzas. Camine un largo rato inspeccionando con detenimiento la zona y poniéndome al día con lo que se podía esperar en aquella ciudad de variados matices. Imágenes y escenarios donde lo piadoso y lo inmoral se alternaba con una naturalidad apremiante. Me abstuve de sacar conclusiones apresuradas y decidí entonces culminar mi recorrido.
Había recibido por carta las indicaciones con la dirección exacta para dar con la casa en cuestión, pero las certezas que podía tener conmigo se esfumaron al descubrir, frente a mí, aquel caos de callejuelas serpenteantes. Me decidí, aun en contra de las recomendaciones de la carta, a pedirle indicaciones a un viejo vendedor del mercado. Escudriñe los rostros y el del anciano se me antojo honorable. Pregunte, hablando en griego, sobre la dirección que me indicaba la carta, y él viejo con amabilidad, y no sin antes querer aprovechar la oportunidad para ofrecerme su mercancía, me ayudo a encontrar una ruta alterna pero mucho más directa. La ruta que él anciano me recomendó me permitió dejar atrás el bullicio del mercado, pero me obligo a cruzar la ciudad pasando en medio de sucias callejuelas, llenas de pestes e inmundicias que solo rivalizarían con las que uno se puede encontrar en Roma. Logre salir de la zona del mercado, rodeándola hacia el sur. Camine un poco más hasta llegar a un área calmada y tranquila. Un ambiente de viviendas mucho más grandes y distanciadas las unas de las otras. Poco a poco fui estudiando el paisaje hasta encontrarme al final de una callejuela, frente una construcción un poco rustica, típica de la zona en la que estaba ubicada, pues en ciudades improvisadas como era el caso de Tiberiades, es muy común construir con los materiales que están a la mano. Verifique las indicaciones de la carta y comprobé los detalles: una marca rojiza sobre el dintel de la puerta principal me lo corroboro. Podía estar seguro, esa era la casa.
El sol ya brillaba con suficiente fulgor en el cielo despejado, y en todas las casas de los alrededores los habitantes se afanaban en las tareas domésticas, menos en esa casa que aparentaba estar deshabitada. Era una mañana caliente y todo el mundo rehuía de las calles, acosados por el intenso calor. En una esquina encontré un viejo sicomoro, casi muerto y sin hojas, bajo la poca sombra que este propiciaba me senté a esperar alguna señal. Esperaba que la puerta se abriera y poder así evitar cualquier confusión. Sabía que las medidas de seguridad eran estrictas, y que la puerta de la casa no se abría salvo situaciones específicas y muy puntuales.
Durante un rato me debatí luchando con las inesperadas ganas que me incitaban a salir corriendo de aquel lugar y abandonarlo todo. Un miedo que llevaba guardado en las entrañas decidió manifestarse a tan solo unos pocos metros de la meta. Al fin de cuentas, no perdía nada si me retiraba antes de llegar, nada se perdería y yo podía seguir con mi vida, eso me decían los pensamientos que me llegaban como dardos. Me aturdían ideas disparatadas y conflictivas. Decidí entonces acabar con el miedo, y sin pensarlo dos veces, avance hasta la puerta. Di algunos pasos hasta encontrarme en un pequeño pórtico que se levantaba frente a la casa, seguí caminando hasta llegar frente al portal y aseste un golpe a la madera para llamar la atención de los que se encontraban dentro. Esperaba que me reconociesen al instante o que me estuviesen esperando para que me invitaran a pasar de inmediato.
Nervioso, di un segundo golpe a la puerta. Él tiempo que paso antes de recibir respuesta fue muy corto. Desde el interior escuche algunas voces primero, y luego pasos que se acercaban hacia el umbral.
Cuando la puerta se abrió, quien me recibió fue un hombre de mediana edad, de buena apariencia, aunque un poco más bajo que la mayoría de los hombres de los alrededores; era delgado, a pesar de esto no parecía frágil, al contrario era esbelto y de buena presencia; su rostro esbozaba una amplia sonrisa que se me hacía familiar; y sus ojos, llenos de expresividad, me resultaron conocidos. A pesar de que al momento llevaba una prominente barba y su cabello lucia diferente exhibiendo algunas señales de vejes próxima, no me cavia la menor duda: ese hombre había sido mi maestro y compañero hacia algún tiempo atrás, y gracias a él, me encontraba en aquella ciudad, él me había enviado la carta de invitación con la dirección de la casa. Ese hombre sin duda alguna era Juan, el hijo de Zebedeo.
― ¡Hermano, pero que felicidad! ―grito Juan abriendo sus brazos con un gesto acogedor―. Hace varios días que espero tu llegada.
― ¡Es una bendición ser recibido por usted hermano! ― correspondí su abrazo sin ocultar mi alegría y admiración.
― Hace varios días que te espero muchacho ―una mueca de preocupación se notó en su rostro―. Temía que no lograras llegar ―al terminar de hablar, Juan deshizo el abrazo.
― Le pido disculpas por mi tardanza ―hable con un poco de pesar―. El camino ha sido muy complicado.
― Lo imagino, pero demos gracias al señor porque has llegado hasta nosotros ¿Por qué no entras?―señalo al interior de la casa.
― Que la paz del señor este con los habitantes de este hogar ―acepte su invitación y entre a la casa.
Mi mente se encontraba atónita. Solo de considerar la idea de ser recibido en la puerta por uno que era contado entre los doce, que era líder y apóstol, alguien que no solo conoció al Maestro sino que compartió con el los últimos años de su vida y escucho cada palabra que salía de su boca, acompañándolo durante cada viaje y hazaña que realizo, me dejaba sin palabras. Si él apóstol Juan, alguien tan cercano a Jesús, me recibía a la puerta, ¿Qué podía esperar de los que conocería en esa aventura? Teniendo todavía estos pensamientos en la cabeza, entre junto a Juan al interior de la casa.
Al encontrarme dentro, la morada se mostraba distinta. Se marcaba con intensión la costumbre de la región, que haciendo eco de las tendencias de pensamiento del constructor, le proporcionaba mayor importancia al interior que al exterior. El muro de piedra exterior, lúgubre y sin vida, contrastaba con un interior alegre y dinámico. Sin embargo no logre detenerme a observar los detalles del patio central con mucho detenimiento, pues debí seguir a Juan con su paso largo, quien me llevo hasta una pequeña sala donde se encontraban algunas sillas dispuestas en círculo. Era una de las estancias utilizadas para las reuniones.
Juan llamo la atención de un grupo de jóvenes que se encontraban en la habitación contigua, divisándolos a través de una amplia abertura de la pared que unía ambas habitaciones. Era un grupo de cuatro adolescentes que se encontraban en plena lectura; entre ellos, se encontraba “ella”, de quien no alcance a saber el nombre aun, pues al momento de percatarse de nuestra presencia, se acercaron hasta nosotros. Los cuatro jóvenes me dirigieron un saludo distante pero muy efusivo cuando Juan me presento explicando el motivo de mi visita, luego de eso salieron de la habitación. Aunque lo intente, no pude preguntarle a Juan nada sobre ellos. Sin darme tiempo, él se encargó de acercar dos sillas, ofreciéndome una para que yo tomara asiento y empezar de inmediato la conversación pendiente.
― De seguro debes estar cansado ―me miro sonriendo mientras se acomodaba en su silla.
― Si ―le respondí mientras dejaba caer al suelo la bolsa donde guardaba las pocas cosas que me acompañaban―. El descanso de anoche no fue muy gratificante
― No te preocupes, de seguro hoy descansaras con mayor calma.
― Eso espero hermano, aunque en verdad descansar es lo de menos ahora. Sé que no es sano, pero me siento muy ansioso de por fin estar aquí.
― Comprendo ―dijo Juan cuando se dibujó una leve sonrisa en su rostro―. Debo admitir que me sorprende tu determinación. Se ve que tienes claro tu objetivo.
― En verdad estoy muy nervioso por todo esto hermano Juan, aun no termino de creer lo cerca que estoy de concretar el propósito, y se me hace muy difícil contener la emoción… debo parecer un loco a los ojos de cualquiera.
― Solo un poco ―dijo Juan sonriente―, pero la verdad me alegra y me sorprende cuanto a cambiado aquel revoltoso que conocí un día… y en tan poco tiempo. Ahora estas desesperado por cumplir una tarea. Eso no parece algo normal en ti.
― Si hermano, desesperado… sí. Desesperado por acercarme más a él, de una manera más real, más humana. Por eso necesito oír lo que ella puede contarme. He pasado por muchas cosas estos últimos años, pero ahora sé lo que quiero, y lo que debo hacer.
Un corto silencio transcurrió mientras Juan media lo que debía decirme.
― Recuerdo las palabras que en una ocasión el Maestro enseño a la gente ―hablo Juan al final―: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libre”… una verdad hermosa acompañada también del “Buscad y hallareis”
― Mi intención es buscar hasta donde me sea posible, y conocerlo a Él en toda su majestad ―en ese instante hasta yo me sorprendí de mis palabras.
― Y sé que vas a encontrar, porque tu intención es genuina, y para que lo tengas en cuenta, esa es la razón por la que ella acepto hablar contigo. Cuando le hable de ti y de tu propósito, se emocionó y quiso conocerte de inmediato. Me pidió que te invitara a venir a la casa. No es muy común que ella hable con alguien, y menos con un desconocido; ella solo acostumbra hablar con los de la casa… debes saber que desde hace mucho tiempo no sale de aquí.
― Estoy muy agradecido con el señor por darme esta oportunidad. Su testimonio será el punto de cierre perfecto para respaldar mi investigación. Será invaluable lo que ella pueda aportar; así como lo será cuando usted se decida darme su testimonio hermano.
― Vamos muchacho, ya nos conocemos lo suficiente para que me trates con tanta reverencia, además no te aventajo mucho en años ―Juan se puso en pie mientras me guiñaba un ojo―, no tengo edad para ser tu padre. Vayamos por parte, por ahora ella te espera. Ya luego habrá tiempo para hablar con calma.
Me invito a levantarme, asegurándome que ella me estaba esperando. Nos apresuramos a salir de aquella habitación para dirigirnos hacia otra más pequeña donde ella, me había comentado Juan, se apartaba a meditar.
El pequeño recinto al que entramos se encontraba contiguo a la sala que Juan dispuso para recibirme. Solo fue necesario atravesar un pasillo de manera transversal para llegar al sitio. Abrimos una pequeña puerta de madera, y accedimos al lugar. Se trataba de un espacio más agradable, más íntimo, acorde para hablar en privado sin interferencias externas. El único atenuante es que era un lugar demasiado pequeño, al punto que solo se lograban acomodar algunos muebles, nada más que una mesita recostada en la pared de frente a la puerta y en el centro de la habitación se encontraban dos sillas muy sencillas, una de ellas, de manera obvia, era para mí, pues en la otra estaba ella sentada, mirándome, invitándome a que tomara asiento y la inundase de preguntas, aunque esto, estoy seguro, fue una idea producto de mi ansiedad, pues ella solo estaba allí, sonriendo de una manera tan especial, que hoy después de tanto tiempo al escribir esto, logro recordar a plenitud. ¿Y cómo podría olvidar su sonrisa? Si en ella destellaba el amor de una madre que ve a su hijo en toda criatura, sus ojos brillaban portadores de una bondad desbordante. Y aun así, seguía haciéndose presente en ella aquella sencillez y humildad que al parecer poseían todos los que habitaban de esa casa, cosa que en aquellos días me sorprendió, pero que ahora, después de todo lo vivido, comprendo, y más aún comparto. Ante mí se encontraba la madre que se hizo a un lado para darle todo el lugar a su hijo a través de sus palabras “haced lo que él os diga”
― Entra hijo ―me dijo María con su voz llena de dulzura―. Pasa… toma asiento ―me hablo sin quitarme la mirada de encima y sin dejar de sonreír ni por un instante.