Ella.

1793 Words
III     En los lugares menos inesperados ya empezaban a conocer la historia de aquel judío, que sin alzar una mano, había cambiado al mundo. Jesús logro, con sus palabras y con su vida, marcar a la humanidad de una forma irreparablemente positiva. No solo por haber sido el cumplimiento anhelado y esperado por todo un pueblo, sino también por haberse convertido en el portador de un renuevo de esperanza para los hombres y mujeres de todas las naciones. Esta noticia fresca y alentadora, de una esperanza de amor eterna y celestial, empezaba a ser bien recibida por gentes de todas las clases y orígenes. El mensaje de amor, fe y esperanza calaba lo más bien en el corazón de los pueblos.     Era de esperarse entonces que las personas, ansiosas de conocer más sobre aquel enigmático judío, comenzaran a plantear preguntas sobre sus orígenes, motivaciones y hazañas. Al principio era fácil liar la situación contando de primera mano con el testimonio directo de aquellos que le conocieron. Hombres y mujeres que gozaron la dicha de escucharle y verle en sus días en la tierra se daban a la tarea de compartir su historia con un pueblo ansioso de descubrirla. Pero el problema comenzó con la diseminación del evangelio por los confines del imperio romano y más allá. La falta de información fidedigna de fuentes confiables, sumada a la volátil imaginación de algunos, dio como resultado el surgimiento de historias fantasiosas, por decirlo menos. Historias de tintes satíricos, y en algunos casos hasta de mofa, comenzaban a plegarse de manera arraigada en el ideario popular hasta el punto de que en varias congregaciones comenzaban a recibir credibilidad.     Por eso me encontré en la tarea de llegar hasta esa habitación, atravesando desiertos, lagos y montañas, para estar cara a cara con esa mujer: la mismísima María, madre del salvador.     Sentía una ansiedad abrumadora de por fin poder completar la tarea que me había ocupado los últimos años de mi vida, y lograr de alguna manera poder contribuir a dar por terminada las versiones desinformadas que solo conseguían sembrar la confusión entre los pueblos.     Me senté incómodo y lleno de nerviosismo. Salude con un gesto de mi cabeza sin atreverme a hablar. No sabía que decir ni cómo comportarme ante una mujer de tan alta estima. Las palabras me rehuían y la garganta se me hacía un nudo.     Para mi alivio, fue ella quien tomó la palabra.      ―Tienes unos ojos hermosos en verdad ―María me miro de una manera extraña, como si me conociera de mucho tiempo. Esto, sumado a sus enigmáticas palabras, me desconcertó.     ― Disculpe ¿Cómo dice?―dije sin alcanzar a procesar su mensaje.     ― Tienes que guardar tus ojos de mirar con demasiado anhelo las cosas terrenales ―sin aclarar mi duda, María procedió a darme una recomendación―, cuídalos para no estimar más allá de lo que les está permitido ver... pues se dice que benditos son los ojos de los que logran ver lo espiritual atreves de lo terrenal.     En ese momento esas palabras me parecieron fuera de lugar, no entendía por qué me lo decía a mí, no les encontraba sentido, así que solo me limite a asentir, y con un poco de compostura logre por fin hablarle.     ― Si algo hermoso hay en mis ojos, ha de ser el reflejo de su dulce rostro.     Sin  notarlo  estaba  siendo  movido  por  una  emoción inexplicable que brotaba desde mis adentros, haciéndome sentir una atracción por esa mujer que se mostraba tan especial a pesar de que recién la conocía. No una atracción como la del marido hacia su esposa, ¡que me castigue Dios si así fuese!, mejor dicho, vi en ella la imagen de una madre ideal, lo cual despertó en mí una poderosa empatía hacia ella. Seguramente el hecho de que desde joven resentí en mi vida el distanciamiento con mi madre, pudo ser un motivo para sentirme atraído por el inmenso amor maternal que ella irradiaba. Pero lo importante del asunto fue el instante de impulso ciego, en el que me sentí atraído por una necesidad imperiosa de postrarme en el suelo, sobre mis rodillas, y sin darme cuenta, me encontré con la cabeza inclinada, y junto con ella, mi corazón, haciendo un intento de reverencia, como la que se le da al rey de una tierra lejana donde no se conoce la manera correcta de hacerlo.     ― Levántate muchacho ―dijo María riendo con fuerzas mientras me extendía su mano ―no tienes por qué estarte postrando delante de mí. A lo mucho yo soy digna de ser llamada tu hermana, no porque me lo haya ganado, si no que al igual que tú, a mí también me alcanzo su misericordia.     Recuerdo estar muy confundido en ese momento; yo hacía lo que me parecía lo correcto, es decir, dar  reverencia a la mujer que tuvo el privilegio de ser la madre del Maestro, pero ella misma había interrumpido mi acción, para aclarar mis dudas con su explicación.     ― Tranquilo, no es la primera vez que esto pasa ―su rostro dibujaba una mueca divertida pero al mismo tiempo dejaba entrever cierta vergüenza―. La gente que llegan a los caminos anhelan acercarse a mi hijo, y creen que dándome algún mérito lo podrán lograr, pero se confunden, porque yo al igual que cualquier otro creyente, no tengo ningún merecimiento propio, y cuando hacen cosas como la que tu acabas de hacer, solo terminan apenándome… pues no es grato saber que por mi culpa muchos terminan confundidos en la fe.     ― No entiendo ―dije regresando a tomar asiento.     ― Hijo lo que sucede es que el ser humano siempre busca responder a sus necesidades… debes estar de acuerdo conmigo si te digo que abrazar una fe a ciegas es algo muy difícil de llevar… para algunos más difícil que para otros… por eso la mente, en un intento de aliviar la carga, trata de reflejar la fe que se experimenta en el corazón, en algo visible, algo tangible, algo que le dé la oportunidad de eliminar  la incomodidad de creer en “algo” que no se puede ver, haciendo la fe más accesible a las mentes limitada.     ― Como hicieron con el becerro de oro…     ― Estas en lo correcto. Es igual a lo que sucede en aquellas personas que para saciar su necesidad de sentirse útiles para Dios, se forjan enemigos físicos, que les permitan librar una batalla “en nombre de Dios”. Es tan sencillo como encontrar un blanco para sus insultos, calumnias, agresiones y cualquier daño que puedan causar, y hacer todo esto “en nombre de Dios”.… lo peor de todo, es que muchas veces, esos “enemigos” terminan siendo sus propios hermanos     ― Entiendo a qué se refiere hermana ―confesé apenado empezando a comprender lo que María me explicaba―, en un pequeño poblado al sur, me cruce con un grupo de aparentes creyentes, que aseguraban que el maestro no podía haber sido una criatura corruptible, y por lo tanto, solo había sido una apariencia. Algo así como si solo hubiese sido una ilusión, o mejor dicho un “fantasma”, y estos blasfeman en contra de cualquier otro que crea distinto a su posición. Se autoproclamaban como los portadores del   conocimiento, y degradan la autoridad de cualquier otro que piense de manera contraria… aunque a decir verdad… los demás creyentes hacían lo mismo con ellos. Es una locura     ― Yo también he escuchado de esas ideas ―note un rastro de tristeza en su voz, como si ella experimentara dolor por esas personas, o tal vez por el mismísimo Maestro―.  Se les hace locura la idea de un Dios que abandona su posición de gloria para hacerse igual a nosotros para venir a esta tierra a sufrir padecimientos inmerecidos por el perdón de todos los hombres. Y si, tienen razón.     ― ¿Cómo dice? ―pregunte contrariado ante su afirmación.     ― Es locura, en la medida que nosotros llamamos “locura” todo aquello que se sale de nuestra comprensión y que va más allá de lo que logramos entender, y así son los planes de Dios, siempre van por encima de nuestra comprensión… por esta razón a mí me pareció locura su llamado… en aquel entonces, y después de tanto tiempo me esfuerzo por comprender como es que fui yo la “bendita entre todas las mujeres”, la escogida para llevar en mi vientre al hijo de Dios… si tan solo esa gente entendiese eso dejarían de creer e inventarse tantas ideas disparatadas.     ― Permítame una pregunta ―este es el momento, me dije― ha dicho que no entiende por qué el señor la escogió para llevar en su vientre a su hijo… pero ¿está usted al tanto de los relatos e historias que han estado circulando, contando hazañas prodigiosas sobre su propia infancia? ¿Qué tanto de verdad cuentan estas historias?     ― Si, lamentablemente si sé a qué te refieres, yo también estoy al tanto de esos rumores, y en mis oraciones diarias pido para que cesen de propagarse, y que de ninguna manera sean puestos por escrito, ni en nuestro idioma, ni en el griego, ni en ninguna otra lengua conocida, porque otro mal del ser humano, es la credulidad, y el dar por cierto todo lo que se encuentra escrito. Y bueno, con respecto a la veracidad de estas historias, solo puedo limitarme a darte una respuesta que todo hermano debería entender: en mi vida no había nada que me hiciera especial o diferente hasta el día que El llego… aquel instante aun lo sigo viviendo en mi memoria, perdiendo importancia cualquier experiencia anterior a ese día.     Mi corazón sufrió un sobresalto, pues por mucho que me agradara la conversación que manteníamos hasta entonces, el centro de mi búsqueda irradiaba en torno al comentario hecho por María, por esta razón no me permití dejar pasar la oportunidad.     ― ¿Recuerda aun ese momento?     María hizo un pequeño silencio. Dos pequeñas gotitas empezaron a surcar sus mejillas acompañando su mutismo, pero ella no lloraba como quien está triste, al contrario, su llanto era más bien el de una persona que anhela y recuerda con agrado. Entre sus lágrimas me dijo:     ― Más que recordarlo lo vivo a diario, y anhelo vivirlo de nuevo junto a él.     ― ¿Podría decirme como lo recuerda?     ― Con mucha luz… y la verdad hijo, es que desde el momento de su anuncio en mi vida solo he visto su luz.     ― ¿Anuncio? ¿Cuál anuncio? ―pregunte sin perder la oportunidad, y me prepare para comenzar a escuchar su historia.
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