La ceremonia.

2994 Words
    IV       Cuando hago memoria e intento recordar el tiempo que transcurrió entre mi pregunta y su respuesta, puedo hacerlo con una lúcida claridad, el recuerdo de ese instante quedo marcado en mi memoria como por fuego, y como fuego eran sus ojos que miraban más allá de lo que era visible, casi anticipando lo que había de sentir al rememorar las experiencias que estaba a punto compartir conmigo en ese momento.     Fueron segundos que se extendieron como una eternidad. La espera me atravesaba el alma, la impaciencia me consumía sentado en una humilde silla en el centro de una pequeña habitación de una casa extraña. Apretaba mis músculos  a la espera de su respuesta. Ella por el contrario parecía disfrutar de ese pequeño preámbulo, ese corto pero eterno momento en el que solo se escuchó la voz del silencio desgarrando con sus gritos el límite de mi ansiedad. Era como si ella hubiese perdido la noción de mi presencia, como si no se percatara de que yo me encontraba allí. Respire aliviado cuando su gesto cambio, fue como si volviese a la realidad, regresando de un mundo lejano; se acomodó en su silla sabiendo el largo relato que había de iniciar. María se apartó un largo mechón de cabello que le cubría la frente y parte del rostro dejándolo libre,  resplandeciendo  con  una  aurora  casi  mística producto de sus ojos tan intrigantes y su sonrisa, que al mismo tiempo parecía llanto, o quizás si era ambos.     Su rostro no ocultaba las señales de su vejes, no, al contrario, las mostraba cual guerrero exhibiendo las cicatrices ganadas en las batallas vividas. Acentuada en ella la imagen ideal de una madre, con su rostro forjado por el palpitar de las emociones vividas a lo largo del camino, invitaba a descubrir la intrigante historia que guardaba en sus memorias.     Entrecruzo los dedos de ambas manos y las coloco unidas sobre su regajo antes de comenzar hablar     ― ¡Que grosera soy!... déjame presentarme hijo; mi nombre es María.     Mi nombre es Jesús ­―respondí―… Jesús hijo de Abas. Es una bendición de Dios poder conocerla hermana.     ― No creas hermano, yo solo soy una mujer, mejor dicho, solo una anciana.     ― Una muy especial.     ― El paso del tiempo es poderoso ―hizo una pausa para mirarme―. Aunque hoy vez este rostro de anciana, alguna vez fue el rostro de una joven, y aunque en mi cuerpo casi nada conserva esa imagen… en mi mente aún viven los recuerdos de aquellos años de juventud.     Se hizo un silencio que en ese momento que me dejo con la garganta al filo de la espada, quería sacar esa historia a la fuerza de su boca.     ― La casa de mi familia era… ― “por fin comenzó a decir algo concreto” pensé― era pequeña y muy tosca, pero fue allí donde crecí junto a mi familia. Éramos demasiados hermanos para el poco alimento que obteníamos, pues la aldea donde mi padre construyo nuestra casa, allá en Nazaret, era de esas donde la gente prefiere soñar antes que estar despierto… imagino que si sabes a lo que me refiero; pero creo que puedo decir que mi niñez fue como una aventura. Me encantaba jugar en los alrededores de nuestra casa, lo triste era que no podía hacerlo muy a menudo, en gran parte por culpa de la situación tan precaria en la que se encontraba mi familia. No te diré que mi padre era completamente pobre, porque a pesar de la escases, poseía un pequeño rebaño y un terreno propio, pero con los impuestos y con el alto costo de los enseres y de los alimentos, no se alcanzaba a abastecer lo necesario para cubrir el mantenimiento de todos, por lo que muchas veces las mujeres y los niños debíamos colaborar de alguna manera en la manutención del hogar, lo que ocasionaba que el tiempo que debía ser invertido en juegos, terminaba siendo aplicado a las labores del hogar. A pesar de lo feo que te pueda parecer lo que te cuento, no todo fue tan malo en mi niñez, pues siempre encontrábamos la forma de ser felices, y para mí… en especial los días de visita el templo me alegraban la existencia.     ― ¿Visitaba el templo con regularidad? ―pregunte intrigado     ― En varias ocasiones ―me respondió María―, hasta se me dio la ocasión de conocer a algunos de los grandes  maestros   y   famosos   escribas de la época. Al escucharlos debatir sobre las escrituras y sobre todos los temas que son comunes para esa gente, se despertó en mi mente el interés por aprender las letras. “La escritura tiene que ser un regalo de Dios” pensaba en aquellos días, y recuerdo que en una de las fiestas… era la pascua si mal no recuerdo, estando en Jerusalén me llene de valor para comunicarle a mi padre mi interés por aprender el oficio de escriba, pero esa fue una muy mala idea. Su respuesta fue del todo negativa. En vez de recibir el apoyo que imaginaba, su reticencia fue total y me dio una reprendida cual nunca había recibido, fue una de las pocas ocasiones en las que mi padre me negó algo; lo que yo quería era una necead según mi padre, “una mujer no debe, ni debería jamás, entrometerse en cuestiones que están dadas solo a los hombre” me dijo, con una rabia que lo consumía. Su hija no sería la primera en hacer algo tan despreciable, fue lo que me aseguró, ya que a cada rato él decía que “Dios nada tiene que ver con las mujeres”… y mira que sorpresa que se llevó cuando su propia hija le demostró lo contrario, y tuvo que aceptar que Dios no hace diferencia entre hombre y mujer. Así que nadie puede menospreciar a otro, pues lo que el hombre desecha es lo que Dios más aprecia… de todas manera ese día me toco mi castigo. “Por imprudente” me toco la limpieza de todos los utensilios de la celebración. Una tarea muy agobiante, pero no me lo tome a pecho, yo sabía disfrutar hasta de las peores situaciones, y trataba de ver la mano de Dios en todo… y mira sí lo estaba.     ― Eso me parece una total injusticia ―trate de decir algo cortes para apoyarla. ― Igual eso ya no importa, si no se pudo fue porque Dios así lo quiso, si se me hubiese permitido “aquello”, quizás no hubiese recibido “esto”.     ― ¿A qué se refiere con “esto”? ―pregunte moviéndome inquieto en mi asiento.     ― Calma, calma, que yo soy de las que lleva las historias con calma―María me mostro una sonrisa pícara y un tanto burlona―, pero bueno, lo cierto es que me toco ir dejando poco a poco mis años de niña conforme pasaba el tiempo, y de manera natural me vi creciendo, y así como yo crecía, también lo hacían mis obligaciones, llegando a ser  demasiadas…  muchas  pero  muchas de verdad,  pero  me  consolaba pensando que todo sería diferente cuando dejara de ser una niña y me   convirtiera   en   adulta.   Algunas   veces   dejaba   volar   la imaginación,  para  soñar  con  un  futuro  lleno  de  comodidades gracias a un esposo de buena posición que me sacaría, a mí y a mi familia, de ese fango en el que nos encontrábamos. Así, soñando de esa manera soportaba las duras penas que viví durante esa época. Recuerdo que en las noches me acostaba con la idea de que al despertar, todo iba a ser distinto, esperaba una mañana en la que descubriría que todo resultaba ser diferente, y así de la nada cambiara mi vida… y el cambio  llego  sin  duda,  pero  totalmente  distinto  a  lo  que  yo esperaba. Aunque sí ocurrió un cambio en mí, uno que se podía anticipar. En mi imaginación lo esperaba distinto pero… ocurrió como debía ocurrir, deje ser una de las niñas de la casa, pues llegaron mis días de mujer… en la familia…  sabes a lo que me refiero o ¿prefieres detalles?     ― No ―por ningún pienso esperaba oír una explicación de ese tipo de cosa, y menos de parte de ella―, así está bien, no se detenga, continúe con lo que sigue     ― Está bien, tú te lo pierdes ―al decir esto casi puedo asegurar que vi una sonrisa de niña burlona en su rostro―. Entonces, a partir de ahí, las cosas se tornaron un poco confusas, mi familia al principio se mostró feliz por la noticia, pero luego me trataban con recelo, pase varios días sin entender, hasta que logre asimilar que ese era el orden según la ley, pues lo que estaba ocurriendo en mi era lo que mi madre llamaba “la costumbre de nosotras” y acerca de esto, la ley dictaba que estaba impura… aunque aún sigo sin entender por qué.     ― Los maestros explican que…     ― Yo sé lo que dicen los maestros, pero ninguno de esos maestros es mujer para saber nada sobre eso ―que tonto que fui pensando que le podría explicar algo que ella no supiera.     ― Cambia esa cara que no has dicho nada malo ―Me reprendió María sin dejar de sonreír. Definitivamente ella le veía el lado divertido a todo―. Mejor prosigo. Cuando llegó esa etapa a mi vida, me tocó encargarme del rebaño de mi padre, así lo establecía la tradición. Haciéndolo, te digo la verdad, me sentía como una nueva Rebeca, e imaginaba como de algún lugar lejano llegaría el hombre que me llevaría a donde encontraría a mi amado, o quizás mejor aún, como Sefora, que recibió no al enviado, si no al mismo hombre que se convertiría en su esposo, y eso mientras cuidaba el ganado de su padre. Y pues… bueno… un día llego. Ese día regrese del campo un poco más tarde que de costumbre. Me sentía completamente agotada, estaba muy sucia recuerdo ―lo dijo con notable vergüenza, pero siempre divertida―, porque ese día me toco sacar uno de los corderos pequeños que se había enredado en una arbusto de espinos, además para empañar más mi aspecto, se sumaba toda el hambre de un día acumulada, lo que me tenía con las mejillas más hundidas que los ojos, ¿pero si tenía que pasar ese día que podía hacer yo para impedirlo?     ― Pero dígame ¿Qué fue lo que paso?     ― Cuando llegue cerca de la casa ―continuo el relato sin prestar atención a mi pregunta―, mi madre salió a mi encuentro de manera muy extraña, pues no era algo que acostumbrara hacer… me tomo de la mano y sin darme ninguna explicación me llevo hasta el pozo donde, con ropa y todo, empezó a darme un baño, y a pesar de mi insistencia y a pesar de que le preguntara más de trescientas veces que estaba pasando, ella seguía empeñada en dejarme brillante como un pedazo de oro recién pulido. Y si soy sincera, le agradecí con mi vida ese baño. Sentía que el cansancio se escurría junto con el sucio y se iba con el agua. Algunos dicen que lo bueno dura poco, y eso no es cierto, pero en ese momento parecía que si lo era; apenas empezaba a disfrutar el baño cuando ella volvía a llevarme de la mano sin decir una sola palabra, no sé si lo hacía porque no quería hablar o porque no podía, pues logre ver en su rostro lo que en medio de aquel vaivén, me parecieron lágrimas, cosa que no pude divisar bien, porque al momento que intente mirar, mis ojos se quedaron en n***o, ocultos por la tela de un vestido que mi madre se afanaba en colocarme a toda prisa. Era un vestido hermoso, demasiado bello, era como… la verdad no lo detalle muy bien; no tuve tiempo de apreciarlo porque nuevamente me sentía llevada por su mano, esta vez hasta la puerta trasera de nuestra casa, donde por fin ella se detuvo… respiro hondo y por fin me hablo. Entonces me dijo: “Sentado allí dentro con tu padre, está el padre del joven que podría ser tu futuro esposo… y el joven también está con ellos” Me sentí mareada, tuve que apoyarme en el hombro de mi madre para evitar caer al suelo, lo último que quería era ensuciar mi vestido nuevo, pero es que esa noticia hizo temblar mis rodillas, y por un instante sentí como se detenía mi corazón. El problema en ese momento no fue la sorpresa, porque sabía que de un día a otro eso iba a ocurrir… fue en realidad, la repentina aversión  que  sentía por  la  idea  de  tener  que  comprometerme  con  un desconocido, eso empezó a parecerme un poco molesto, mucho para ser sincera... pero mi madre no estaba dispuesta a dejarme tiempo para pensar. “Entra ahí y conquista su corazón” me dijo al mismo tiempo que me tomó de la mano, abrió la puerta y me lanzo allí dentro cortando todos mis pensamientos… aunque quizás mi mente dejo de trabajar por otra razón ―fue extraño ver sus mejillas sonrojadas―. Como era costumbre, mi madre me enseño sobre el matrimonio, me enseño que debía amar al hombre que mi padre escogiese “Algo así como yo te amé a ti antes de conocerte” me decía ella “Así tú debes amarlo a él aunque no lo conozcas, pues ese es el designio de Dios”. En realidad no le encontraba la lógica a esa idea de amar sin conocer, pero en ese instante frente aquel joven, el sentido aparecía ante mí. Cuando  nuestros ojos se cruzaron todo cobro sentido, allí entendí que no sería mi padre quien lo escogería, por la sencilla razón de que era Dios mismo quien ya lo había escogido para que fuese mi esposo. La verdad es que no sé por qué extraña razón sentí esa seguridad desde que lo vi, pero una certeza total se apodero de mi corazón. No halle otra cosa más para hacer que bajar mi rostro y dar gracias al Señor por su llegada, igual que antes te vuelvo a repetir, no entiendo el motivo, pero ese día sentí una inexplicable alegría, y en varias ocasiones no logre contener las lágrimas, eso sí, pero de felicidad. Su nombre era José, era joven, aunque un poco mayor que yo; era bajo de estatura, pero no me importaba en los más mínimo, al contrario se me hizo muy agradable su figura, ni hablar de su rostro… recuerdo que ese día, mientras su padre y mi padre hablaban, yo levante la mirada un par de veces para poder detallarlo mejor, fue triste que solo logre verlo  un  par  de  ocasiones,  porque  durante  las  conversaciones yo  debía permanecer aparte y con el rostro agachado, lo que no me hizo mucha gracia… pero que se puede hacer, mi padre fue un hombre estricto  con las tradiciones, y no le agradaba para nada cuando alguien quería llevarle la contraria, así que lo mejor era quedarse callada y obedecer, cosa que no hacía muy a menudo mi hermano menor, él siempre pensaba distinto a mi padre y casi nunca se quedaba callado, gracias a la misericordia de Dios con el paso del tiempo y antes que mi padre falleciera, consiguieron llevársela de lo mejor… ¿Me salí de nuevo de la historia no es cierto?     ― Sí,  pero  no  se  preocupe,  todo  lo  que  me  está  contando  es interesante.     ― Sí, pero no debes apoyarme ―dijo María rascándose la nariz―, porque si no, nunca terminare de contarte lo que quieres saber, tienes que lidiar con mi pequeña costumbre de contar todo como si fuese una historia de fantasías… eso lo conservo desde niña     ― Es de mucho valor esa habilidad, no todos tienen la gracia de contar historias de manera interesante… y eso a usted le sobra.     ― Gracias joven, es usted muy complaciente ―sonrió inclinando el rostro, claramente imitando una reverencia ensayada―, pero mejor continuo con mi fantástica historia.     ― Está bien no la interrumpo más.     ― Jovencito usted es demasiado educado ―arrugo la cara en un gesto gracioso―, pero no es malo ni mucho menos, no te preocupes. Bueno,  ese  día  del  que  estaba  hablando,  estuvo  repleto  de emociones nuevas, la más peculiar de todas ellas, fue la mezcla de miedo y ansiedad, con un poco de alegría, que sentí al momento de saber que la familia de José, aceptaba el café ofrecido por mi madre. Esta era la señal de que las conversaciones habían terminado a buen término, y significaba que aquel joven, que estuve mirando toda la tarde, pronto se convertiría, definitivamente y para siempre, en mi marido. Todas las demás ceremonias se cumplieron según lo establecía la tradición de mi pueblo, lo más seguro es que si empiezo a contarte de los detalles de ellas, empezare de nuevo a fantasear… no por mi cualidad fantasiosa, de la que te acabo de contar, sino esta vez la culpa seria de él, de José, porque desde ese día que lo conocí, el tiempo para mi transcurría de una manera distinta, y mi mente solo se ocupaba de él y de nada más. Todo en mi mente era preguntarme ¿Cuándo lo vería de nuevo? ¿Cuándo escucharía su voz? ¿Qué sentiría el por mí? eso era lo único que me importaba así que no le preste mucha atención a las tantas ceremonias, que en la mayoría de los casos no entendía, pero a las que asistía gustosa, pues  tenían algo que me agradaba muchísimo, y es que en todas ellas podía estar cerca de él.
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