Magdalena y Barrabas.

3064 Words
 V       ― Disculpen   hermanos,   la   comida   está   servida,   les   pido   que me acompañen.     La  voz  de  Juan  en  la  habitación se escuchó desde la puerta. Sus palabras me  hicieron  reaccionar de golpe. Me  había concentrado tanto en el relato de María que no alcance a percatarme de su presencia. En realidad, me había olvidado de todo. En ese momento solo pensaba en lo que ella me contaba, y me esforzaba por guardarlo en mi memoria con todo lujo de detalles para poder recordarlo a plenitud al momento de escribirlo en mi diario. Fue tanta mi distracción que había abandonado por completo el hambre atroz que me embargaba, pues desde la noche anterior no había tenido la oportunidad de comer absolutamente nada, eran tanto el nerviosismo y la ansiedad que solo lograba quedarme pensando en el encuentro.     Por culpa de Juan, quien me recordó la comida, sentí como si el estómago se me pegara a la espalda, y aunque quería seguir alimentando mi espíritu escuchando la historia que María contaba, mi cuerpo resentido pidió a gritos su alimento.     ― ¿Te parece si tomamos un descanso? ―me pregunto María.     ― Como usted quiera hermana ―le respondí dubitativo sin decidirme aun.     ― El invitado eres tú, así que tú decides     ― Está bien ―le dije sucumbiendo al peso de mi necesidad―, vayamos con el hermano Juan.     ― Por supuesto que sí. Se nota a leguas que estas hambriento ―María se burló de mí sin intención de disimularlo. Ella era todo un enigma     ― Lo que pasa es que… es que…     ― Tranquilo hijo, que no es pecado sentir hambre, nadie te está juzgando. Solo que se me hace divertido ver el hambre reflejada en tu rostro, y ver cómo te esfuerzas en disimularlo… recuerda que soy madre… o bueno, lo fui alguna vez, y es parte de mi trabajo saber ese tipo de cosas.     ― Bien, bien, vallamos entonces ―hablo Juan quien se había acercado a nosotros y se había inclinado sobre el respaldo del asiento de María.     ― Un momento hermana ―apenas hable, me di cuenta de lo imprudentes que sonarían mis palabras, pero no había tiempo de rectificar, ya había iniciado la frase―, vamos a descasar por ahora, pero la historia continuara ¿cierto?     ― Tranquilo jovencito, que más quiero yo hablar de lo que tú quieres escuchar, te lo aseguro. Pero no hay prisa, vamos con calma ―María entorno su brazo alrededor del mío mientras se colocaba de pie―. Ahora vamos, créeme cuando te digo que no queremos que a este señor le regrese la impaciencia de sus días de hijo del trueno.     Juan soltó una carcajada y se dirigió hacia la puerta, nosotros seguimos tras él. Salimos  de la pequeña habitación  para dirigirnos  a través de otras  dos estancias, hasta encontrarnos en  el patio. Cruzamos sin sobresaltos el tramo para llegar hasta el lugar del comedor, donde estaban algunas personas ya sentadas, esperando por nosotros.     Mientras caminaba con María pensaba, y me sorprendía, la manera tan extraña en la que me sentía parte de esa familia que apenas recién empezaba a conocer. Teniendo en cuenta que solo tenía alrededor de un par horas en la casa, no podía explicarme a mí mismo esa extraña sensación de familiaridad. En ese momento resonaron en mi cabeza las palabras que el mismo maestro había enseñado en una ocasión a la m******d, y que yo había tenido la oportunidad de registrarlas en mi diario: “mi madre y mis hermanos son todos los que escuchan las palabras de mi padre”. Recordar esa enseñanza me trajo paz. “Debo relajarme” dije para mis adentros. Al fin de cuentas, pensaba quedarme en la casa algunos días, así que me tocaría amoldarme a las costumbres de esa nueva familia. De todas maneras, por precaución, decidí mantener una personalidad reservada.     Sentados en el suelo, alrededor de una mesa muy larga, y después de habernos lavado, nos dejamos llevar en una conversación relajada y agradable. Mientras esperábamos que los alimentos fueran servidos, todos los hermanos allí reunidos aprovecharon la oportunidad para hacerme cuanta pregunta se les pasara por la cabeza. Me preguntaron a cerca de mi familia, de mi ciudad, de mi trabajo, de mi vida, de mi camino, de todo. Con gusto respondí todas y cada una de sus preguntas, ya que no había razón que me lo impidiese, además,  debía  preparar  el  terreno de la cordialidad  para  obtener  las  respuestas  que  me permitieran ponerme al tanto de la situación que se vivía en la casa y entre los hermanos. Así, preguntando de vuelta, fue que logre enterarme de cosas muy interesantes, como por ejemplo, que Pedro se encontraba ausente fuera Jerusalén en esos días, por causa de un viaje que se vio o******o a realizar al recibir la noticia proveniente de algunos hermanos, quienes informaron la posibilidad de que en ciertas regiones del sur se estuviera predicando un mensaje distinto al encargado por el Maestro. Otra noticia que también me impacto en ese momento, fue enterarme de que la otra María, la Magdalena, para mi sorpresa, también se encontraba en la casa. María, a la que todos llamaban Magdalena por el nombre del pueblo donde nació,  se  había  convertido,  según  supe, en  la acompañante de María y de Juan. A pesar de la m******d de rumores que se escuchaban, ella estaba allí, en la misma casa donde yo me encontraba, y fue ella la encargada de traer los alimentos a la mesa ese día.     A Magdalena había tenido la oportunidad de conocerla poco tiempo después de la muerte del maestro, cuando aún se encontraban todos los apóstoles en Jerusalén, y cuando recién comenzaba yo a conocer sobre Jesús el nazareno. Ella fue una de las personas que me ayudaron a conocer el mensaje de transformación después de la experiencia vivida durante el juicio del maestro. En ese entonces aún era una mujer de belleza atrapante, con un carácter regio y de un espíritu indómito, que se potenciaba de manera intensa cuando se dedicaba a confortar las almas compartiendo el mensaje del reino.     Ahora, al reencontrarla en la casa, descubría a Magdalena como una mujer medianamente madura, aunque sí, mucho más joven que la otra María, pero a quien la edad ya comenzaba a visitar de forma evidente. Cuando entró en la habitación recuerdo que lo primero que note fue su cabello al d*********o y sin ningún tipo de cobijo. Su cabellera dorada caía sobre sus hombros formando unos rizos hermosos. Su sonrisa tímida pero al mismo tiempo alegre, combinaba perfectamente con sus ojos brillantes y serenos. Llego a la mesa acompañada de otra chica más joven, la misma que había captado mi atención esa mañana, y se dispuso a ordenar los enceres mientras María Magdalena dejaba una bandeja repleta de pan para dirigirse hasta donde yo me encontraba sentado. Magdalena me saludo con mucha alegría, como si de verdad le sorprendiera verme allí.     ― Debo confesar que me causa mucho regocijo  tenerte aquí  con nosotros hermano ―Magdalena hablo al tiempo que tomaba asiento al lado de María.     ―Estoy   muy   agradecido   con   Dios   por   esta   oportunidad,   y encontrármela a usted aquí me resulta una sorpresa adicional ―me permití sonreír al hablar―. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez nos encontramos.     ― Si,  para mí también fue una sorpresa cuando  me entere que venías a la casa de mi madre ―Magdalena se detuvo un instante y tomo la mano izquierda de María―, y me dio mucha emoción enterarme de ello.     ― ¿La casa de tu madre? ―hice la pregunta un poco desenfocado―, pensé que esta era la casa de Juan.     ― Lo que es mío, es de mi madre ―intervino Juan sin dejar de sonreír.     ― Tal vez no estés acostumbrado a este nivel de apego entre personas sin vínculo familiar ―Magdalena,  como  ya  lo  había d*********o  en  el  pasado,  solía  hablar  con  una  compasión desbordante en sus ojos, como si de ellos brotara una ternura desmedida―, pero esta es la gran verdad que nos enseñó Jesús.     Yo no era ningún neófito en los tema de la fe, pero ante ellos que habían caminado y vivido con el mismísimo Maestro, no podía sino avergonzarme ante su sabiduría. Yo había llegado a conocer a Jesús casi que por equivocación. Cualquiera que desconozca la manera en como el universo obra para los designios celestiales, le llamaría casualidad, pero lo que de verdad ocurrió en mi vida ese día, fue la perfecta voluntad del eterno creador obrando en mi favor. La condena de muerte estaba puesta sobre mi cabeza, pero el pueblo esa mañana grito mi nombre en vez del suyo, y desde entonces entendí que mi vida ya no era mía, que mi vida no me pertenecía, que vivía la vida de Él. Al principio seguía confundido y frustrado, tratando de conseguir el sentido a mi existencia como lo había estado haciendo hasta ese entonces. Regrese a las filas de los grupos de zelotes que se afanaban en hacerle frente a la dominación romana. Pero ya nada era igual. La violencia y el odio ya no calaban en mí ser. Fue entonces que la conocí a ella con su mensaje de libertad y de amor. Y gracias a ella y a Juan, pude conocer la historia y la vida del hombre que tomo mi lugar en esa cruz aquella  tarde tempestuosa. Era sorprendente todo lo que había vivido en solo un par de años.      ― Muy bien ya estamos todos, es hora de comer ―Juan se levantó mientras hablaba y me dedico un guiño de complicidad― ¿Por  qué  no  haces  tú  el  honor  de  dirigir  la  oración  de agradecimiento por los alimentos, hermano Jesús? ―Juan me hablaba mientras su mano se posaba sobre mi hombro.     Al principio me turbe, confundido y sin saber cómo reaccionar. Su petición me tomaba desprevenido y me dejaba en una situación comprometedora. Pero sabía que no podía negarme, que debía aceptar y cumplir con lo que Juan me pedía, después de todo se trataba de una simple oración. Mi plan de mantener un perfil bajo hacia mucho rato que había quedado descartado.     ― Seria para mí un honor ―respondí al fin.     Me coloque de pie acomodando mi vestimenta por instinto. Aun sin decir una palabra, cerré fuertemente mis manos apretadas en puños para tratar de calmar la tensión que me invadía. Respire hondo y mire los rostros de todos los que me acompañaban, quienes permanecieron sentados sobre el suelo, pero dejando todo a un lado para concentrarse en la oración que me disponía a iniciar.     ―Padre te doy gracias por mi vida ―empecé a dirigir mis palabras a Dios, con la mirada fija en la pared de en frente―. Te agradezco por permitirme estar este día en este lugar, junto a tus hijos, mis hermanos, partiendo junto a ellos el pan de tu bendición, bebiendo del vino de tu gracia, gozando plenamente del dulce regalo de tu favor ―hice una pausa, mire y vi a María, movía sus labios pero no producía ningún sonido, sus ojos cerrados; Juan, con un hilo de voz tenue, dirigía su propia plegaria, no logre descifrarla puesto que lo hacía  con  la  cabeza  inclinada  hacia  adelante;  Magdalena,  en silencio, con sus ojos abiertos con la mirada elevada mirando más allá, hacia el cielo―. Padre te pido por aquellos pobres que no tienen la oportunidad de llevarse a la boca un trozo de pan, ni del físico ni del espiritual ―calle por segunda vez cuando vinieron a mi mente memorias de los días donde experimente la escases de ambos dones,   causando   que   se   presentara   un   viento   de   angustia que me turbo al pronunciar mi oración; reaccione, tome un respiro y continúe―. Ahora más señor, te quiero pedir por la vida de mis hermanos… y por mi vida propia, guía mis pasos y bendice esta tarea que en tu nombre intento cumplir, quita del camino todo tropiezo, y llénanos de tu luz. Ilumina nuestra mirada y danos sabiduría. Sabiduría para comprender el plan divino inscrito en la meta de nuestro camino.     Al pronunciar las últimas palabras, hice silencio, era necesario. Meditar era lo único que sentía debía hacer, repitiendo una tras otra cada una de las palabras en mi mente, en especial, esa última petición que broto del anhelo más íntimo de mi ser. Sonreí, agradecido, y culmine.     ― Y gracias por mi camino… amen.     ― Amen ―Respondió Juan.      El resto de los presentes, en especial la joven de los penetrantes ojos oscuros, se mantuvieron en silencio sin atreverse a pronunciar palabra alguna por miedo a perder el ambiente  tan  especial  que  se  había  propiciado  durante  la oración;  al  cabo  de  algunos  segundos,  y  luego  de  miradas interrogatorios,  el  resto  de  los  presentes  pronunciaron  a  coro:     ― ¡Amén!     Luego vivimos un breve momento de sonrisas y cordialidades, y por fin pude llevarme el primer trozo de pan a la boca en la casa. Sin aviso previo, se abrió nuevamente el torrente de preguntas. Al parecer, las que había superado solo se trataba de la primera tanda, y por cómo se perfilaba la situación, entendí que se trataba de la primera de muchas tandas. Trague un buen trozo de pan que se me atoro en la garganta, a lo que ayudo un buen trago de esa bebida de la que nunca supe el nombre. Tome aliento, me puse a tono, y prepare mis respuestas. El primero en preguntar fue Juan.     ― Hermano Jesús ya sabemos que no te agrada que te llamen por tu propio nombre     ― La verdad es que no hermano Juan ―respondí luego de comer un poco de queso―. No me agrada la idea de que un pecador cualquiera como yo, pueda compartir el mismo nombre que el más grande hombre que haya pisado esta tierra.     ― Pero de alguna manera hemos de referirnos a ti ―intervino la joven que estaba sentada junto a Magdalena, la de ojos oscuros y penetrantes― ¿Cómo lo hacemos?     ― ¿Aun te siguen llamando por tu viejo sobrenombre? ―Juan me abordo sin darme tiempo a responderle a la joven.     ― ¿Cuál sobrenombre? ―Pregunto la chica.     ― Barrabas, así me decían cuando me encontraba entre los zelotes ―explique.     ― ¿Barrabas? ―pregunto la joven carcomida por la curiosidad.     ― Es un juego de palabras ―dije luego de comer otro trozo de pan―. A mi padre le decían por cariño “Aba”, digamos padre… entonces a mí me decían ellos “el hijo del padre”, ósea BAR-ABA… Barrabas en resumidas.     ― ¿Entonces debo llamarle así?     El interés de la joven me tomo por sorpresa. Era grato tener la oportunidad de poder entablar una charla con alguien que se interesaba de esa manera en mis asuntos, aun y cuando esa charla concurría en medio de una comida con varias otras personas.     ― La verdad prefiero que no… es un nombre que me trae recuerdos sobre un pasado que preferiría no recordar.     ― Entonces ―concluyo la chica de los hermosos ojos oscuros―, si no le gusta que le llamemos por su nombre, pero tampoco podemos llamarle por su sobrenombre… ¿Cómo le llamamos entonces?     ― No te preocupes tanto por eso ―respondí―, si a todos le parece bien, pueden simplemente decirme “hermano” y eso será suficiente.     Todos asintieron dando por cerrado el tema con aprobación. Sin embargo yo aún no quedaba del todo satisfecho respecto al tema de los nombres.     ― Disculpe hermana ―dije casi terminando de comer―, pero usted llego casi al final, junto a Magdalena y no alcance a escuchar su nombre.     Mis palabras siguieron dirigidas a la joven que permanecía sentada al lado de Magdalena. De los demás ya sabía sus nombres, pues los conocía desde antes o, como en el caso de María, había tenido la oportunidad de conocerla ese mismo día. Pero a ella la había visto en la mañana en el cuarto donde Juan me recibió, pero su nombre me rehuía y no había tenido la oportunidad de conocerla hasta ese momento.     ― Sophia ―me dijo notoriamente extrañada.     ― Si hermano, esta es nuestra hermanita Sophia ―secundo Juan.     La intervención de Juan puso fin a nuestra charla particular. Una extraña sensación me había embargado mientras conversaba con ella, como de una incomodidad apremiante. Quería seguir conociendo de ella, pero al mismo tiempo me aterraba. Por eso agradecí un poco que Juan .me sacara de ese embrollo con su participación.     ― ¿Por qué no le cuentas a Sophia lo que te trajo a nuestra casa? ―me reto María.     Asentí apenado, e inicie a exponer con lujos de detalles todo el periplo que había vivido desde que un día, consternado por la preocupante situación que se suscitaba en cuanto a las variantes versiones que pretendían registrar los dichos y hechos de Jesús el Nazareno, me embarque en la tarea de poner por escrito los testimonios verídicos de los hombres y mujeres que en vida del maestro, llegaron a conocerlo.     ― ¿Y hasta donde estaría dispuesto a llegar para conseguir un buen testimonio? ―pregunto Sophia intrigada. ― La verdad es difícil tu pregunta ―le respondí con una pequeña duda―, pero digamos que si me estuviese permitido, hoy mismo iría hasta la diestra del padre para pedir el testimonio del mismísimo Maestro en persona.     Todos se miraron asombrados, y como impulsados por una fuerza en común, todos empezamos a reír; a reír con ganas, a grandes carcajadas. Nos encontrábamos cómodos y seguros, y según pensábamos en esos días, no había razón para preocuparnos al estar allí sentados, digo sentados y no comiendo, porque aun después de comer permanecimos en el disfrute durante un par de horas más, hablando, riendo y compartiendo, pero por sobre todo, disfrutando “el vivir de las horas”.     ― Al parecer es usted un loco ―me dijo Sophia con una expresión que no dejaba en claro si aquella aseveración era genuina o en broma.     ― Así dicen… y al parecer así es hermana.  
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