Perspectivas I

956 Words
Cecilia:     El hombre misterioso, el convicto de la habitación 206, se presume que escapo hace un par de semana de un hospital en el centro de San Francisco luego que un señor lo consiguiera desangrándose en una autopista oscura a las afueras de la ciudad. Todavía no se sabe el motivo del porque escapo de la prisión o que le paso esa noche. Hasta aquí nuestra actualización de noticias puedes seguir con su programación habitual"- anunciaba la televisión que estaba en la esquina mientras salía de la ducha. Recuerdo estar oyendo la noticia, el mismo suceso toda la semana al punto que me tenía algo harta. Pero todavía no podía creer todo aquello que vomitaba la televisión desde hace una semana. No podía creer que esa persona tan desorientada e indefensa en aquella habitación podía ser peligroso y mucho menos que todo aquello sucedió en mí lugar de trabajo. Termine de vestirme, amarrar mi cabellera y salí del portal de mi casa, camino unas cuantas cuadras y de pronto noto que alguien me seguía, el pánico me invadió, no sabía qué hacer, ladee la cabeza y lo vi, seguí mi instinto y en unos instantes me encontré en una avenida transcurrida, la idea era mezclarme con la gente y perderlo, sin embargo me resultaba muy difícil con mi uniforme de enfermera. —!Debí traer el uniforme en el bolso! —pensé en voz alta, me sentía estúpida por no ir vestida normalmente.     Aunque tampoco podría predecir esta situación, no sabía si el sujeto seguía atrás de mi, paso una tienda de flores, una tintorería y luego observo delante de mí la estación del subterráneo, no podía estar más feliz, sabía que esa sería mi salvación solo me faltaba cruzar la calle. Corrí con todas mis fuerzas al llegar a la esquina para cruzar, noto que el sujeto seguía ahí, iba a toda velocidad, no espere el semáforo cruce sin pensarlo recuerdo ver los taxis y autos frenando de golpe, un camión de carga que casi se desvía y un motorizado que se cayó. Nadie esperaba que dos personas se atravesaran de golpe en medio de la calle. Logre bajar la escaleras mecánicas, la estación estaba inmunda, pero a ahí estaban los torniquetes, no espere a la fila, pase por encima de todas las personas con empujones, algunas patadas y palabrotas. En segundo estaba comprando mi boleto y me metí a la red de transporte y justo en ese instante me subo al tren que acaba de llegar, las puertas se cerraron y noto que el sujeto no logro subir por unos cuantos metros. El cargaba un suéter n***o una capucha que me impedía verle la cara, pero me parecía familia; tengo una corazonada pero con solo pensarlo ya era ridículo. Dentro del vagón no me sentía a salvo mire en todas direcciones: los celulares sonando, personas leyendo el periódico y escuchando música, vendedores ambulantes gritando. De pronto empecé a sudar, sentí taquicardia tal vez estaba sufriendo un ataque de pánico, luche por no desmayarme y concentrarme en llegar al trabajo.     El día en el trabajo paso rápido, nadie supo mi incidente de esta mañana y mucho menos la Sra Roberta si ella se enteraba sabía que iba a estar en boca del hospital, le decimos la cámara de seguridad, ella está pendiente de todo y de todos nadie puede tener privacidad cerca de ella. Recuerdo sentirme un poco nerviosa aunque trataba que no se me notara. Unos segundos despues veo que una Sra de unos 60 años se acerca, era ella. —¿Niña que tienes? Luces pálida y algo distraída ¿Estás bien?. —Estoy bien —le dije entre dientes mientras pensaba si ya se había dado cuenta —¿Seguro? Mira que me puedes hablar de lo que sea, después de todo yo soy como tu madre —sonriéndome  —. Además he notado que luego de haber cuidado a ese paciente... ya no eres la misma ¿De casualidad lo conocías o quizás te dijo algo que no quieres que sepa... —No alcanzo a terminar, la frase que entraba a mis oídos como una aguja punzante. Entonces explote  —Ya puede callarse y ponerse a trabajar gorda engreída. Estoy harta de que siempre te metas en la vida de los demás. Nadie en esta sala te lo ha dicho pero eres lo peor que ha cruzado por las puertas de este hospital, pésima trabajadora y una gorda que no cabe por la puerta.     Allí se quedo la Sra Roberta inmóvil asombrada y con una lágrima viajando por la curva de su cachete obeso, en plena recepción de la clínica. Mientras yo caía en cuenta de lo que había hecho, todos en la sala nos veían: las enfermeras, los pacientes, los recepcionistas y un par de doctores. En ese momento quería que me tragara la tierra pero no me arrepentí, luego de ese suceso me dirigí al segundo piso para seguir cuidando a los pacientes y justo al bajar del ascensor al frente note que la habitación 206 seguía acordonada aunque nunca pudieron conseguir más que un mísero papel luego de cientos de revisiones. Recuerdo pensar: —Que inútiles.     El resto de mi día transcurrió sin mayores novedades pero seguía alerta, se hicieron las 8 y con ello mi hora de salida, salí del hospital, luego camine algunas cuadras cuando de repente algo me hala hacia un callejón, era el mismo hombre. Pensé lo peor pero ahí estaba diciéndome: —No te haré daño, solo necesito que me ayudes —Mientras yo seguía aterrada.     El me tapaba la boca con su mano y presionaba mi cuerpo contra alguna pared que yo desconocía. Se quito la capucha ahí fue cuando lo reconocí, no lo podía creer era él, la persona de la que todos hemos oído hablar las ultimas semanas.
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