Motel
Leandro
Su cuerpo ardía, un calor que lo quemaba desde adentro lo consumía gradualmente. Mezclado con la impotencia de no poder huir de ese matrimonio arreglado que tanto detestaba se vio sumergido en la bebida como forma de escape. Pero el alcohol no era suficiente, quería a la chica que tenía al lado y que rozaba su cuerpo prácticamente desprotegido de tela inocentemente contra el suyo ardiendo.
Sintió sus manos acomodando su cabello con afecto y fué lo que le faltaba para dar el paso.
Las luces centelleantes iluminaban pausadamente la cara de Leandro Rossetti. Cuando la luz golpeaba sus ojos, él apretaba los párpados; sentía el cuerpo flojo y la cabeza desorientada. Frente a él, se recortaba la silueta de una chica hermosa. Llevaba un vestido corto de tirantes, blanco y con brillos, y sostenía una botella de agua con la que intentaba darle de beber directamente en la boca.
El cuello de Leandro perdía fuerza y su cabeza caía hacia los lados. Ella intentaba mantenerla recta, sujetando su nuca con firmeza.
—¡Daniel! —gritó ella cuando hubo un repentino silencio al cambiar la música aturdidora.
Daniel, que bailaba pegado a una mujer de cabello rubio lacio y minifalda de lúrex, la ignoró rotundamente; quizás ni siquiera la escuchó. Estaba ebrio, con las manos perdidas en las caderas de su acompañante, quien parecía estar en una competencia de borrachera con él.
—Maldito perro en celo —masculló ella al ver que la ignoraba.
—Más agua... —suplicó Leandro, dejándose caer sobre el hombro de la joven, que se sentía desnudo y suave como el terciopelo.
—¡Ya va! ¿Para qué tomaste tanto si no lo soportas? —se quejó mientras le daba otro sorbo. Observó su nuez de Adán subiendo y bajando al tragar.
—Me... me siento muy mal. ¿Me podés sacar de acá? —suplicó luciendo vulnerable frente a ella.
Leandro estiró la mano para tocar el rostro de ella, asegurándose de que seguía ahí.
Ella lo miró y tragó saliva, no pudo evitar que la compasión le apretara el pecho al verlo tan flojo y débil.
—Bien... Tu amigo te abandonó por una rubia teñida, así que no me queda otra que hacer de niñera. Maldito "piedra, papel o tijera", siempre pierdo —suspiró. Se había quedado en el sofá resignada a su papel de conductora designada.
—Ayudame a ponerme de pie. —Leandro hundió la cara en el cuello de la chica y apoyó las manos en sus hombros.
Ella rodeó la cintura de Leandro con un brazo y, haciendo acopio de toda su fuerza, lo levantó.
—¿Por qué sos tan alto y pesado? —rezongó mientras se tambaleaban.
Caminó con él colgado de sus hombros, esquivando a la gente que bailaba con euforia. Casi no logran abrirse paso entre la multitud amontonada y fuera de sí. Al salir, el silencio repentino le dio la sensación de estar sorda; el retumbar del antro todavía hacía vibrar las paredes a sus espaldas. Un hombre que sostenía un trago los vio salir, entrecerrando los ojos con sospecha.
Subió a Leandro en el asiento trasero, se puso al volante y encendió el motor.
—No puedo aparecer así en casa, llevame a otro lado —pidió él, inclinándose hacia adelante para apoyar la mano en el hombro de la chica.
—No puedo llevarte a mi casa —respondió ella, buscándolo por el espejo retrovisor.
—En serio, no me lleves a casa en este estado, por favor —suplicó, apoyando la frente contra el respaldo del asiento de ella.
Ella tomó una gran bocanada de aire y la soltó lentamente. Condujo sin rumbo por media hora, viendo por el retrovisor cómo Leandro se reclinaba y balbuceaba cosas sin sentido. De pronto, unas luces rojas en medio de la oscuridad llamaron su atención. El cartel, solitario en la calle desierta, parpadeaba: Motel.
Dudó. Pasó de largo.
—Déjame ahí, en ese lugar que acabamos de pasar —señaló hacia atrás con su dedo índice luciendo demasiado ebrio.
—Ay —exclamó ella sintiendo un ligero fastidio. Pero volvió a mirar el estado de Leandro y, tras pensarlo un segundo, giró en la esquina para dar la vuelta a la manzana. Lo siguiente que supo fue que estaba ingresando al estacionamiento de aquel lugar escondido en una cuadra que parecía abandonada. Solo había dos autos. Aparcó en el primer lugar que vio.
Bajó a Leandro sujetándolo con ambas manos. Cerró la puerta trasera con un golpe seco, activó el seguro y guardó las llaves en el bolsillo del pantalón de él. Al entrar, se toparon con un pasillo iluminado por una luz azul y cuadros excéntricos. Había una ventanilla de vidrios polarizados. Ella se acercó confundida; esperaba una recepción normal, como las de los hoteles donde vacacionaba con su familia.
—Necesito una habitación para mi amigo —dijo, tras dejar a Leandro desplomado en un sofá individual. Él se rascaba los ojos, intentando volver en sí.
—Amigo, ¿es tu primera vez en un lugar como este? —inquirió una mujer con burla. —¿Pernocte o por horas? —preguntó la misma mujer retomando su tono serio habitual.
Ella prestó atención al lugar y comprendió en qué clase de lugar habían terminado.
—Pernocte —balbuceó él desde atrás.
Ella tragó saliva y tradujo en su cabeza el significado.
—Para pasar la noche —respondió ella—. Y necesito dos botellas de agua para la habitación, por favor.
La mujer acercó el terminal de pago. Ella usó la tarjeta de Leandro y le sostuvo la mano para que él garabateara una firma en el comprobante. Volvió a cargarlo; sentía que la espalda no le daría más. Leandro le sacaba más de una cabeza de altura.
Abrió la puerta de la habitación con la tarjeta magnética y lo arrojó sobre la cama. Ni siquiera encendió la luz.
—Me debés una espalda nueva —recriminó ella, apoyando una mano en su zona lumbar mientras recuperaba el aliento al borde del colchón.
—¿Ya es sábado? —preguntó él con voz pastosa.
—Sí, amigo, ya es sábado. Es la una de la madrugada; no llegaste sobrio ni a la medianoche. —Ella se quitó los zapatos con alivio y se masajeó los pies doloridos.
—No... ¿Por qué ya llegó el día? —renegó Leandro con voz ronca.
—Hoy te casás con el amor de tu vida. Debería ser el día más feliz, deberías estar desbordando de alegría. —Ella lo miró de reojo y se mordió el labio, sintiendo una angustia punzante en el corazón.
—No quiero... —Leandro negó con la cabeza y apretó los labios en un gesto infantil.
—Leandro... —susurró ella con nostalgia.
—Acercate, cariño... —Él buscó a ciegas en la oscuridad hasta encontrarla.
Capturó su mano y la atrajo hacia sí con una fuerza inesperada. Ella aterrizó sobre su cuerpo; sus rostros quedaron a centímetros, mezclando respiraciones y el calor que emanaba de sus ropas.
—Leandro, no soy Débora —intentó decir, aunque su resistencia flaqueaba ante el deseo contenido de tantos años.
—Shhhh. —Él soltó una mano para acomodarle un mechón de cabello ondulado tras la oreja y acariciar sus labios—. No hables, cariño. Vamos a hacer esto antes del casamiento.
—Leandro, estás muy ebrio, me estás confundiendo... —insistió ella, pero su propia razón ya estaba abandonando la habitación.
Él la giró en la cama, acorralándola contra el colchón. La besó, y cualquier advertencia quedó sepultada. Se despojaron de la ropa con urgencia. Ella intentaba recuperar el aliento por tener su cuerpo pesado encima suyo, mientras él seguía buscándola, besando cada rincón de piel que sus labios lograban alcanzar.
Había algo que lo bloqueaba mentalmente; seguramente el alcohol y la belleza de la mujer que tenía enfrente lo habían bloqueado sexualmente, vergüenza sintió al darse cuenta que no reaccionó y tuvo una eyaculación precoz en el intento de poseerla.
Entonces fingió estar en completo orden, pero la cara de desconcierto de la chica sin experiencia lo hizo sumirse en su miseria.