2. Mi bella durmiente por fin despertó

1699 Words
POV Alistair Fox —Doctor Fox, mucho éxito —dice la residente que me acompañará en la cirugía. —Gracias, doctora Collins —respondo con una amabilidad impecable, de esas que se aprenden y se usan como armadura. Todo el hospital conoce mi nombre, mis logros y los años de estudio que me trajeron hasta aquí; cada sacrificio está grabado en mi cuerpo y en mi mente, marcado por noches interminables, decisiones implacables y una entrega absoluta que me convirtió en lo que soy ahora. A mis veintinueve años he conseguido lo que a otros les toma una vida entera: soy el director del área de cirugía. Un prodigio de la medicina. El orgullo de este hospital. El médico que desafía lo imposible, el que hace milagros, el que genera esperanza. Comienzo a lavar mis manos con la precisión que exige un ritual quirúrgico. El agua se desliza por mi piel con la ilusión de borrar algo más que gérmenes. Cada gesto está medido, en cada movimiento hay una precisión que no nace del hábito, sino de la memoria. Esta vez es distinto: no es una cirugía más, es la carga muda de todo lo que he resguardado para llegar a este día, a este quirófano, ante esta paciente. Me coloco los guantes y alzo la mirada. Ahí está. La paciente más importante que he tenido; quizá la única que, de verdad, me ha importado. Su cuerpo yace inmóvil bajo la luz blanca, frágil y silencioso, expuesto por completo, a merced de todo lo que está a punto de suceder. El monitor marca un ritmo perfecto mostrando un soplo de vida que yo estoy dispuesto a salvar. Ese es el único sonido que importa. El único que me mantiene anclado a esta realidad. Para todo el personal de este hospital es la «Bella Durmiente». Así la nombran en susurros, con una devoción incómoda, convencidos de que decirlo en voz alta podría romper el hechizo. Durante todo este tiempo, nadie ha venido a buscarla. Ningún nombre reclamado, ninguna historia exigida. Su identidad se disolvió entre turnos médicos y expedientes incompletos. En términos clínicos, no es más que eso: la paciente que ingresó siendo una niña… y que, sin que nadie lo advirtiera, se convirtió en una mujer… una atrapada en una cama de hospital, mientras el mundo continuaba sin ella. Para mí no es un misterio ni una casualidad. Es únicamente culpa. —Empezamos ahora. Sigan mis indicaciones al pie de la letra. No toleraré errores.— ordeno con voz firme para dar inicio al procedimiento. El bisturí desciende sin temblor. Nunca lo hace. Mis manos no dudan, ni siquiera cuando el resto de mí se quiebra en silencio. La incisión es impecable, pues uso la misma destreza que me dio prestigio,mientras mi mente regresa, una y otra vez, a la noche en que la dejé sola. Me obligo a concentrarme. Este procedimiento no admite errores. Para mí, es de vital importancia. Operar su cerebro es caminar sobre mi propia condena. Cada milímetro importa, cada decisión pesa, porque esta es la forma en que me enfrento al hombre que fui aquella noche, al instante en que elegí acelerar y huir, creyendo que podía escapar de las consecuencias, sin saber que este momento sería el verdadero juicio. Cinco horas después, el silencio se quiebra al mismo tiempo que cierro el último punto de sutura. —Es un éxito, doctor Fox —comenta la doctora que me asistió. Aplausos. Felicitaciones breves. Palmadas en la espalda. Yo respondo con la sonrisa educada que todos conocen. La que no revela demasiado. La que aprendí a usar desde los veinticuatro, cuando entendí que la culpa también podía vestirse de blanco. Nadie percibe que solo mi cuerpo permanece aquí; mi mente está con ella. Pidiendo —en silencio— que el milagro de despertarla se conceda. La trasladan a su habitación. Una habitación que yo mismo me he encargado de costear con disciplina durante todos estos años —siempre en el anonimato—, cuidando que reciba la mejor atención posible. La que merece. La observo. La venda rodea su cabeza. Su largo cabello rojo se derrama sobre la almohada como una llama apagada. Incluso así… es hermosa. Demasiado. Esa noche decido quedarme, para ser yo quien la custodie personalmente. Todos creen que es por profesionalismo. Por mi obsesión con la perfección. Por mi reputación intachable. Aunque sea otra la verdad por la que no puedo irme. Sin darme cuenta, me quedo dormido en la silla. El cansancio me vence por primera vez en días. La luz del amanecer me despierta, marcando el inicio de un nuevo día. Una enfermera entra, saludando con coquetería. Yo solía ser así: abierto, aparentemente accesible. Un encanto ensayado. —Buenos días, doctor Fox. —Hola, Maggi… —respondí mientras me desperezo—. Veamos si hay algún indicio de que quiera despertar. Mi tono es relajado. Por dentro, juro que el miedo me consume. Miedo al fracaso. Miedo a que esta vez mis conocimientos y habilidad no sean suficientes. —Doctor, este caso ha sido un reto. Si usted no la despierta… no sé quién podría hacerlo. —Aún no cantemos victoria, Maggi.—respondo fingiendo serenidad. En ese momento entran dos residentes más. Ian y Blair. —Buenos días, doctor Fox —saludan con respeto. Yo respondo su saludo. —Signos vitales estables —informa Maggi. Me acerco para examinar sus reflejos y el corazón se me detiene un instante. Ahí están. Responden. Están intactos. Una oleada de emoción me atraviesa, inmediata y peligrosa. Pero junto a ella surge una inquietud , áspera, que me obliga a maldecir en silencio mientras me pregunto por dentro: ¿Por qué demonios no abre los ojos? —Aparentemente todo está bien —comenta uno de los residentes. Entre bromas, Blair suelta: —Quizá le hace falta el beso de amor verdadero de un príncipe para despertar. —Sé que eres romántica, Blair, pero esto no es un cuento de hadas —la reprende Ian. —Así es —intervengo con sociego—. Además, la paciente merece respeto. Démosle tiempo. Regresaré esta noche. Manténganme informado. Mi voz no delata nada, pues por dentro, soy un torbellino imposible de aplacar. Me retiro de la habitación y abandono el hospital, el silencio de esos pasillos me persigue incluso afuera. Regreso a mi departamento no con la intención de descansar, sino impulsado por la necesidad obsesiva de entender. Me sumerjo en libros, artículos, expedientes de casos afines, avanzando línea por línea con una inquietud que no se disipa. Examino, confronto, vuelvo sobre lo ya estudiado, persiguiendo una falla inexistente que, aun así, necesito hallar para darle sentido a su inmovilidad. El agotamiento se adhiere a mi cuerpo con un peso áspero, pero renunciar al desvelo no es una opción mientras ella permanezca dormida. Repaso el procedimiento con una minuciosidad casi cruel. Cada etapa fue ejecutada según lo previsto, cada decisión tomada con exactitud quirúrgica. Nada se desvió. Todo fue perfecto, me repito en voz baja, no como certeza, sino como un intento desesperado de consuelo, una forma de explicar por qué aún no abre los ojos. Al final, el cansancio me derrota y apenas logro sumergirme en un sueño breve y fragmentado. Despierto antes del anochecer, me ducho y me visto sin ruido, con la mente ya anclada en el hospital, en ese espacio donde cada segundo cuenta y donde sé que mi ausencia sería otra forma de fallarle. La noche ya se ha instalado en el hospital y el personal se ha reducido a lo indispensable. Los pasos suenan más largos, las luces más frías, y el silencio pesa de una forma distinta, más densa, más íntima. Entro a su habitación. «Nada ha cambiado.» susurró mientras me acerco. Me aseguro de que nadie más pueda entrar. Con el corazón acelerado, me acerco y tomo su mano; su piel es tibia, viva, y un estremecimiento recorre todo mi cuerpo. —Por favor… princesa, despierta —susurro, rompiendo por primera vez el control—. Todo salió bien. Te lo juro. Fui minucioso. Preciso. Perfecto. Mi frente casi roza la suya es la primera vez en estos años que me acerco tanto. —Solo tienes que abrir los ojos…por favor. Esta también es la primera vez en años, que el hombre que todos admiran: súplica. Comienzo a acariciar su mejilla y una sonrisa tonta se dibuja en mi rostro, porque un pensamiento infantil cruza mi mente. Recordé las palabras de Blair y aquel cuento clásico: un príncipe despertando a la Bella Durmiente con un beso de amor verdadero. Soy un hombre de ciencia, me regañé a mí mismo, ¿cómo podía permitirme semejante estupidez? «No soy un príncipe y mucho menos tenemos amor verdadero.» susurré. Pero al mirar su rostro, algo oscuro y profundo invade mi pecho. Sus labios… son hermosos. Suave y tibia su piel, incluso con la resequedad que revela las horas en el silencio de su mundo detenido. Los acaricio con mi pulgar; me atraen como un imán. Y ese lado oscuro que todos los Fox llevamos, esa mezcla de deseo y dominación, me consume. Sin pensar, me inclino lentamente y junto mis labios a los suyos. Es un contacto delicado, cálido, y siento cómo su respiración apenas roza la mía. Entre mis dientes tomo suavemente su labio inferior, y una corriente de emoción recorre todo mi cuerpo. Es intenso… imposible de ignorar. Pero entonces el raciocinio golpea mi conciencia y me alejo de golpe. «¿Qué diablos estoy haciendo? »me preguntó, mientras me alejo al gran ventanal donde la oscuridad de la noche me observa en silencio. Y justo en ese instante, los monitores emiten un pitido insistente, un cambio en su frecuencia cardíaca. Me sobresalto y me acerco, conteniendo la respiración. Sus manos se mueven… no es un reflejo. Sus párpados tiemblan, revoloteando junto a sus largas pestañas, y por fin, por fin, abre los ojos. Mi corazón se acelera hasta doler. Tomo mi pequeña lámpara y reviso sus pupilas; ahora son reactivas. No es mi imaginación… ella realmente despertó. —Mi bella durmiente… —susurro, con la voz quebrada, incapaz de contener la emoción—. Por fin… despertaste.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD