POV Rebeca Alcázar
La conciencia no llega de golpe, se filtra lentamente a través de una claridad insoportable que atraviesa mis párpados y se clava en la parte más sensible de mi cabeza. Intento cerrarlos, pero alguien los mantiene abiertos con una firmeza que no admite protesta, y el ardor se expande hasta obligarme a respirar de forma irregular.
Hay un peso aplastándome el pecho, no siento que sea por falta de aire, sino por la certeza de que mi cuerpo no responde a ninguna orden. Intento mover el cuello, luego los brazos, después las piernas, y en cada intento solo encuentro una resistencia muda, una inmovilidad ajena que no reconozco como propia.
—Mírame —ordena una voz cercana.
No sonaba brusca ni urgente. En su voz se percibía una autoridad serena, tan arraigada y natural que no dejaba espacio para la resistencia; la obediencia surgía como la única respuesta posible.
No estoy dispuesta a rendirme con tanta facilidad. Intento contestarle, exigir una explicación, pedirle que se aparte de mí, pero mi voz se quiebra antes de nacer. De mi garganta solo escapa algo parecido a un sonido, áspero, que se disuelve en el aire sin llegar a ser lenguaje. Entonces el miedo avanza por mi cuerpo, persistente, extendiéndose sin que encuentre la forma de contenerlo.
No sé dónde estoy.
No sé quién soy.
Lo único que comprendo es la presencia de una lámpara suspendida sobre mí, desplazándose de un lado a otro, hiriendo mis ojos cada vez que cambia de ángulo. El dueño de la voz que escucho se inclina frente a mí y, tras un esfuerzo agotador, consigo enfocar un rostro.
No lo reconozco.
Sin embargo, hay algo inquietantemente familiar en la forma en que me observa, con una atención medida, sin rastro de curiosidad innecesaria ni compasión visible. Sus ojos recorren mi rostro con precisión clínica, evaluando cada reacción, cada parpadeo tardío, cada señal mínima de respuesta.
Habla, pero durante unos segundos las palabras no alcanzan significado. Percibo el tono, la cadencia, la calma deliberada con la que se dirige a mí, y eso logra frenar parcialmente la angustia que amenaza con desbordarse.
—Tranquila —dice—. No intentes forzarte.
La palabra no me consuela, aunque el timbre de su voz sí logra anclarme a algo tangible. Siento un contacto frío cerca de los párpados, una presión breve, cuidadosa, seguida de una observación silenciosa que me hace consciente de cada uno de mis reflejos torpes.
La respiración se me acelera sin permiso. El aire entra, pero no alcanza, y la opresión en el pecho se intensifica hasta volverse insoportable. No tengo forma de advertirlo, no puedo levantar la mano ni girar el rostro, y esa impotencia termina por desatar un miedo profundo.
Él lo nota de inmediato.
—Respira conmigo —indica, y exagera el ritmo para que pueda seguirlo—. Despacio.
Obedezco porque no tengo otra opción. Me aferro a ese ejercicio elemental con una necesidad casi desesperada, y poco a poco la presión cede, dejándome exhausta, vulnerable, consciente de cada latido irregular.
Cuando vuelve a hablar, sus palabras finalmente se ordenan en mi mente.
—Has estado durmiendo… durante mucho tiempo.
¿Durmiendo?
El término no explica este vacío que me atraviesa ni la desconexión absoluta con el cuerpo que habito. No explica la sensación de haber llegado tarde a algo esencial, a una vida que no logro recordar.
Mis ojos lo buscan de nuevo. Ahora puedo distinguir una bata blanca, el porte impecable, la postura rígida de alguien que controla cada gesto. No necesito que se presente para entender su rol.
Es un “Doctor”
La certeza se instala sin esfuerzo.
Quiero preguntarle mi nombre. La pregunta aparece con claridad en mi mente, urgente, desesperada, pero muere antes de alcanzar mis labios.
Intento mover la lengua, articular un sonido reconocible, y fracaso de nuevo.
Él parece comprenderlo.
—No te preocupes —dice—. Habrá tiempo para todo. Lo importante es que por fin despertaste.
Se endereza apenas y la luz se retira, aliviando el dolor en mis ojos. Antes de que pueda perderlo de vista, concentro toda mi energía en un último intento y logro mover los dedos, un temblor mínimo, casi imperceptible, pero suficiente.
Él se detiene.
Su expresión cambia de manera sutil, lo justo para revelar que ese pequeño movimiento tiene un peso que no alcanzo a comprender.
—Muy bien —murmura—. Eso es exactamente lo que necesitamos, que vayas reaccionando poco a poco.
Se inclina hacia mí otra vez, demasiado cerca ahora, y baja la voz.
—Escúchame con atención —dice con paciencia —. Estás a salvo. Es normal que ahora no puedas hablar ni que tu cuerpo responda de inmediato; tu cerebro necesita tiempo. Todo va a estar bien.
Antes de que pueda procesar esas palabras, otra voz irrumpe en la habitación.
—Doctor Fox —lo llaman desde la puerta
—Descansa —me ordena en voz baja—. Hablaremos después.
Se mueve y su cuerpo bloquea mi campo de visión, escucho ligeramente como sale de la habitación.
El tiempo se diluye. Intento moverme, hablar, resistirme… nada responde. Al final cedo. Cierro los ojos y me dejo caer dentro de mí.
Los recuerdos no llegan como historias, sino como destellos.
Una niña pelirroja corre. Ríe. Un hombre va detrás de ella, desesperado y amoroso al mismo tiempo.
—Rebeca… hija, no corras así. Podrías lastimarte.—El nombre me atraviesa como una herida antigua sin saber por qué.
¿Soy yo esa niña?
La pregunta se pierde en la nada. El vacío vuelve tan denso y sofocante. Abro los ojos con esfuerzo y la realidad se impone sin piedad: paredes blancas, luces suaves sonidos de máquinas. No tengo dudas: estoy en un hospital.
No tengo fuerzas para asustarme cuando la puerta vuelve a abrirse. Entra él, acompañado de enfermeras. Su voz no se eleva; no lo necesita. Da órdenes, observa, con anticipación. Cada uno de sus movimientos parece calculado, pero no frío: preciso, seguro, absolutamente profesional.
—Exámenes completos al amanecer —dice.
No hay duda en su tono. Tampoco prisa. Las enfermeras asienten y salen. Él se queda en la habitación.
Se acerca despacio. Me hace pensar que él sabe que despertar duele. Entiende que el miedo se quiebra con gestos pequeños. Toma mi mano; su piel es tibia, firme, real. Con la poca fuerza que me poseo, la aprieto.
No la suelta y sonríe; no es una sonrisa profesional, sino suave e íntima, una de esas que basta ver para sentir paz.
—Tranquila, Bella Durmiente —habla en voz baja—. Acabas de volver.
—Todo será paso a paso —continúa—. No hay prisa.
Sus ojos permanecen en los míos, atentos; nada más parece existir en esa habitación.
—Yo estaré aquí —añade—. No tienes que tener miedo.
Yo le creo…El frío retrocede. Mis ojos se llenan de lágrimas antes de que pueda detenerlas. Él no se incomoda tampoco se aparta. Las limpia con los pulgares, con una delicadeza que me envuelve en un ambiente de protección.
Su contacto no me hace sentir más dudas. Es extraño lo sé pero ya empiezo a confiar en él.
—¿Qui… quién eres…? —consigo murmurar, con voz rota.
Capté una leve fractura en su semblante: una vacilación apenas perceptible, el rastro de una sombra tras un parpadeo. Lo veo tomar aire.
—Alistair Fox —responde al fin. Apretando mis dedos con un cuidado que duele bonito. —Soy el médico que cuido de ti mientras dormías.
No dice más. No hace falta.
Y aunque mi mente aún está perdida, aunque mi pasado es una habitación cerrada con llave, algo dentro de mí entiende una verdad:
Mucho antes de que lograra entender quién era yo, alguien ya había decidido que mi vida tenía un valor inmenso. Permaneció a mi lado cuando nadie más lo hizo; fue mi salvador, aunque aún no sé por qué me eligió. Desde ahora, le estaré eternamente agradecida.