4. Enamorado de mi paciente

1662 Words
POV ALISTAIR FOX Verla despierta aún me resulta increíble. Sus ojos verdes eran más intensos de lo que recordaba, brillando con una mezcla de confusión y miedo. Respiraba con dificultad, su voz apenas un susurro, y traté de calmarla. Sé que despertar sin que el cuerpo obedezca es un tormento. Por eso solicité exámenes completos: análisis de sangre, pruebas neurológicas y hasta una resonancia para descartar cualquier daño irreversible. Cada resultado era un paso más para asegurarme de que podía protegerla. Cuando me preguntó quién era yo, un escalofrío recorrió mi espalda. Mi corazón se desarmó. ¿Decirle que soy el maldito que la abandonó a su suerte… o el médico que ha vivido para asegurar su despertar? Elegí cobardemente la segunda opción. —Alistair Fox —respondí al fin. Apretando sus dedos con delicadeza. —Soy el médico que cuido de ti mientras dormías. Vi cómo su cuerpo, tenso hasta el límite, parecía relajarse apenas un poco. Pude sentirlo en el aire, en la forma en que sus dedos aflojaron el agarre de la sábana. No era mentira lo que decía con cada palabra. Me había prometido protegerla de todo. Acaricie su frente y con cuidado, tratando de guiarla de nuevo hacia el descanso que tanto necesitaba. Su cuerpo había dormido demasiado tiempo, pero cada fibra de su ser debía estar agotado. —Debes descansar —le indiqué suavemente, aunque mi voz llevaba un matiz autoritario—. No puedes recuperar todo de golpe. Tu cuerpo necesita tiempo para recordar cómo moverse, cómo vivir… te prometo que no permitiré que nada te haga daño. Mientras sus párpados comenzaban a cerrarse, un pensamiento oscuro me atravesó: no solo debía protegerla de los peligros del mundo, sino también de mí mismo. Porque cada vez que la miraba, sentía la tentación de sobrepasar límites que nunca debí tocar al besarla. La habitación quedó en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el ritmo pausado de su respiración y el zumbido tenue de los monitores. Yo permanecía de pie a su lado, contemplando cómo los hilos de su vida fluían en la penumbra. Comprendí entonces que mi promesa de protegerla podría convertirse en una prisión… para ambos. Pero no me importaba. Se lo debía. La dejé descansar y me retiré, con la necesidad urgente de despejar mi mente, de calmar la tormenta de emociones que me consumía. Al llegar a casa, marqué el número de mi hermano Asher. —¿A qué debo el milagro? —respondió sin siquiera saludar. Es por cosas como esas que lo conocían como el gemelo malo. —Al parecer, estar sin Isabella te ha hecho olvidar los modales —comenté con una sombra de ironía. —Esas son heridas que no debes tocar, hermano —dijo, derrotado—. Dime… ¿qué sucedió? —Lo logré, Asher… logré despertarla —mi voz temblaba de emoción contenida, incluso el aire parecía temer traicionar mi secreto. —Te lo dije, Alistair. Si tú no lo hacías, nadie más podría —su tono era firme, pero había un hilo de algo más, de admiración mezclada con preocupación. —Lo sé… gracias por tu apoyo —respondí, por un instante, mi máscara de control cedió—. Aunque todavía tengo miedo. Despertó desorientada, y no sabemos cómo estará su memoria. —Alistair… ¿no crees que ya es hora de investigar de dónde es esa mujer? —Sus palabras encendieron una alarma interna, una chispa que hizo que todos mis sentidos se tensaran. La verdad golpeó con fuerza. Durante cinco años me dediqué a buscar una solución médica para ella, pero nunca investigué quién era, si tenía familia… Si alguien la buscaba. Jamás llegó nadie al hospital preguntando por alguien con sus características. Cinco años en el olvido. ¿Podría tener aún familia? —No investigué… porque creí que no era asunto mío —respondí—. Es solo una paciente; no debería interferir en su vida privada. —Si tú lo dices…. —su respuesta fue fría, con un dejo de incredulidad—. Pero siento que quizás ni tú mismo crees en tus palabras. —Entonces… solo esperaré a que evolucione —dije, tratando de devolverme a la seguridad de mi papel como médico —Después de todo, cumpliste tu promesa de despertarla. Tu labor ha terminado. Y, seguramente, ahora tendrás más prestigio… después de todo, sigue siendo solo una paciente, mientras tú te has vuelto a posicionar como el prodigio de la neurocirugía.—comentó mi hermano. —Sabes bien que esto no lo hice por prestigio —mi voz salió más firme de lo que esperaba, un filo oscuro cortando entre las palabras. —Lo sé, hermano. Claro que lo sé —Asher suspiró, con un dejo de comprensión y reproche a partes iguales—. Entonces, déjame preguntarte algo de forma más directa… ¿te enamoraste de esa paciente? El silencio cayó entre nosotros como un peso que aplastaba el aire. Cada latido de mi corazón era un secreto que amenazaba con traicionarme, un secreto que ni Asher podía arrancar de mí. —Asher… —mi voz sonó más áspera de lo que esperaba, temblando apenas—. ¿Enamorarme de una paciente? No digas tonterías. Lo que hice… lo sabes. Se lo debía. Hubo un silencio al otro lado de la línea, ese silencio cargado de su acostumbrada calma, el mismo que siempre precedía a sus palabras filosas, aunque ahora solo llegaban a través del teléfono —Entonces supongo que te sientes aliviado, ¿no? Que puedes volver a tu vida normal… —Su tono era demasiado suave, pero contenía algo que me hizo tensar los dedos sobre el teléfono. Una especie de desafío. —Estás irritable, Asher —gruñí, dejando que un filo oscuro se colara en mis palabras—. Mejor me retiro a descansar. Y tú… deberías hacer lo mismo. Porque cuando Isabella decida regresar, ten por seguro que lo que menos querrá es encontrarse con un viejo amargado. Colgué antes de que pudiera replicar, pero su pregunta siguió retumbando en mi mente como un latido insistente. No quería responder, no había lugar para respuestas. Sin embargo, no pude evitar que regresara a mi mente la sensación de sus labios, la delicadeza y calidez de aquella pelirroja que había dormido durante tantos años. Un escalofrío me recorrió. Cada vez que cerraba los ojos, sentía que ella estaba ahí, despertando algo oscuro dentro de mí, algo que no podía controlar ni racionalizar. Protegerla ya no parecía un deber… sino un vínculo que amenazaba con consumirnos a ambos. Antes de que todos esos pensamientos me abrumaran, preferí dormir un momento. Cuando desperté ya era casi mediodía. Me di una ducha rápida, comí algo ligero y decidí regresar al hospital. Al llegar, varios colegas me rodearon, felicitándome por la cirugía que había logrado despertar a la paciente de la habitación 505. Sonreí con la calidez habitual, pero mi corazón estaba agitado. Necesitaba verla a ella a…Mi bella durmiente. Con elegancia me despedí de mis colegas, pasé por mi oficina, me puse la bata blanca y tomé mi estetoscopio. Cada movimiento parecía automático, pero mi mente estaba en un solo lugar: su habitación. Debo admitirlo, sentí un nerviosismo extraño. Me pregunté si debería llevarle flores, algo que jamás hubiera considerado en otras circunstancias. Al entrar, una enfermera revisaba la vía intravenosa. Era lógico: todavía no podía alimentarse por sí sola. Solicité los resultados de todos los estudios practicados. —En este momento traeré los resultados, doctor Fox —dijo la enfermera, y yo asentí sin apartar la vista de ella. —Hola… ¿cómo te sientes? —me acerqué con cuidado, observando sus ojos. Al verme, sus ojos se abrieron con claridad. Intentó formar palabras: —Ho…la… doc-tor… —Muy bien, ya estás mejorando. Con terapia volverás a hablar con claridad —le respondí, intentando mantener un tono profesional mientras sentía que mi corazón se aceleraba La enfermera regresó con los resultados. Tras una rápida revisión, confirmé lo que esperaba: físicamente estaba bien. —Estás bien… con terapia física podrás volver a caminar. El daño cerebral que tenías fue reparado y, por suerte, no dejó secuelas físicas. Sin embargo —dije, manteniendo la voz firme pero suave—, tu expediente indica que no recuerdas tu pasado. Puede ser parcial o permanente. Solo el tiempo nos lo dirá. Ella parpadeó, y de sus ojos comenzaron a caer lágrimas cristalinas. La luz del sol que entraba por la ventana las hizo brillar, transformándola en una visión casi irreal. Cuando la enfermera salió, nos quedamos solos. Sentí cómo algo dentro de mí se estremecía. Siempre he sido un médico empático, pero nunca me había sentido tan vulnerable frente a un paciente. Estar en un abismo sin recuerdos… debía ser la sensación más aterradora del mundo. Me acerqué y tomé su mano con suavidad. —¿Tienes idea de cómo te llamas? —pregunté, intentando no mostrar cuánto me afectaba. Ella me miró con cierta confusión y dijo, vacilante: —Yo… so-ñe con una niña… Rebeca… ¿esa puedo ser yo? Podría ser un recuerdo, pensé. Le ofrecí un nombre con delicadeza: —Rebeca es un nombre bonito… pero podemos llamarte BecKy, si te parece bien. Su rostro se iluminó con una sonrisa tímida. —Creo que ese nombre me sienta bien… —murmuró, apretando mi mano suavemente en señal de aprobación. —Tranquila, BecKy —le aseguré, intentando que mi voz transmitiera firmeza y calma—. Estaré a tu lado en cada paso de tu recuperación. —Gracias —susurró. Por un momento me perdí en el verde profundo de sus ojos, y un espasmo inesperado recorrió mi estómago. ¿Era posible? ¿Yo, Alistair Fox, que había huido del amor durante tantos años, este atrapado por la inocencia y la belleza de esta paciente? La duda me sacudía y, al mismo tiempo, me atraía de manera irresistible. No era solo su recuperación lo que me importaba… era ella.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD