5. Mentir

1295 Words
POV ALISTAIR FOX Una semana había pasado desde que Rebeca despertó. Así la llamábamos. No sabíamos si ese era realmente su nombre, pero fue lo primero que emergió de ella, como un hilo frágil desde la oscuridad. A veces yo le decía Becky, las enfermeras habían adoptado el diminutivo Beca, con naturalidad, atudandola así a anclarse en el mundo, ya no era la bella durmiente de la habitación 505. Como su médico principal y tratándose de un caso que muchos ya llamaban milagroso, yo era también su supervisor directo. Durante esa semana, los avances habían sido alentadores desde el punto de vista clínico: articulaba mejor algunas palabras, recuperaba fuerza poco a poco y su respuesta neuromuscular era prometedora. Como se había vuelto costumbre desde que despertó, fui a visitarla. Apenas abrí la puerta la vi intentar incorporarse y sentí cómo algo se tensaba en mi pecho. No era un movimiento elegante ni seguro. Fue torpe, frágil. Era lo más lógico, considerando que su cuerpo aún no recordaba del todo cómo obedecerle. Sus dedos se aferraron al borde de la camilla con una determinación que contrastaba con la debilidad de sus músculos; su voluntad iba muy por delante de su propia carne. Esa contradicción me golpeó más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Despacio —le indiqué, acercándome de inmediato para ayudarla a sostenerse—. No tienes que demostrar nada hoy. Ella alzó la vista hacia mí. Esos ojos verdes, aún llenos de dudas, pero también de una valentía silenciosa que me desarmaba. —Quie-ro in-ten-tar-lo… —articuló con esfuerzo. Asentí. ¿Cómo negarle eso, cuando llevaba cinco años esperando este momento? Cinco malditos años mirándola dormir, crecer apenas, cambiar lo justo para no dejar de ser la misma. Y ahora estaba despierta. Vulnerable. Mirándome como si yo fuera lo único firme en un mundo que no recordaba. —Ven, deja que te ayude. Ten un poco de paciencia; en poco tiempo llegará la fisioterapeuta. Hoy evaluará tu condición. Ella sonrió y asintió, aún con cierta rigidez. —Doc-tor… ¿us-ted es-ta-rá con-mi-go? Más que una pregunta, parecía una súplica. Cuando estaba a punto de responder, la puerta se abrió. La fisioterapeuta, Emily Cárter, entró en la habitación con una sonrisa profesional y una carpeta bajo el brazo. Saludo con amabilida, se presentó con Becky. Yo personalmente le había pedido a ella que la ayudara con su rehabilitación pues era una gran amiga, sé que era la persona ideal. Todo estaba listo para iniciar la rehabilitación. Demasiado listo. Demasiado rápido para alguien que había perdido tanto tiempo… y demasiada calma para alguien como yo, que cargaba con una culpa que jamás aparecía en los informes médicos. —Hoy solo evaluaremos respuesta muscular y equilibrio básico —explicó Emily—. Nada forzado. Me quedé a un lado, pero lo suficientemente cerca como para intervenir si algo salía mal. Becky me miró primero a mí. Buscando aprobación. Buscando seguridad. —Estoy aquí —le aseguré—. No estarás sola. Eso no era una mentira. Lo que no dije fue cuánto necesitaba yo estar ahí. Emily solicitó mi ayuda a sentarse al borde de la cama. Sus piernas temblaron de inmediato, sin reconocer el peso de su propio cuerpo. Coloqué mis manos en su cintura por reflejo, sosteniéndola antes de que pudiera perder el equilibrio. —Estoy aquí —le dije en voz baja—. No te soltaré. Y lo decía con una convicción que no me pertenecía del todo. Sus piernas no la sostuvieron más de unos segundos. Se doblaron, y antes de que cayera,la envolví con mis brazos para evitar que cayera. Sentí su peso contra mí, su respiración agitada, el latido acelerado de su corazón golpeando mi pecho. El recuerdo me atravesó sin permiso. La moto. La lluvia. El asfalto brillando bajo las luces. Ella cayendo. Yo… deteniéndome para mirar. Y alejándome. Cerré los ojos un segundo, obligándome a volver al presente. —No pasa nada —murmuré, ayudándola a sentarse—. Es normal, todo es parte de un proceso. Ella asintió, aunque sus labios temblaban. —Me due-len… —susurró—. Pero… no tan-to co-mo pen-sé. Por un segundo ignoramos la presencia de Emily. Ella escribía en su expediente, al finalizar comentó. —Rebeca, tu respuesta muscular es muy buena —dijo la fisioterapeuta con una sonrisa profesional—. Con terapia constante y paciencia, en unos seis meses podrás caminar sin apoyo. Sus palabras me provocaron un alivio silencioso, y Becky se emocionó tanto que las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. —Desde mañana un enfermero vendrá por ti y te llevará al centro de rehabilitación. Anímate; mientras más te esfuerces, mejores serán los resultados. Emily se despidió, y yo solo pude agradecerle por el trabajo que estaba realizando. Cuando nos quedamos solos, Becky habló: —Doc-tor… —su voz tembló— ¿cuán-to tiem-po… dor-mí? La pregunta me golpeó directo al pecho. Me acerqué a la cama, cuidando cada gesto, cada respiración. En ese instante supe que debia decirle la verdad. —Becky quiero que lo tomes con calma…-tome sus manos apretándolas apenas—debes saber que estuviste dormida por cinco años —¿Có-mo?—preguntó sorprendida del tiempo. —Tenías diecisiete años, Becky —hice una pausa antes de continuar—, cuando llegaste a este hospital después de un accidente de moto, con un cuadro clínico desfavorable. El silencio se volvió espeso. Sus ojos se abrieron con lentitud, no por impacto inmediato, sino por la dificultad de procesar algo así. No había recuerdos que acompañaran esa cifra. No había pasado al cual volver. —¿Die-ci-sie-te…? —repitió, casi para sí misma—. En-ton-ces… yo… —Eras muy joven adolescente —intervine con suavidad—. Y estabas sola. No debí decir eso. Pero ya era tarde. Nuevamente las lágrimas comenzaron a deslizarse sin ruido. No había sollozos, solo una tristeza muda que me partía en dos. —No re-cuer-do na-da… —susurró—. Ni a mi fa-mi-lia… ni mi nom-bre… na-da. Me arrodillé frente a ella, sin pensar en protocolos ni en miradas ajenas. —Lo sé —dije, tomando sus manos—. Y no tienes que recordarlo ahora. O en poco tiempo. Pero tampoco importa si no logras recordar nunca. No estás fallando. Estás viva y eso ya es un milagro. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una fuerza inesperada. —¿Us-ted… es-ta-ba cuan-do pa-só? —preguntó de pronto. El corazón me dio un golpe seco. —¿Cuándo pasó qué? —El ac-ci-den-te… —sus ojos me buscaron, indefensos—. ¿Us-ted me vio? La habitación pareció encogerse, el aire se volvió asfixiante. La verdad estaba ahí, palpitando en mi garganta, exigiendo salir. Yo… eligiendo no quedarme a ayudarla. Mentir fue mi primera reacción. —Llegué después —respondí, sosteniéndole la mirada—. Cuando ya estabas aquí, cuando inicié mi internado médico. Ella asintió lentamente, aceptando mi respuesta como se acepta un abrigo en medio del frío: sin cuestionar si realmente es tuyo. —Gra-cias… por no a-ban-do-nar-me —murmuró. Sentí que algo se rompía dentro de mí. Porque yo ya la había abandonado antes. Porque ahora me agradecía por hacer exactamente lo contrario de lo que hice aquella noche. —Nunca lo haré —le prometí, y esta vez no fue una mentira, tenía la convicción firme de estar a su lado hasta que no me necesite. Me incorporé y la ayudé a recostarse. —Ven, es hora de descansar… mañana será otro día. Cuando cerró los ojos, agotada, me quedé a su lado, sosteniendo su mano este era un acto de redención. Pero la verdad seguía ahí, agazapada. Y tarde o temprano…iba a exigir su precio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD