6. Lo único que me sostiene

1650 Words
POV REBECA ALCAZAR Han pasado ocho meses desde que desperté, meses en los que mi rehabilitación ha sido un infierno lento y persistente. Ocho meses de sesiones de terapia que desgarraban mis músculos y mi voluntad, de noches interrumpidas por pesadillas donde la lluvia caía sin piedad, donde la oscuridad me tragaba entera y despertaba jadeando, sin recordar quién era… o quién había sido. No tengo recuerdos que me definan ni un pasado al cual aferrarme; mi mente es un territorio vacío donde nada responde cuando busco respuestas. Y lo más devastador no es solo ese silencio interior, sino la certeza de que, al parecer, tampoco tengo a nadie que me esté esperando al otro lado de este olvido. Nadie me ha buscado. No hay denuncias, ni registros, ni un nombre que alguien haya reclamado en una comisaría. Soy un cuerpo que sobrevivió, una mujer reconstruida a base de paciencia, dolor y silencios. Las enfermeras han sido amables conmigo. Maggi, una mujer de mediana edad con manos cálidas y una sonrisa que aunque cansada es reconfortante, suele decirme que soy un milagro de vida. Fue ella quien me contó que Alistair llegó a este hospital como interno, que desde el primer día que me vio se interesó por mi caso de una forma casi obsesiva. Desde entonces fue creciendo, perfeccionándose, hasta convertirse en uno de los mejores neurocirujanos del país. Y que fue él quien logró lo que nadie pudo: despertarme. Ese día pensé que el doctor Fox era simplemente un hombre bueno. Hoy sé que fue un pensamiento ingenuo, porque se ha convertido en mucho más que eso: en mi verdadero consuelo, en el único refugio al que mi mente sin recuerdos sabe regresar. Desde el día en que desperté, no me ha dejado sola. Ni una sola vez. Ha estado ahí cuando no podía hablar, cuando no entendía el mundo, cuando el miedo me hacía temblar como una niña perdida. Él ha sido mi luz, mi bálsamo, lo único certero en eso que todos insisten en llamar mi nueva vida. No me quejo. Estoy viva. Y eso, según dicen, ya es un logro. Aunque mi recuperación ha sido más lenta de lo esperado, no me he rendido. Cada avance, por pequeño que sea, lo hago pensando en su mirada serena, en su voz firme alentándome a no desistir. Alistair se fue a Italia. Su cuñada se graduaba, o eso me dijo antes de irse. Se despidió de mí con una sonrisa tranquila, prometiendo que solo sería una semana. Pero tardó más. Y no voy a negar que lo extraño.. Extraño su voz profunda, su presencia constante, la forma en que parecía anclarme a este mundo cuando todo dentro de mí aún se sentía frágil y ajeno. —¿Estás lista, Beca? —pregunta la doctora Emilia, rompiendo mis pensamientos—. Hoy por fin intentarás caminar sola. La miro y sonrío, decidida. —Lo estoy, doctora. Estoy muy lista. —Esa actitud me gusta —dice, señalando las barras metálicas frente a mí—. Ven, vamos a empezar por aquí. Minutos después, lo estoy logrando. Estoy de pie. Dando pequeños pasos. Mis músculos tiemblan, pero ya no arde como al principio. Hay una firmeza nueva en mi cuerpo, una sensación extraña… poderosa. —Muy bien, Beca, lo estás logrando —dice Emilia, con un entusiasmo genuino. Mi primer pensamiento es él. Quiero darle esta sorpresa. Quiero que se sienta orgulloso de mí. Estoy tan perdida en mis pensamientos —en mis pequeñas victorias— que no escucho los pasos acercarse. —Lo estás haciendo muy bien, Becky. Ya pronto caminarás. Mi corazón vibra al instante. Ese timbre de voz… profundo, masculino, inconfundible. Es él. Mi doctor: Alistair Fox Giro demasiado rápido para buscarlo y pierdo el equilibrio. El mundo se inclina peligrosamente, y estoy a punto de caer… si no fuera por unos brazos firmes y ágiles que me sostienen con seguridad. Su cercanía me deja sin aliento. Hemos estado cerca antes, muchas veces. Pero nunca así. Mi corazón late desbocado, como si intentara escapar de mi pecho. Siento su calor, su respiración cerca, su cuerpo rodeándome con una protección casi posesiva. Por un instante, sus ojos se oscurecen. Una sombra profunda cruza su mirada, una que me hipnotiza. Hay algo en ella que me llama, que me invita, que despierta algo desconocido dentro de mí. Entonces, una voz irrumpe. —¿Estás bien, Beca? Es la doctora Emilia, que se ha acercado detrás de nosotros. Los segundos se alargan de forma insoportable. El rubor en mis mejillas me delata, y bajo la mirada, avergonzada. —Sí, doctora… estoy bien —respondo, girándome hacia ella—. Doctor Alistair… qué bueno tenerlo de regreso.—comentó después mirándolo a él. Mi lenguaje ha mejorado casi por completo en estos meses, pero mi corazón aún no sabe cómo comportarse cerca de él. —Gracias, Becky —dice él, soltándome con suavidad—. Veo que sigues mejorando. Es un placer presenciarlo. Su sonrisa es dulce, demasiado. Lo hace parecer un príncipe… uno peligroso. Suspiro sin darme cuenta. Luego, su atención se dirige a la doctora. —Emilia, has hecho un gran trabajo. Ella sonríe y asiente con la cabeza. —No me llevo todo el mérito. Es el esfuerzo y la valentía que Rebeca demuestra en cada sesión. Si sigue así muy pronto será dada de alta. Al escuchar esas palabras, el miedo se instala en mi pecho como un golpe silencioso. ¿Y luego qué? ¿Qué haré cuando salga de aquí? ¿Cómo se supone que retome una vida que no recuerdo? ¿Tengo familia en algún lugar del mundo… o estoy completamente sola? Mis dedos se aferran a la barra con más fuerza. Porque, por primera vez desde que desperté, temo perder lo único que me mantiene en pie. A él. La sesión termina y es el doctor quien, con su habitual amabilidad, me ayuda a salir. Aún utilizo la silla de ruedas para desplazarme con facilidad, pero esta vez no me conduce directo a mi habitación. En lugar de eso, toma un desvío silencioso que me lleva hasta el jardín del hospital. El aire cambia de inmediato. Siento el sol sobre la piel, tibio, real. Respiro hondo mientras contemplo los árboles, las flores discretas, el cielo abierto. —¿Me extrañaste, Becky? —pregunta con soltura, con la naturalidad de quien no teme la respuesta. Mi corazón da un salto. —Sí… claro que lo extrañé, doctor —respondo, intentando que mi voz no me traicione. Él sonríe apenas. —Es bueno saberlo —dice, y luego añade—. Mira, te traje algo de Italia. De uno de los bolsillos de su bata médica saca una envoltura oscura, elegante. La tomo con cuidado, como algo frágil. La emoción me arranca una sonrisa antes de poder contenerla. —Gracias… ¿puedo abrirlo? —Claro que sí. Ábrelo. Algo me dice que te va a gustar. Es una barra de chocolate. El aroma es intenso, envolvente. Sin pensarlo, parto un trozo y lo llevo a mi boca. El sabor me sorprende. Es dulce, pero no empalagoso. Profundo. Familiar de una manera inexplicable, capaz de despertar algo dormido dentro de mí. —Está delicioso —comento, sincera. —Es un detalle sencillo —dice—. Me recordó a ti. Me alegra que te haya gustado. Mi corazón vuelve a palpitar con fuerza. ¿Será que tengo algún daño cardíaco… ? —Gracias, doctor —añadí—. Aunque su viaje le tomó más tiempo del esperado. —Lo sé. Lo siento —responde—. Fue inesperado. Mis sobrinos nacieron antes de tiempo. Son trillizos. Mamá y yo asistimos el parto. Son los hijos de mi hermano gemelo, ¿recuerdas que te hablé de él? Claro que lo recuerdo. Todo lo que él me dice lo guardo con celo; esas palabras se han convertido también en parte de mi identidad perdida. —Sí, lo recuerdo… Qué hermoso. Ahora tienes tres sobrinos. Suelta una carcajada relajada, genuina. —En realidad, ahora tengo cinco. Al llegar a Londres, mi hermana menor, Aria, también entró en labor de parto. Gemelos. Imagínate el caos: cinco bebés en la casa de mis padres. No puedo evitar reír. —Supongo que es el efecto de la alegría que los niños traen a este mundo —comento, divertida. Entre risas, algo cambia. Alistair me mira con una intensidad distinta. Sus ojos bajan lentamente hasta mi boca. Mi corazón se acelera de nuevo, golpeando con fuerza contra mis costillas. Levanta la mano. Sus dedos se apoyan en el ángulo de mi mandíbula y, con el pulgar, roza la comisura de mis labios. El contacto es tan suave que mi cuerpo entero se tensa. Por un segundo, estoy segura de que va a besarme. —Tienes chocolate aquí —dice en voz baja—. Se nota que te gustó… te lo comiste casi todo. El aire abandona mis pulmones de golpe. Me doy cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Mis labios se entreabren, a punto de responder, a punto de decir algo que ni siquiera sé cómo nombrar. Pero no llego a hacerlo. —Alistair… Rebeca… —la voz de la doctora Emilia irrumpe detrás de nosotros—. No quiero interrumpir, pero… Alistair, necesito hablar contigo. Es urgente. Algo en su tono me eriza la piel. Él retira la mano de mi rostro con lentitud, demasiado lento para ser indiferente. Me dedica una última mirada, una que no logro descifrar, antes de ponerse de pie. —Ahora vuelvo, Becky —dice. Lo observo alejarse junto a Emilia, mientras el chocolate se derrite entre mis dedos y una inquietud nueva se instala en mi pecho. Porque, por primera vez desde que desperté, siento que algo está a punto de romperse. Y no sé si estoy preparada para lo que venga después.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD