POV ALISTAIR FOX
Durante estos meses he buscado mil razones para distanciarme de Becky… y siempre termino encontrando mil y una para no hacerlo.
Las semanas en Italia deberían haber sido un refugio. Familia, cenas largas, risas, la alegría de la llegada de mis sobrinos. Sin embargo, incluso rodeado de los míos, mi mente regresaba una y otra vez a Londres. Al hospital y a la habitación 505.
A aquella mujer pelirroja de ojos imposibles de olvidar, esos que ahora no me persiguen ya en pesadillas —como al inicio— sino en sueños hermosos. La veo sonreír. La veo mirarme como si yo fuera su lugar seguro. Y despierto con el pecho apretado, preguntándome en qué momento me convertí en esto.
He buscado respuestas. He revisado estudios, casos clínicos, teorías neurológicas. La amnesia de Rebeca no tiene una explicación clara más allá de la inflamación en el área de la memoria. Nada definitivo. Nada que me tranquilice.
En Italia hablé con mi padre.
Un hombre sabio, astuto, de esos que nunca dejan nada al azar y que nos enseñaron que toda verdad, tarde o temprano, exige ser buscada.
—Nada aparece de la nada, Alistair —me dijo con esa voz serena—. Si no recuerda de dónde viene, alguien más debe saberlo.
Quizá él y mi hermano tengan razón.
Quizá deba investigar de dónde salió Rebeca.
Es una decisión que tomé antes incluso de regresar. Al volver a Londres lo haré. Sin excusas. Buscaré ayuda para investigar ¿Quién es Rebeca?
Pero apenas puse un pie en el aeropuerto, y aunque mi hermana Aria fue quien se llevó la atención de todos al entrar en labor de parto, apenas quedé libre corrí a verla.
A Becky.
Cada día está mejor. Su recuperación es evidente, aunque su cuerpo sigue hablando en un idioma que solo yo parezco escuchar. El pánico silencioso que la recorrió cuando Emily le mencionó la posibilidad del alta aún vibra en ella.
Ella no lo sabe…pero no la abandonaré.
No podría.
No volveré a hacerlo nunca más.
Me quedé observándola mientras saboreaba el chocolate italiano que le había regalado. Lo hacía con una concentración casi infantil, ajena al mundo que la rodea. Al verla así, no pude evitar sonreír, y fue entonces cuando el recuerdo del beso me golpeó, regresando a mí con la misma intensidad que el aroma del cacao en el aire.
Ese beso absurdo, imprudente, que le di… y con el que, irónicamente, despertó.
La chispa se encendió de nuevo en mí. El deseo irracional de volverla a besar. De olvidar el lugar en el que estamos. De olvidar quién es ella. De olvidar, aunque fuera por un segundo, la ética profesional.
Por suerte, Emily irrumpió el momento.
Ahora mismo la estoy siguiendo hasta su oficina.
—Alistair, no está bien lo que estás haciendo —dijo en cuanto cerró la puerta, cruzándose de brazos.
—¿A qué te refieres? —respondí con mi calma habitual, esa que uso cuando todo dentro de mí es un caos.
—A tu relación con Beca. A la forma en que siempre estás presente para ella. Has cruzado la línea entre paciente y médico… y eso es peligroso. Para tu carrera.
Sus palabras me golpearon como una bofetada de realidad.
—Emily, agradezco tu preocupación —respondí—, pero creo que soy lo suficientemente grande para saber lo que hago. A diferencia de ti… que te has convertido en la amante secreta del doctor Foster.
Sus ojos se abrieron como platos.
—Alistair…
—No me mires así —continué—. No te juzgo. Solo señalo la ironía.
Ella suspiró, derrotada.
—Mi intención no es juzgarte. Somos amigos —dijo con voz más suave—. Pero tu puesto como director está en riesgo. A la junta no le gustará que el intachable doctor Fox juegue a ser romántico con su paciente estrella… el experimento que te está llevando a la fama.
Sus palabras se clavaron en mi pecho.
Rebeca era mucho más que un caso clínico.
La fama era lo que menos me importaba.
Incluso si me quedara sin trabajo, tenía los medios para crear mi propio hospital.
Era Rebeca quien me mantenía allí.
—Y con respecto a Daniel… —continuó—. Sabes que fue un error. Apenas supe que seguía casado, lo dejé. Duele, Alistair. Te lo conté porque eres el único en quien confío.
La miré. De verdad la miré.
—Vaya… somos un desastre, ¿verdad? —pregunté con una sonrisa triste.
Ella rompió en lágrimas.
La abracé con fuerza. Siempre he tenido esa capacidad —casi maldita— de entender el corazón de las mujeres.
—Ánimo, Emily —murmuré—. Daniel es un imbécil por perderse el amor de una gran mujer. Ya le diré a mi hermano que te presente a un CEO… así no tendrás que trabajar nunca más.
Bromeé.
—Sería bueno, Alistair —respondió con una risa apagada—. Sería bueno irme lejos de este maldito lugar.
Emily era fuerte. No venía de alcurnia, pero trabajaba sin descanso. Luchaba sola por los gastos de su abuela, la mujer que la crió. Yo intentaba ayudarla a través de la fundación de mi madre para ancianos, y sin duda había sido un alivio para ambas.
Por eso éramos amigos.
—Queda poco tiempo para que Beca salga —dijo finalmente—. No compliques las cosas. Te aprecio… y no quiero que arruines tu carrera.
Asentí entendiendo su preocupación.
En ese momento, la puerta se abrió.
Era Daniel Foster.
Yo aún abrazaba a Emily.
Nos miró con odio. Yo le devolví el gesto sin esfuerzo. Después de todo, soy un Fox.
—¿Necesitaba algo, doctor Foster? —pregunté con descaro.
—Doctor Fox… no sabía que estaba aquí.
—Quizá si hubiera golpeado la puerta lo habría sabido —respondí con falsa cortesía—. No hay que perder los modales, doctor. Quién sabe… podría habernos encontrado en una situación más comprometedora.
Emily se tensó en mis brazos.
—Emily, cariño, te veo al final de la jornada —dije guiñándole un ojo.
Sabía que con eso Daniel entendería que ella no estaba sola.
Antes de salir, me acerqué a Emily y le susurré al oído:
—Si intenta causarte problemas, avísame.
Ella solo asintió.
Y salí de la oficina con una certeza ardiéndome en el pecho:
¿qué debía hacer con Rebeca?
La pregunta no me dio tregua ni un solo segundo. Me siguió por el pasillo, descendió conmigo en el ascensor y se instaló en mi mente como una alarma imposible de silenciar. Había llegado al límite. Si quería protegerla —y protegerme— necesitaba respuestas.
Así que, sin pensarlo más, llamé a mi primo.
Él tenía una empresa de investigación privada. Y si alguien podía ayudarme a resolver el mayor acertijo de mi vida, era Nigel Fletcher.
Al otro lado de la línea, después de tres tonos, su voz apareció con el humor de siempre:
—¿A qué debo el milagro de que mi primo Alistair me llame sin previo aviso? ¿Acaso el eminente doctor Fox se ha metido en problemas?
—No seas dramático, Nigel —comenté, apoyándome contra la pared.
Hubo una breve risa antes de que su tono cambiara, más atento, más profesional.
—Está bien. Dime, ¿en qué puedo ayudarte?
Respiré hondo.
—Necesito que investigues a alguien.
—Claro —respondió sin dudar—. Ya sabes que la familia siempre es el mejor cliente.
Ese humor ligero, casi insolente, era una de las tantas cosas que nos hacían parecernos. Algo muy propio de los Fletcher.
—Te enviaré los datos por mensaje —continué—. Se trata de una paciente que estuvo desaparecida durante cinco años. Nadie… ni siquiera la policía, ha venido buscando a alguien con sus características.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea.
—Vaya… —murmuró Nigel—. Esto se ha vuelto interesante. Envíame todo lo que tengas; intentaré conseguir resultados lo antes posible.
—Gracias —respondí con sinceridad—. Te debo una.
—Me las debes desde que rompiste la nariz de aquel tipo en Oxford —bromeó—. Hablamos pronto.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla apagada del teléfono, consciente de que acababa de cruzar una línea invisible. Luego entré a mi oficina y cerré la puerta tras de mí.
Abrí el expediente de Rebeca.
Su nombre.
Su rostro.
Su historia incompleta.
Tomé fotografías de cada página, de cada informe médico, de cada dato que pudiera servir. Mis dedos se movían con rapidez, casi con urgencia. Envié todo a Nigel en un solo mensaje. Incluyendo en donde fue el lugar en que la vi hace cinco años atrás.
Cuando terminé, dejé el teléfono sobre el escritorio.
De pronto, la voz del altavoz irrumpe en el pasillo, llamándome de emergencia a la habitación 505.
Era Rebeca.
El corazón se me disparó de inmediato, alertándome con una punzada de miedo irracional. Algo no estaba bien. No podía estarlo.
Rebeca se había quedado en el jardín.
No pensé. No dudé. Salí corriendo.
Cada paso se volvió una cuenta regresiva, el eco de mis propios latidos golpeándome los oídos. Al llegar, la escena me destrozó el alma.
El aire se me quedó atrapado en el pecho.
¿Qué había sucedido con ella?