El cementerio estaba vacío, ningún vivo merodeaba entre las lápidas a las ocho de la mañana, excepto uno. Un hombre. Tan lleno de sabiduría como de maldad.
Raffaello Ricchetti se acuclilló pesadamente a mitad de dos lápidas y colocó las manos sobre ellas. La intensa claridad de sus ojos azules fue bañada por un mar de agua salada, frecuente cada vez que se acercaba a aquel lugar, tan lleno de vida como de muerte, felicidad y dolor, amor y odio. Selló los cansados párpados de sus ojos y se sintió demasiado vulnerable. Un leve pinchazo hizo que los añicos de los que estaba compuesto su corazón, se hicieran aún más pequeños. El hombre alzó la mirada y observó las losas.
Catalina & Zaria Kozlov, madre e hija.
Al socavar a demasiada profundidad nuestras almas, nos exponemos a tocar lo que tal vez pasaría inadvertido.
Epitafio perteneciente al libro de Ana Karenina, obra maestra escrita por el conde Lev Nikoláievich Tolstói. Ana Karenina era la novela preferida de Catalina, cuyas palabras eran dichas por la mujer cada noche antes de apagar la luz, para ser escuchadas por la que era una risueña y alegre niña, quien disfrutaba con la deleitosa voz de su madre.
El hombre, hecho pedazos, dejó que varias lágrimas cayeran hasta la verde hierba del cementerio. Sus finos labios temblaban a la par que sus manos, las cuales no podían seguir manteniéndose firmes.
—Mi dulce Catalina, la mujer más hermosa que jamás han visto mis ojos. La musa de mis sueños más placenteros, la suerte que Dios o quien sea que se esconda allí arriba, puso en mi turbulento camino. Tuyo fue mi corazón, tuyos fueron mis sentimientos. Fui tuyo desde el primer momento, Catalina. Todo tuyo.
Planos alternativos de una desgarradora y jovial mirada verdosa bombardearon la mente de aquel hombre tan atormentado, profundamente sombrío, consiguiendo así que este cayera al suelo e imaginara las suaves manos de su amada alzarle el rostro, mirarle fijamente y posar unos pocos segundos los labios de ella sobre los suyos. No obstante, todo sueño tiene su fin. Y cuando los sueños terminan, el impacto es terriblemente doloroso.
—Estoy completamente seguro que estando con vida, jamás hubieses aceptado mi propósito. Pondría la mano en el fuego al afirmar lo furiosa que te pondrías. Es normal, cualquiera que oyese mis planes, se desquiciaría. Pero es así como debo actuar, es lo que debo hacer. Me gustaría tener tu consejo, pero es claramente imposible. Tú moriste, mientras que yo, Dios sabe cómo, me salve. No fue justo, claro que no. Daría mi vida para que nos intercambiásemos, al igual que estoy dispuesto a dar mi vida por otra persona. Sé que antes de tu muerte, hiciste que creyera una sarta de mentiras, las cuales he ido sabiendo la verdad muy lentamente. Han pasado veinte años y aun me sigo sorprendiendo. Siempre he sabido de tu malicia, pero jamás creí que pudieras tramar un plan contra mí, contra el hombre que estaba dispuesto a todo por salvarte. Nunca me importó lo que escondieras, al fin y al cabo eran tus secretos. Pero hubo un secreto, uno en concreto, que me hizo daño. Muchísimo daño. Y jamás podré perdonártelo. Te quise muchísimo Catalina, con todas mis fuerzas. Pero el amor que siempre he sentido hacia ti es muy diferente al que siento por ella. No puedo perdonar que me cargaras con tu muerte y la de Zaria, no puedo olvidar el dolor que sentí, cada lágrima que derramé, todas las botellas de whisky que bebí, día y noche, pensando en vosotras. Siento muchísimo que tu plan esté a punto de fracasar, luchaste duro para que siguiera adelante aun estando tú sin vida. Pero el plazo se ha agotado Catalina, no puedo esperar más. No quiero seguir esperando.
Ricchetti cogió una profunda bocanada de aire y llevó sus dedos hacia su boca, los besó y pasó las yemas por la fría lápida de mármol. Colocó un ramo de flores en la otra lápida e hizo lo mismo. Se alzó de pies y colocó debidamente el sombrero fedora grisáceo que conjuntaba perfectamente con su traje también gris.
—Es hora de volver a casa —Dijo—. Hora de terminar con esta farsa que tú montaste hace veinte años. Lo siento Catalina, siento muchísimo tener que traicionarte.
Irónico, sarcástico, pero con plena verdad en sus palabras. Así era él. Raffaello Ricchetti estaba dispuesto a poner fin a la mentira que Catalina Kozlov orquestó hace dos décadas.
. . .
—¡Gabriella! ¡Ya he llegado! —Chilló una dulce voz—. ¿Dónde estás? ¡Gabriella!
—¡Aquí estoy, querida! ¡Oh, mi preciosa niña! —Gabriella abrazó con fuerza a Ivana y rieron juntas—. ¡Casi dos meses sin verte! ¡Vamos, cuéntame absolutamente todo sobre Roma!
Ivana sonrió de oreja a oreja. Fueron al jardín e Ivana, después de tanto tiempo, se sintió nuevamente en casa. Estaban a las afueras de Palermo, en la mansión donde Gabriella e Ivana solían ir de vacaciones, pero en la que por alguna extraña razón, Gabriella había decidido instalarse y dejar Milán por un tiempo. La mujer seguía hermosa, elegante y siempre encantada de ver a la niña que había adoptado hacía tantos años, en la grandiosa mujer que se había convertido. El servicio les trajo dos tazas de té que tomaron entre carcajadas.
—¿Cómo han ido las galas benéficas? —Se interesó Gabriella.
—Tal y como predecía. Centenares de millonarios que pujan cantidades desorbitadas por objetos que ellos creen únicos. Una auténtica locura.
—Ese dinero que tanto aborreces, recuerda que es para una buena causa. Eres la responsable de que miles de niños y niñas en todo el mundo puedan permitirse el simple hecho de ir a la escuela, de tener un techo bajo el que dormir. Haces feliz a la gente, Ivana. Así como un ángel.
La rubia sonrió y se encogió dulcemente de hombros, no podía estar más feliz. Tanto por su regreso como por sus recuerdos en la maravillosa capital italiana.
—Hay algo que no me estás contando —Indagó la mujer—. Habla, pequeña. Lo sabré de todas maneras, entre tú y yo no hay secretos.
—He conocido a un chico —Confesó ella.
Tan enamoradiza que era Gabriella, comenzó a aplaudir y rogó por saber más sobre el hombre que había robado el infranqueable corazón de su pequeña.
—¿Quién es ese chico? ¿Cómo le conociste? —Preguntó Gabriella.
—Le conocía desde muchos años atrás, cuando éramos unos niños. Pero nos habíamos olvidado el uno del otro. Hasta que en una de las galas, ese mismo niño que recordaba, se acercó a mí. Me costó reconocerle, pero sabía que había algo familiar en sus ojos. Fue una grata sorpresa volver a verle, pensé que jamás coincidiríamos de nuevo.
—¡Que bonito, cielo!
—Hemos pasado dos meses maravillosos.
—Roma es sin duda la ciudad del amor eterno —Canturreó la mujer.
Ivana no pudo evitar sonrojarse. Aun estando inmersa en una nube de felicidad, soltó un suspiro que a Gabriella no le gustó.
—Hay algo más que no me cuentas —Dijo.
—Es algo complicado de explicar.
—No pierdes nada por intentarlo.
—Dante es dulce conmigo, se comporta como todo un caballero, me hace reír y sin duda, aprecia mis conocimientos sobre el arte. A él le gusta la historia, así que podemos pasar tardes enteras hablando sin parar —Reconoció la rubia—. Sin embargo, creo que solamente me ve como a una amiga. Ninguno de los dos hemos dado un paso de más.
—Oh, igual es porque es un chico tímido.
—Él no es una persona introvertida. Todo lo contrario.
—¿Entonces, cuál es el problema? —Ivana negó con la cabeza—. Puede que ese muchacho solamente quiera una amistad.
—Eso es lo que me temo —Murmuró Ivana—. He sido una completa ilusa.
—¿Por qué dices eso? Tal vez no haya encontrado el momento adecuado.
La rubia se alzó de la silla y comenzó a dar vueltas de un lado para el otro.
—¿De no haber querido algo más, no crees que habría tenido al menos una oportunidad? Han pasado dos meses desde aquella gala, estuvimos juntos gran parte de la noche. Al igual que los demás días. Te aseguro que ha habido momentos de sobra, Gabriella.
—Puede que inocentemente, hayas confundido sus intenciones —Susurró Gabriella, acariciando las mejillas de Ivana—. Es humano errar en los sentimientos de las personas, es imposible conocer todo acerca de alguien. Aun así, habla con él. Dile lo que sientes, lo que te ha hecho sentir en estos dos maravillosos meses. No vas a perder nada por intentarlo.
—Seguramente tengas razón.
—¿Ese tal Dante está en Sicilia?
—Sí, vive aquí mismo.
—¡Vete y habla con él! —Gabriella alzó la voz—. No te he educado para que te escondas bajo la alfombra, Ivana. Si de verdad te gusta, no tengas miedo. Sé tan valiente como eres siempre.
—¿Qué crees que me contestará?
—Es algo que ni tú ni yo podemos saber, ni siquiera él. Para saberlo, vas a tener que ser contundente.
—¿Contundente? —Ivana frunció el ceño—. No me gusta esa palabra.
Gabriella se rio, al igual que Ivana.
—Pero antes de que vayas a hablar con él, deja que te robe unas horas. Estoy deseando charlar contigo mientras damos un relajante paseo por la playa. Querida, he echado tanto de menos tu presencia. Estaba harta de tener que escuchar las tediosas discusiones de las parejas en el club de golf. Pero se acabó, al fin estás de vuelta. Vayamos a divertirnos.
. . .
Un elegante avión privado aterrizó en un espacioso aeródromo a las afueras de Palermo. El motor se consumía lentamente mientras la puerta se abría y unas escaleras se colocaron con cuidado. Primero fue un tipo moreno, de ojos claros, bastante musculoso, luego un hombre algo más joven, de ojos castaños y pelo n***o, llevaba consigo una esplendida sonrisa de oreja a oreja.
—¡Hermano! ¡Al fin estamos en casa! —Gritó el moreno muy alegremente.
—Hemos estado fuera poco más de seis meses. No seas tan melodramático —Habló el primer hombre en salir.
—¡Eso es mucho tiempo! ¡Cierra la boca y disfruta de este paraíso! —Contraatacó el de ojos castaños—. ¡Sin duda, Palermo es aire puro para nosotros!
Romeo y Bruno Lucania, hermanos del rubio de ojos azules que esperaba con ansias esta llegada.
Bruno caminó directamente hacia su hermano pequeño y le estrechó con anhelo entre sus fuertes brazos, Romeo simplemente le dio un abrazo más apacible y encendió un cigarro.
—¿Dónde está Ricchetti? —Quiso saber Dante.
—¡Aquí mismo! —Respondió el aludido, quien intentaba que no se volase su sombrero de fedora.
Lo colocó debidamente y se quedó mirando a los tres hombres que tenía al frente, hacía años que no les veía juntos. Y la verdad que estaba tan contento por haberles podido reunir como nunca antes.
—¡Ricci, vayámonos del aeródromo! ¡Un coche nos llevará hasta el lugar donde me dijiste que preparara todo, allí podremos hablar más tranquilamente!
Ricchetti asintió y antes de que los cuatros se esfumasen de aquel aeródromo privado, sucedió un imprevisto. Antes de poder colocar las manos sobre el volante, el chofer de Dante estaba muerto. Una lluvia de balas cayó sobre el cristal y todo el coche.
—¡Al suelo! —Gritaron.
El rubio se refugió bajo el salpicadero y abrió la puerta del copiloto para resguardarse tras ella. La lluvia de balas no cesaba, hasta que los enemigos parecían haber parado para recargar. Fue en ese mismo momento, sin haberlo pensado demasiado, cuando Dante sacó el arma que llevaba amarrada al pantalón y le quitó la seguridad. Apuntó, disparó y mató. Unas cinco veces como mínimo. Hasta que vio correr a uno, cuya arma había tirado al suelo.
—¡Dante, vuelve aquí! —Le gritaron, pero no hizo caso.
Corrió tras él por todo el aeródromo, haciéndose paso entre los obstáculos, hasta salir a la intemperie. El rubio se lanzó en su dirección, sin percatarse de nada más, atrapándolo entre los brazos. El tipo le propinó varios golpes que hicieron que su boca produjese un asqueroso sabor a hierro y por culpa de un codazo, le cayese sangre de la ceja.
—¿Quién os ha pagado para matarme? —Gritó al tenerle bajo su dominio—. ¡Habla!
—Nadie nos ha pagado, hemos sido nosotros.
—¿Y quienes sois?
Aquel prisionero apenas se resistió a los golpes y amenazas del rubio.
—La familia Rocco, de la ciudad de Catania. Teníamos tratos importantes con Albert Parisi, el hombre al que ustedes hundirán en la miseria tarde o temprano. Mi padre nos mandó ir a por el futuro jefe de la familia Genovese, pero llegar hasta tal punto no será necesario. Usted controla Sicilia. Y nosotros nos rendimos ante la Cosa Nostra —Respondió.
—¿Quién más viene contra nosotros? ¡Contesta!
—Nadie más, se lo juro. Nosotros éramos los únicos, las demás familias no se atreven a entrar en guerra con usted. Se lo suplico Don Lucania, tenga piedad.
Sin tiempo a seguir rogando por su vida, Dante apretó el gatillo y le incrustó una bala entre las cejas. Palpó la sangre que manchaba el lado derecho de su cabeza y gruñó. ¿Cómo iba a presentarse de esa forma tan desmejorada ante su familia? ¿Qué iba a pensar Stella? Ella le respetaba, creía firmemente que era un buen hombre. Y Dante no podía defraudarla. Su querida Stella, que equivocada estaba. Si su hermana supiese las atrocidades que el hombre hacía, conociéndola tan bien como la conocía, se marcharía lejos. Pero la enfermedad de Stella la mantenía atada a una vida que no la hacía feliz, una vida ajena a la libertad.
Dante se dejó caer al lado del muerto y pasó un trapo que siempre llevaba junto a él, por la ceja y la zona por la que goteaba sangre.
—¡Dante, hermano! ¿Estas bien? —El rubio escuchó la voz de Bruno acercarse a él—. ¿Cómo estás tan loco? ¡Jodidamente ido del sentido común!
—Los demás estaban muertos, necesitaba saber quienes nos habían atacado.
—¡Familias pequeñas! Romeo y yo lo habíamos comentado en el avión —Se desesperó el moreno—. ¿Te ha dicho algo este mal nacido?
—Me ha confirmado que Sicilia está totalmente libre y que nadie más tiene necesidad de provocar una guerra contra nosotros. Nos tienen miedo. Pero debemos eliminar a Albert Parisi, temo que pueda sernos de estorbo tras mi nombramiento. Ese hombre estará enfadado, de un día para otro le hemos expulsado de Sicilia para hacernos nosotros con ella.
Bruno ayudó al rubio a colocarse de pies y pasó el trapo por aquella ceja rota.
—Necesito fumar —Dijo el malherido.
Este prendió fuego al cigarro que acababa de colocar entre sus labios.
—¿Cómo vas a presentarte así ante mamá? Tienes la cara llena de sangre, tanto tuya como del hombre que acabas de matar.
—Mamá siempre ha estado acostumbrada a verme con la cara partida, no creo que esto la sorprenda en abundancia. Además, era Romeo quien siempre venía a casa lleno de golpes.
—¡Él era boxeador, ganaba dinero! ¡Tú te caías o te metías en peleas que no te concertaban!
Bruno miró a su hermano pequeño y también se rio.
Definitivamente, los hermanos Lucania habían vuelto a las calles que les vieron crecer y que les hicieron caer para levantarse con más fuerza y valentía.