Capítulo 7 (segunda parte)

2699 Words
En cuestión de poco más de cuarenta y cinco minutos, dos coches todoterreno pasaron una verja y se adentraron a una gran residencia de la que Dante desconocía a quién pertenecía. Ricchetti se deshizo del sombrero y tomó una gran bocanada de aire, alzó con alegría las comisuras de sus labios. —¿De quién es este lugar? Realmente impresionante —Quiso saber Bruno. —Esta mansión de hace varios siglos pertenece a un viejo amigo que conocí en la sabana africana. —¿Qué hacías tú en África? —Ahora fue Romeo quien preguntó. —Es una larga historia, pero tenemos tiempo de sobra mientras recorremos este palacio. Hará más de veinte años, no me acuerdo bien de la fecha exacta, viaje hasta África en busca de inversores que pudieran capitalizar mis ideas. Al comienzo de todo, nadie quiso escucharme. Pero hubo un buen hombre, Menelik Mphela, que me escuchó con atención. Le dije cuales eran mis planes, las tácticas que usaba para robar las joyas más preciadas del mercado, los bancos más adinerados, los museos en los que se guardan las obras de arte más cotizadas. Hicimos negocios juntos durante un tiempo, pero unos pocos meses antes de dar el gran golpe –íbamos a hacernos con el capital de una de las empresas petrolíferas más importantes de Sudáfrica– una banda rival asesinó brutalmente a su hijo menor. El pobre Menelik quedó destrozado, quiso parar el golpe que era casi inminente. Por supuesto, entendí su dolor, pero no cedí a él. Le prometí acabar con los asesinos de su hijo antes de dar el golpe. Y así fue. Vengue a la banda rival que acabó con la vida de su hijo de trece años y Menelik me juró eterna gratitud. Hace unas semanas, le pedí las llaves de su mansión en Palermo, pues tengo entendido que es un hombre al que le encanta nuestra gastronomía. Menelik aceptó encantado, podré quedarme en este palacio el tiempo que quiera. Si fuera por mí, me quedaría a vivir. Pero está claro que en unos meses, me iré a otro lugar. De todas formas, poneros cómodos. Tenemos muchas cosas de las que hablar. Los cuatro se hicieron inmensamente grandes al dar un paso dentro de aquel castillo, rebosante de poder y deseo. Romeo y Dante apenas dijeron nada, incluso Bruno se quedó en completo silencio. Raffaello Ricchetti disfrutaba ver la satisfacción que invadía a sus hombres, pues este era el destino que la vida les tenía guardado. Millones en el banco, mansiones opulentas, coches lujosos y alborozo. La gloria con un mero chasquido de dedos. Se sentaron alrededor de una mesa de cristal, bajo una sofisticada lámpara de araña. Durante más de tres horas, hablaron sobre negocios. Solo negocios. Transferencias, robos, fraudes y chantajes que les hacían ganar miles de euros al día. El imperio criminal de Ricchetti no tenía absolutamente nada que ver con la mafia, cada organización iba por su lado. No obstante, tenían claros puntos en común. Dante, al ser su más allegado, estaba previsto para presentarse en sociedad como el nuevo jefe de la familia Genovese, una de las cinco dentro de la Cosa Nostra. Aquella unión haría que tanto la Cosa Nostra como el poderoso imperio del criminal más buscado; Raffaello Ricchetti, pusiera al mundo bajo sus argucias. Durante tres largas horas, debatieron sobre posibles nuevos negocios, pero Ricchetti se negó rotundamente a meterse en el mundo de la droga, aun siendo Bruno un gran defensor. El del sombrero lo tenía claro, sus negocios eran hacer favores por un precio que tarde o temprano, le sería de gran beneficio, tanto económico como personal. De favor en favor, de boca en boca, así aumentaban los ingresos del italiano, ampliando su imperio con cada millonario con el que cerraba tratos, desde un pequeño porcentaje en una de sus empresas, hasta matar a cambio de millones. Tráfico de armas, pero nada de narcóticos. Con el inminente nombramiento de Dante Lucania como legítimo heredero al trono de la mafia siciliana, el dominio sería aún mayor. Para proclamarse jefe de la Cosa Nostra, Dante Lucania debía pagar un favor que Ricchetti le había cobrado hacía largos años. Fue en aquel banco, después de una acalorada conversación con su familia, bajo la ferviente luz de la noche, cuando Raffaello Ricchetti le dijo a un joven Dante que algún día llegaría el momento de cobrarle el favor. Y ese momento había llegado. El hombre de los mil sombreros colocó una fotografía sobre la mesa de cristal, los tres pares de ojos restantes se posaron sobre la imagen de una mujer. —Su nombre es Ivana D'Angelo, adoptada por Gabriella D'Angelo el mismo día de su séptimo cumpleaños. Su vida es una triste historia, aunque parece que se está recomponiendo poco a poco. Esta es la mujer con la que Dante lleva cerca de dos meses, este es el favor que le pedí hace tantísimos años. Vuestro hermano ha estado cuidando de Ivana en Roma.  —¿Cuidar de ella? —Se sorprendió Bruno—. ¿Qué tiene que ver contigo? —Al igual que tus otros hermanos, eres bastante curioso. Sin embargo, ellos callan mientras que tú hablas. Querido Bruno, no puedo darte más explicaciones que las necesarias. Solo quiero que sepáis que he estado protegiéndola desde que era una niña, sin que ella lo supiera. —¿Ivana te conoce? —Preguntó Romeo, a lo que Ricchetti negó—. Eso está bien, cuidarla desde la clandestinidad te da ventaja a seguir haciéndolo. Tus enemigos no saben de ella. Y me trae sin cuidado la relación que os une, esa historia no es asunto mío. —Sabias palabras, Romeo —Halagó el hombre de ojos claros—. Deberías aprender de tu hermano, Bruno. Hablas demasiado. —¡Al igual que tú! —Vociferó el moreno. Ricchetti alzó las comisuras de los labios y llenó los cuatro vasos que reposaban sobre el cristal. Un líquido dorado fue vertido en los vasos, donde se echaba en falta alcohol desde hacía varios minutos. Pues aquellos cuatro hombres, de distintas edades y personalidades contrarias, tenían en común su amor por el alcohol y los cigarrillos. —Recuerdo una vez, hace muchísimos años, cuando recién comenzaba con esta aventura que se ha convertido en mi vida, lo mal que pase estar sin alcohol durante un breve tropiezo en mis planes. Ocurrió en Brasil, concretamente en el bosque tropical del Amazonas. —¿Has estado en el Amazonas? —Se sorprendió Bruno. —No se porque sigues sorprendiéndote, no existe lugar en donde Raffaello Ricchetti no haya estado, ni tampoco donde no haya dejado caos —Comentó Dante. —Un s*******o no es algo de lo que alguien deba sentirse orgulloso, pero salir ileso de un s*******o sí. —¿Te secuestraron en el Amazonas? —Rio Bruno. —Algo así —Ricchetti se encendió un puro—. En busca de una plantación ilegal de droga al norte de la selva, por darle una sorpresa a un viejo amigo, me tope con varios indígenas que poco interés tenían en escucharme. Desperté en mitad de un ritual, algo parecido a lo de las películas. No les entendía, ellos tampoco a mí. Pero sospeche que discutían en matarme a sangre fría o poner precio a mi cabeza. Algunos estaban a favor de matarme de una vez por todas, otros votaban por pedir un rescate. No pude evitar reírme. —¿Por qué razón te reías? —Se interesó Romeo. —¡Oh, por muchas razones! Sin llegar a los treinta, atado a un Charapilla, repleto de sudor y peleado con los bichos que merodeaban a mi alrededor. ¿Qué iba a hacer? ¿Llorar? ¡Claro que no! Me reí tanto que llamé su atención. No tardaron demasiado en hacerme compañía. Estuvimos riéndonos toda la noche, sin pronunciar una sola palabra. Hasta que la risa dio paso a un silencio eterno del que pensaba que jamás saldría. No hice demasiado durante esa noche, solamente mirar al cielo y disfrutar de la selva amazónica. Afortunadamente, al despertar con un calor insoportable sobre mi cabeza, por alguna razón que hoy en día desconozco, me dejaron libre. Cortaron la cuerda que me retenía al árbol e hicieron varios gestos con la mano, me estaban diciendo que era libre para irme. Pero no lo hice, me quedé varios días más con ellos. Pintaron mi cara con todo tipo de pinturas, me enseñaron a tallar madera y a pescar. Es curioso como no se me había antojado la idea de pescar antes de aquello. Los hermanos escucharon atentamente la historia de Ricchetti, asombrados por todo lo que había vivido y las curiosidades que traía tras su regreso de los lugares más remotos del planeta. Desde los dos polos helados, hasta el caluroso desierto del Sáhara. Por alguna razón, Raffaello Ricchetti siempre tenía una historia, un largo o breve pasarte que contar, una aventura tan real como otra cualquiera. Tras diez minutos siguiendo comentando aquella fabulosa historia, la mirada perdida de Ricchetti deparó nuevamente en la fotografía robada de Ivana D'Angelo. Dejó de reírse, sus ojos claros se cristalizaron y un bombardeo de pretextos para huir de ella atacaron su mente. Por una parte, estaba deseando acercarse a la chica. Por otra parte, la más racional, le decía que se alejara de aquel corazón tan bondadoso, que no lo corrompiera con su maldad. —Seguirás con Ivana, serán unos pocos días más. Hasta que yo mismo me mentalice para verla de nuevo. He hecho miles de cosas malas en este mundo, me he enfrentado a situaciones en donde prácticamente no tenía escapatoria. Incluso estando en el Amazonas, no sentía miedo. Ningún temor. Pero esta vez es diferente, siento algo que no puedo explicar. No es miedo, tampoco estampo, sinceramente no sé lo que siento. —Me gustaría preguntar de que la conoces —Dijo Bruno—. Me pica la curiosidad, me perseguirá hasta que lo sepa. Aun así, prometo no preguntar. Tú mismo fuiste quien nos enseñó que a veces, en situaciones muy concretas, es mejor no saber la verdad a decepcionarse. —Esta es una de esas situaciones, Bruno. Lamento no poder deciros nada —Comentó el hombre, apoyando el puro en un cenicero—. Dante, te pido que no la pierdas de vista. —¿Temes que pueda pasarle algo? —Ricchetti se encogió de hombros ante la pregunta de Romeo—. No lo entiendo, nadie sabe qué relación te une con esa chica. Ni siquiera nosotros, así que tus enemigos tampoco sabrán de ella. —Ha llegado la hora, Romeo. Simplemente he decidió aparecer en su vida, tal vez sea algo de lo que me arrepienta en un futuro, pero es lo que más deseo en estos momentos. —¿Por qué? —Rogó por saber el moreno—. ¿Quién es realmente Ivana D'Angelo? ¿Qué significa para ti? ¿Por qué corre peligro? El hombre se puso cómodo en aquel sillón y cogió la fotografía. Ivana hablaba entretenidamente con la mujer que le preparaba cada fin de semana un café gourmet, con un tercio de expreso y dos tercios de leche evaporada, acompañado por toques de canela. —Al igual que Bruno, quien me ha prometido no preguntar nada más. Te pido que me prometas lo mismo. —Nos mantendremos en silencio si así lo deseas —Murmuró Dante—. Hasta que estés preparado para decirnos quién es Ivana D'Angelo en tu vida. —Tal vez ese momento nunca llegue —Se apresuró a decir Ricchetti—. No obstante, no perdáis la fe. Sabéis que el no saber, es la esencia de la vida. La incertidumbre es la llamarada de fuego que ilumina un nuevo sendero. Romeo asintió firmemente con la cabeza. Era un hombre de honor, al igual que los demás. Cuando daban su palabra, la cumplían sin rechistar. Era por eso que Ricchetti les tenía en tan alta estima. A parte de conocerles a la perfección, Raffaello Ricchetti era un gran fanático de aquellas personas que no rompen su palabra, quienes mueren luchando. Todos esos valores, cada uno de ellos; pureza, lealtad y valentía, los veía reflejados en la sincera mirada de los hermanos Lucania. En mitad de aquella humareda, el teléfono móvil de Dante vibró en sus pantalones. El nombre de Ivana relucía. Ricchetti asintió con la cabeza y tranquilamente, el rubio se alzó y cogió el teléfono. —Ivana, qué grata sorpresa —Dijo el de ojos azules. —¿Te llamo en mal momento? —No, claro que no. —Me alegro —Ivana carraspeó un tanto nerviosa—. Te llamaba para saber donde estabas. ¿Estás en Sicilia, no? —Aterrice ayer de madrugada. —Genial. Yo también estoy en la isla —La chica rio—. ¿Tienes algún plan? Ricchetti escribió con rapidez en una servilleta. Dante leyó lo que ponía en voz alta. El hombre del sombrero le obligó a poner el manos libres, por lo que pudo escuchar la voz de la mujer. Raffaello sonrió ampliamente. —La verdad es que estoy pensando en acercarme al Teatro Massimo y subir esos famosos veintisiete escalones. Este mismo sábado se inaugura la temporada con el ballet de Don Quijote. Podría pasar a recogerte a las ocho. —Genial, me parece genial —Dijo Ivana por la otra línea—. Entonces hasta el viernes a las ocho. —Hasta el viernes a las ocho —Concluyó el rubio. La mujer colgó el teléfono, dejando así un vacío en aquel palacio. Ricchetti jamás había sentido la voz de Ivana tan cerca como en aquel momento. Por lo que se mantuvo en silencio varios segundos más. —Eres un actor fantástico, hermano. ¿Cómo es que no fuiste directo a Hollywood? —Bromeó Bruno, ganándose una peineta por parte de Dante—. Es cierto, esa chica cree que estas interesado en ella. Han sido necesarios menos de tres minutos para darse cuenta. —Ivana no piensa que estoy interesado en ella. Estoy actuando como un amigo, como quiero que ella me vea. —¿Qué piensa Melisa de todo esto? —Preguntó Romeo. Odiaba a esa mujer. —Ella no sabe nada —Respondió el de ojos azules. —¡Es un alivio! —Resopló Bruno—. Tienes una novia insufrible. —Técnicamente no es mi novia. Lo dejamos hace seis meses. —Ella te dejó a ti —Hizo hincapié el mayor de los hermanos. —¡Oh sí, es verdad! Te dejó porque estabas demasiado centrado en tu estatus social y no tenías tiempo para ella. Eres un descuidado, Dante. No sabes como tratar a las mujeres. —¿Acaso tú sí? —¡Yo tengo a Claudia! —Habló Bruno. —Hasta que se canse de ti —Murmuró Romeo—. De todas formas, Melisa sigue enamorada de ti. —Me alegra escuchar eso —Habló Dante con rotundidad, acabando con la última gota de whisky—. Cuando esté afincado como jefe, pediré su mano. La quiero y ella me quiere a mí. Ya no habrá más discusiones entre nosotros, todo irá mejor. ¿Verdad, Ricchetti? ¿No crees que es hora de que la vida nos bendiga con buenos tiempos, con la felicidad? —Solamente tú puedes bendecirte a ti mismo —Comentó Raffaello Ricchetti—. Aun así, espero que tus deseos se cumplan. Poder ser felices, pero no libres. Eso jamás podremos ser. —Existe felicidad sin libertad —Murmuró Dante en un hilo de voz. El hombre de los mil sombreros no pudo asentir con la cabeza, tampoco negar nada, aquello era algo que ellos mismo debían descubrir. Aún eran tan jóvenes, tan emprendedores, que Ricchetti envidiaba su espíritu aventurero por nuevas emociones, por una fe inmensa que él, a causa de la vida, había perdido. No quiso hundirse en un mar de pensamientos, por lo que alzó el vaso y brindó con los demás. —Por una vida en la que la felicidad predomine por encima de todo. Salud, dijeron al unísono, las cuatro voces que se alzaron para nunca silenciarse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD