Capítulo 8

4401 Words
Un hombre aparentemente fuerte, saludable e indestructible, estaba teniendo problemas con el nudo de la corbata. Sus ojos vibrantes parecían cansados, sus labios apenas sonreían, su respiración siempre se encontraba al límite, sin descanso alguno. El hombre terminó de colocarse debidamente la corbata y se vistió con la chaqueta negra de aquel traje tan elegante. No era para menos, aquella iba a ser una noche épica. Tanto para él, como para sus hermanos. Apenas peinó su cabello, se conformó con echar varias gotas de gomina. Se miró en el estrecho espejo de aquel hospital y se irguió frente a sí mismo, miró su reflejo a través del cristal. Romeo Lucania era un hombre corpulento, lleno de tatuajes y alguna que otra perforación. Como era evidente, el moreno arrojaba respeto por cada poro de su piel blanquecina. Pocos eran quienes se atrevían a hablar con él, muy pocos quienes le conocían de verdad y nadie quien supiese aquel secreto que le hacía ser tan acérrimo a sus propias cadenas. Romeo era verdaderamente imprevisible, realmente cauteloso, un hombre oscuro en el sentido literal de la palabra, pues sus ojos eran dos pozos de agua estancada, su mirada tenebrosa y sus palabras siempre cortantes. El moreno siguió mirándose en el espejo durante unos varios segundos más, hasta que sus ojos azules captaron movimiento tras él. Una chica estaba tendida en una cama de hospital, varios cables la mantenían conectada a una máquina que le era de gran ayuda para respirar, ya que por ella misma era complicado y bastante doloroso. La joven sufría de leucemia linfoblástica aguda desde temprana edad. Un tipo de cáncer que según los médicos pudo haberse detenido a tiempo, pero al no haber sido atendida hasta unos pocos años atrás, era casi imposible remediarlo de todo. Sus defensas se habían debilitado a lo largo de los años, el cáncer la devoraba tanto por dentro como por fuera. —Estas guapísimo —Dijo Stella, observando con diversión en sus ojos. Su hermano mayor, Romeo, se sentó a su lado y arropó las pequeñas manos de ella entre las suyas. El hombre le ayudó a incorporarse y le colocó correctamente el cable que la ayudaba a respirar. La chica, antaño de largo cabello castaño, se puso el pañuelo en la cabeza. —¿Cómo te sientes? —Preguntó Romeo. —Cansada —Confesó ella—. ¿Cuánto tiempo llevo dormida? —Casi toda la tarde, son casi las ocho de la noche —Informó Romeo—. ¿Estas segura que no quieres que me quede? Puedo hacerlo, no tengo ningún compromiso. Puedo quedarme toda la noche, ahora que te has despertado. —No hagas eso, Romeo —Suplicó Stella. A veces hablaba tan bajito por culpa del cansancio de la medicación que su hermano tuvo que acercarse más a ella. —¿Hacer el qué? —Lo de siempre, Romeo. Anteponerme ante todos, incluso ante ti mismo —Explicó una cansadísima Stella—. Sal de este hospital, diviértete un poco. Tú que puedes irte, hazlo. Por favor. —No quiero dejarte sola. —Mamá vendrá en unos minutos. —Lo sé, pero quiero estar contigo, quiero cuidar de ti. Los ojos de Stella se aguaron, ver el dolor que le provocaba inconscientemente a su hermano era terriblemente doloroso, mucho más que cualquier enfermedad. Amaba tanto a Romeo, le apreciaba y admiraba tanto, que verle tan destrozado por su culpa le partía el corazón. El hombre llevó una de las manos de Stella a su mejilla y cerró los ojos, disfrutando del tacto de su hermana pequeña. Stella no pudo evitar que varias lágrimas escaparan. Fue ella misma quien con la otra mano, acarició el cabello oscuro de Romeo. Ver siquiera aquella escena era terrible, aún más aterradora era tener que vivirla. Stella hizo un gran esfuerzo por sonreír. —Estaré bien, Romeo —Susurró Stella en un hilo de voz. —¿Me lo prometes? —No se muy bien si se puede prometer una cosa así —Bromeó muy pausadamente la chica, cuya voz era una hoja entre grandes borrascas de aire—. Me duele verte tan triste, me duele estar arrebatándote la vida. —Tú no me estás arrebatando nada, Stella. Eres mi hermana, mi deber como hermano mayor es cuidar de ti, reír contigo, llorar contigo. Estar siempre juntos. —Siempre te has desvivido por darme lo mejor, prefiriendo mi felicidad a la tuya. —Eso siempre, Stella. Siempre estarás por encima de todos, incluso de mí. —No quiero arrebatarte la vida. —No me arrebatas nada, pequeña. Es más, eres tú el motivo por el que abro los ojos a un nuevo día —Murmuró Romeo, besando las frías manos de Stella—. No llores, Stella. Por favor, haces que mi corazón se rompa. —No puedo evitarlo —Se lamentó ella, hecha un mar de lágrimas—. Solo deseo que la quimioterapia funcione para verte feliz. —Soy feliz, siempre y cuando sigas luchando. —¿Cuánto más tendré que luchar? —Preguntó la de ojos marrones—. Mis fuerzas están agotándose, me consumo día tras día. Estoy tan cansada. A veces me gustaría cerrar los ojos, cogerte de la mano y decirte adiós. Pero se que jamás me dejarías hacerlo, quieres que viva, aunque sea en estas condiciones. Y te lo agradezco, Romeo. Eres quien recoge el ancla que a veces tiro por la borda. Stella meció con ternura el rostro apenado de su hermano y dejó que su frente cayera sobre la de Romeo. Él cerró los ojos, ella hizo lo mismo. —¿Les dirás que les quiero muchísimo? —Pregunto Stella, refiriéndose a sus otros dos hermanos. Romeo asintió aun con los ojos cerrados—. Ahora vete antes de que alguien diga algo más y vuelva a echarme a llorar. No quiero que mamá entre y nos vea tan tristes. El moreno se alzó del sillón en el que estaba sentado y besó, prolongadamente, la cabeza rasurada de su hermana pequeña. Stella se aferró a las grandes manos de su hermano y alzó las comisuras de los labios, deleitándose del verdadero amor. Diez minutos más tarde, Chiara abrió la puerta y se encontró con los dos hermanos riendo a causa de un anuncio sin sentido en la televisión, Romeo le hizo prometer que le llamaría de inmediato por cualquier detalle, aun no habiendo peligro aparente. Al final, Chiara peinó debidamente el cabello de su hijo y dándole un último abrazo, Romeo salió del hospital y fuera del edificio, se giró y contempló unos segundos la ventana de la habitación de Stella. El teatro Massimo estaba a poco más de un cuarto de hora del hospital, así que Romeo llegó a la hora prevista. Aparcó el coche en un aparcamiento lejano y caminó directamente hacia el palacio de la ópera, reconocido en todo el mundo por ser uno de los teatros más importantes tanto del mundo antiguo como el actual. El mayor teatro lírico de Italia y el tercero más grande de Europa acogía a centenares de multimillonarios, oligarcas, aristócratas e imperialistas que trabajaban en la sombra. Romeo tuvo que cerrar los puños ante tal espectáculo y entrar directamente, subiendo de dos en dos los famosos veintisiete escalones. Poco después de que un malhumorado Romeo subiera los escalones del teatro, su hermano Bruno hizo prácticamente lo mismo. Bruno Lucania era el segundo de los cuatro hermanos, poseía un cabello tan oscuro como el carbón y sus ojos eran castaños, parecidos a los de su hermana pequeña. Romeo y Bruno eran la noche y el día. Mientras que el mayor de todos poseía un carácter extremadamente difícil y hostil, Bruno se dejaba llevar como la seda. Caía bien entre la gente, era divertido y amable, aunque demasiado impulsivo y terriblemente rencoroso. Al igual que el resto de sus hermanos, su físico era formidable. Gozaba de una gran altura, espalda ancha y notables músculos. Adoraba subirse al ring junto a Romeo o Dante y ganarles en el primer asalto, algo que pasaba muy de vez en cuando, pues sus dos hermanos eran excelentes boxeadores. Sobre todo Romeo, cuya precisión a la hora de golpear era verdaderamente magistral, por ese motivo Raffaello Ricchetti no dejó escapar la oportunidad de que el muchacho combatiera contra los mejores. Por aquel entonces, tanto Bruno como Dante y Romeo seguían entrenando sobre el cuadrilátero. Dispuestos a ganar una pelea, ya sea profesional o callejera, de la forma más rápida y honorable. —Señor Lucania, su hermano le espera en primera fila —Dijo el hombre que atendía a los mayores oligarcas de Italia. Bruno asintió con la cabeza y se desató el botón de la chaqueta, las puertas se abrieron y por primera vez en su vida, contempló la belleza de aquel teatro. El espectáculo aún no había dado comienzo, todavía faltaban unos pocos minutos. La gente estaba aún levantada, hablando entretenidamente e intercambiando memorias. De vez en cuando se escuchaba alguna falsa carcajada, de esas que hacen que el mundo de los ricos sea aún más deplorable. —¡Al fin te encuentro, querido hermano! —Dijo Bruno, llegando hasta la figura de Romeo—. ¿Cómo está Stella? ¿Ya se ha despertado? —Despertó minutos antes de irme. Brunos suspiró con alivio. Los dos hermanos se sentaron en primera fila, sobre unas cómodas butacas de terciopelo granate. Escasos metros les separaban de aquel solemne escenario reservado solo para los mejores espectáculos. —¿Mamá está con ella? —Preguntó el moreno de ojos castaños. —Se quedará varios días. —Esta noche me será imposible, pero mañana mismo me pasaré a verla. —A Stella le encantará. —Pues claro, soy su hermano favorito. —Por supuesto que no —Musitó Romeo. Bruno sonrió, al contrario que Romeo, cuyo ceño estaba levemente fruncido. Este miró hacia arriba y en cuestión de segundos, los dos hermanos posaron la mirada sobre un hombre que portaba un elegante sombrero de fieltro. Aun no habiendo entrado al teatro, dos encantadoras figuras subían los mismos escalones donde décadas atrás, en aquella misma escalinata, se produjo una de las escenas más memorables del cine. Al final de la última entrega de la célebre saga del Padrino, toda la familia Corleone baja por esas mismas escaleras tras una intensa noche de ópera. El final de tal afamada historia suele dejar a los espectadores con un sabor amargo, pues como tantas otras tragedias, el final es un extenso mar de lágrimas. Un sicario, disfrazado de sacerdote, enviado por los enemigos de Michael Corleone tras una vida repleta de enemistades, dispara de manera fortuita y en vez de acabar con su objetivo, hiere de muerte a la joven Corleone. La chica se desploma, muerta, en el tramo medio de la escalinata ante el dolor de su familia, amigos y especialmente de sus padres. El padrino está unos segundos sin poder omitir un solo sonido, roto de dolor, grita sin gritar durante sesenta desgarradores segundos. Una de las escenas más épicas. —No puedo creer que esté pisando las mismas escaleras que Al Pacino hace treinta años —Dijo Ivana, totalmente hechizada por el cosquilleo que recorría su cuerpo—. Ahora mismo estoy volando entre las nubes, me siento sin aliento. Ivana rio y juntos entraron al magnífico teatro Massimo. La mujer lucía un precioso vestido grisáceo que se ajustaba perfectamente a su estrecha cintura, un distinguido escote palabra de honor y unos zapatos de tacón que no se apreciaban a causa de la largura de aquel radiante vestido. La mujer se colocó el cabello tras sus hombros desnudos y una cascada de ondas doradas cayó sobre su espalda. Dante, igual de elegante que su acompañante, dejó caballerosamente que Ivana entrase antes que él. La dirigió hacia uno de los palcos y se sentaron a expensas de que la obra empezase. —No he tenido la oportunidad de decirte lo hermosa que estás —Confesó Dante. Las mejillas de Ivana se encendieron. —Muchas gracias —Lo agradeció la mujer—. ¿Cómo has conseguido este palco? —Ha sido obra de un amigo. —¿Lo ha alquilado para nosotros? —Algo así —Murmuró él, algo inquieto—. ¿Estás a gusto? —Muchísimo —Susurró ella—. Antes de que empiece la obra, quisiera decirte algo. Llevo pensando en ello desde que volvimos de Roma. Sin prestar demasiada atención a las dulces palabras de la rubia, Dante observó como Bruno le hacía una señal para que se reuniera con ellos. Era hora de irse. —Oh, sí. Lo que quieras —Se apresuró a decir el rubio—. Pero antes, tengo que ausentarme un momento. Espérame aquí, vuelvo enseguida. Fue tanta la prisa que se dio Dante en abandonar el palco que Ivana no pudo decir una sola palabra, simplemente vio como el hombre se escabullía entre los asistentes tardíos y desaparecía de su vista. Ivana alzó su cuerpo a la misma vez que las luces del teatro descendían hasta sumir a todos en una profunda oscuridad. La rubia volvió a sentarse, quedando hipnotizada durante un par de minutos por el comienzo de la obra. El ballet de Don Quijote había comenzado. Y con aquel deslumbrante ballet, una historia sin igual estaba a punto de darse a conocer. Ivana se sobresaltó al sentir la presencia de un hombre que no era Dante. Se quedó mirándolo, su perfil era totalmente desconocido. Aquel hombre llevaba un sombrero de fieltro que continuaba con un traje que Ivana distinguía entre las luces opacas. Él la miró fijamente, de manera un tanto cómica, ella no pudo quitar sus ojos sobres los suyos. Al cabo de un par de segundos, Raffaello Ricchetti esbozó una gran sonrisa. —Ivana D'Angelo, que placer —Manifestó el hombre. —¿Nos conocemos? —Preguntó ella. Ricchetti carcajeó levemente. Estaba tranquilo, llevando su vista de Ivana al ballet a cada rato. Incapaz de evitar sentir un cosquilleo en la punta de los dedos. —Te has dejado crecer el pelo, es una buena decisión —Murmuró él—. Así te ves mucho más italiana, más hermosa. —¿Quién es usted? —Oh, me había olvidado de mencionar tu vestido. Es precioso, querida. Ivana tragó duramente saliva. Quería escapar de aquel palco, pero también saber quién era aquel desconocido. Se conformaría con solo conocer su nombre, después de eso escaparía tanto de él como de aquel hombre de sonrisa torcida. —Es totalmente cierto, me has hecho una pregunta. Y seguramente en unos pocos minutos tengas muchas otras —Expresó el del sombrero—. ¿Quién crees que soy? —Un completo desconocido —Expresó Ivana—. No sé como sabe mi nombre, ni tampoco donde se ha metido mi acompañante. Pero me voy, estar esperándolo es absurdo. —¿Cómo llevas las pesadillas, pequeña? —Preguntó Ricchetti, haciendo que Ivana parase sus pasos en seco. La mujer se giró lentamente hacia él, sus ojos se cristalizaron a la par que su pecho subía y bajaba con velocidad. Raffaello Ricchetti tenía la vista fija en el ballet. —¿Cómo sabe lo de las pesadillas? ¿Quién es usted? ¿Por qué conoce mi nombre? —Interrogó la rubia. —Siéntate, te lo explicaré todo. Envuelta en la incertidumbre, Ivana se sentó en aquel sillón forrado de tela granate y miró fijamente los ojos claros del hombre. —Mi nombre es Raffaello Ricchetti, puede que te suene, soy bastante propenso a salir por boca del gobierno. Digo más, casi todos los gobiernos de este mundo me buscan —Comenzó a relatar el hombre—. No obstante, ser un fugitivo no me impide ser una persona corriente. Es cierto que viajo con mucha frecuencia, me muevo deprisa y en silencio. A poca gente confiaría mi vida y una de esas personas eres tú. —¿Quién soy yo? No tengo nada de especial —Murmuró Ivana. —Oh, no te subestimes. Eres muy especial. Ivana se quedó petrificada en aquel sillón. —¿Me dejas hablarte un poco sobre la obra? Me encantan las buenas historias —Habló Ricchetti, encantado con aquella situación tan inusual—. En mi humilde opinión, el ballet de Don Quijote es una de las mejores obras de danza de todos los tiempos, inspirada claramente en la novela escrita por Miguel de Cervantes, hace más de cuatrocientos años. Lo que pocos saben es que curiosamente Don Quijote de la Mancha fue escrito desde la cárcel, ya que Miguel de Cervantes se encontraba cumpliendo condena por errores en su trabajo como recolector de impuestos. Es curioso saber como una de las obras más importantes de la literatura universal fue creada bajo el subsuelo, sin luz natural ni aire fresco. Además de haber marcado un antes y después en la literatura, puedo decirte que una copia de la primera edición en excelente estado y de la cual existen solo un par de ejemplares, fue vendida por más de un millón de euros ¿Te lo puedes creer? ¡Un millón de euros! Cuando puedes encontrar la misma historia en cualquier biblioteca totalmente gratis. La mente humana me fascina. Ricchetti se relajó en el asiento y carcajeó a la vez que finalizaba el primer acto, el hombre se puso de pies y aplaudió generosamente. Después, miró a Ivana y volvió a sentarse. —¿Por qué estás tan callada? —Quiso saber el hombre—. No soy ningún peligro, Ivana. No voy a hacerte daño. —¿Cómo sabe mi nombre? —Interrogó ella—. ¿Cómo sabe acerca de mis pesadillas? ¿Quién es usted? Ricchetti no pudo evitar reírse. —Nadie sabe quién soy realmente —Carcajeó—. Solo puedo decirte que soy un delincuente, uno muy bueno a decir verdad, y lamentablemente los delincuentes tenemos fama de mentirosos. Así que todo lo que te diga, puede ser verdad o mentira. Pero si alguien puede hacer que después de tantos años me sincere, aunque sea un poco, esa persona eres tú. Ambos somos tan parecidos, hemos superado tantas cosas. No te asustes por mis conocimientos sobre ti, Ivana. Te prometo que mi intención es protegerte. Es decir, fuiste abandonada a merced de la vida por culpa de un padre psicológicamente inestable y una mujer avergonzada por sus actos. No obstante, tú no deberías avergonzarte. Estoy aquí para ayudarte, pequeña. —¿Ayudarme? No necesito ayuda, mucho menos de un criminal. No necesito absolutamente nada de usted. —¿Qué tal un intercambio, Ivana? Para ir descartando malas vibraciones, noto que no te fías de mí. Es comprensible, yo tampoco me fio de mí mismo —Se burló Ricchetti—. Háblame de esa cicatriz que tienes en la muñeca, veo que te has dibujado un corazón sobre ella. Estoy seguro que muy poca gente se da cuenta. —¿Qué me ofrece a cambio? —Respuestas a tus preguntas. Ivana rozó la pequeña cicatriz y aspiró hondo. —Hubo un incendio, tenía siete años —Susurró la rubia. —¿Alguien quería hacerte daño? —El incendio no fue intencionado —Murmuró—. Le toca a usted. Responda a todas las preguntas que le he hecho anteriormente. Ricchetti ignoró las interpelaciones de Ivana. —¿Puedo ver la cicatriz? —Preguntó. Ivana alzó con timidez la muñeca izquierda. —El tatuaje es una buena distracción para la gente despistada, por suerte yo no soy nada despistado. Y tú tampoco. —¿No va a contestar a mis preguntas? —Se desesperó la rubia—. Entonces me voy, no quiero saber absolutamente nada de usted. —Contestare a tus preguntas, Ivana. Por favor, no te vayas —Murmuró Ricchetti—. Poco puedo decirte sobre mí, lo lamento. Pero puedo hablarte sobre Dante, cuál fue la verdadera razón de que entrara en tu vida hace dos meses. —Cuéntemelo todo. —Puede que te duela. —No me importa, hábleme sobre Dante. Ricchetti era sabedor de la enorme curiosidad que alimentaba la mente de Ivana, así que esta era incapaz de negarse a escuchar tal historia. —Dante Lucania trabaja para mí, es un asociado mío. Lo recogí cuando era solo un crío. Podría contarte miles de historias sobre nuestras muchas aventuras, pero me reservaré ese as bajo la manga —Comenzó a relatar Ricchetti—. Yo mismo le di la orden de que de un modo u otro, entrara a tu vida. Le di la dirección de una de las galas benéficas que organizaste en Roma, cuales eran tus gustos y tu absoluta devoción por el arte, lo mucho que amas el mar y un buen paseo bajo las estrellas. Todo lo que sabe Dante sobre ti, es obra mía. Sin embargo, todas no son malas noticias en esta historia. En él no debe recaer toda tu furia, tampoco en mí. Dante te estaba protegiendo, acercándote a él para mantenerte a salvo. —¿A salvo? ¿De quién? —De mis enemigos, Ivana. Lamentablemente, tengo varios frentes abiertos. Ordene a Dante que si hiciese falta, diese su vida por la tuya. Confío en él, estoy seguro que de haber pasado, habría hecho exactamente lo que le pedí. —Está usted hablando con la persona equivocada. Puede que me haya confundido con otra chica a la que estoy segura que le interesaría atender a esta macabra historia. Mi nombre es Ivana D'Angelo, no tengo nada que ver con usted. Me sorprende que sepa tantas cosas sobre mí, pero soy capaz de pasar página y hacer como si este encuentro jamás hubiese pasado. Esto es una locura, una auténtica locura. Como cabía esperar, Ivana no pudo seguir aguantando la presencia del hombre, cuyos conocimientos sobre ella parecían no tener fin. Quien parecía conocerla desde pequeña, pero ella era imposible de recordar, y él no hablaba con claridad. Fue rápido, Ivana se levantó del sillón y en mitad del tercer acto abandonó el teatro. Recogió la tela grisácea de su vestido mientras bajaba los veintisiete escalones y a los lejos, muy perdida en sus pensamientos, escuchó la voz de Dante. —¡Ivana! ¡Espera un momento, por favor! —¡Ni se te ocurra acercarte a mí! —¡Puedo explicarte las cosas! ¡Escúchame! —¿Quieres que te escuche? ¿Por qué? ¡No he sido más que una misión para ti! ¡Ese tal Raffaello Ricchetti me lo ha explicado todo! ¡No tengo ni idea de quien cree que soy, pero él y yo no tenemos nada en común! ¡Por lo tanto, contigo tampoco! —¡Estas confundida, es totalmente comprensible! —¡Estoy confusa, enfadada y terriblemente dolida! —Chilló Ivana en mitad de la carretera—. ¿Quién crees que eres para meterte en mi vida? ¡Estás loco! ¡Los dos estáis locos! —Deja que te dé una explicación —Susurró Dante. —¡Ese hombre es un criminal, al igual que tú! ¡Me hiciste creer tantas mentiras, tantos engaños! ¿Qué clase de persona se adentra en la vida de alguien? ¡No me importa nada, solamente quiero olvidar! ¡Haré la vista gorda, me olvidaré de vosotros! —Ricchetti jamás dejará que eso suceda. —¿Por qué? ¿Quién soy para él? —Se desesperó Ivana—. ¿De que me conoce? ¿Cómo sabe tantas cosas sobre mí? ¡Háblame Dante, ayúdame a entender esta locura! ¡Di algo, por favor! El tatuado alcanzó el brazo de Ivana. —Ricchetti conoce la verdad sobre tus padres, solo desea ayudarte —Murmuró Dante—. Tranquilízate, mereces una explicación. Él puede contestar a todas las preguntas que llevas haciéndote desde pequeña. —¡Merezco que me dejéis tranquila! ¡No te acerques a mí, no me busques, ni siquiera pronuncies mi nombre! ¡Todo ha sido una gran farsa de la que yo misma me haré responsable! ¡No se quienes sois, ni tú ni él! ¡Así que olvidaros de mí! La mujer alzó su vestido y corrió hasta dar con un taxi. Dante quiso seguirla, pero se mantuvo quieto en su lugar. Al ver como un coche blanco se acercaba a ella, no tuvo más remedio que gritar. —¡Él jamás te dejará! ¡No ahora que conoces su nombre! —Fue lo que Dante vociferó. Ivana se sentó en la parte trasera del taxi y susurró la dirección de su casa, el coche apenas tardó unos segundos en arrancar. Ella apoyó parte de su cabeza sobre la ventanilla y cerró pausadamente los ojos, tuvo el impulso de mirar hacia atrás, pero no lo hizo. Dante no era más que una pieza de un rompecabezas lleno de mentiras. La voz del rubio afirmando que aquel hombre del sombrero conocía la verdad de sus padres, hizo volcar su desenfrenado corazón. ¿Qué verdad? ¿Acaso sus padres le escondieron algo mientras vivían? ¿Por qué la entregaron a Gabriella? ¿Por qué siempre decía que no podía hablar sobre ellos? Tantas preguntas, tantos recuerdos borrosos e imprecisos que la hacían querer dar la vuelta y dejar que aquel hombre contestase a sus interrogantes. Pero como bien él había dicho, era un criminal, un delincuente, un ladrón y seguramente un asesino. Ivana no quería tener nada que ver con ese señor. ¿Debía llamar a la policía? La rubia salió de sus oscuros pensamientos cuando el taxista paró frente a su edificio, pagó el trayecto y salió del coche. Se quedó mirando aquel elevado edificio en el centro de Palermo, antiguo y armonioso, de un grandioso valor histórico. Abrió la puerta del edificio e ingresó al ascensor, este freno en el piso número cuatro e Ivana volvió a abrir otra puerta, esta vez la de su apartamento. Tiró todo al sofá, se deshizo del vestido y encendió un cigarro. La furia pronto fue reemplazada por la nicotina, consiguiendo que Ivana se relajara notablemente. Se miró frente al espejo, su rostro era un poema, tan perfecto pero descuadrado al mismo tiempo. Un largo rato más tarde, arrojó el cigarro consumido a la basura y fue directa a la cama, sin desmaquillarse ni quitarse las joyas. Cerró los ojos muy a su pesar y difícilmente pudo impedir que Morfeo la meciese entre sus brazos.
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