Los niños quieren más.
Quieren optar por un futuro digno, un porvenir sin deudas que ahoguen hasta la asfixia. Una vida exenta de problemas, para sentirse tan libre como las aves marinas que alzan el vuelo cada noche. Desde pequeños, miles de niños y niñas son discriminados por haber nacido entre callejones sin salida y casas que están a punto de precipitarse.
El corazón duele constantemente y no existe coraza que pueda protegerlo.
¿Quién va a querer a un pobre chaval de barrio? Sin estudios, sin preparación, sin oportunidades. Nadie. Esa es la respuesta. Absolutamente nadie.
Afortunadamente, esa no era la mentalidad de Dante Lucania.
Él no tenía iguales, era incomparable.
Un chaval que de tantas veces que había estado en el suelo, se había forjado una armadura de escombros. Un niño que estaba roto y no encontraba el modo de rellenar el vacío que poseía dentro de él.
La iglesia no hace santo a nadie, la calle tampoco hace delincuente a nadie.
Muchos murmuraban a escondidas de él, se comentaba que esta loco, demente, alienado. Las mujeres contaban historias, los hombres escuchaban con atención. Se oía entre calles que era el demonio, pues este corría deprisa y sin avisar.
Algunos tachaban al niño de oscuridad, otros pensaban que era luz.
El muchacho era un gato callejero. Aún no había malgastado ninguna de sus siete vidas, más adelante habría ocasiones de sobra para gastarlas todas.
Aquella triste mañana a finales de verano, acogía a un niño sentado en el escalón de su casa, fuera del viejo edificio. Llevaba unos cascos rojos que le aislaban del bullicio de las voces de sus vecinos, las pelotas de fútbol impactando contra las persianas y la bocina de los coches más remotos del mercado. La tranquilidad es un tesoro. Su pelo era igual de rubio que los campos de cultivo y sus ojos tan azules como las grandes olas del mar atlántico. Su semblante era serio, no miraba específicamente a nada ni a nadie, solamente escuchaba música como cualquier otro niño. Pero aquel era exactamente el problema, Dante Lucania no era cualquier otro niño, sino quien cambiaría la mafia siciliana a raíz de una ambición incontrolable.
Su impenetrable corazón roto siempre sería su debilidad. Nadie más notaría aquella condena, solamente él.
El muchacho quería ser grande aunque nadie creyese en él, pues venir de abajo no significa que no se puede triunfar.
Las rimas que desprendían aquellos cascos le gustaban, eran melodías poco conocidas que le transportaban a un universo distinto. Hacía unos minutos que había dejado de ser un chaval de barrio para convertirse en un niño totalmente distinto, un niño que no necesitaba robar para sobrevivir, un niño que no tenía constantemente una soga s*****a rodeando su cuello. En aquel otro mundo, no debía estar pendiente de la policía que siempre le tenía en su punto de mira, era tan libre como el niño que corre a los brazos de su madre después del colegio. Dante amaba montar en bicicleta, lo hacía a todas horas. Su bicicleta era tan vieja que las chancletas con las que solía montar, se enganchaban cada dos por tres en los pedales y el niño volvía a casa con la piel ensangrentada a causa de las caídas. La gente solía mirarle raro, tantos golpes en un niño tan pequeño no era normal, pero pasado el tiempo, aquellas miradas habían dejado de ser de sorpresa para convertirse en miradas ausentes. Todos en el barrio le conocían, era el tercer hijo de la familia Lucania. Un niño que no se metía con nadie, quien se juntaba con malas compañías para ayudar a su madre, porque su padre había fallecido cuando su hermana pequeña recién había nacido, supuestamente la tragedia ocurrió a causa de un accidente fortuito, aquello fue lo que se dijo. Pero la verdad es un secreto a voces y todos sabían que Luigi Lucania fue asesinado por la policía tras una complicada persecución por las carreteras de Palermo.
Dante Lucania había madurado más por el dolor que por la edad.
La enrevesada mente de Dante estaba cegada en ser maleante, pues aquello era lo único que conocía entre las calles del barrio de Albergheria. Antaño fue un popular e histórico barrio en el que fanáticos del arte italiano venían de todas partes para contemplar los hermosos monumentos. Sin embargo, hacía tiempo que Albergheria se convirtió en aquel barrio marginado que nadie se atreve a pisar por culpa del poder de la mafia. Albergheria es la cuna del abandono, de la ilegalidad, del fracaso escolar y de los abusos. Las escenas dolorosas y sangrientas han sido tristemente normalizadas. Entre esas calles se ven a personas en constantes peleas, desde adultos hasta niños y niñas que luchan por ser el más respetado del barrio. Tiroteos que se cobran vidas inocentes, heridas de guerra, dolor insalvable y gritos desesperados.
¿Quién no desea seguir la estela de aquellos que han salido del barrio, han volado hacia una vida lujosa y se han hecho inmensamente millonarios?
Todos y todas desean seguir los pasos de grandes e importantes mafiosos como Lucky Luciano, Al Capone, Don Vito, Giuseppe Masseria o Albert Anastasia.
La fuerza de voluntad es la única arma que los niños y niñas poseen para no terminar siendo atraídos por el mundo de la mafia. Lamentablemente, cuando el dinero falta, la comida escasea en la nevera y las deudas asfixian, la fuerza de voluntad se deshace y termina siendo el escalón necesario para asentarse en un mundo violento e iracundo. Para tantos niños y niñas del barrio, su única arma reside en imponerse a través de la violencia y el miedo.
Problemas y más problemas volaban sobre Dante, pero seguía en alto. Y nunca jamás se doblegaría ante nadie.
Quienes viven en la pobreza económica y afectiva, nada de lo que un rico pueda decirles les servirá de algo.
Los niños siempre quieren más.
Los labios de Dante se movían al compás de la música. Aquella era una canción sencilla y complicada a la vez. ¿Quién quiere a alguien que solamente habla de la calle? Muy pocos. ¿Por qué no mejor una canción de amor? ¿Una canción sobre dos enamorados? El niño sonrió irónicamente y se levantó del bordillo. Comenzó a caminar por su barrio, sonriendo débilmente a quienes conocía y observando con lo poco que se conformaban los vecinos. No pedían más que lo necesario, ayudas para sobrevivir y no tener que sacar a sus descendientes del colegio con apenas diez años. Aquel fue el caso de Dante, cuya pasión por la historia le hacía ser un niño terriblemente curioso. En su último año de instituto, con trece años, hubo un profesor que se quedaba junto a él todas las tardes para ayudarle en las demás asignaturas y reforzar sus grandes conocimientos sobre la historia. Dante quería estudiar e ir a la universidad, pero aquello no fue posible. Tras la muerte de su padre, el dinero que entraba en casa no era suficiente y para no terminar desahuciado como muchas otras familias del barrio, Dante abandonó el instituto y se puso a trabajar en un taller mecánico.
Sobrevolando las nubes de su imaginación, el niño se adentró a un callejón sin salida y rebuscó velozmente en la basura hasta dar con ello; un frasco de pintura verde. Presionó varias veces hasta que la pintura al fin salió. No le gustaba en exceso el color verde, pero se conformaba con aquella tonalidad. Dirigió el frasco hacia la pared y escribió tres simples palabras.
Somos de calle.
La calle es una forma de vida. Un mundo ajeno e inigualable.
La letra era un poco chapuza y algo ilegible, la buena caligrafía nunca había sido su fuerte. Se retiró lentamente los cascos y miró, atentamente, la pared manchada por palabras verdosas. Algo en su pequeño corazón se rompió en diminutos fragmentos. Y aquello dolía más que cualquier golpe físico.
Lo que más duele siempre está oculto, en el interior de cada persona.
Salió de aquel callejón y emprendió un paseo matutino. Un viejo amigo de su padre estaba tallando una figura en la madera mientras sus hijas, dos niñas pequeñitas, merodeaban a su alrededor. Un grupo de chavales, apoyados en la pared, miraban al niño mientras estos consumían un cigarrillo sabor a menta. Dante llevaba una vieja chaqueta y el gorro de la sudadera ocultaba tímidamente su rostro. Vislumbró en las ventanas de los edificios a varias mujeres colgando la ropa mientras hablaban entre ellas, riéndose a carcajadas y chillando a sus retoños.
Las mujeres se ven tan hermosas cuando no se rinden, cuando no dependen de ningún hombre, cuando son plenamente libres.
La fuerza es la nueva belleza. Y todas las mujeres fuertes son bellísimas.
Cuando quiso darse cuenta, el muchacho de cabello rubio se había salido del barrio. Miró hacia atrás, dejando los viejos edificios y la marginación a un lado, sintiéndose un niño corriente en mitad de aquella plaza, tan cálida y bonita. La gente que andaba de un lado hacia otro era de clase alta, mucho más adinerada con la que Dante estaba acostumbrado a tratar. El muchacho siguió caminando sin rumbo al que dirigirse, solamente seguía a su desenfrenado instinto, sabiendo que tarde o temprano regresaría a un mundo del que deseaba escapar. La música seguía saliendo de sus antiguos cascos rojos, caminando por la calle, en busca de alguna aventura. Se sentó en un banco de madera, mirando cómo la gente lanzaba monedas al agua de la fuente. Se preguntó por qué dejaban que aquellas monedas tan insignificantes para algunos y tan valiosas para otros, no fuesen a parar a manos de alguien que de verdad las necesitase.
El niño saltó del banco y corrió hacia la fuente, adentró sus manos en el agua y sacó un puñado de monedas. Las miró, jamás había visto tantas. Aunque en realidad su valor era mínimo, el muchacho se quedó asombrado. Hasta que, por cuestiones del destino, aquel niño escuchó un irritante sonido y cómo varios policías le señalaban. Desde el primer momento, tuvo claro que hacer. Echar a correr como una presa a quien le acecha un feroz depredador.
Dante era carne de cañón para la policía.
Sus piernas eran veloces, siempre había corrido rápido. Pero aquella vez estaba en un terreno desconocido y no sabía por cuáles calles debía meterse.
—¡Alto! ¡Deja de correr! —Gritaron a pocos metros de él.
Dante no dio el brazo a torcer. Nunca le había hecho caso a la policía y aquella no sería la primera vez. ¿De qué sirven tantas restricciones si solo les interesa ir a por los más débiles? ¿Por qué la ley no corre tras los gobernadores que roban ruinmente en la sombra? Que alguien me explique quien nos protege de la policía y el gobierno, si es imposible mantenerse a salvo de ellos si no posees los bolsillos llenos de billetes.
El niño no dejó de correr, no dejaría que le atraparan. Su pecho subía y bajaba a gran velocidad, sus piernas comenzaban a crear molestas cosquillas que ralentizaban sus zancadas. La policía seguía tras él. Dante corría a contrarreloj mientras los dos oficiales, cabreados por tal persecución, le seguían de cerca. Pensó en su familia y recreó una carrera hacia la luna, cuyo poder asombraba a Dante cada noche. El sol es un cliché sin sentido. La luna, sin embargo, es la realidad de aquellos que viven en la sombra y aun así, son capaces de alumbrar largos senderos.
¿Qué pasaría si el sol y la luna intercambiarán sus posiciones? La gran estrella no sería capaz de brillar por la noche como lo hace el satélite. La luna es capaz de brillar tanto a plena luz del día como en la lúgubre oscuridad.
Las familias que vivían en aquellos pisos tan lujosos jamás tendrían que suplicar por un techo bajo el que vivir, nunca estarían sin luz, sin gas o sin agua. Ahogados constantemente por la vida, sin derecho a tregua. Los padres no se arriesgarían a salir de casa y no saber si aquel sería el último día en el que escuchasen la risa de sus hijas o viesen la sonrisa de sus hijos. ¿Quién le diría a la mujer obrera, valiente de ella, que la vida le haría tan fuerte como las amazonas?
Dante siguió corriendo, sin percatarse que su cuerpo se aproximaba a un barranco. No se dio cuenta, no pudo hacer nada para evitar caerse por la ladera y rodar hasta abajo. Su cuerpo aplastó los cascos y un dolor intermitente se instaló en su espalda. Cerró los ojos y momentáneamente dejó de ser consciente para hundirse en un sueño.
. . .
Mientras Ivana D'Angelo miraba por la ventana, observaba a un chico correr sin tregua y caerse por la ladera que estaba a escasos metros de su casa de verano. La muchacha se quedó en silencio unos segundos, observando la fuerte caída de aquel chico. Hasta que, al fin, reaccionó ante lo que había presenciado y corrió en su auxilio. Ivana ignoró por completo las miradas del servicio. Salió por la puerta trasera y atravesó el gran jardín repleto de flores, para dar directamente con el cuerpo del muchacho. Ivana llevó sus manos a su boca y se acercó lentamente a él.
El muchacho estaba boca arriba, inconsciente, repleto de hojas sobre su cuerpo y piezas rojas a su alrededor. La chica colocó sus dedos bajo la nariz del rubio y comprobó que respiraba. La niña miró a todos lados, pero no veía nada sospechoso. Miles de preguntas se agolparon al filo de sus labios, sin embargo no tenía a nadie que las contestara.
Ivana corrió nuevamente hacia el jardín y llenó una pequeña maceta con el agua de la fuente. El chico seguía inconsciente. Tenía una abertura en el labio inferior y su pómulo derecho estaba tiñéndose de morado. La niña hundió sus manos en la maceta y desprendió húmedas gotas cristalinas sobre el rostro del chico. Los párpados de Dante se abrieron con lentitud, acostumbrándose a la claridad del día. La rubia siguió empapando aquel rostro hasta que las pestañas húmedas del chico se despegaron unas de las otras.
—¿Estas bien? —Preguntó la muchacha—. ¿Puedes oírme? ¿Cómo estás?
La garganta de Dante estaba seca y el dolor de su espalda era insoportable. El chico gruñó a la par que la joven le ayudaba a sentarse sobre la hierba.
—Te has caído por la ladera —Susurró la niña.
Al verla por primera vez, Dante pensó en que había subido al cielo y ella era su ángel guardián. Luego recordó que si es cierto que el cielo y el infierno existen, él iría de cabeza al infierno.
—¿Quién eres? —Preguntó él.
La niña abrió de par en par sus hermosos ojos azules y su respiración comenzó a entrecortarse. Alzó levemente las comisuras de sus labios rojizos.
—Me llamo Ivana —Susurró ella.
El muchacho asintió y se quedó, a primera e inocente vista, prendado de aquella linda sonrisa.
Las suaves manos de la chica ahuecaban el rostro del rubio mientras rozaban la sangre que caía proveniente de su labio inferior.
—Necesitas ayuda —Dijo la rubia.
Por alguna extraña razón, Dante era incapaz de retirar sus ojos azules sobre los de ella. Era preciosa, la niña más bonita. Parecía un hermoso ángel.
¿Era un ángel o solo estaba soñando?
—No, claro que no. Estoy bien —Dijo él, sacudiendo la cabeza.
Se alzó del suelo e Ivana hizo lo mismo, la chica era casi tan alta como él. Aun así, Ivana se sentía levemente indefensa ante la feroz mirada azulada del misterioso muchacho moribundo.
—Yo creo que sí necesitas ayuda —Confesó nuevamente la chica—. Tienes el pómulo morado y te sangra el labio.
—Es normal.
—No es cierto —Rio ella, pero calló ante el semblante serio del chico—. ¿De verdad lo ves normal?
—Sí, ya te lo he dicho.
—Creo que venimos de mundos muy distintos —Volvió a reírse la rubia.
Dante asintió con la cabeza a la par que una frágil sonrisa se dibujaba en sus labios. Era la primera vez que alguien le hacía sonreír en mucho tiempo.
—Aun no me has dicho tu nombre —Habló ella.
—Dante —Murmuró el rubio.
—Un nombre muy bonito —La chica sonreía con dulzura—. ¿Por qué corrías tanto? Te he visto caer desde la ventana de mi habitación.
—Es una larga historia.
—Tengo tiempo para escucharte, hace un rato que observo en vano por la ventana de mi habitación.
Ivana dejó caer su delgado cuerpo sobre la hierba y se sentó tranquilamente. Le encantaba la naturaleza, adoraba la paz que habita en ella. Dante quería irse y volver a casa, pero aquella chica parecía tenerlo apresado de forma inteligible.
—La policía venía detrás mío, creo que me han perdido la pista al caerme por la ladera —Empezó a contar el muchacho.
—¿Por qué te perseguía la policía?
—Tenía las manos dentro de la fuente.
—¿Cogiendo monedas?
—Algo así.
—Estabas robando.
—No estaba robando —Se defendió el muchacho—. Solamente pensaba en dar uso a esas pobres monedas.
—No puedes hacer eso —Carcajeó la niña—. La gente tira esas monedas para que sus deseos se cumplan.
—Oh, vamos. Los cuentos de hadas son ficción, no existen fuentes mágicas que cumplan deseos por tirar una moneda de cinco céntimos al agua.
—Tal vez ese sea tu pensamiento, pero no el del resto.
—Mi pensamiento no es ninguna opinión, sino la realidad —Murmuró él.
—A veces hay que distanciarse un poco de la realidad —Los vivaces ojos azules de la chica miraron los del rubio, mientras sonreía sin despegar los labios—. Alejarse de la verdad para adentrarnos en nuestra propia fantasía es un bonito sendero hacia la libertad.
A veces hay que distanciarse un poco de la realidad. Alejarse de la verdad para adentrarnos en nuestra propia fantasía es un bonito sendero hacia la libertad.
Ivana clavó su mirada azulada en el lejano horizonte y observó la gran mansión blanca en la que llevaba viviendo desde principios de verano y a la que volvería el año que viene. Las maletas para regresar a Milán y el vuelo era inminente. Dante se centró en deleitarse de la grandiosa belleza que desprendía aquel ángel. Su piel era blanquecina y parecía agradablemente suave. Sus pestañas eran largas, al igual que su rubio cabello peinado en una trenza. El chico pasó su vista por aquellos labios rojizos y la sonrisa tan bonita de la que era poseedora.
—¿Esa es tu casa? —Quiso saber Dante.
Ivana no dijo nada, simplemente asintió.
—Es enorme —Añadió él, un tanto asombrado—. Daría lo que fuese por vivir ahí. Estoy seguro que tu habitación es el triple de grande que la mía.
Ivana se encogió de hombros, entristecida por tener que ocultar su verdad. Ella no quería esa casa, quería a sus padres. Pero aquel deseo era imposible. En cierto modo, sentía como si toda su vida estuviera repleta de mentiras. Sus ojos azules rogaban nuevamente por un leve suspiro, querían llorar, pero Ivana no podía lamentarse nuevamente en vano.
—Puedo enseñarte mi casa si quieres, te prepararé algo de comer. Además, podrás curarte las heridas. Aunque sea normal en ti, no olvido tus palabras de antes —Carcajeó ella.
Tan pronto como Dante escuchó aquellas palabras, negó rápidamente con la cabeza. Arrastró sus dedos por la tierra y sonrió a la vida en general, que inocente era aquella muchacha.
—No hace falta —Dijo él.
—Por favor, déjame ayudarte. Le diré al ama de llaves que te prepare un buen tentempié y te enseñaré cada rincón de la casa. Gabriella aun no se ha ido, así que podrás conocerla. Esta es su casa y estará encantada de conocerte —Ivana abrió los brazos—. Estoy segura que mi habitación no es mucho más grande que la tuya.
—No te molestes Ivana, no tienes que ayudarme —Dante se levantó del suelo—. Estoy acostumbrado a estas heridas, ni siquiera me duelen.
—¿De verdad? —Ivana se acercó hasta el chico y con las yemas de sus dedos, rozó el pómulo morado y el corte que residía en su labio inferior.
Dante aguantó valerosamente el dulce escozor de aquel tacto y miró, peligrosamente cerca, los hermosos ojos de la chica. Su aroma era tan suave como el movimiento de las flores.
—¿Estás seguro que no quieres que te ayude?
—Sí —Dijo a duras penas el chico.
Junto a una sonrisa repleta de dudas, la rubia se alejó de él.
Dante agachó la cabeza y clavó su mirada en los pasos que daba. Alejándose de aquel ángel, no fue capaz de mirarla por última vez. ¿Cómo iba un chico como él, entrar en aquella mansión? ¿Qué pensaría la adinerada familia de aquel ángel? Seguramente creyeran que era un vagabundo con la cara partida, vistiendo ropa que pasa de generación en generación, sin saber comportarse ante personas de alta jerarquía. Ni siquiera conocía a la chica, no podía intuir cuáles eran sus intenciones. No quería ser el trofeo de compasión de nadie. Había salido de muchas peores él solo, no estaba en la necesidad de que nadie le ayudara.
Dante siempre había desconfiado de la gente por naturaleza, desde niño le habían roto centenares de promesas.
—¡Dante! ¿Nos volveremos a ver? —Gritó Ivana a medida que observaba irse a la silueta del pobre muchacho.
Dante se giró lentamente hacia ella e inevitablemente, terminó sonriendo.
—¿Quieres que nos volvamos a ver? —Inquirió el de ojos azules.
—¡Por supuesto!
Puede que aquella niña no fuese como Dante creía que eran todos los ricos, puede que ella fuese diferente.
Eran dos niños muy astutos e inteligentes, marcados por el dolor que causa una vida repleta de caídas. Ivana lloraba por el incendio que le había arrebatado absolutamente todo, Dante lloraba por no tener nada que llevarse a la boca.
—No me conoces en absoluto, no sabes quien soy —Intervino él.
—Entonces déjame conocerte —Murmuró ella, siempre sonriente—. ¿Qué me dices? No ha podido ser una casualidad que justamente cayeras frente a mi ventana.
—¿Qué crees tú que ha sido?
—¡El destino!
Volverían a verse dentro de muchos años y tal como había predicho Ivana, el destino uniría nuevamente sus vidas.
La dulzura de la que se impregnó Dante al haber estado a su lado, hizo que se quedara totalmente fijo en su sitio mientras Ivana regresaba a su hogar. No pudo apartar sus ojos de aquel rostro angelical y aquella ingenuidad con la que Dante nunca fue bendecido.
Él no era inocente, sino verdugo.
La vida le había enseñado a no confiar en los demás. ¿Podía confiar en aquel ángel? ¿Cómo saberlo? ¿Cómo?
El muchacho suspiró, derrotado, y un poco incrédulo. ¿Qué debía hacer? ¿Encariñarse con ella? ¿Llegar a enamorarse de alguien tan dulce? Siendo tan joven, Dante estaba marcado de por vida. Mientras que ella vivía en una mansión a las afueras de la ciudad, él vivía en un barrio repleto de bandidos y peligrosos delincuentes.
El barrio siempre permanecería en su corazón hasta sus últimos días. Dante era un bandolero, un callejero. Y la calle no se puede sacar de ningún niño que ha nacido y crecido en ella.
Estaba claro que Dante e Ivana venían de mundos muy distintos.
Chica rica, chico pobre.
«Un amor eterno, filos de navajas acuchillando todo tipo de esperanza. El humo se deshace al igual que hielo sobre fuego, la llama de la locura se enciende, desatando tras ella un lazo imposible de volver a enlazar»