Alguien pasaba las hojas de un libro. Era un libro mágico. Hojas sencillas que aguardaban miles de palabras que formaban deleitosamente una de las mayores historias de la literatura infantil. Millones de niños y niñas alrededor del mundo, escuchando la voz de aquel quien sea que les estuviese leyendo. Un libro atrayente, un libro asombroso. En la portada de aquella vieja edición se podía observar a un espantapájaros que deseaba un cerebro, un hombre de hojalata que anhelaba un corazón y un león cobarde que ansiaba ser valiente, junto a ellos había una niña. Parecida a quien leía aquel maravilloso libro, uno de sus favoritos. Puesto que para una lectora, es imposible decantarse por una sola historia. El libro del maravilloso mago de Oz reposaba sobre las piernas de una joven y sus dedos pasaban las mismas páginas que meses antes, habían hecho lo mismo. Tres o cuatro veces, ya había perdido la cuenta de cuántas veces había leído aquella historia, donde lo inimaginable traspasaba las hojas. Donde los sueños se hacían realidad y aquellos que habían perdido la fe, la recuperaban al instante.
«Extrae de tu interior todos los valores que buscas. Los valores están dentro de ti, sólo es preciso que fluyan»
Ivana se veía claramente reflejada en el personaje de Dorothy Gale, una niña huérfana de catorce años que es arrastrada por un tornado al sorprendente mundo de Oz. La única diferencia era que Ivana no poseía ninguna vía de conducto para escapar de la realidad y ser arropada por los reconfortantes brazos de la fantasía.
—¡Ivana, es hora de irnos!
La rubia dejó el libro sobre la mesita de noche y alisó el vestido que llevaba puesto. Se miró en el espejo y dio un par de vueltas, tal y como hacía Gabriella mientras se perfumaba con varias gotas de Chanel N °5.
—¡Estas preciosa! —Gabriella entró a la habitación—. Vas a dejar a todos con la boca abierta.
Ivana no pudo evitar sonrojarse.
—Hoy es tu gran día, cielo. Tu primera actuación delante de un público, encima de un escenario que se te quedará pequeño.
La mujer la achuchó con fuerza.
—Me siento muy nerviosa —Se excusó la joven.
—¡No lo estés! —Exclamó ella—. Has ensayado mucho para este día. Lo harás genial, de verdad.
—¿Por qué estás tan segura?
Gabriella ahuecó el rostro de Ivana y sus ojos se cristalizaron, estaba realmente preciosa. Seguía siendo una niña y Gabriella temía que se adentrase en el mundo de la adolescencia. La dulzura que la caracterizaba cuando se despertaba en mitad de la noche, llorando por culpa de las pesadillas, no había cambiado en absoluto.
—En esta vida se puede estar segura de muy pocas cosas —Gabriella arropó las temblorosas manos de Ivana—. Pero te puedo asegurar que todo lo relacionado a ti, está más que asegurado. Puede que cuando estés encima del escenario, frente a miradas desconocidas, te sientas más nerviosa de lo habitual. Pero el talento que posees, no se atemorizará ante nada ni nadie. Vas a hacerlo genial, mi amor.
—¿Todavía soy tu pequeña? —Sonrió Ivana.
—Pues claro, cielo. Siempre vas a ser mi pequeña.
Ivana se lanzó a los brazos de la mujer que la había criado durante todos estos años.
—Tengo miedo de crecer —Confesó la joven.
—No tengas miedo, cielo. Estoy a tu lado.
La mujer alzó la vista y secó las lágrimas que corrían por las mejillas de su pequeña. Era una niña alta, unos centímetros más que la mayoría. Gabriella tenía claro que Ivana se convertiría en una mujer imponente y su belleza, al igual que su inteligencia, sería grandiosa.
Gabriella D'Angelo llevaba un vestido n***o que acababa unos pocos palmos más arriba de los tacones brillantes que lucía. Aquel vestido era una espiral de contrastes coloridos con un fondo n***o, donde se juntaban colores de todas las gamas por la parte de arriba. Sin duda, Gabriella era una mujer de admirable hermosura. Su cabello rubio estaba recogido en un moño desordenado y sus ojos azules como el mar mediterráneo, alineados por un excelente trabajo de maquillaje. Por otro lado, Ivana portaba un sencillo vestido rojo de tirantes que hacía centrar toda la atención en el cinturón de piedras brillantes que rodeaba su estrecha cintura.
La mujer y la niña se adentraron en el coche que las llevaría hasta el Teatro de La Scala, donde la preciosa Ivana D'Angelo tocaría una famosa pieza de música clásica frente a poderosos invitados que ansiaban pujar por los más estrambóticos objetos del mercado.
Los aplausos no tardaron en llegar mientras Ivana, casi a cámara lenta, caminaba por el pasillo para subir las pocas escaleras que llevaban al escenario. Miró a Gabriella y esta, más orgullosa que nunca, se alzó del asiento y aplaudió con gigantesco orgullo. Ivana sintió que el teatro se había vaciado y solamente estaba ella frente al piano n***o de cola, donde hacía unos años un vaso de cristal, proveniente de aquel hombre al que no había visto el rostro, reposaba con tranquilidad. No supo por qué razón pensó en él, pero lo hizo. Entre todo el público, la única persona que le importaba era Gabriella, la mujer que le había dado absolutamente todo.
La joven se sentó en el alargado asiento n***o y puso las yemas de sus dedos sobre las teclas blancas. Tan pronto como cerró los ojos, comenzó a tocar.
El Concierto para piano y orquesta n.º1 en si bemol menor, opus 23, escrito por el compositor Piotr Ilich Chaikovski, compositor ruso del período del Romanticismo, sonaba espléndidamente.
Ella sola, junto a un piano. Era todo lo que necesitaba para sentirse en paz.
Mientras una joven de largo cabello rubio e hipnotizantes ojos azules tocaba el piano en uno de los más prestigiosos teatros de Lombardía, un tiroteo se estaba realizando en una nave abandonada a las afueras de Washington D. C.
—¡Vamos! ¡Vamos! —Gritaban todos a la vez—. ¡Los helicópteros llegarán en diez minutos!
—¿Podremos aguantar tanto tiempo?
—¡Aguantaremos el tiempo que sea necesario! —Vociferó el hombre que portaba un sombrero y una metralleta entre las manos—. Vosotros dos, concentrar los tiros en la parte trasera. Los federales seguramente pienses que escaparemos por detrás, pero lo haremos por delante. Delante de sus narices.
—¿Los helicópteros serán suficiente para distraerlos?
—Esperemos que sí.
El número uno de los ladrones de guante blanco más buscados del país, el hombre imposible de capturar, el criminal más astuto que ha pisado la tierra en las últimas décadas, se dejó caer al suelo y recargó con rapidez la metralleta, dispuesto a matar a quien se le pusiese delante.
Raffaello Ricchetti, el más temido de los hombres por cualquier estado en todo el mundo, apoyó su cabeza sobre una robusta pared y cogió aire. Le haría falta más que un suspiro para salir de aquella situación.
Por culpa de un chivatazo, los federales estadounidenses rodeaban el lugar donde Ricchetti solía descansar tras pasar desapercibido por las autoridades. El lugar, una nave abandonada a largos kilómetros de la ciudad, era el centro de miles de disparos. Todas y cada una de las balas iban dirigidas a él. Debía reconocer que los federales estadounidenses estaban bien repartidos y la invasión era inminente, pero el más grande de los ladrones de guante blanco no dejaría que le atraparan. Aquella solo sería otra historia con final feliz. El hombre terminó de cargar la metralleta, colocó el arma en un punto estratégico y comenzó a disparar a las fuerzas militares que arremetían contra él y sus hombres.
—¡Raffaello, debemos abandonar este lugar! ¡No vamos a poder resistir mucho más! ¡La nave va a caer!
—¡Debemos esperar a los helicópteros!
Una bala pasó justo al lado de su cabeza e hizo temblar su carismático sombrero fedora. Ricchetti disparó nuevamente y a lo lejos, en mitad de aquel caos, escuchó el sonido que tanto ansiaba. Tres helicópteros sobrevolaban la escena y los federales supieron de inmediato que Raffaello Ricchetti huiría en uno de ellos. Sin embargo, aquel no era el plan.
—¡Es hora de que salgas! ¡Vete antes de que sea tarde!
Un extenso repliegue rodeó la nave y cada policía fue hacia la parte trasera, en donde los helicópteros no aterrizaron. Mientras tanto, Ricchetti y sus hombres corrieron entre balas hacia la salida principal y en varios fortuitos disparos, dos de sus mejores hombres estaban tendidos en el suelo junto a un charco de sangre y su brazo fue el punto de impacto de una bala. Ricchetti gritó con furia, les quitó las armas a los hombres caídos y disparó a cada federal que intervenía en su camino hacia la libertad. El hombre del sombrero fue veloz en su huida, dejando atrás a guerreros caídos en batalla y millares de balas perdidas. La sangre que se derramaba por su brazo era cantosa y debía frenar la hemorragia.
No tenía contacto con nadie, su cuerpo estaba dolorido y apenas sentía el brazo derecho, por lo que caminar en círculos era ridículo. Estaba lejos de la ciudad y a su alrededor no había más que carretera. Agotado y herido, Ricchetti cayó pesadamente al suelo.
—¿Alguien me escucha? —Preguntó a través de la radio que llevaba junto a él—. Soy Raffaello Ricchetti, he caído en mitad de la nada. Solo veo kilómetros y kilómetros de carretera. ¿Alguien puede oírme?
La radio comenzó a temblar y en cuestión de segundos, se escuchó un pitido insufrible que consiguió hacerla estallar. El hombre la arrojó con fuerza y gruñó. Tal y como había hecho otras veces, concretamente en La Habana, Santo Domingo y Caracas, el astuto Ricchetti se desgarró una manga de camisa y rodeó la herida con un pequeño trozo, puso la tela restante en su boca e intentó ahogar sus gritos por culpa del dolor. Hizo aún más presión que antes, la sangre seguía saliendo pero con menos intensidad. Hizo el nudo más resistente y se alzó del suelo. A los lejos se escuchaban las sirenas de policía y algún que otro disparo.
Los helicópteros habían desaparecido.
Se puso en guardia al escuchar un ruido del que no sabía de dónde provenía. Ricchetti le quitó el seguro a la única arma que le quedaba y nada más observar una figura, disparó. Pero falló el tiro y quien merodeaba a su alrededor, seguía vivo. Este le dio una patada a la pistola y consiguió que el dolor del hombre aumentara notablemente y cayera al suelo.
—Raffaello Ricchetti, te estaba buscando —Dijo una lejana voz.
—Mátame de una vez.
—¿Ni siquiera intentaras rogar por tu vida?
—Suplicar es propio de quienes no tienen valor. Afortunadamente, no carezco de valor ni de valentía. Así que aprieta el gatillo de una vez. De no ser así, podría entretenerte con grandes historias.
El hombre tosió y un hilo de sangre cayó por su boca. Estaba herido y el trozo de tela comenzaba a deshilacharse. Unas manos retiraron la venda improvisada.
—Mátame o déjame morir en paz —Comentó el hombre.
—No vas a morir.
Raffaello alzó la vista y se topó con un par de ojos azules.
—¿Dante? —Inquirió el hombre.
—Voy a sacarte de aquí.
—Es demasiado arriesgado.
—Hay un coche a pocos metros de nosotros. Si nos damos prisa, llegaremos sin problema. Debemos irnos.
—La policía vigila esta zona.
—Pero no están aquí, piensan que sigues dentro de la nave. Debemos darnos prisa, antes de que se den cuenta que has huido.
Ricchetti era incapaz de dejar a un lado su ironía y sonrió ampliamente.
—¿Tú no deberías estar en el colegio? —Preguntó con sorna.
El muchacho alzó las comisuras de sus labios rojizos e hizo que Ricchetti reposara todo su cuerpo sobre el suyo. Podía andar, pero despacio. Demasiado lento.
—Tenemos poco más de diez minutos para llegar hasta el coche. La policía no tardará en registrar esta zona. Pero al pensar que sigues dentro, tenemos un margen de cinco minutos antes de que definitivamente se den cuenta. Eso nos deja un cuarto de hora. No obstante, esos quince minutos son escurridizos y no podemos confiar en ellos. Debemos caminar rápido. Tu arma está cargada, la mía también. Hay que ser veloces y llegar cuanto antes al coche, tienen que sacarte la bala de inmediato.
—Has pensado en todo, muchacho —Carcajeó el hombre, quien tosió con pesadumbre—. Si ves que no vamos a llegar a tiempo, corre sin mí.
—No voy a dejarte.
—Lo harás si es necesario.
—No lo será, vamos a conseguirlo.
Dante terminó de arreglar el trozo de camisa que presionaba la herida y miró firmemente a su mentor, los dos asintieron con la cabeza y a la velocidad de la luz, con pistola en mano, emprendieron camino hacia el coche que los sacaría de aquel terrible avasallamiento.
. . .
Un pitido algo molesto indicaba que el paciente estaba vivo. El hombre que estaba tendido en una cama de hospital, respiraba con normalidad después de un sueño bastante ajetreado. Comenzó a sentir una leve ráfaga de viento a la vez que movía uno de sus dedos. Abrió lentamente los ojos, una gran luz le enfocaba directamente a la cara. Musitó algo indescifrable y miró a un lado, allí le esperaban los mismos ojos azules.
—¿Ya te has despertado? Pensé que tardarías menos, los años están haciendo mella en ti —Musitó el joven.
—Cierra el pico.
Dante rio ante el comentario de Ricchetti y le ayudó a incorporarse en la cama.
—¿Qué tal mi brazo? —Quiso saber Raffaello.
—No lo vas a perder, tranquilo —Bromeó Dante—. El medico te extrajo la bala a tiempo, por fortuna no había desgarrado ningún músculo. Te recuperarás en un par de días.
—¿Cuánto ha pasado?
—Poco más de veinticuatro horas, te sedaron al operarte y desde entonces no has despertado.
Antes de seguir hablando, Raffaello Ricchetti o Ricci, como le llamaban sus más allegados, cogió la mano del muchacho y tragó saliva.
—Gracias.
El joven se encogió de hombros.
—No iba a dejarte morir —Murmuró.
Aquel joven, pues era joven de verdad, dieciséis años concretamente, pasó una pierna por encima de la otra y miró fijamente al hombre.
—¿Qué ha pasado?
—No supimos nada hasta verlos, aun así no esperábamos tanta magnitud. Fue un avasallamiento total. Y no hay perdón posible para un despiste como este.
—Cuéntame lo ocurrido —Pidió el muchacho.
—Pasó todo demasiado rápido. Uno de mis hombres escuchó el motor de un coche, uno tras otro. Varios tanques se acercaban a nosotros. Supimos de inmediato que era la policía. Aun así, no era capaz de entender cómo habían llegado a esa dirección. Poseo esa nave desde la primera vez que me fugué de la policía, está incomunicada y se tarda bastante en llegar desde la sede policial de Washington. No había tiempo de buscar culpables, pero sabía que alguien me había traicionado. Tuvo que ser un chivatazo desde dentro. Así que hice lo de siempre. El único que rogó por su vida, fue quien nos vendió. Los federales le habían prometido una corta estancia en prisión y meter a su familia en protección de testigos. Tuve que matarle, no me quedaba otra opción. El resto, es historia. Por suerte, poseo grandes cantidades de armas en cada lugar al que voy a refugiarme. Les hicimos frente, pero una de las balas hirió mi brazo y en vez de seguir al frente, me escape como meramente pude. Mis hombres me indicaron el camino. No me perdonaré jamás haberles dejado atrás.
—No te martirices, Ricci. Quienes sobrevivieron siguieron tu misma ruta, muchos de ellos aún siguen con vida. Los muertos fueron alcanzados por balas enemigas.
—¿Cuántas bajas?
—Poco más de diez hombres.
Ricchetti aspiró hondo y observó los cables que le suministraban lo necesario para recuperarse en un par de días.
—Parecías dispuesto a morir —Murmuró el rubio.
—Lo estaba.
—Nunca te había visto así.
El hombre tragó saliva y endureció las facciones.
—¿En qué piensas? —Quiso saber Dante.
—En tanto y en tan poco a la vez —Habló el hombre—. Una vez, en una isla remota del pacifico. Mi viejo amigo, Máximo Bernardeschi y yo, vivimos una situación parecida a esta. Estábamos relajados, tomándonos una copa de champán en una hermosa playa de arena blanca, junto a decenas de mujeres aún más hermosas, cuando un hombre de cara desfigurada, comenzó a dispararnos, dejando una decena de cuerpos moribundos en la blanca arena, que se tiñó rápidamente de rojo. Esas personas murieron porque estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado. No creo en el destino, todo pasa por alguna razón. Sin embargo, creo en las equivocaciones. Y que yo estuviese en aquella nave, en el momento equivocado, no fue el destino, sino una mera inadvertencia. Si estoy vivo, es gracias a ti. Y te estaré agradecido el resto de mi vida por haberme salvado.
—No me agradezcas nada, Ricchetti. Si yo sigo vivo, también es gracias a ti. Los dos estaremos eternamente agradecidos.
—Eres un buen chico, Dante —El rubio se alzó del sillón.
—Tengo que irme. El médico estará aquí toda la noche, vendré mañana tan pronto me levante.
El chico se puso su habitual chaqueta negra de cuero.
—¿Qué tal está tu hermana? —Preguntó el hombre.
Dante se giró y su rostro cambió. Se encogió levemente de hombros y miró a un punto en el infinito, totalmente absorto en aquella pregunta.
—No puedo mentirte. Stella empeora cada día que pasa, los médicos no saben qué más hacer.
—¿Es por dinero? Puedo darte la cantidad que necesites.
—No es por el dinero. Es la ciencia. No existe tratamiento que pueda paralizar un cáncer que se extiende a la velocidad de la luz. Stella es aún tan pequeña, tan inocente.
—El cáncer no podrá con ella. Al igual que la pobreza no pudo contigo ni con toda tu familia. Vais a salir adelante, este no es más que un escalón algo más difícil de subir.
Dante apretó suavemente el hombro de Raffaello y salió de aquel búnker en el que se podía encontrar cualquier cosa. Desde una cama en la que dormir hasta asistencia médica. Era una fortaleza y el mayor de los ladrones; Raffaello Ricchetti, tenía una en cada lugar al que se dirigía. El rubio se alzó los cuellos de la chaqueta y metió las manos en los bolsillos, la temperatura no dejaba de bajar en la capital estadounidense. Sin embargo, Dante se sentía encendido. Dispuesto a volver a Italia cuando hiciese falta, lo que fuese para salvar a su hermana de una muerte casi inmediata.
El muchacho de dieciséis años era un bandolero, de esos que no se rinden ante nada ni nadie. Un perro rabioso de la calle.
Dante Lucania estaba destinado a ser el futuro heredero del masivo imperio de Raffaello Ricchetti o mundialmente conocido como; el ladrón de los mil sombreros. No obstante, la vida le brindaría la oportunidad de fundar su propio imperio criminal junto a la mafia siciliana, siendo el hombre más poderoso de las cinco familias de la Cosa Nostra.