La idea de cambiar.
—Señor… —la voz del siervo tembló.
El Alto Señor del Este, Brandon, no se giró. Seguía mirando por la ventana, con las manos detrás de la espalda.
—Ya nació mi nieto.
Hubo un silencio demasiado largo.
—Señor… es su hija.
Brandon cerró los ojos. Ya lo sabía. Lo había temido desde el momento en que Aria entró en trabajo de parto.
—¿Qué le ocurre a mi hija?
El siervo se dejó caer de rodillas, con la frente pegada al suelo.
—Ha muerto al dar a luz.
El silencio se volvió pesado. Brandon tragó saliva.
—¿Y el bebé?
—Ha tenido dos, señor. Dos hembras. Son… idénticas.
Eso sí lo hizo girarse.
Los niños iguales eran un mal presagio. Siempre lo habían sido.
—¿Son humanas… o tienen el defecto del padre?
El siervo dudó.
—Una es humana. La otra… es una híbrida. Mitad humana. Mitad demonio. Tiene símbolos infernales en el brazo y los ojos… violetas. Como los del demonio que arruinó a la señorita Aria.
Brandon suspiró, largo y cansado.
—Llévame con ellas.
Cuando las vio, una lágrima le resbaló por la mejilla. Eran tan pequeñas. Tan perfectas. Y tan peligrosas.
Señaló a la de ojos dorados.
—Tahara. Porque es pura.
Luego miró a la de ojos violetas. La que ya cargaba marcas que no deberían existir en un bebé.
—Zillah. Porque su esencia proviene de las sombras —Se giró hacia la nodriza—. A ella, llevadla al templo. Que crezca rodeada de la santidad de la diosa. Que su naturaleza demoniaca no prevalezca. Que nunca salga, así ese demonio infernal no venga a querer llevársela.
_______(Veinte años después)______
Tahara bajó la capucha al cruzar el umbral del templo. Un año. Había pasado un año entero desde la última vez que pisó aquel lugar. Un año de cartas breves, de excusas ante su abuelo y de noches en las que el silencio del Norte se le metía bajo la piel como una enfermedad lenta.
Los sacerdotes la reconocieron al instante. Algunos inclinaron la cabeza con respeto; otros apartaron la mirada. Todos sabían quién era ella… y todos sabían también quién vivía en las profundidades del templo. Nadie lo decía en voz alta. El Alto Señor Brandon había ordenado que su otra nieta permaneciera allí, lejos del mundo, y ellos obedecían. No solo por lealtad. También porque, a su manera, la querían.
Tahara caminó por los pasillos oscuros hasta la última puerta. Llamó dos veces, suave, como siempre había hecho, y entró.
La habitación era cálida, con todas las comodidades que merecía la nieta del Alto Señor del Este. Zillah estaba sentada en el borde de la cama, un libro cerrado sobre las rodillas. Al verla, se levantó de golpe.
El cabello oscuro le caía igual que a Tahara. La misma boca. La misma forma de fruncir el ceño cuando algo la sorprendía. Solo los ojos las delataban: violetas, profundos, demasiado intensos para pertenecer solo a una humana.
—Tahara…
No hizo falta decir más. Las dos se abrazaron con la desesperación de quien ha esperado demasiado. Tahara cerró los ojos y se permitió, solo un momento, dejar de ser la esposa del rey del Norte.
—Te extrañé —susurró—. Cada maldito día.
Zillah la apretó con más fuerza.
—Yo también.
Se separaron solo lo necesario. Zillah notó las ojeras bajo los ojos de su hermana, la delgadez de sus muñecas, la forma en que los hombros parecían cargar un peso invisible.
—Cuéntame —pidió, guiándola hacia la cama—. De verdad. ¿Cómo estás?
Tahara se dejó caer junto a ella. Soltó una risa cansada, sin humor.
—Jamrah casi nunca está. Pasa meses en guerras, negociaciones, fronteras… Cuando regresa, me trata como un adorno caro. Me sienta a su lado en las cenas, me presenta ante los señores del Norte y luego desaparece en su estudio. Nunca me ha tocado. Ni siquiera me ha besado de verdad. A veces creo que ni recuerda que existo cuando no hay testigos.
Zillah apretó la mandíbula.
—Ese hombre…
—No es cruel —dijo Tahara en voz baja—. Solo… indiferente. Y eso pesa más que cualquier golpe. Lo peor es que debo sonreír. Fingir que soy una esposa feliz. Soportar las miradas y las humillaciones de las otras mujeres. Es un infierno, hermana. Extraño mi casa. Extraño la paz que sentía antes de que me enviaran al Norte.
Unos pasos suaves se escucharon en el pasillo. La puerta se abrió sin llamar.
Noah entró.
El Shihab vestía de n***o, el cabello revuelto por el viento de la noche. Hijo de uno de los sacerdotes más antiguos del templo, había crecido entre aquellos muros junto a las dos hermanas. De niños corrían por los jardines prohibidos. De adolescentes, él se convirtió en Shihab: descendiente de las estrellas fugaces que, según las viejas historias, perseguían a los demonios que intentaban escuchar los secretos del cielo. Y aun así, nunca dejó de cuidar de Zillah. Ni de mirar a Tahara con esa mezcla de lealtad y algo más que nunca se atrevía a nombrar.
Sus ojos azules se posaron primero en Tahara. Por un instante, algo se suavizó en su expresión.
—Sabía que vendrías esta noche —dijo con voz grave—. Tu abuelo ha dicho que estás en vela por la prosperidad del Norte. Es su manera de decir que no regresarás hasta mañana.
Tahara sintió el calor subirle al rostro. Un año sin verlo y todavía su presencia le removía el pecho de esa forma absurda e inútil.
—Noah.
Él asintió, pero su atención se desvió de inmediato hacia Zillah, revisándola con esa mirada protectora que nunca había perdido.
—¿Has comido hoy?
Zillah puso los ojos en blanco, aunque una pequeña sonrisa se le escapó.
—Sí, madre. Comí.
Noah no sonrió del todo. Se acercó y le ajustó el chal sobre los hombros con un gesto casi automático. Tahara observó el intercambio en silencio. Zillah sabía perfectamente lo que su hermana sentía por él. Siempre lo había sabido. Y esa noche, mientras miraba a Tahara mirar a Noah, una idea peligrosa empezó a formarse en su mente.
Hablaron un rato más. Del invierno que se acercaba. De un nuevo sacerdote. De cómo Brandon seguía preguntando por la “salud espiritual” de su nieta escondida. Noah se quedó casi una hora, como siempre hacía. Antes de irse, posó una mano breve en el hombro de Tahara.
—Cuídate allá arriba —murmuró—. El Norte no es un lugar amable.
Ella solo asintió, incapaz de decir lo que realmente quería.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio volvió a llenar la habitación.
—Creo que nací para ser infeliz —susurró Tahara.
Zillah la miró con suavidad.
—Él no ha dejado de quererte —murmuró—. Pero desde que te enviaron al Norte para convertirte en la esposa del rey… se puso corazas.
Tahara se secó unas lágrimas que se le escaparon.
—Yo no he dejado de pensar en él, hermana. Ni un solo día. A veces te envidio. Vives aquí, sin esas presiones. Y yo… yo tengo que soportar ese castillo, ese matrimonio, esa vida vacía.
Zillah se levantó y se acercó a la ventana estrecha. La luna se filtraba en un hilo plateado.
—Tahara —dijo de pronto, sin girarse—. ¿Y si cambiáramos?
Tahara levantó la vista, confundida.
—¿Qué?
Zillah se volvió. Sus ojos violetas brillaban con una intensidad que rara vez mostraba.
—Tú te quedas aquí. Yo regreso al Norte en tu lugar. Nadie lo sabrá. Ni el abuelo. Ni tu esposo. Ni siquiera Noah. Solo nosotras dos.
Tahara abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
—Él nunca te ha tocado —continuó Zillah, acercándose—. Ni siquiera te desea. Para él eres un adorno. Yo puedo ser ese adorno con gusto. Y tú… tú puedes respirar. Puedes dejar de ahogarte en ese castillo. Puedes estar cerca de Noah sin tener que mentir cada vez que vienes.
Tahara sintió que el corazón se le aceleraba.
—Zillah… si descubren lo que eres… Allá hay muchos Shihab entre los guerreros. El mismo rey pertenece a la r**a de las estrellas, y los nobles. Y las estrellas odian a los demonios, hermana. Y si Jamrah descubre el engaño… su furia sería legendaria. El abuelo pagaría las consecuencias. No quiero ni imaginar lo que ocurriría.
—No lo descubrirán —la interrumpió con suavidad—. Llevo veinte años escondiéndolo. Puedo seguir haciéndolo. Tú mereces algo más que una vida vacía. Y yo… yo solo quiero salir de este templo antes de volverme completamente loca. Por favor, Tahara.
El silencio se estiró entre ellas. Afuera, el viento golpeaba las piedras antiguas del templo.
Tahara miró a su hermana. Pensó en las noches frías del Norte. En la cama demasiado grande. En la forma en que Jamrah la miraba sin realmente verla. Luego pensó en Noah. En la posibilidad de verlo sin relojes ni mentiras. En dejar de sentir ese peso constante en el pecho.
—¿De verdad quieres hacer esto? —preguntó en un susurro.
Zillah asintió.
—Quiero salir. Aunque sea fingiendo ser tú. Y quiero que tú dejes de sufrir. Las dos cosas.
Tahara cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, la decisión ya estaba tomada.
—Está bien —dijo—. Hagamos el intercambio, pero solo por unas semanas. Jamrah está en el Sur. Tardará al menos un par de semanas en regresar. Creo… creo que no habrá problemas si no te topas con él.
Zillah sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa y llena de algo que parecía esperanza.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, las dos hermanas durmieron en la misma habitación.
Una soñando con la libertad que siempre se le había negado.
La otra, con un hombre que aún no sabía que la mujer que amaba en silencio estaba a punto de quedarse a su lado.